sábado, 2 de junio de 2012
¿El celular nos idiotiza? por Marcelo Moreno
Viernes 01 de Junio de 2012
¿El celular nos idiotiza?
Daba un poco de impresión, algo de miedito: la damilla -alta, linda, elegante- bajaba las largas escaleras de la facultad de Derecho, que dan a Libertador, casi a los saltos, mientras tecleaba su celular , los ojos fijos en la pantallita.
En cambio, ver a los jóvenes y no tanto caminar o hasta manejar mientras teclean no impresiona: ya es parte del paisaje urbano.
El domingo “Clarín” publicó una nota del lúcido filósofo y escritor español Fernando Savater en que la apuntaba contra la progresiva extinción de una cualidad. “ Sin atención nadie puede aprender , ni comprender las razones de los otros, ni disfrutar de la belleza de la naturaleza o del arte, ni enamorarse, ni participar en la mejora de la sociedad”.
“En las aulas, el profesor tiene que aceptar l a competencia de Twitter, mensajes y videojuegos mientras imparte su lección”, agregaba.
¿Ni tanto, ni tan poco? ¿Y el justo medio aristotélico?
No parece mal que quienes ejercemos la docencia suframos competencia electrónica. Nuestra función también consiste en interesar, persuadir, apasionar. Que tengamos que demostrar que la aventura de saber es más excitante y embriagadora que jugar al Angry Birs o chatear con un amigo no debería suponer un desafío mayúsculo para quien intenta operar una transmisión.
Y si hay alumnos que van a la facultad a pasarse mensajitos o a chusmear no es problema del profesor sino una decisión soberana de ellos sobre el empleo de su tiempo.
Pero quizá esta época hipercomunicada haya dado luz a otro tipo de atención. Aquella que permite abordar varias actividades al mismo tiempo y que no pocas personas han desarrollado desde siempre.
Nadie ha podido determinar que los chicos de hoy muestren menor nivel intelectual por su fervor por el celular o su adicción a la TV.
¿Quién concluyó en que la concentración sea una de las formas de la inteligencia? Seguramente no el poeta Fernando Pessoa, que escribió: “sentir es estar distraído”.
Lo cierto es que cuanto más mayores nos hacemos tendemos a caer en la superstición del pasado, tan dañina como la de lo nuevo. Al fin y al cabo, la biología nos acosa y castiga, y no los hábitos de los jóvenes.
(Publicada en la columna Disparador de Clarín el miércoles 30 de mayo del 2012)
Publicado por mmoreno el Viernes 01 de Junio de 2012
miércoles, 23 de mayo de 2012
Diálogos del alma
Capitanes y marineros
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
Señor Sinay: Tengo 21 años y una de las frases más escuchadas en mi hogar es: "Donde manda capitán no manda marinero." ¿Qué línea divide el correcto ejercicio de la autoridad y el abuso de ella, que pareciera producir terror en las masas?
Luisina Dagosta
RE:
Un jefe, un padre, un Dios, significan ante todo un límite. No es la obediencia lo que provoca resistencia, sino la certeza del límite. Los límites vienen a recordarnos varias cosas. En primer lugar, nuestra finitud. Luego, que estamos circunscritos en el espacio. Más tarde, que existimos entre otros y con otros y no podemos avasallarlos. Por lo tanto, tenemos deberes y derechos (en ese orden). Y por último, que no se puede todo. La presencia de cualquier figura, real o simbólica, que nos ponga ante estas evidencias, genera rebeldía. A veces es necesario cuestionar a alguna de esas figuras para desarrollar las propias fortalezas y habilidades, y crecer. Se trata de una tensión natural de la vida. En otras oportunidades no hay crecimiento ni desarrollo, sino un caprichoso rechazo de las reglas de convivencia y de las leyes de la vida. Eso es la transgresión, que no es sinónimo de rebeldía. El rebelde muchas veces cuestiona un orden injusto, mientras propone otro mejor. Lo guía una causa. El transgresor no tiene otro impulso que el mero traspaso del límite. Paradójicamente, necesita de la autoridad y del límite, porque carece de un proyecto propio. Cabría preguntarse por qué nuestra sociedad celebra la transgresión mientras no encuentra cauces de rebeldía civil y moral cuando son necesarios. Si los límites naturales y necesarios se imponen criteriosamente, habrá autoridad y aquellos serán respetados. La autoridad no anula la responsabilidad de cada uno, sino que la destaca y la respalda. Las masas suelen colocarse bajo la sombra del autoritarismo (ajeno y opuesto a la autoridad), que promete perversas seguridades a quien deserte de su responsabilidad individual. Anselm Grün recuerda, en Límites sanadores, que nadie está libre de traspasar un límite para conocerse a sí mismo, siempre que dé la cara por esa acción. El tema no es, pues, la autoridad, sino nuestra actitud responsable ante ella. Capitanes y marineros van coordinadamente al mismo puerto o naufragan en el camino.
Mail: sergiosinay@gmail.com
Juan Carr: sólo el amor puede sostener
Domingo 20 de mayo de 2012 | Publicado en edición impresa
Juan Carr: sólo el amor puede sostener
Hace años creó un proyecto que se mantiene como vínculo entre el que necesita y el que puede dar. Vida y obra de un hombre que en nuestro país se convirtió en sinónimo de solidaridad y lucha contra la injusticia
Por Leonardo Blanco | Para LA NACION
Entonces, de la nada, su madre soltaba la pregunta.
-¿Qué es lo más importante en la vida?
El buscaba, sin suerte, la respuesta en los ojos de la mujer.
-¿Boca? ¿Platense?
Ella respiraba hondo. El aire necesario para inflamar las palabras que venían: algo importante, dicho como para siempre.
-No, el amor. Lo más importante es el amor.
***
Es lunes. Es una mañana fresca, pero soleada. Las personas, las cosas, todavía luchan contra la inercia plácida del domingo. Estamos en el Colegio Carmen Arriola de Marín - arboledas profundas, edificios como cascos de estancia, alumnos con uniforme-. Aquí las cosas, la gente, parecen estar muy en su lugar. Hasta que llega Juan.
Juan -camisa a cuadros saliéndose del pantalón, jeans flojos, algo caídos y con manchas de pintura roja, cinturón largo que le cuelga de un costado y mocasines con mucho camino andado- llega arrastrando unas bolsas con frazadas. Lo sigue, algo desconcertado, un empleado -portero, maestranza, seguridad-. Sin dejar de avanzar, Juan busca su mirada. Le habla con autoridad.
-No te preocupes por el quilombo. Yo estoy acostumbrado a hacer quilombo. Pero sin nervios. Esto tiene que ser con alegría. Con alegría...
Y tira, con toda la alegría que puede, su carga en medio del patio parquizado. Ahí un grupo de cincuenta alumnos del colegio escucharán respetuosos a ese hombre de cabello entrecano, ojos celestes y bigote pelirrojo, que suelen ver en la tele. Escucharán sobre el temporal de los últimos días y sobre la necesidad de ayudar a las víctimas. Escucharán sobre cómo subir el pedido a sus redes sociales ("pidiendo fácil y concreto, porque en Internet la gente está en cualquiera").
Juan saca fotos con su celular y pedirá -siempre se puede pedir más- que, ya que están, lo ayuden a llevar esas frazadas para allá. Allá es donde puedan ser vistas por otros. Allá, carnada para contagiar las ganas de ayudar.
Hoy es su primer día de trabajo en el Colegio Marín. Durante los últimos cinco años estudió y generó lo que llaman cultura solidaria en el colegio parroquial Santo Domingo Savio, en La Cava. Ahora, la diócesis de San Isidro, de alguna manera su empleador, lo transfirió a este lugar, en el extremo opuesto de las condiciones socioeconómicas.
Le dan, le prestan, una oficina y se mete como en su casa. Se sienta frente al escritorio de madera y vidrio, prende la computadora. Revisa su correo.
-¿Mate podemos tomar?
El mismo empleado de antes, su cara, un monumento al desconcierto.
-Bueno., ¿trajeron mate?
-No. -dice Juan, la vista clavada en la pantalla-. En eso estamos desarmados.
Siempre se puede pedir más.
Un improvisado equipo de mate no tarda en llegar. Lo trae una chica. Juan la recibe con pompas. Dice que muchas gracias. Dice que cómo es tu nombre. Dice que un gusto. Y le da un beso.
Finalmente se acomoda. Y propone, se propone, algo que cumplirá sólo a medias.
-Vos preguntá y yo respondo.
***
El hombre se ha vuelto un experto francotirador. Sabe disparar las respuestas que a los medios les gusta publicar. Sabe, siente, que le regalan su atención y a cambio se entrenó para facilitar las cosas. Su discurso es una combinación de frases cortas, números y porcentajes, historias que conmueven. Difícil no caer en la tentación de desgrabarlas textuales. Habrá que luchar con su habilidad para desintegrarse, para perderse en el discurso hasta desaparecer. Para volverse menos, mucho menos, que un mero canal comunicador. Habrá que luchar para hablar de Juan Carr.
***
Antes de escuchar por primera vez aquello de que lo importante es el amor, Juan ya había escuchado sobre el hambre. Eran tiempos de hambruna en Biafra y de pósters (así se le llamaban) de Unicef con escenas de niños pobres en campos verdes. También escuchaba decir que él era un chico inteligente. Los exámenes hablaban de un coeficiente intelectual alto, pero no sabía muy bien para qué le servía. Sería, tal vez, una especie de consuelo que le ofrecían por ser hijo único o por ser, desde que tuvo 2 años, hijo de padres separados en tiempos en que semejante destino se llevaba como una cicatriz abierta en la frente. Desde que su madre -una mujer culta a la que le gustaban los idiomas- se había separado de su padre -un abogado que, como él ahora, quería cambiar el mundo- vivía en un universo habitado por fuertes presencias femeninas: su mamá, su abuela y su tía. Para contrarrestar tanta contención, su madre decidió introducirlo en otro mundo: el de los boy scouts.
Después fue, como suele ser, una cuestión de superposiciones. Un poco de la cultura scout, con aquello de siempre listos y la buena acción del día. Otro poco de educación laica en una escuela sarmientina. Y, más adelante, un colegio católico de padres pasionistas con una concepción mística de la solidaridad. Capa tras capa, era preparado para ser lo que se llama un buen hombre. Tanto que, harto de escuchar sobre el amor al prójimo y ansioso por ponerlo en práctica, lo primero que hizo el día que cumplió 18 años fue ir a donar sangre. Dos meses después misionaba con los indios wichis y pilagás, en Formosa.
A esa altura ya tenía algunas certezas: se había creído lo de su inteligencia y sabía que la quería usar para ayudar a otros. Quería, cambiar el mundo, así, grande: caaambiaaar el muuundooo. Y se le antojó que la manera más básica, ambiciosa y animal de cambiar el mundo y ayudar a otros era combatiendo el hambre. El hambre. Así de grande.
Trabajó de plomero, fue profesor de Biología y Química y se recibió de veterinario. Se hizo veterinario, dice, porque son los veterinarios, los agrónomos y los médicos los que saben cómo un aminoácido se va a convertir en proteína en su paso de la tierra a la raíz, de la raíz a la hoja, de la hoja a la panza de una vaca y de la vaca a la panza y al cerebro de un chico desnutrido. Se hizo veterinario para combatir el hambre.
***
Es jueves. Es una tarde soleada, pero fresca. Estamos en el hogar de tránsito Cura Brochero, un lugar para gente en situación de calle. La casita es un típico chalet de Vicente López con un atípico mural del artista plástico Milo Lockett en la entrada. En la entrada, al lado del mural, dos hombres sentados. Parece que esperaran algo. Parece que no supieran qué. Un empleado abre una compuerta que hace de mirilla, pregunta quién es y exagera una queja no muy creíble.
-Juan siempre cita gente acá y no avisa.
Adentro, paredes con revoque a la vista, con crucifijo dorado, con carteles que dicen baños, comedor, cuartos y recepción. Adentro, olor a gas, a comida, a jabón de al por mayor. Adentro, la radio prendida: Jorge Lanata habla de los millones de dólares que alguien gastó en algo.
Hay un sillón viejo con pilas de ropa doblada y etiquetada. Una mesa tapada de papeles. Un termo, un mate. Sillas, de diferentes juegos. Hay armarios de chapa con candados. Colchones. Una pila de toallas limpias y gastadas. Toallas, de diferentes juegos. Hay estatuilla de la virgen. Estatuilla de la Madre Teresa. Estatuilla del cura Brochero. Una remera de los Pumas firmada y enmarcada. Santos, de diferentes juegos.
Todo tan quieto, todo tan callado. Hasta que llega Juan. Se mete como en su casa. Se sienta frente a una computadora. Revisa su correo.
Dice cómo es esto, su vida.
-Esto es como un caos ordenado. Si a la realidad la enfrentás caóticamente, te pasa por arriba, pero también si la enfrentás organizadísimo.
Entre el orden y el caos propone que vayamos a una escuela, acá cerca. Y ahí nos sentamos a charlar, dice.
En la escuela, una oficina triste: dos sillas, un escritorio y una ventana que casi no es.
-Lo lamento, pero hoy vamos a tener que hablar de Juan Carr.
-Adelante. Mi mujer y mi terapeuta dicen que soy huidizo, pero no es para tanto.
***
Si pudiera aplacarse, mostrarse calmo, sosegado. Si no tuviera tanta alegría de vivir. Si hiciera un esfuerzo para que el peso de la vida y el dolor de los otros se le notara más en los hombros y en la cara. Si articulara un discurso repleto de silencios y medios tonos, inflexiones de la voz. Si dijera yo en vez de nosotros. Si se mostrara más prolijo, más ordenado, menos impulsivo. Si posara un poco más su capacidad de reflexión. Si posara un poco más ante las cámaras. Si posara un poco más.
***
Transcurría 1983. Juan y María salían hacía un año. Y todo se detuvo. Todo se mezcló en una maraña sin tiempo. Todo, sarcoma. Todo, linfoma no-Hodgkin. Todo, hay que abrir. Todo, quimioterapia. Todo, tumor. Todo, tres meses de vida. Todo, estar en manos de Dios.
Fueron cinco años que Juan le dedicó a retener la vida, eso que se da por sentado, por retenido. Controles cada mes, cada dos meses, cada seis meses y cada año. En marzo de 1988, el último. En septiembre de ese año; como todo indicaba que, al final, no se iba a morir, se casó con María. Lo que sí, decían los médicos: no iba a poder tener hijos. Después tuvieron cinco.
***
Encerrado en la oficina del colegio, Juan se preocupa porque la historia de su tumor no se lea, no se escriba, como una película épica de Hollywood.
-No quiero que nadie sienta que se abre una puerta, lo enceguece la luz y aparece alguien que camina a un metro del suelo. Yo le temo a eso. Hay como un olor a personalidad superespecial, casi mágica, que no me gusta.
También se preocupa porque en ese cuartito empieza a faltar el aire. Trata de abrir la minúscula ventana y en el intento se le cae el barral de la cortina. Los problemas de todo el mundo.
-Yo tengo los problemas que tiene todo el mundo. De personalidad especial, nada. Todavía no pagué las últimas dos cuotas del colegio de mis hijos. Tengo unas goteras en mi casa. Lo que sí puedo decir es.
Antes de decir lo que sí puede decir, un silencio poco habitual.
-Puedo decir que en la situación de sufrimiento me volví muy respetuoso del dolor de los demás. Y que reafirmé todos los sueños que tenía. Reafirmé un estilo de vida cristiano. Reafirmé mi fe. Y seguí pensando que no es justo que alguien duerma en la calle y tenga frío, que no es justo que alguien no se trasplante porque falta un órgano, que no es justo que un chico no pueda acceder a la Universidad. En todo eso ya creía, y menos mal, porque lo confirmé.
Si parece que no nos morimos, dice que pensó, vamos a retomar donde estábamos.
***
Y un día, sin querer, Juan puso a prueba su ego. Creó, con cinco amigos, la Red Solidaria y se arriesgó a convertirse en un personaje público. Ser menos Juan y más Juan Carr.
La Red Solidaria fue desde el principio: conectar a personas que tengan algo de tiempo disponible para que vinculen, a su vez, a quien sufre una necesidad con quien pueda ofrecer una solución. Hasta ahí, una forma más de voluntariado. Fue con la participación en un programa de radio que los cinco fundadores descubrieron la palabra mágica: comunicación. Si cada vez que alguien de la red aparecía en un medio, los teléfonos explotaban de llamadas, había que aparecer más. A fuerza de verborragia, de claridad conceptual, de calentura, Juan fue el que más apareció. Y empezó a ser Juan Carr, el de la Red Solidaria.
Diecisiete años después habla de nosotros, pero es él el que intenta volver a ser cualquiera.
-Es que nosotros somos cualquier persona, somos los cualquieras. La red es un modelo para que la gente común haga. La gente común puede traer una frazada, mandar por e-mail la foto de un chico perdido, ser donante de órganos.
Volver a ser lo que más le gusta: Juan, a secas.
-Y cuando se hace mucha comunicación o una tapa de LNR no parecés alguien común, nadie te puede imitar. La comunicación te descualquieriza.
Juan, a secas.
Sintió que lo logró una noche fría y lluviosa. Estaba disimulado entre un grupo de voluntarios que entregaba abrigo y comida a gente en situación de calle. Y una voluntaria muy joven se puso a explicarle qué era la Red Solidaria. A él, a Juan Carr, a Juan, a secas.
-Fue un momento mágico. Alguien me explicaba en la calle lo que habíamos soñado hacía años. Me lo explicaba perfecto.
***
La casa de Juan Carr es un portón blanco en una calle interrumpida por las vías del tren. La casa es -blanco, cemento alisado, madera y vidrio- una casa de revista de decoración. La casa es -pared marcada, sillón gastado, parque con cañas crecidas y cosas fuera de lugar- una casa de la vida real. La luz que entra por las ventanas, los colores pastel de los cuadros pintados por María, la gente que entra y sale todo el tiempo, el mate siempre listo., hacen que uno se sienta a gusto en la casa de Juan Carr.
En la mesa del comedor está María, la mujer de Carr. Está con Alejandro, su primo. Alejandro tiene 36 años, a los 18 tuvo un ACV que lo dejó como está ahora: volcado en una silla de ruedas, sin habla y con sus movimientos muy limitados. Como está ahora: el rostro, pura luz, algo, un reflejo, parecido a la alegría. Como está ahora: ojos que sí pueden hablar.
En poco tiempo la mesa se llena de comensales: Juan, María, Alejandro, tres colaboradores de la Red y la mamá de Alejandro -pelo blanco inmaculado, delantal de cocina-. Carr agarra la guitarra, pone un cancionero en su laptop y trata de cantar algo. Pronto se aburre y deja la guitarra a un lado. Son las cuatro y media de la tarde y María improvisa un almuerzo con lo que había en la heladera: arroz yamaní, carne fría, verduras, queso cremoso y cerveza. En la cabecera de la mesa Alejandro duerme volcado sobre el brazo de su mamá.
***
Yo, Juan Carr, doy diez batallas por día. Pierdo ocho, empato una y gano una. Pero por esa que gano traeme sidra para celebrar. Yo, Juan Carr, tengo la derrota garantizada. Y lo digo con alegría, no me deprimo. Hay un chico que se trasplantó, pero hay 6700 que esperan. Yo, Juan Carr, soy pedante. Cuando me pongo humilde es porque lo laburo, pero también porque la realidad me humilla todo el tiempo.
Yo, Juan Carr, tengo que estar todo el tiempo con el pie en el freno. Del dolor, lo más cerca necesario y lo más lejos posible. Ya sé lo que es la sensibilidad de la gente: aprendí a llenar un estadio de gente que brama y grita solidaridad, solidaridad y le caen lágrimas por las mejillas, pero se apagan las luces y todo, todos, vuelven a la normalidad. Y yo necesito que no sólo se emocionen, sino que se comprometan.
Yo, que quería cambiar el mundo desde que tenía 4 años fui muy respetuoso de todos los pasos que tenía que cumplir. Tenía que trabajar, trabajé. Tenía que estudiar, estudié. Tenía que convertirme en un profesional, fui profesional. Todo lo que tenía que ser lo fui. Todo lo formal lo cumplí. ¿Vieron que lo podía cumplir? Bueno, ya está, ahora tengo que cambiar el mundo.
***
Marcelo López Birra es director del Colegio San José de Calasanz y de la cátedra Educación para la Paz y la Comprensión Internacional de la Unesco. Fue quien nominó por quinto año consecutivo a Juan Carr para el Premio Nobel de la Paz.
La nominación presenta a Carr como un modelo a seguir. Como alguien que es sinónimo de solidaridad en la Argentina. Y como creador de un modelo, replicable a muy bajo costo en todo el mundo, que modificaría la realidad de mucha gente.
Por ahora son 231 personas o instituciones de todo el mundo las aceptadas en la nómina de postulantes. A partir de ahora, tres instancias, internas y secretas, de filtrado. Hasta conocer, el 12 de octubre, el nombre del próximo premio Nobel de la Paz.
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María tiene las cejas fuertes, la cara fresca, los dientes muy blancos y los ojos miel. Habla con una dulzura sin almíbar. Parece simple, sin dobleces.
Debería ser la persona indicada si uno quisiera conocer el lado malo del bueno de Carr: ella espera cuando su marido se empecina en ayudar a una viejita que vio cargando bolsas por la calle. Ella tolera las escandalosas interrupciones de su celular. Ella para porque a él le pareció que se acababan de cruzar con alguien que tenía un problema. Ella sostiene al que sostiene a otros. Ella y nadie más que ella, tan armónica, delicada, tiene que convivir con ese estilo que es la falta de estilo de la ropa de Carr.
Pero María no tiene quejas.
Si hay un hombre que acepta acercarse al dolor de los otros sin miedo a intoxicarse, un hombre tan íntegro y tan demente que se propone, que realmente se propone, cambiar el mundo, María es el tipo, probablemente el único tipo de mujer que tiene que tener al lado.
***
Cuánto alivio daría. Si Juan Carr fuera algo especial, único e irrepetible. Qué alivio, alguien que se ocupe de hacer lo bueno mientras los demás hacemos lo que podemos. Qué alivio, alguien que corporice de semejante manera el concepto de solidaridad. Qué alivio, alguien que se encargue de cambiar el mundo, eso que los demás no hacemos por falta de tiempo y de dinero. Si fuera un santo, si fuera un prócer, si fuera el hombre más bueno del mundo, qué alivio.
***
María acepta el juego: busca qué contar sobre su marido. Algo que lo humanice.
-Va al supermercado y tarda tres horas. Compra cualquier cosa. Compra de lo que hay donde está parado, trae carne y no entra en el freezer. Un desastre.
María se ríe. Tocan timbre. Es Juan, otra vez perdió las llaves.
-El todavía no entiende por qué lo conocen en la calle. Sale en todos los noticieros y se sorprende de que lo conozcan.
María se ríe. Juan prende la computadora.
-Cuando sale en la tele pone las manitos acá adelante y baja los hombros. Yo le digo: Juan, te parás como pobrecito y no queda.
María se ríe. A Juan le suena el celular y sale hablando.
-Es plomero, pero cada vez que arregla un caño lo hace hablando por teléfono y al final hay que llamar a alguien para que lo repare.
María se ríe. En el ventanal, a sus espaldas, Carr anda por el parque. En una mano el celular, en la otra un serrucho. Mientras habla, corta, mal, las cañas.
***
Si entendiera que el dinero es un tema.
Carr vive de sus dos trabajos: el de los colegios parroquiales y el de Mundo Invisible, una agencia de comunicación creada para difundir noticias sociales que está sostenida por patrocinadores.
Si le diera miedo la pobreza.
-Yo no voy a ser pobre nunca. Vivo en una casa que tiene algunas goteras y si me quiero ir a Europa mañana, no puedo. Pero no me puedo quejar, ni me interesa. Yo ni nadie de la clase media a la que pertenezco vamos a ser pobres nunca. El tema no es el dinero. No lo es.
Si se conformara con pedir dinero.
-Yo no necesito mucho dinero. Necesito el compromiso. Necesito: la donación de órganos, la donación de sangre, la donación de médula ósea, un abrazo para el tipo que está mal., nada de dinero. Cuanto más lejos esté el dinero mejor. Este mundo, que fabrica las mejores armas nucleares para aniquilar a otros, está gobernado por los que sacaron diez en economía. Así que ese camino ya lo probamos. Hay que ir por otro.
***
La parroquia del padre Juan Gabriel Arias es blanca y celeste. La luz filtrada por dos grandes vitraux tiñe el antiguo baptisterio cuando el cura habla de la magnanimidad de Juan Carr. Mientras dice que Carr tiene la virtud de hacer cosas grandes. Mientras dice que Carr es más religioso que él, que tiene más vida espiritual que él.
-Juan es un Evangelio vivo. Una persona que no leyó nunca el Evangelio puede verlo a Juan y bueno., así es el Evangelio. La vida se trata de esto.
***
Hay una canción de Silvio Rodríguez que a Juan Carr le gusta mucho.
Debes amar, / la arcilla que va en tus manos, / debes amar, / su arena hasta la locura / y si no, / no la emprendas / que será en vano.
Sólo el amor / alumbra lo que perdura, / sólo el amor / convierte en milagro el barro.
Debes amar, / el tiempo de los intentos, / debes amar, / la hora que nunca brilla / y si no / no pretendas tocar lo cierto. / Sólo el amor / engendra la maravilla, / sólo el amor / consigue encender lo muerto.
***
Daniel Goldman es rabino de la comunidad Bet-El. Es también un hombre de grandes, de profundos silencios. Tiene la barba canosa, los anteojos de carey muy chiquitos y la campera Nike.
Las mejores definiciones sobre su amigo Juan las dará sin hablar: las pausas, las miradas, la emoción. Incondicionalidad hecha gestos. Después, cuando hable, tratará de resumir.
-La tradición judía dice que el mundo se sostiene gracias a 36 justos. Yo no sé decir si Juan es el más bueno del mundo, pero te aseguro que es uno de los 36 justos. Gracias a Juan y 35 personas más, que yo no conozco, el mundo se mantiene. Conozco a uno. Y conocer a este uno a mí me hace celebrar la vida.
***
Yo, Juan Carr, sé que el dolor manda, que el que sufre sabe. Que acercarse al que sufre es como entrar a un templo. Que el dolor desencaja y no da la frialdad para calcular. Pero que el que sufre sabe, más que yo, más que todos.
Yo sé que frente al dolor del otro soy una anécdota.
***
Era el entierro de su madre. En el cementerio, pocos, los íntimos. El rabino Daniel Goldman y el cura Juan Gabriel Arias fueron los que pusieron las palabras. Juan, el gesto.
Juan -esa mezcla de dolor sereno de los que creen- agarró su guitarra. Se sentó -las piernas colgando en la tumba abierta- y cantó aquello de sólo el amor.
Aquello de amar el tiempo de los intentos y la hora que nunca brilla.
Aquello de que sólo el amor engendra la maravilla. Consigue encender lo muerto.
leonardo.sebastian.blanco@gmail.com
CINCO VECES JUAN
1. La Red Solidaria en la Argentina: en 2008, Carr dejó su dirección en manos de Manuel Lozano. Hoy la Red cuenta con, aproximadamente, 800 voluntarios en todo el país.
2. La Red solidaria en el mundo: Carr asumió la dirección de este proyecto para replicar el modelo de la red. "Estamos arrancando en Monterrey, Vietnam, Barcelona, Boston, Asunción, Santiago de Chile. Algunas ciudades de Uruguay, de Brasil...", dice.
3. Primer centro universitario de lucha contra el hambre: funciona hace tres años en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA. Es uno de los fundadores.
4. Colegios: bajo la órbita del obispado de la Iglesia Católica en San Isidro trabaja estudiando y generando la cultura solidaria en 7 escuelas de la zona norte, desde el Colegio Parroquial Santo Domingo Savio de La Cava hasta el Colegio Marín, en Becar.
5. Mundo invisible: hace un año Carr fundó con tres amigos una particular agencia de comunicación. "Estamos tratando de inventar la prensa de los pobres. Queremos pelear la tapa de los diarios de Hispanoamérica con temáticas solidarias. Que publiquen a la última estrella que ganó un Oscar, pero también al médico número uno en desnutrición. Descubrimos que en el mundo, los pobres, los postergados, no tienen prensa. Queremos darle visibilidad a los invisibles."
MAS INFO
www.redsolidaria.org.ar
Por teléfono: 4796-5828 /
lunes, 19 de marzo de 2012
Somos lo que elegimos - Por Sergio Sinay
Señor Sinay: Nuestra identidad, única e intransferible, se forja desde que nacemos con la materia prima de nuestro cuerpo. La moldean los afectos cercanos (o la falta de ellos), nuestras vivencias y sufrimientos. ¿Esa identidad es inmutable? ¿Es posible cambiar o somos como somos, sin más remedio para nosotros ni para los demás?
Martín Legorburu
No elegimos respirar. Respiramos. No elegimos que nuestro corazón lata. Late. No elegimos envejecer. Envejecemos. No elegimos morir. Morimos. No hemos elegido nacer. Nacimos y vivimos. En todos esos aspectos, y muchos más, estamos predeterminados. A partir de allí actuamos y, munidos de la conciencia, entramos en el plano de la libertad. Somos libres de elegir ante las circunstancias que la vida nos propone. Esas circunstancias se presentan ante nosotros como interrogantes existenciales. Y las decisiones y cursos de acción que tomamos ante ellos son las letras con que escribimos nuestra historia personal, expresamos nuestros valores y nuestros sentimientos y, al cabo, construimos nuestra identidad. Esta será el fruto de lo que hacemos con nuestra libertad. Y responderemos por ese hacer.
Somos, mientras dura nuestra vida, seres en construcción. Nadie es. Estamos siendo. Sólo tras el punto final se podrá decir lo que fuimos. Mientras tanto, creamos una identidad oficial para estar en el mundo. El ego. Para configurarlo elegimos (no siempre de modo consciente) algunos atributos y desechamos otros que constituirán nuestra sombra. Pero más allá del ego esta el sí mismo (así lo llamaba Carl Jung), la esencia única de cada individuo. Acaso a ella se refiere nuestro amigo Martín. ¿Llegaremos a conocerla? Según Jung, no alcanza una vida para eso. Pero la intención de hacerlo y las actitudes, elecciones y acciones que nos guían en ese propósito le dan sentido a la vida.
Para Emmanuel Kant, sólo el mundo de los fenómenos (cosas, objetos) es causal. El mundo de las personas es moral, según afirmaba. En él hay libertad, se elige y, por lo tanto, hay responsabilidad. La libertad es fundamento de la moral y la moral es condición de la libertad. Como dice Viktor Frankl en El hombre doliente: "Ser hombre significa decidir lo que hago de mí mismo y asumir la responsabilidad".
miércoles, 14 de marzo de 2012
Shakti - by Barry Long
SHAKTI
“Shakti is the power of divine love waiting to enter woman and come through her to man.”
I seldom enjoy using Eastern words because they confuse the West. The words I do use are ‘karma’, the repetition of the past as existence; ‘tantra’, the reaching of God consciousness through the love of Woman; and ‘Shakti’ which I want to talk about now.
Shakti is the power of the female principle in the universe. Shallow western society just doesn't have a word for the power of God which is out of existence but which comes into existence and moves things here. But ‘Shakti’ is a good word to convey something of that power. I am talking about the power of love. Shakti is the power of God – the power of divine love waiting forever in every woman; not going anywhere, just waiting for an intimation that sufficient love or power is present in existence for it to enter woman and come through her to man.
Man does not have that power. His power is what brings Shakti into existence. Shakti is irresistibly compelled and attracted to the male energy, which is its opposite or partner. It is the power of the universe and behind all things, but cannot come into existence without the call of Man. They are both powers: Shakti is fundamental and Man is necessary for Shakti to enter existence. Shakti is the greater power... Although there is only the power of God, God divides itself.
So this power is waiting to come into every woman. Every real woman knows it’s there because all she wants is to be consumed. I’m not talking about a woman who wants sexual excitement but a woman who is still, who knows she has so much to give or wants to just disappear into love forever. That’s the desire for Shakti to come through her. She is the means, the conduit, for this non-existent power to come into existence.
It is so important for man to be able to divest himself as much as possible of selfishness and self-consideration — so that Shakti can come in through the woman. Of course the man has to be able to accommodate that extraordinary beauty, which is one of his great problems. The more beautiful a woman becomes the more difficult it is for him to refrain from orgasm. As soon as a woman opens up her whole body, her whole psyche and being, she becomes extraordinarily beautiful — because she starts to release something of Shakti. That has a tremendous effect on the man, because it is her pleasure. It is her pleasure that makes man come — once he has matured enough to love her.
To begin with man pleases himself — goes for the orgasm or the conquests. His own self-seeking pleasure makes him come. The mature man realises it is the pleasure of woman that he enjoys. But when she reaches the stage where she truly opens up – and every woman reaches that stage some time or other – it seems inevitable that the man comes. Because of this it is very common for woman to have a subconscious recognition that she can’t open up too much. As soon as she does, he’ll lose it. So we men have to be careful of that, to avoid her having that inhibition; and, as much as possible, not take the selfish option and come as soon as she opens up to us. We have to practise being able to stand the beauty of her, to have the extraordinary pleasure that comes through her opening up; to more and more consciously take the beauty of her in the penis.
You have to be able to take that beauty through your whole body. This means you have to be more conscious. You can’t have the slightest movement of mind. Because the mind likes to imagine where it is! If you imagine you’re in the woman's private part you’re gone – finished. Men will often come as they approach the woman, before they enter her, because they imagine what they’re doing instead of doing what they’re doing. So to stand a woman's beauty requires increasing consciousness – no imagination, just the sheer fact of being what I’m doing. This means: Not to think about it, not to have any aberration, any fantasy. Only: ‘I am loving and receiving the pleasure that comes through loving her. I am receiving her pleasure.’ For nothing pleases man more than woman’s pleasure. The more he can give her pleasure, the more he is complete in his own being.
Of course the woman herself also has to be able to take the pleasure. And that requires her not to have any emotional or psychological movement. She must be purely her body, one with her body, so that she also does not come too quickly or too often.
Why is every man on earth thinking about woman? Why is every woman thinking about man? It never occurred to anyone to ask that question... Why does every man want to be a god? — meaning that he wants to be a gift to woman, as her lover; wants the power to love woman and have her love him; wants to be that power. Of course, out of his need to have power over woman, man gets perverse and is cruel to her. Because he is not man enough, he reverts to cruelty to have a sense of power. And he is afraid; afraid to give up his independence. But I am not talking about that. I’m talking about why man desires woman above everything else on earth. I’m talking about the power of the universe.
An independent man cannot bring Shakti into existence. She demands his absolute and complete surrender to God or love. But that is what’s missing on this earth. Now and again she comes; and the woman knows it. The man knows something extraordinary has happened. But the thing is for her to come continuously, whenever she is called, whenever the love is made for her to be there – because it is God’s pleasure, or Shakti’s pleasure, is to come into existence whenever there is sufficient love and self-surrender to make it possible.
I don't know what other power you would want. What other power does everybody talk about? Let’s say a celibate Eastern Master realises God within his own being. He knows the love of God with such intensity that it cleans his mind right out, cleans everything out – all feelings, emotions, negativity; it burns them out and his intellect is informed of the truth that is beyond all words. That is the power of Shakti as the realisation of God – realised through the power of self-surrender and one-pointed devotion to the inward going life; which eventually brings me to the source of all power, which is in my own being. But the easiest way available for us in the West is the simple way I have given you: the love of man and woman. One way is the realisation of ‘God out of existence’, directed by divine grace, which usually requires one-pointed love and great suffering, either physically or in having everything taken from you. The other way is the realisation of ‘God in existence’ through the love of man and woman, where there is no need to have everything taken; no need to suffer.
Sometimes it doesn't work. Sometimes a partner is not right for you. You have to endeavour to persevere with it; to be able to see whether the partner is not right for you; whether you are both loving enough. It may be, eventually, that although you have enjoyed much love together, you are not really right for each other to go on to the next stage. It’s quite possible. It happens all the time.
Love is forever, because for each one that we loved, there is still love there: but the particular love is not necessarily forever. A partner might take you so far, but there is a limit as to how far any man or woman can go. And that is why so many people have to break up. They are not making the right music anymore. Although they love each other, they do not love each other enough. That’s the key word: ‘Enough’.
Are you loved enough? Are you loving enough? We all love each other; we know that. Partners stay together for twenty-five years and they say to me, ‘But we love each other’. That’s a big yawn to me – because they don’t love each other enough, or they wouldn’t be speaking to me like they do. In the western world nobody speaks the truth; everybody is scared to death of it. But if you don’t love enough, what’s the point?
If you are prepared to love, life will bring someone for you. Just don’t get attached. If you get attached to the one you love then you will suffer when they have to go.
What I am talking about is the ultimate for man and woman’s partnership, which is to bring Shakti into their love so that the persons disappear and it is the divine lovers, He and She, that love. Through the body we are the means of that love but for that I must disappear. I am certainly there in the sense that it is my body, but psychologically I have surrendered myself to the divine lover. Only then can I know this extraordinary power of the divine love of God.
There is a pressure on us who are living the spiritual life and it is to be one-pointed in the love of God. I find more and more women today declaring their love of God in their different ways. The love of ‘It’ makes woman the handmaiden of the Lord. Then she waits on and she loves the Lord. She is immediately there for the Lord, which is God. It is her heart’s desire to serve the One Holy God. Then that one-pointedness of love manifests in her life, according to God’s will. Nobody can say what that power is. But she will be looked after by it.
I am nothing but the love of God. That's all I am. Any woman that I have loved had inside of her the love of God. That comes first, before the love of me; although the love of me is often the same as the love of God in her. When the love of God comes first, then woman can love man without getting lost in him. She cannot love man first and think about God after. ‘It’ has to be first. Then her first love will be that which is within her and beyond all men. And then she can love man and not be attached to him.
And it is for man to love woman, to look after her, to care for her, and bring her closer and closer to God – giving her the pleasure that has no self in it, so that she can know, so that she can realise, what she is. He has to love her. And why shouldn’t he? It is all he thinks about anyway! She is what he loves most.
If you are a woman without a man, don’t be lonely. Say you are an older woman who doesn’t have a man with you. Know that it doesn’t matter how old you are. You still have your own being, with Shakti behind you, and if you love God, or ‘it’, or ‘me, the being inside’, or ‘the one within you’, then the Shakti power will inform you and you’ll be free of emotional pain and suffering. That power is inside of you and you can realise it by being stiller and stiller, by not giving into your mind and emotions or thinking about things anymore than you have to. You have loved and known the joys and pains of love in your long life; all that doesn’t matter anymore – it just disappears into your love of God.
Why does anyone want to love?
Why are you loving each other?
What are you loving for? Just to go to bed together every night?
No: there’s a power and a purpose behind your love.
© Barry Long.
“Shakti is the power of divine love waiting to enter woman and come through her to man.”
I seldom enjoy using Eastern words because they confuse the West. The words I do use are ‘karma’, the repetition of the past as existence; ‘tantra’, the reaching of God consciousness through the love of Woman; and ‘Shakti’ which I want to talk about now.
Shakti is the power of the female principle in the universe. Shallow western society just doesn't have a word for the power of God which is out of existence but which comes into existence and moves things here. But ‘Shakti’ is a good word to convey something of that power. I am talking about the power of love. Shakti is the power of God – the power of divine love waiting forever in every woman; not going anywhere, just waiting for an intimation that sufficient love or power is present in existence for it to enter woman and come through her to man.
Man does not have that power. His power is what brings Shakti into existence. Shakti is irresistibly compelled and attracted to the male energy, which is its opposite or partner. It is the power of the universe and behind all things, but cannot come into existence without the call of Man. They are both powers: Shakti is fundamental and Man is necessary for Shakti to enter existence. Shakti is the greater power... Although there is only the power of God, God divides itself.
So this power is waiting to come into every woman. Every real woman knows it’s there because all she wants is to be consumed. I’m not talking about a woman who wants sexual excitement but a woman who is still, who knows she has so much to give or wants to just disappear into love forever. That’s the desire for Shakti to come through her. She is the means, the conduit, for this non-existent power to come into existence.
It is so important for man to be able to divest himself as much as possible of selfishness and self-consideration — so that Shakti can come in through the woman. Of course the man has to be able to accommodate that extraordinary beauty, which is one of his great problems. The more beautiful a woman becomes the more difficult it is for him to refrain from orgasm. As soon as a woman opens up her whole body, her whole psyche and being, she becomes extraordinarily beautiful — because she starts to release something of Shakti. That has a tremendous effect on the man, because it is her pleasure. It is her pleasure that makes man come — once he has matured enough to love her.
To begin with man pleases himself — goes for the orgasm or the conquests. His own self-seeking pleasure makes him come. The mature man realises it is the pleasure of woman that he enjoys. But when she reaches the stage where she truly opens up – and every woman reaches that stage some time or other – it seems inevitable that the man comes. Because of this it is very common for woman to have a subconscious recognition that she can’t open up too much. As soon as she does, he’ll lose it. So we men have to be careful of that, to avoid her having that inhibition; and, as much as possible, not take the selfish option and come as soon as she opens up to us. We have to practise being able to stand the beauty of her, to have the extraordinary pleasure that comes through her opening up; to more and more consciously take the beauty of her in the penis.
You have to be able to take that beauty through your whole body. This means you have to be more conscious. You can’t have the slightest movement of mind. Because the mind likes to imagine where it is! If you imagine you’re in the woman's private part you’re gone – finished. Men will often come as they approach the woman, before they enter her, because they imagine what they’re doing instead of doing what they’re doing. So to stand a woman's beauty requires increasing consciousness – no imagination, just the sheer fact of being what I’m doing. This means: Not to think about it, not to have any aberration, any fantasy. Only: ‘I am loving and receiving the pleasure that comes through loving her. I am receiving her pleasure.’ For nothing pleases man more than woman’s pleasure. The more he can give her pleasure, the more he is complete in his own being.
Of course the woman herself also has to be able to take the pleasure. And that requires her not to have any emotional or psychological movement. She must be purely her body, one with her body, so that she also does not come too quickly or too often.
Why is every man on earth thinking about woman? Why is every woman thinking about man? It never occurred to anyone to ask that question... Why does every man want to be a god? — meaning that he wants to be a gift to woman, as her lover; wants the power to love woman and have her love him; wants to be that power. Of course, out of his need to have power over woman, man gets perverse and is cruel to her. Because he is not man enough, he reverts to cruelty to have a sense of power. And he is afraid; afraid to give up his independence. But I am not talking about that. I’m talking about why man desires woman above everything else on earth. I’m talking about the power of the universe.
An independent man cannot bring Shakti into existence. She demands his absolute and complete surrender to God or love. But that is what’s missing on this earth. Now and again she comes; and the woman knows it. The man knows something extraordinary has happened. But the thing is for her to come continuously, whenever she is called, whenever the love is made for her to be there – because it is God’s pleasure, or Shakti’s pleasure, is to come into existence whenever there is sufficient love and self-surrender to make it possible.
I don't know what other power you would want. What other power does everybody talk about? Let’s say a celibate Eastern Master realises God within his own being. He knows the love of God with such intensity that it cleans his mind right out, cleans everything out – all feelings, emotions, negativity; it burns them out and his intellect is informed of the truth that is beyond all words. That is the power of Shakti as the realisation of God – realised through the power of self-surrender and one-pointed devotion to the inward going life; which eventually brings me to the source of all power, which is in my own being. But the easiest way available for us in the West is the simple way I have given you: the love of man and woman. One way is the realisation of ‘God out of existence’, directed by divine grace, which usually requires one-pointed love and great suffering, either physically or in having everything taken from you. The other way is the realisation of ‘God in existence’ through the love of man and woman, where there is no need to have everything taken; no need to suffer.
Sometimes it doesn't work. Sometimes a partner is not right for you. You have to endeavour to persevere with it; to be able to see whether the partner is not right for you; whether you are both loving enough. It may be, eventually, that although you have enjoyed much love together, you are not really right for each other to go on to the next stage. It’s quite possible. It happens all the time.
Love is forever, because for each one that we loved, there is still love there: but the particular love is not necessarily forever. A partner might take you so far, but there is a limit as to how far any man or woman can go. And that is why so many people have to break up. They are not making the right music anymore. Although they love each other, they do not love each other enough. That’s the key word: ‘Enough’.
Are you loved enough? Are you loving enough? We all love each other; we know that. Partners stay together for twenty-five years and they say to me, ‘But we love each other’. That’s a big yawn to me – because they don’t love each other enough, or they wouldn’t be speaking to me like they do. In the western world nobody speaks the truth; everybody is scared to death of it. But if you don’t love enough, what’s the point?
If you are prepared to love, life will bring someone for you. Just don’t get attached. If you get attached to the one you love then you will suffer when they have to go.
What I am talking about is the ultimate for man and woman’s partnership, which is to bring Shakti into their love so that the persons disappear and it is the divine lovers, He and She, that love. Through the body we are the means of that love but for that I must disappear. I am certainly there in the sense that it is my body, but psychologically I have surrendered myself to the divine lover. Only then can I know this extraordinary power of the divine love of God.
There is a pressure on us who are living the spiritual life and it is to be one-pointed in the love of God. I find more and more women today declaring their love of God in their different ways. The love of ‘It’ makes woman the handmaiden of the Lord. Then she waits on and she loves the Lord. She is immediately there for the Lord, which is God. It is her heart’s desire to serve the One Holy God. Then that one-pointedness of love manifests in her life, according to God’s will. Nobody can say what that power is. But she will be looked after by it.
I am nothing but the love of God. That's all I am. Any woman that I have loved had inside of her the love of God. That comes first, before the love of me; although the love of me is often the same as the love of God in her. When the love of God comes first, then woman can love man without getting lost in him. She cannot love man first and think about God after. ‘It’ has to be first. Then her first love will be that which is within her and beyond all men. And then she can love man and not be attached to him.
And it is for man to love woman, to look after her, to care for her, and bring her closer and closer to God – giving her the pleasure that has no self in it, so that she can know, so that she can realise, what she is. He has to love her. And why shouldn’t he? It is all he thinks about anyway! She is what he loves most.
If you are a woman without a man, don’t be lonely. Say you are an older woman who doesn’t have a man with you. Know that it doesn’t matter how old you are. You still have your own being, with Shakti behind you, and if you love God, or ‘it’, or ‘me, the being inside’, or ‘the one within you’, then the Shakti power will inform you and you’ll be free of emotional pain and suffering. That power is inside of you and you can realise it by being stiller and stiller, by not giving into your mind and emotions or thinking about things anymore than you have to. You have loved and known the joys and pains of love in your long life; all that doesn’t matter anymore – it just disappears into your love of God.
Why does anyone want to love?
Why are you loving each other?
What are you loving for? Just to go to bed together every night?
No: there’s a power and a purpose behind your love.
© Barry Long.
lunes, 5 de marzo de 2012
Después de todas las tormentas sale el sol - por Eduardo Chaktoura
Domingo 04 de marzo de 2012 | Publicado en edición impresa
Oxígeno
Aceptación
Diccionario emocional: es atreverse a la experiencia de ser, pensar o sentir como podamos o creamos conveniente en cada instante
Por Eduardo Chaktoura |
Cuántas veces tratamos de torcer el metal. Cuántas veces peleamos por revertir una situación. Cuántas veces esperamos del otro aquello que nunca llega. Cuántas veces vivimos pendientes o insatisfechos de lo que no tenemos o logramos. Cuántas veces la vida pasa mientras perdemos el tiempo enojados por culpa de lo que nos gustaría que fuese distinto. Cuántas veces nos creemos condenados a que todo eso nunca va a cambiar.
No se trata de perder las esperanzas, ni de aguantar o resistir. Ni mucho menos de resignarse. Sólo se trata de aceptar, de darnos cuenta de que no tenemos el control, de que no podemos vivir intentando modificar aquello que no es como esperamos. Aceptar es entender que las cosas son así, al menos por hoy, en este momento.
Recuerdo cuando ansioso por el reconocimiento y el progreso, alguien con mucha más experiencia me dijo: "Es tiempo de hacer la plancha y esperar, ya hiciste todo lo necesario."
Aceptar no siempre se trata de que haya que cambiar de planes, aunque a veces todo fluye cuando dejamos de persistir, obstinados y omnipotentes. Tampoco se trata de subordinarse a los planes del otro. Aceptar es atreverse a la experiencia de ser, pensar o sentir como podamos o creamos conveniente en este instante. Muchas veces, por culpa o temor a quedar excluidos, nos adaptamos a las decisiones de aquellos de los que, en definitiva, esperamos una (falsa) aceptación.
Aceptar es un compromiso con nosotros, con este pensar y sentir, en este momento de la vida. Aceptar es hacernos cargo de nuestras ideas y palabras, de nuestra elección y, claro está, la de los otros por más desencontrados que podamos estar.
La teoría de la aceptación y el compromiso nos invita a vivir sin viajar al pasado ni al futuro para no perder el foco. Y aunque en este tramo nos toque sufrir, poder experimentar sin lamentos nostálgicos ni temerosos o ansiosos lo que será.
Aceptar es, en función de los mapas y los tiempos, sintonizar con este sentido de realidad, con este presente, con esto que pasa aquí y ahora.
"Aceptar significa enfocar nuestra vida fuera del microscopio que nos centra en nuestro dolor, ampliando así nuestro campo de visión, sin dejar de ver nuestras molestias", dice el psicólogo español José Antonio García Higuera.
Libera pensar que cuando logramos aceptar, dejamos de ser una fuerza de choque y, con lo que tengamos y lo que podamos, nos animemos a vivir respirando estos aires, a conciencia plena, sin dejar que todo quede en manos de los caprichos del mal tiempo. Después de todas las tormentas sale el sol. Si hoy está lloviendo, habrá, entonces, que salir a caminar bajo la lluvia.
El autor es psicólogo y periodista .
Oxígeno
Aceptación
Diccionario emocional: es atreverse a la experiencia de ser, pensar o sentir como podamos o creamos conveniente en cada instante
Por Eduardo Chaktoura |
Cuántas veces tratamos de torcer el metal. Cuántas veces peleamos por revertir una situación. Cuántas veces esperamos del otro aquello que nunca llega. Cuántas veces vivimos pendientes o insatisfechos de lo que no tenemos o logramos. Cuántas veces la vida pasa mientras perdemos el tiempo enojados por culpa de lo que nos gustaría que fuese distinto. Cuántas veces nos creemos condenados a que todo eso nunca va a cambiar.
No se trata de perder las esperanzas, ni de aguantar o resistir. Ni mucho menos de resignarse. Sólo se trata de aceptar, de darnos cuenta de que no tenemos el control, de que no podemos vivir intentando modificar aquello que no es como esperamos. Aceptar es entender que las cosas son así, al menos por hoy, en este momento.
Recuerdo cuando ansioso por el reconocimiento y el progreso, alguien con mucha más experiencia me dijo: "Es tiempo de hacer la plancha y esperar, ya hiciste todo lo necesario."
Aceptar no siempre se trata de que haya que cambiar de planes, aunque a veces todo fluye cuando dejamos de persistir, obstinados y omnipotentes. Tampoco se trata de subordinarse a los planes del otro. Aceptar es atreverse a la experiencia de ser, pensar o sentir como podamos o creamos conveniente en este instante. Muchas veces, por culpa o temor a quedar excluidos, nos adaptamos a las decisiones de aquellos de los que, en definitiva, esperamos una (falsa) aceptación.
Aceptar es un compromiso con nosotros, con este pensar y sentir, en este momento de la vida. Aceptar es hacernos cargo de nuestras ideas y palabras, de nuestra elección y, claro está, la de los otros por más desencontrados que podamos estar.
La teoría de la aceptación y el compromiso nos invita a vivir sin viajar al pasado ni al futuro para no perder el foco. Y aunque en este tramo nos toque sufrir, poder experimentar sin lamentos nostálgicos ni temerosos o ansiosos lo que será.
Aceptar es, en función de los mapas y los tiempos, sintonizar con este sentido de realidad, con este presente, con esto que pasa aquí y ahora.
"Aceptar significa enfocar nuestra vida fuera del microscopio que nos centra en nuestro dolor, ampliando así nuestro campo de visión, sin dejar de ver nuestras molestias", dice el psicólogo español José Antonio García Higuera.
Libera pensar que cuando logramos aceptar, dejamos de ser una fuerza de choque y, con lo que tengamos y lo que podamos, nos animemos a vivir respirando estos aires, a conciencia plena, sin dejar que todo quede en manos de los caprichos del mal tiempo. Después de todas las tormentas sale el sol. Si hoy está lloviendo, habrá, entonces, que salir a caminar bajo la lluvia.
El autor es psicólogo y periodista .
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Leer, un modo de descubrirnos - por Mori Ponsowy
Un hábito que se va perdiendo en la era del espectáculo
Leer, un modo de descubrirnos
Por Mori Ponsowy | Para LA NACION
¿Por qué alguien, en pleno siglo XXI, puede querer leer literatura? ¡Hay tantas otras cosas en que ocupar el tiempo! Vivimos en la edad del espectáculo, el fisgoneo y la diversión. Tenemos teles, compus, consolas de juego, teléfonos celulares, Internet, Twitter, Facebook, Skype, películas de amor, de terror... Pantallas y pantallas y más pantallas que nos hechizan con esa facilidad que tiene la imagen para llamar nuestra atención sin pedir nada a cambio.
Uno se sienta delante de la computadora, una tarde de sábado, pensando que va a mandar un solo e-mail y, sin darse cuenta, salta del correo al diario de otro país, y de ahí a YouTube, y de pronto ha pasado media hora, 50 minutos, la tarde entera, y ya es de noche y tiene la mirada ida, y no sólo no empezó el libro que había dejado sobre la mesa, sino que la disposición de ánimo para leer, para concentrarse en una riada de palabras que no son las propias, ha desaparecido por completo para ser reemplazada por otra, más similar a la de quien camina distraído por un patio de comidas que a la del nadador de fondo que se sumerge en la vida de personajes desconocidos, en la cadencia de unos versos o en la dificultad de ideas novedosas.
Hace poco, el gran Philip Roth dijo que creía que dentro de 25 años casi nadie leería novelas. La entrevistadora le preguntó si no estaba exagerando, y él respondió: "No, al contrario: estoy siendo optimista. Pienso que leer novelas va a ser una cuestión de culto. Siempre va a haber gente que lea, pero será un grupo muy pequeño. En el futuro cercano, leer novelas será tan infrecuente como hoy leer poesía del siglo V". La periodista le preguntó si lo que volvía impopulares a las novelas era el tiempo que llevaba leerlas. Y Roth respondió: "No, no tiene que ver con la longitud de una novela. Tiene que ver con la imprenta. Tiene que ver con el libro, con el objeto en sí. Leer requiere cierta clase de concentración, de devoción, de entrega. Si uno se demora más de dos semanas en leer una novela, no la ha leído. Ese tipo de concentración es cada vez más difícil de encontrar. El libro no puede competir contra todas esas pantallas".
A diferencia de ver tele, jugar un videojuego o navegar por Internet, leer no es fácil. Para qué nos vamos a engañar. La lectura exige tiempo, atención, trabajo. Y no sólo eso: para leer se necesita práctica. No basta saber leer para convertirse en lector. Cuando los niños aprenden a leer, al principio pronuncian lentamente cada letra y, cuando llegan al final de la palabra, no saben qué han dicho. Es que para que la palabra pueda entenderse debe ser leída a una velocidad determinada. Lo mismo ocurre cuando, después de leer palabras, empiezan a intentarlo con oraciones: si no las leen a la velocidad justa, cuando llegan al final ya no recuerdan qué dijeron al principio. Y lo mismo sucede cuando pasan a leer un párrafo, un capítulo, un libro entero. Por eso Roth dice que quien tarda más de dos semanas en leer una novela, no la ha leído realmente. Es decir: no ha captado su sentido, no ha nadado en ella. Leer una novela, una página hoy, otra mañana, no es leerla. Leer significa sumergirse, entregarse. Encontrar un ritmo, ni muy rápido, ni muy lento, que nos lleve a descubrir no sólo el significado de las palabras, sino, tras ellas, una forma armónica: el sentido que todas ellas juntas comunican. La trama del bordado.
No es fácil aprender a leer, no es fácil leer, y no es fácil seguir haciéndolo. Creo, como Roth, que hoy es más difícil que antes, que cada vez será más difícil, y que los verdaderos lectores se van a convertir en seres extraños y anacrónicos, como los filatelistas. A veces, sospecho que en el futuro habrá menos lectores que escritores. ¡Hay tanta gente deseosa de ser leída y publicada que no lee a los demás!
¿Por qué leer si podemos dedicar el tiempo a tantas otras cosas, más divertidas, más fáciles, más rápidas? En una novela maravillosa, La noche de los tiempos , del español Antonio Muñoz Molina, hay un niño, justo antes de que se desencadene la Guerra Civil Española, que es testigo de cosas que pasan en su casa, de la pérdida de amor de sus padres, y del caos y la violencia que se apoderan de la ciudad, pero es muy pequeño para entender y, sobre todo, para poner palabras a lo que sucede a su alrededor. A diferencia de su hermana, a la que esas cosas no perturban, el niño, Miguel, vive en un estado de alerta y conmoción.
Miguel no es un personaje principal en la novela. Es el hijo del protagonista y sólo aparece en algunas escenas. Hubo una, en especial, que me resultó muy reveladora. La familia está cenando y, de pronto, a esa hora en la que nunca suena el teléfono, alguien llama, interrumpiendo la paz doméstica. El lector descubrirá, páginas después, que quien ha llamado es la amante del padre de Miguel. Muñoz Molina escribe:
"Miguel observaba e intuía sin comprender, con la inmediatez física con que se percibe la humedad o el frío [...], asombrado, casi admirado, de que su hermana no percibiera nada. [...] Si ella podía concentrarse tanto en todo lo que hacía y moverse con tanta serenidad y en línea recta era porque no la distraían ni la alarmaban los ruidos de peligro, porque le faltaban las antenas invisibles de percibir anticipadamente trastornos que él estaba siempre agitando. [...] Por eso a él le costaba tanto concentrarse: porque estaba atento a demasiadas cosas al mismo tiempo; porque adivinaba el pensamiento de los otros o intuía los cambios en sus estados de ánimo como esos barómetros que había en la escuela y que registraban con sus veloces agujas las turbulencias atmosféricas".
Miguel sabía cosas que no podía pensar, cosas para las que no tenía palabras. No eran cosas felices, ni fáciles de entender. ¿Pero qué vida es fácil de entender? ¿Qué vida es feliz, pacífica, o tranquila, todo el tiempo, siempre? ¿Qué vida no oculta secretos, pecados, dolores? Al leer esa escena, al ver a Miguel moviendo su pie bajo la mesa sin poderlo controlar, al sentir su ansiedad de barómetro enloquecido, me di cuenta de que la literatura tiene que ver con eso. Con lo difícil. Pero no sólo con lo difícil que nos sucede, sino con lo difícilmente decible. Con aquello que, para ser dicho, primero debe ser descubierto o inventado. Con aquello que, para ser dicho, debe encontrar palabras exactísimas, y no una, ni dos, sino tantas que muchas veces forman largos poemas, historias enteras, libros inacabables. Palabras que vale la pena buscar, y que vale la pena leer, porque nombran lo que realmente importa. Eso que uno sabe, pero no sabe cómo decir. Eso que uno sabe sin saber. Eso que uno sabe, a veces, sin siquiera poderlo pensar.
¿Por qué leer? Hay miles de razones: para intentar entender el mundo; para encontrar sentido a lo que de otra manera muchas veces parece no tenerlo; para sentir que no estamos solos con algunas preguntas. Quedarse leyendo hasta las tres de la mañana sin poder soltar el libro. Despertarse y pensar, en vez de en la rutina que nos espera ese día, en qué será lo que le espera al personaje. Dejarse llevar por las palabras como se deja un árbol mecer por la brisa. Esas son algunas razones para leer.
Pero, me parece, aún más importante que todos esos motivos es que leer puede ayudarnos a descubrir qué pensamos. Cuántas veces nos sucede que leemos algo, y decimos, "esto, exactamente esto, es lo que pienso", pero hasta ese momento carecíamos de las palabras para decirlo. En el fondo, quizá, ni siquiera sabíamos que pensábamos eso. Leer ayuda a pensar, a esclarecer las ideas propias, a pulirlas y, a veces, hasta a cuestionarlas. Y entonces nos ocurre como a aquel niño de Muñoz Molina. Hay cosas que sabemos, pero que no sabemos que sabemos. Hay cosas que pensamos, pero no sabemos que pensamos. Leer ayuda a descubrirlas, pues, antes que nosotros, el escritor se tomó el trabajo de buscar lo que realmente importa en medio del desorden informe de nuestras vidas, y de encontrar las palabras exactas para desplegarlo ante nuestros ojos, iluminando detalles y matices que nos despiertan del letargo y la costumbre.
Así, leer se convierte en una manera de saber quiénes somos. Una forma de dejar de ser simples miembros de una manada en la noche gris, para convertirnos en personas con nombre y apellido. Leer en serio es un modo de negarse a ser ovejas en un rebaño, ovejas que no están muy seguras de qué piensan o en qué creen -o que si lo están es porque otros se lo han dicho-, para convertirnos en individuos con rasgos peculiares, con claridad de pensamiento, con ideas propias y precisas.
¿Por qué leer? Para huir de las grandes abstracciones y las palabras grandilocuentes. A diferencia del derecho, las ciencias y la política, la buena literatura está hecha de detalles. Una rosa es una rosa es una rosa, y el amor siempre será el amor, pero no es lo mismo Anna Karenina enamorada que Emma Bovary. ¿Por qué leer? Para sumergirse en lo particular y único de cada vida. Para huir de los prejuicios de las grandes palabras. Para no ser una piedra sin nombre, un árbol anónimo. Para ser alguien, para ser distintos, para ser personas singulares, con una huella digital, vital, clara, única y precisa. ¿Por qué leer? Para descubrir quiénes somos. ¿Por qué leer? Para poder pensar.
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Leer, un modo de descubrirnos
Por Mori Ponsowy | Para LA NACION
¿Por qué alguien, en pleno siglo XXI, puede querer leer literatura? ¡Hay tantas otras cosas en que ocupar el tiempo! Vivimos en la edad del espectáculo, el fisgoneo y la diversión. Tenemos teles, compus, consolas de juego, teléfonos celulares, Internet, Twitter, Facebook, Skype, películas de amor, de terror... Pantallas y pantallas y más pantallas que nos hechizan con esa facilidad que tiene la imagen para llamar nuestra atención sin pedir nada a cambio.
Uno se sienta delante de la computadora, una tarde de sábado, pensando que va a mandar un solo e-mail y, sin darse cuenta, salta del correo al diario de otro país, y de ahí a YouTube, y de pronto ha pasado media hora, 50 minutos, la tarde entera, y ya es de noche y tiene la mirada ida, y no sólo no empezó el libro que había dejado sobre la mesa, sino que la disposición de ánimo para leer, para concentrarse en una riada de palabras que no son las propias, ha desaparecido por completo para ser reemplazada por otra, más similar a la de quien camina distraído por un patio de comidas que a la del nadador de fondo que se sumerge en la vida de personajes desconocidos, en la cadencia de unos versos o en la dificultad de ideas novedosas.
Hace poco, el gran Philip Roth dijo que creía que dentro de 25 años casi nadie leería novelas. La entrevistadora le preguntó si no estaba exagerando, y él respondió: "No, al contrario: estoy siendo optimista. Pienso que leer novelas va a ser una cuestión de culto. Siempre va a haber gente que lea, pero será un grupo muy pequeño. En el futuro cercano, leer novelas será tan infrecuente como hoy leer poesía del siglo V". La periodista le preguntó si lo que volvía impopulares a las novelas era el tiempo que llevaba leerlas. Y Roth respondió: "No, no tiene que ver con la longitud de una novela. Tiene que ver con la imprenta. Tiene que ver con el libro, con el objeto en sí. Leer requiere cierta clase de concentración, de devoción, de entrega. Si uno se demora más de dos semanas en leer una novela, no la ha leído. Ese tipo de concentración es cada vez más difícil de encontrar. El libro no puede competir contra todas esas pantallas".
A diferencia de ver tele, jugar un videojuego o navegar por Internet, leer no es fácil. Para qué nos vamos a engañar. La lectura exige tiempo, atención, trabajo. Y no sólo eso: para leer se necesita práctica. No basta saber leer para convertirse en lector. Cuando los niños aprenden a leer, al principio pronuncian lentamente cada letra y, cuando llegan al final de la palabra, no saben qué han dicho. Es que para que la palabra pueda entenderse debe ser leída a una velocidad determinada. Lo mismo ocurre cuando, después de leer palabras, empiezan a intentarlo con oraciones: si no las leen a la velocidad justa, cuando llegan al final ya no recuerdan qué dijeron al principio. Y lo mismo sucede cuando pasan a leer un párrafo, un capítulo, un libro entero. Por eso Roth dice que quien tarda más de dos semanas en leer una novela, no la ha leído realmente. Es decir: no ha captado su sentido, no ha nadado en ella. Leer una novela, una página hoy, otra mañana, no es leerla. Leer significa sumergirse, entregarse. Encontrar un ritmo, ni muy rápido, ni muy lento, que nos lleve a descubrir no sólo el significado de las palabras, sino, tras ellas, una forma armónica: el sentido que todas ellas juntas comunican. La trama del bordado.
No es fácil aprender a leer, no es fácil leer, y no es fácil seguir haciéndolo. Creo, como Roth, que hoy es más difícil que antes, que cada vez será más difícil, y que los verdaderos lectores se van a convertir en seres extraños y anacrónicos, como los filatelistas. A veces, sospecho que en el futuro habrá menos lectores que escritores. ¡Hay tanta gente deseosa de ser leída y publicada que no lee a los demás!
¿Por qué leer si podemos dedicar el tiempo a tantas otras cosas, más divertidas, más fáciles, más rápidas? En una novela maravillosa, La noche de los tiempos , del español Antonio Muñoz Molina, hay un niño, justo antes de que se desencadene la Guerra Civil Española, que es testigo de cosas que pasan en su casa, de la pérdida de amor de sus padres, y del caos y la violencia que se apoderan de la ciudad, pero es muy pequeño para entender y, sobre todo, para poner palabras a lo que sucede a su alrededor. A diferencia de su hermana, a la que esas cosas no perturban, el niño, Miguel, vive en un estado de alerta y conmoción.
Miguel no es un personaje principal en la novela. Es el hijo del protagonista y sólo aparece en algunas escenas. Hubo una, en especial, que me resultó muy reveladora. La familia está cenando y, de pronto, a esa hora en la que nunca suena el teléfono, alguien llama, interrumpiendo la paz doméstica. El lector descubrirá, páginas después, que quien ha llamado es la amante del padre de Miguel. Muñoz Molina escribe:
"Miguel observaba e intuía sin comprender, con la inmediatez física con que se percibe la humedad o el frío [...], asombrado, casi admirado, de que su hermana no percibiera nada. [...] Si ella podía concentrarse tanto en todo lo que hacía y moverse con tanta serenidad y en línea recta era porque no la distraían ni la alarmaban los ruidos de peligro, porque le faltaban las antenas invisibles de percibir anticipadamente trastornos que él estaba siempre agitando. [...] Por eso a él le costaba tanto concentrarse: porque estaba atento a demasiadas cosas al mismo tiempo; porque adivinaba el pensamiento de los otros o intuía los cambios en sus estados de ánimo como esos barómetros que había en la escuela y que registraban con sus veloces agujas las turbulencias atmosféricas".
Miguel sabía cosas que no podía pensar, cosas para las que no tenía palabras. No eran cosas felices, ni fáciles de entender. ¿Pero qué vida es fácil de entender? ¿Qué vida es feliz, pacífica, o tranquila, todo el tiempo, siempre? ¿Qué vida no oculta secretos, pecados, dolores? Al leer esa escena, al ver a Miguel moviendo su pie bajo la mesa sin poderlo controlar, al sentir su ansiedad de barómetro enloquecido, me di cuenta de que la literatura tiene que ver con eso. Con lo difícil. Pero no sólo con lo difícil que nos sucede, sino con lo difícilmente decible. Con aquello que, para ser dicho, primero debe ser descubierto o inventado. Con aquello que, para ser dicho, debe encontrar palabras exactísimas, y no una, ni dos, sino tantas que muchas veces forman largos poemas, historias enteras, libros inacabables. Palabras que vale la pena buscar, y que vale la pena leer, porque nombran lo que realmente importa. Eso que uno sabe, pero no sabe cómo decir. Eso que uno sabe sin saber. Eso que uno sabe, a veces, sin siquiera poderlo pensar.
¿Por qué leer? Hay miles de razones: para intentar entender el mundo; para encontrar sentido a lo que de otra manera muchas veces parece no tenerlo; para sentir que no estamos solos con algunas preguntas. Quedarse leyendo hasta las tres de la mañana sin poder soltar el libro. Despertarse y pensar, en vez de en la rutina que nos espera ese día, en qué será lo que le espera al personaje. Dejarse llevar por las palabras como se deja un árbol mecer por la brisa. Esas son algunas razones para leer.
Pero, me parece, aún más importante que todos esos motivos es que leer puede ayudarnos a descubrir qué pensamos. Cuántas veces nos sucede que leemos algo, y decimos, "esto, exactamente esto, es lo que pienso", pero hasta ese momento carecíamos de las palabras para decirlo. En el fondo, quizá, ni siquiera sabíamos que pensábamos eso. Leer ayuda a pensar, a esclarecer las ideas propias, a pulirlas y, a veces, hasta a cuestionarlas. Y entonces nos ocurre como a aquel niño de Muñoz Molina. Hay cosas que sabemos, pero que no sabemos que sabemos. Hay cosas que pensamos, pero no sabemos que pensamos. Leer ayuda a descubrirlas, pues, antes que nosotros, el escritor se tomó el trabajo de buscar lo que realmente importa en medio del desorden informe de nuestras vidas, y de encontrar las palabras exactas para desplegarlo ante nuestros ojos, iluminando detalles y matices que nos despiertan del letargo y la costumbre.
Así, leer se convierte en una manera de saber quiénes somos. Una forma de dejar de ser simples miembros de una manada en la noche gris, para convertirnos en personas con nombre y apellido. Leer en serio es un modo de negarse a ser ovejas en un rebaño, ovejas que no están muy seguras de qué piensan o en qué creen -o que si lo están es porque otros se lo han dicho-, para convertirnos en individuos con rasgos peculiares, con claridad de pensamiento, con ideas propias y precisas.
¿Por qué leer? Para huir de las grandes abstracciones y las palabras grandilocuentes. A diferencia del derecho, las ciencias y la política, la buena literatura está hecha de detalles. Una rosa es una rosa es una rosa, y el amor siempre será el amor, pero no es lo mismo Anna Karenina enamorada que Emma Bovary. ¿Por qué leer? Para sumergirse en lo particular y único de cada vida. Para huir de los prejuicios de las grandes palabras. Para no ser una piedra sin nombre, un árbol anónimo. Para ser alguien, para ser distintos, para ser personas singulares, con una huella digital, vital, clara, única y precisa. ¿Por qué leer? Para descubrir quiénes somos. ¿Por qué leer? Para poder pensar.
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