miércoles, 28 de septiembre de 2011
El agradeciemiento libera por Sergio Sinay
¿El agradecimiento tiene fecha de vencimiento o uno debe pagar toda su vida los favores recibidos, como dice el tango? Cuando aparecen los "y todo lo que hice yo por ella", después de mucho tiempo y pensando que uno ya ha pagado suficientes facturas en la vida, me pregunto cuándo termina esto, cuándo uno se libera de agradecimientos de por vida. ¿Hay alguien o algo que ponga el sello de "pagado" a los favores recibidos?
Betty Lemos
RE:
Si la ayuda que se nos brindó se convierte en una hipoteca con cuotas eternas, quien nos favoreció estuvo haciendo una inversión especulativa. No nos ayudaba. Se ayudaba. Apuntalaba su ego, intentaba fortalecer su autoimagen. La ausencia de agradecimiento es tan empobrecedora como el permanente recuerdo de lo que se hizo por otro. El psiquiatra Richard Alpert, que se convirtiera en el maestro espiritual Ram Dass, se refiere a esto en ¿Cómo puedo ayudar?: "Una vez que asociamos la ayuda a una recompensa, comenzamos a utilizarla al servicio de una amplia gama de motivos personales, en lugar de convertirla en expresión de nuestra compasión natural".
Cuando a una acción de ayuda se responde con una acción de agradecimiento, allí se cierra un círculo virtuoso. El ayudador y el ayudado quedan libres y es posible que, en los caminos de la vida, en algún momento intercambien sus lugares. Podrán hacerlo con gracia, virtud y desapego. Si no es así, quedan atrapados en una red de manipulación que degrada a uno y encarcela al otro en la culpa y el agobio, como lo menciona nuestra amiga Betty.
Ponerle el sello de pagado al favor recibido es fruto de un mutuo acuerdo. Y este se firma con la indeleble tinta de la buena fe. Es de mala fe no agradecer y también lo es creer que haber ayudado nos convierte en acreedores perpetuos. Esto ocurre cuando el que ayuda se enamora de su propia imagen de asistente. Entonces andará siempre a la búsqueda de un necesitado, sentirá que si no ayuda no es y exigirá un permanente agradecimiento que lo confirme en su rol. En ese caso, el sello de pagado lo debe poner quien ya supo agradecer.
sergiosinay@gmail.com
viernes, 23 de septiembre de 2011
La parábola del Arquero

Una analogía tradicional que se refiere a los caminos espirituales
(upāya-s)
La parábola del Arquero
El tirar con el arco: Simboliza muy bien las diversas formas de esfuerzo, concentraciones, actividades que corresponden a los 3 upāya-s (caminos espirituales).Al comienzo, el Arquero, completamente ignorante en el arte de tirar con el arco, se fascina con el arco, de manejarlo, sin poder estar simultáneamente atento sobre el blanco.Sin destreza, equivocándose muchas veces, agitado, perdiendo inútilmente energías y su fuerza, esta tenso, cada movimiento representa un gran esfuerzo y a veces no llega a tener el arco en tensión hasta que la flecha se lanza. Pero poco a poco, por su disciplina y entrenamiento seguido, él se familiariza con el arco, con los movimientos necesarios para tirar la flecha, su respiración se tranquiliza, el cuerpo se relaja, la mente se calma y pasa a ser más callada. Ahora él puede poner la flecha en el arco sin pensar y tirar de una forma armoniosa, fluyente.
Por un esfuerzo intenso del cuerpo, del pensamiento y la atención, sin ser necesario mirar los detalles del arco y la flecha, él se identifica y se deja fluir para manejarlos.Todavía él no ha integrado en su conciencia, de una manera unitaria, ni el lanzamiento de la flecha, ni el blanco, su cuerpo esta oscilando cuando el maneja el arco y es independiente de su voluntad si la flecha llega al destino deseado.
Del mismo modo, en Āṇavopāya (el camino del individuo limitado) el yogui se concentra en el uso y el control de los aspectos más objetivos (exteriores) que en los aspectos subjetivos (interiores a su conciencia). Los aspectos objetivos (exteriores) de nuestro ser (el cuerpo físico, la respiración, los 5 sentidos, los 5 órganos de acción, la mente, etc.) atraen y apegan la conciencia del individuo y él debe hacer un esfuerzo para liberar la mente de su agitación, para liberarse de la fascinación de los objetos exteriores y alcanzar así el verdadero conocimiento del espíritu.
Durante este camino (Āṇavopāya - el camino del individuo limitado) el yogui debe dedicarse a varias prácticas para controlar el cuerpo, la respiración, los sentidos, los pensamientos (posturas corporales - asanas, mudras - gestos hechos con varias partes del cuerpo, bandhas - contracciones). Gradualmente éstas prácticas lo solicitan y se despierta el discernimiento, la perseverancia, la tenacidad y aprende a interiorizarse más. Sus energías no se pierden tan fácilmente hacia el exterior, hacia los objetos de los sentidos, al contrario se unifican y se orientan hacia su interior para alcanzar una paz profunda.Todavía él no alcanzó una paz mental continua y fluida, así como en el camino de la energía Śaktopāya, pero, por la causa de la Gracia Divina él alcanza esporádicamente momentos de paz aunque no logra mantenerse mucho tiempo en este estado de conciencia.

En la segunda etapa de su práctica, el arquero no se preocupa más de sus movimientos en particular, del arco, de la flecha, los movimientos y herramientas están integrados en un nivel de conciencia más sutil, en un tipo de ‘centro’ de donde emanan todos los movimientos. El aprende a lanzar la flecha sin temblar, sin tensiones personales, sin desviar la flecha por causa de sus limitaciones. Gracias a la intensidad de su atención él unifica toda su energía mental y emocional sobre el tiro y la flecha que lanza.
Se manifiesta un estado de hipervigilia unificador, global, completamente interiorizado, que incluye también la imagen del blanco, hasta que, en la cima de este proceso de concentración, él pone la flecha en la cuerda del arco y tira desde un proceso de total armonía.Desaparece definitivamente la distancia que separa la flecha del blanco. Esto significa el desaparecer del último fragmento de exterioridad, es decir de la orientación de su conciencia hacia los objetos exteriores. El tiro se realiza ahora muy armoniosamente, fluyente, sin ningún esfuerzo individual del arquero, como la nieve se cae desde la hoja de bambú (comparación conocida en la tradición Zen). Todo pasa desde un centro suyo, sin esfuerzo de su cuerpo o mente.En el mismo momento, en el mismo movimiento espontáneo, la flecha se pone en el arco inmediatamente es liberada y penetra al Blanco como si todo fuera una única vibración del corazón del Arquero.
Es como si la vibración del corazón del Arquero incluye el arco, conduce la flecha y penetra al Blanco.Todas las etapas del tiro, desde la primera hasta la última, constituyen una cadena fluyente, natural e íntima que se desarrolla en su totalidad, como si fuera que toda la sucesión de movimientos se incluye en un único movimiento, que emana desde el corazón del Arquero.Liberado del arco, de la flecha, del Blanco y hasta de sí mismo, pero usando la energía interna como un trampolín, el Arquero realiza ahora perfectamente el tiro.En la intensidad de la energía unificadora, en la hiperatención conciente, todo se desarrolla ahora en una calma profunda, sin oscilaciones o agitación.
Analógicamente, en el camino de la energía Śaktopāya, el yogui se desapega, trasciende tanto el objeto de la meditación suya como se trasciende a sí mismo descubriendo el juego libre de la Energía Divina. Una vez que este ‘Centro’ es despertado todo lo que debe hacer es dejar cualquier forma de dualidad de exterior-interior siendo ahora trascendida.
El puede ahora conducir en una forma totalmente fluida, todas las tendencias, los impulsos de su energía vital que son unificadas en el acto vívido simultáneamente en su totalidad, como si fuese una lectura global sin ser necesario distinguir letra por letra o palabra por palabra, como una madre salva inmediatamente a su hijo que está en un peligro inminente sin saber con detalles razonables como actuará. El ardor y la intensidad de las vivencias tocan ahora el vacío beatífico creador de su corazón espiritual, más allá de sus pensamientos, esfuerzo o expresión individual limitada. Se manifiesta como el relámpago la intuición espiritual y ésta es la eficacia de los mantras.El yogui busca como blanco la divinidad misma, hacia la cuál se acerca por intermedio de sus atributos particulares y la flecha es el mantra.
Ejemplos de atributos particulares de la divinidad elegida del yogui en el camino de la energía, Saktopaya: La compasión en el caso de Gran Fuerza Cósmica Tara, la fuerza vital pránica de Kali, los atributos de la belleza de Tripura Sundari, los atributos de un gran modelo divino como Jesús, etc.Así, el adorador se identifica plenamente con una faceta de la Divinidad, y no existe ahora ni adorador ni adorado, que sólo la manifestación espontánea y pura de la energía creadora Śakti tangente a la divinidad.Entonces la flecha se lanza sola, todo fluye armoniosamente, todo vive, el yogui no debe hacer otra acción más que dejarse fluir en el flujo desbordante y universal de la energía Divina Śakti de la cual nada lo mantiene ahora separado (antes lo tenía separado: su mente, su cuerpo, sus sentidos, etc.).
El mantra no es para éste yogui un ensamble de letras, es la experiencia directa del Universo, libre de cualquier exterioridad y dualidad.En la tercera etapa, el arquero liberado del arco, del blanco, de sí mismo, de las energías, tira ahora sin ningún propósito individual, acertando siempre al blanco.El yogui logró la conciencia de su Centro esencia, el Sí Divino Ātman, y la flecha se lanza siempre desde éste Centro acertando al blanco. Un solo movimiento reúne y pone en movimiento el soplo sutil respiratorio, la voluntad y el arco.
El se mantiene inmóvil desde el origen del movimiento, el tiro se manifiesta libremente sin ningún apoyo exterior (mente, cuerpo, energía diferenciada), no existe ningún tipo de orientación hacia algo exterior a su conciencia divina, es como un juego perfecto con el arco, el blanco y sí mismo en su totalidad. El tira sin ningún esfuerzo individual, libre de cualquier apego, él ve todo sin ninguna separación, sin ninguna diferencia entre él y el todo, tampoco siente la necesidad de ver por separado las cosas entre ellas.
El crea libremente y espontáneamente cada movimiento a medida que se desarrollan. En éste juego libre y espontáneo, bajo su inmensa experiencia y conocimiento, él percibe continuamente el placer puro y sublime del momento presente totalmente vívido que siempre le ofrecen nuevos y nuevos significados y aspectos.En Śāmbhavopāya el yogui despierto e impulsado espiritualmente por su Maestro liberado, tiene la mente trascendida, está más allá de los pensamientos y accede al Reino Supremo del Corazón Espiritual Divino.Aquí, en la intimidad del Corazón Divino todas las energías están naturalmente quietas en el vacío beatífico, en la trascendencia divina con la cual él fusiona en un estado total, puro y sublime, abandonado de sí mismo (como ser individual) en el Dios Padre.
Es un abandono total más allá de la mente, en una aspiración completa vaciada de cualquier objetividad, de cualquier representación mental, vaciada tanto de la imagen de sí mismo como de cualquier atributo de la Divinidad.Aquí no existe ni adorador ni Divinidad adorada con sus atributos, solamente la Luz Divina de la Conciencia, el Amor Divino atemporal y absoluto, el agradecimiento y la Gracia Divina que une el Padre Divino con su hijo espiritual.
El yogui, un héroe espiritual (vīra) manifiesta en éste nivel una voluntad idéntica con la voluntad divina, disolviendo para siempre toda la dualidad en el corazón divino. Desde acá emana ahora toda su actividad sin cansancio y fuertemente expresada siendo alimentada por el Dios Padre continuamente.El yogui es como Śiva, el arco para él es todo el Universo (no solo las estructuras individuales, cuerpo, respiración, etc. como en Āṇavopāya - el camino del ser limitado). El yogui está desde ahora firmemente en la punta entre sujeto y objeto, entre interior y exterior y los trasciende, porque todas sus percepciones provienen directamente desde la Conciencia Divina del Dios Padre.
El goza igual de la diversidad en unidad y de la unidad en diversidad, libre y soberano de toda la creación y sus manifestaciones.En Anupāya, la no modalidad, no existe ni arquero, ni arco, ni flecha, ni el blanco, existe solamente la divinidad.
lunes, 19 de septiembre de 2011
En la vereda por Cecilia Absatz
Miradas
En la vereda
Por Cecilia Absatz | Para LA NACION
Hay un lindo clima en la calle cuando uno sale temprano por la mañana. Temprano en serio, digamos, a las 6. Somos pocos y nos saludamos entre nosotros como si viviéramos en un pueblo, el pueblo de la gente que se levanta a horas ridículas para ir a trabajar. Salvo una eventual excepción literalmente trasnochada, sólo se ve al repartidor de pan en bicicleta, el mozo del bar de la esquina que camina apurado y vestido de civil, el chico del puesto de diarios y los encargados de los edificios.
Este es el gran momento de los encargados de los edificios: dueños de la vereda y de la información, intercambian saludos gestuales o verbales, se ponen al día y contemplan con aire reflexivo el barrio y su gente en este nuevo amanecer. El único problema es que todo esto lo hacen, con la parsimonia del caso, mientras lavan la vereda y dejan correr el agua que sale de la manguera, con dolorosa prodigalidad.Como si fuera gratis. Cierta vez no pude contenerme: me acerqué a un encargado (en un barrio que no era el mío, lo admito) y le supliqué que cerrara la canilla. El conversaba con una vecina mientras el agua corría inútilmente hacia el cordón. Yo la pago, me contestó el hombre de mal modo; son respuestas como trompadas, uno no sabe cómo responder a eso. En el gimnasio, una chica joven se lava los dientes frente al espejo y deja la canilla abierta; luego queda contemplándose con cierta ensoñación y lentamente comienza a retocar su maquillaje. Todo ese tiempo, la canilla sigue abierta. Otra vez no puedo contenerme y le pido por favor que cierre la canilla. Me mira como una joven divina mira a una vieja loca. Puedo leer su mente como si tuviera un subtítulo: ¿A quién le importa que la canilla esté abierta? Por fin la cierra como diciendo qué lata.
La gente que vive en Buenos Aires, una buena cantidad, abre la canilla de su casa y recibe ese generoso chorro de agua como si fuera lo más natural. No sabe que es un privilegio. No le entra en la cabeza. Nunca vivió en una ciudad en la que el agua potable se mide por gotas y la presión no alcanza. La ciudad de México, por ejemplo, Kandahar o sin ir más lejos la provincia de Córdoba, en nuestro país. Qué lata. Las películas que hablan de la desertificación son aburridas o políticamente tendenciosas; los rumores sobre gente que viene a comprar tierras para robarse el acuífero son leyendas urbanas. Hay unas débiles campañas oficiales, de vez en cuando, y también imágenes en la televisión de lugares secos, acá nomás, donde se hace fila para llenar un balde con agua que se usará para beber, asearse, cocinar y por último, regar las plantas. Es una realidad feroz, pero ¿qué puede hacer uno desde su casa, verdad?
Pues algo que cada uno puede hacer desde su casa es cerrar la canilla, por una cuestión de respeto a la humanidad. Un acto modesto de contrición. Los encargados de los edificios podrían mojar la vereda y luego lavarla con la escoba en lugar del chorro de la manguera. Verlos cada mañana dilapidar el agua potable, en medio de ese clima bucólico de la ciudad al amanecer, es algo que rompe el corazón.
También es relativo que paguemos el agua. Pagamos una cifra genérica y no el verdadero consumo individual, como la electricidad o el gas. Si cada familia pagara su propio consumo, como ocurre en otras ciudades, las madres enseñarían a sus hijas a cerrar la canilla mientras se retocan el maquillaje, e incluso, mientras se lavan los dientes. Y la vereda se lavará con un par de baldes. Para sacar esas hojitas rebeldes que se atascan entre los surcos no hay nada mejor que la escoba.
* La autora es periodista
En la vereda
Por Cecilia Absatz | Para LA NACION
Hay un lindo clima en la calle cuando uno sale temprano por la mañana. Temprano en serio, digamos, a las 6. Somos pocos y nos saludamos entre nosotros como si viviéramos en un pueblo, el pueblo de la gente que se levanta a horas ridículas para ir a trabajar. Salvo una eventual excepción literalmente trasnochada, sólo se ve al repartidor de pan en bicicleta, el mozo del bar de la esquina que camina apurado y vestido de civil, el chico del puesto de diarios y los encargados de los edificios.
Este es el gran momento de los encargados de los edificios: dueños de la vereda y de la información, intercambian saludos gestuales o verbales, se ponen al día y contemplan con aire reflexivo el barrio y su gente en este nuevo amanecer. El único problema es que todo esto lo hacen, con la parsimonia del caso, mientras lavan la vereda y dejan correr el agua que sale de la manguera, con dolorosa prodigalidad.Como si fuera gratis. Cierta vez no pude contenerme: me acerqué a un encargado (en un barrio que no era el mío, lo admito) y le supliqué que cerrara la canilla. El conversaba con una vecina mientras el agua corría inútilmente hacia el cordón. Yo la pago, me contestó el hombre de mal modo; son respuestas como trompadas, uno no sabe cómo responder a eso. En el gimnasio, una chica joven se lava los dientes frente al espejo y deja la canilla abierta; luego queda contemplándose con cierta ensoñación y lentamente comienza a retocar su maquillaje. Todo ese tiempo, la canilla sigue abierta. Otra vez no puedo contenerme y le pido por favor que cierre la canilla. Me mira como una joven divina mira a una vieja loca. Puedo leer su mente como si tuviera un subtítulo: ¿A quién le importa que la canilla esté abierta? Por fin la cierra como diciendo qué lata.
La gente que vive en Buenos Aires, una buena cantidad, abre la canilla de su casa y recibe ese generoso chorro de agua como si fuera lo más natural. No sabe que es un privilegio. No le entra en la cabeza. Nunca vivió en una ciudad en la que el agua potable se mide por gotas y la presión no alcanza. La ciudad de México, por ejemplo, Kandahar o sin ir más lejos la provincia de Córdoba, en nuestro país. Qué lata. Las películas que hablan de la desertificación son aburridas o políticamente tendenciosas; los rumores sobre gente que viene a comprar tierras para robarse el acuífero son leyendas urbanas. Hay unas débiles campañas oficiales, de vez en cuando, y también imágenes en la televisión de lugares secos, acá nomás, donde se hace fila para llenar un balde con agua que se usará para beber, asearse, cocinar y por último, regar las plantas. Es una realidad feroz, pero ¿qué puede hacer uno desde su casa, verdad?
Pues algo que cada uno puede hacer desde su casa es cerrar la canilla, por una cuestión de respeto a la humanidad. Un acto modesto de contrición. Los encargados de los edificios podrían mojar la vereda y luego lavarla con la escoba en lugar del chorro de la manguera. Verlos cada mañana dilapidar el agua potable, en medio de ese clima bucólico de la ciudad al amanecer, es algo que rompe el corazón.
También es relativo que paguemos el agua. Pagamos una cifra genérica y no el verdadero consumo individual, como la electricidad o el gas. Si cada familia pagara su propio consumo, como ocurre en otras ciudades, las madres enseñarían a sus hijas a cerrar la canilla mientras se retocan el maquillaje, e incluso, mientras se lavan los dientes. Y la vereda se lavará con un par de baldes. Para sacar esas hojitas rebeldes que se atascan entre los surcos no hay nada mejor que la escoba.
* La autora es periodista
Los hijos crecen y aman por Sergio Sinay
Oxígeno / Diálogos del alma
Los hijos crecen y aman
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
Mail: sergiosinay@gmail.com |
Señor sinay: Me interesa conocer su opinión acerca de las tantas y actuales relaciones de pareja en las que vemos chicas adolescentes (de 25 años) con hombres que las duplican en edad. Después de haber hablado todo con ella, la relación continúa. ¿Cómo actuaría, como padre de la adolescente, en una situación semejante? Gracias por su comentario, sea a favor o no.
Veronica Gurmendi
El inconsciente colectivo, tal como lo describió Carl Jung, padre de la psicología profunda, es una suerte de plataforma submarina que todos compartimos y de la cual asomamos como islas o continentes que sólo en apariencia están desligados. Más allá de nuestra individualidad hay contenidos de nuestra psiquis que son comunes a la especie y que se repiten a lo largo de las generaciones. Son los arquetipos. El ánima, explicó Jung, es la imagen de lo femenino que anida en el inconsciente de cada hombre. Y el ánimus, el equivalente masculino en el inconsciente de cada mujer. Estos dos arquetipos guían, de algún modo, el encuentro entre las personas de ambos sexos. Cuanto menos conozca cada hombre a su ánima (o cuanto más la niegue, creyendo que la masculinidad se afirma eliminando cualquier vestigio femenino en su propio ser), más dependerá de una mujer que la represente. Cuanto menos contacto tenga una mujer con su ánimus, más estará a expensas de un varón que lo encarne. Y, por fin, en la medida en que más y mejor contacto cada quien tome con estos aspectos, mejores, más claras y trascendentes relaciones podrá establecer con hombres y mujeres de carne y hueso.
Desde que conocemos esto, ya no podemos despachar con tanta simpleza lo que llamamos masculino o femenino ni establecer tan alegremente lo que un hombre o una mujer deben ser o hacer. Toda relación de amor encierra como ingrediente el diálogo silencioso, la danza secreta, entre el ánima y el ánimus de los amados amantes. No es sencillo, entonces, juzgar el vínculo entre un hombre y una mujer ni, mucho menos, reducirlo a cuestiones de edad, origen, pertenencia, etcétera. "Contrariamente a lo que dice la sabiduría popular, muchos hombres en la mitad de la vida se sienten atraídos por mujeres más jóvenes, no porque quieran recuperar su juventud, sino porque necesitan confirmar su madurez", afirma la psicoterapeuta Nancy Mayer en Los mejores años del varón, clásico estudio sobre la crisis de la mediana edad. Desaprobar una relación sólo por cuestiones de edad nos llevaría a suponer que la igualdad en años garantiza mutua comprensión, empatía, capacidad de concretar sueños comunes, respeto, cooperación, diálogo, aceptación e integración de las diferencias. Pero no es tan simple. Antes, sería preferible observar y preguntarse cómo se tratan los miembros de una pareja, de qué manera comparten sus momentos, cómo se sienten con el otro. La incomprensión, el desamor, el maltrato, la indiferencia, la manipulación, la deslealtad surgen a cualquier edad, lo mismo que la escucha receptiva, el acompañamiento, el reconocimiento, la admiración y la valoración mutuos. Depende de las personas, de su vínculo y de razones íntimas que sólo a ellas les pertenecen. También del lazo entre sus ánima y ánimus.
Y, ya que viene al caso, conviene revisar nuestros conceptos sobre la adolescencia. A los 25 años se es inexorablemente adulto. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma en sus estudios que la adolescencia termina a los 19 años, cumplidos los procesos de maduración física y cognitiva que corresponden a esa etapa. Si llamamos adolescente a una persona de 25 años, quizá no advertimos que creció (un modo de no aceptar nuestro propio envejecimiento). No le reconocemos su autonomía y no nos desapegamos como padres. Para fluir, el amor (filial, paternal y de pareja) requiere desapego. Si hemos cumplido nuestra función de guías, referentes y transmisores de valores, habremos criado y educado a una persona capaz de valerse, decidir y hacerse cargo por sí misma de sus elecciones. ¿No confiamos en el fruto de nuestra labor? Si fuera así, el problema es nuestro. Y si confiamos, al hablar de una mujer de 25 años que tiene un vínculo con un hombre mayor que ella, podremos verla y respetarla, simplemente, como a una mujer enamorada. ¿Por qué sería más aceptable su relación si ella tuviera el doble de la edad que tiene o si su enamorado fuera de la misma edad de ella? ¿Sólo por una cuestión cronológica? Una prueba de fuego para los padres es siempre comprender y reconocer cuándo nuestros hijos son seres libres, responsables de sus vidas y de sus amores. Al hacerlo, celebramos nuestra propia maduración.
Los hijos crecen y aman
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
Mail: sergiosinay@gmail.com |
Señor sinay: Me interesa conocer su opinión acerca de las tantas y actuales relaciones de pareja en las que vemos chicas adolescentes (de 25 años) con hombres que las duplican en edad. Después de haber hablado todo con ella, la relación continúa. ¿Cómo actuaría, como padre de la adolescente, en una situación semejante? Gracias por su comentario, sea a favor o no.
Veronica Gurmendi
El inconsciente colectivo, tal como lo describió Carl Jung, padre de la psicología profunda, es una suerte de plataforma submarina que todos compartimos y de la cual asomamos como islas o continentes que sólo en apariencia están desligados. Más allá de nuestra individualidad hay contenidos de nuestra psiquis que son comunes a la especie y que se repiten a lo largo de las generaciones. Son los arquetipos. El ánima, explicó Jung, es la imagen de lo femenino que anida en el inconsciente de cada hombre. Y el ánimus, el equivalente masculino en el inconsciente de cada mujer. Estos dos arquetipos guían, de algún modo, el encuentro entre las personas de ambos sexos. Cuanto menos conozca cada hombre a su ánima (o cuanto más la niegue, creyendo que la masculinidad se afirma eliminando cualquier vestigio femenino en su propio ser), más dependerá de una mujer que la represente. Cuanto menos contacto tenga una mujer con su ánimus, más estará a expensas de un varón que lo encarne. Y, por fin, en la medida en que más y mejor contacto cada quien tome con estos aspectos, mejores, más claras y trascendentes relaciones podrá establecer con hombres y mujeres de carne y hueso.
Desde que conocemos esto, ya no podemos despachar con tanta simpleza lo que llamamos masculino o femenino ni establecer tan alegremente lo que un hombre o una mujer deben ser o hacer. Toda relación de amor encierra como ingrediente el diálogo silencioso, la danza secreta, entre el ánima y el ánimus de los amados amantes. No es sencillo, entonces, juzgar el vínculo entre un hombre y una mujer ni, mucho menos, reducirlo a cuestiones de edad, origen, pertenencia, etcétera. "Contrariamente a lo que dice la sabiduría popular, muchos hombres en la mitad de la vida se sienten atraídos por mujeres más jóvenes, no porque quieran recuperar su juventud, sino porque necesitan confirmar su madurez", afirma la psicoterapeuta Nancy Mayer en Los mejores años del varón, clásico estudio sobre la crisis de la mediana edad. Desaprobar una relación sólo por cuestiones de edad nos llevaría a suponer que la igualdad en años garantiza mutua comprensión, empatía, capacidad de concretar sueños comunes, respeto, cooperación, diálogo, aceptación e integración de las diferencias. Pero no es tan simple. Antes, sería preferible observar y preguntarse cómo se tratan los miembros de una pareja, de qué manera comparten sus momentos, cómo se sienten con el otro. La incomprensión, el desamor, el maltrato, la indiferencia, la manipulación, la deslealtad surgen a cualquier edad, lo mismo que la escucha receptiva, el acompañamiento, el reconocimiento, la admiración y la valoración mutuos. Depende de las personas, de su vínculo y de razones íntimas que sólo a ellas les pertenecen. También del lazo entre sus ánima y ánimus.
Y, ya que viene al caso, conviene revisar nuestros conceptos sobre la adolescencia. A los 25 años se es inexorablemente adulto. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma en sus estudios que la adolescencia termina a los 19 años, cumplidos los procesos de maduración física y cognitiva que corresponden a esa etapa. Si llamamos adolescente a una persona de 25 años, quizá no advertimos que creció (un modo de no aceptar nuestro propio envejecimiento). No le reconocemos su autonomía y no nos desapegamos como padres. Para fluir, el amor (filial, paternal y de pareja) requiere desapego. Si hemos cumplido nuestra función de guías, referentes y transmisores de valores, habremos criado y educado a una persona capaz de valerse, decidir y hacerse cargo por sí misma de sus elecciones. ¿No confiamos en el fruto de nuestra labor? Si fuera así, el problema es nuestro. Y si confiamos, al hablar de una mujer de 25 años que tiene un vínculo con un hombre mayor que ella, podremos verla y respetarla, simplemente, como a una mujer enamorada. ¿Por qué sería más aceptable su relación si ella tuviera el doble de la edad que tiene o si su enamorado fuera de la misma edad de ella? ¿Sólo por una cuestión cronológica? Una prueba de fuego para los padres es siempre comprender y reconocer cuándo nuestros hijos son seres libres, responsables de sus vidas y de sus amores. Al hacerlo, celebramos nuestra propia maduración.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
La cadencia del amor
Oxígeno / Diálogos del alma
La cadencia del amor
Por Sergio Sinay
Domingo 26 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor sinay: reflexionando sobre el hallazgo del amor en la edad madura, y revisando las distintas experiencias de las personas en este tema, mi inquietud pasa por esas necesidades latentes que tenemos todos y que a veces no se expresan durante años. Como ejemplo, puede uno construir un vínculo de pareja de 25 años, que le da hijos y estabilidad, y, de pronto, sintonizar con otra persona en cuestión de días, como si la sintonía de un dial finalmente hiciera claro el sonido del programa de radio. Lo impactante es que ese sentimiento no le había sido develado siquiera al que lo siente, sólo en el contacto con ese nuevo amor. ¿Esta vivencia se relaciona con el desgaste natural de una larga relación? ¿O será que todos guardamos un secreto muy íntimo que se activa, a veces, en una edad y momento en apariencia inoportunos? ¿Pueden considerarse distintas clases de amor, todas válidas?
Irene P. Hippe, 50 años.
Nuestro planeta tiene 7 mil millones de habitantes, todos distintos. No hay dos iguales. Toda relación se dará, entonces, entre individuos diferentes. Y en esas diferencias reside el potencial del amor. Norberto Levy, médico y psicoterapeuta que abrió el campo de la autoasistencia psicológica, reflexiona en Aprendices del amor: "Una de las leyes que el amor conoce es que la parte puede estar bien en la medida en que el conjunto al que esa parte pertenece también lo esté. Un miembro de la pareja puede estar bien en la medida en que la estructura pareja lo esté". Esa es la cuestión. Integrar la diversidad en un todo armonioso que se potencie a sí mismo. Para cada pareja esta tarea es única y propia, por lo tanto cada relación de amor es singular. Cuando una persona permanece demasiado tiempo en un todo inarmónico es muy posible que se active eso que nuestra amiga Irene llama "un secreto muy íntimo".
Dicho así parecería que algo mágico ocurre y disipa la penumbra afectiva. Sin embargo, yo no lo llamaría "hallazgo del amor". En mi opinión, el amor no es algo que se halla, como quien tropieza inesperadamente con una piedra preciosa. El amor es una construcción, el fruto de una secuencia de actitudes mutuas y recíprocas entre dos personas. Actitudes que incluyen miradas nuevas sobre el compañero o compañera de siempre, capacidad de escucha receptiva y hospitalaria hacia él o hacia ella, palabras que incluyen pedidos claros respecto de las propias necesidades y ofrecimientos empáticos y comprensivos en cuanto a las del otro. El amor no se resume en formalismos (construir una familia, mantenerla materialmente abastecida, cumplir con expectativas sociales y familiares, asegurarse contra los imprevistos) ni en formulismos (aplicar recetas de experiencias ajenas y esperar resultados automáticos). Crece a través de obstáculos y conflictos inherentes a la vida, se templa en la confrontación con los mismos y hace de esas instancias un punto de reconocimiento entre quienes se aman. Les permite volver a conocerse (una vez más, pero no la última) bajo una luz inédita. No aparece de pronto y consumado. Se cuece a fuego lento, necesita espacio, paciencia, aceptación. Distinto es el enamoramiento, esa explosión emocional hecha de idealización, ilusión y desconocimiento.
Toda relación tiene un desgaste natural, puesto que es un organismo vivo. Pero si sólo nos quedáramos con eso, estaría condenada desde su mismo inicio. Pero un vínculo en el que hay actitudes amorosas tiene también una renovación natural. Tendemos a quedarnos (bebiendo en alguna literatura, cine, telenovelas y cierta psicología circulante) con la idea del desgaste y no con la renovación. Creemos que el gran amor nos espera afuera del vínculo y no en la cotidianidad del mismo. Hasta que el gran amor se hace, a su vez, cotidiano, real, y se desgasta. Sin duda hay deterioros irreversibles en muchas relaciones. Pero no se resuelven con el parche de un nuevo amor. Una construcción amorosa no se da instantáneamente, y menos aún sobre los restos humeantes del vínculo anterior. Se foguea en el conocimiento, en la aceptación de diferencias aún desconocidas (o en su rechazo irremediable), en la confrontación de situaciones difíciles, en la forja de proyectos comunes que no anulen espacios individuales. A ninguna edad el amor nace de un repollo. Requiere espera y compromiso, huye de la ansiedad y de la magia. Hay distintas experiencias del amor, pero ninguna prescinde del tiempo, de las actitudes, del conocimiento mutuo entre quienes se aman. El perfil del verdadero amor es bajo y tiene raíces profundas, está en el fondo quieto del río, no en su veloz y turbulenta superficie.
sergiosinay@gmail.com
5 tips para innovar como Disney
5 tips para innovar como Disney
Por Eduardo Remolins | Remolins.com
Walt Disney ha sido una de las personas más creativas que han existido, dentro y fuera del mundo del espectáculo. De acuerdo a algunos investigadores de su obra, eso podría haber sido el resultado de una particular forma de funcionamiento de su psiquis.
Según Robert Dilts, un experto en programación neurolinguística (PNL), Disney utilizaba un proceso creativo en el que adoptaba alternativamente tres roles o "personalidades". Dilts las llamó El Soñador, El Realista y el Crítico. Cada una de estas personalidades operaba de manera diferente.
Mientras desarrollaba el papel del Soñador, Disney daba rienda suelta a la libre asociación, el brainstorming y la generación de nuevos conceptos. Pero no era sólo un soñador. Al pasar a la fase Realista, una vez planteado el objetivo de un nuevo proyecto, se volvía un ejecutante escrupuloso de la estrategia de implementación, con una gran capacidad de motivar y liderar equipos. Finalmente, cuando asumía el rol de Crítico, era un implacable observador de su proyecto en marcha, para buscarle defectos y formas de mejorarlo permanentemente.
USANDO LA ESTRATEGIA DE DISNEY
Esta característica "tripolar" de Disney (su habilidad para asumir los tres roles), es un activo muy valioso para la innovación en cualquier campo, desde la creación artística hasta la empresarial. Más importante aún, aunque no todos tenemos naturalmente esa disposición a abordar un proyecto con esos tres enfoques, sí podemos utilizarlo concientemente. Entrenarnos para hacer "la gran Disney", por decirlo de algún modo.
Estos cinco tips pueden ayudarlo cuando quiera resolver un problema o desarrollar un proyecto:
1. Adopte la personalidad del Soñador al comienzo de un proyecto. Pregúntese: ¿qué quiero lograr? ¿Cuál es el objetivo? ¿Por qué me interesa ese tema o proyecto? Si no tuviera obstáculos ni restricciones, ¿qué me gustaría lograr? Esta es la etapa de pensar sin límites ni juicios.
2. Anote en una hoja todas las ideas e intuiciones que haya obtenido en esta etapa.
3. Adopte la personalidad del Realista. ¿Qué necesita para hacer realidad lo que se propone? ¿Qué recursos requiere (humanos, monetarios, tecnológicos)? ¿Qué obstáculos espera encontrar? ¿Tiene idea de cómo superarlos?
4. Escriba su plan para llevar a cabo el proyecto. No importa que no sea aún un plan muy detallado, escriba los grandes trazos y luego avance hasta el nivel de detalle que pueda.
5. Apenas comience la puesta en práctica del plan adopte con alguna frecuencia la personalidad del Crítico. ¿Es esto lo mejor que puedo hacer? ¿Estoy satisfecho? ¿Cómo lo verán mis clientes (o mi audiencia, mis lectores o quien sea que vaya a evaluar el trabajo final)? Siga refinando el plan y mejorando su implementación.
Aunque este esquema parece extraordinariamente simple, uno de los desafíos que plantea es no mezclar los roles o personalidades. Hay que tener cuidado de no introducir el análisis o la crítica cuando estamos proponiendo o explorando ideas nuevas, por ejemplo. El Crítico no debe entrar cuando el Soñador está a cargo. Esa es una receta infalible para bloquearse.
Por otro lado, todos tenemos naturalmente nuestras mayores fortalezas en una o dos de las personalidades y nuestras debilidades en el resto. Las personas naturalmente creativas (como los artistas), suelen ser buenos como Soñadores y cómo Críticos, pero no siempre tan buenos como Realistas. No siempre son buenos implementadores que hacen realidad los sueños.
Aunque uno puede mejorar, hasta cierto punto, sus habilidades en cualquier rol o personalidad, la mejor regla suele ser reconocer dónde están nuestras mayores debilidades y asociarnos u obtener ayuda de personas que nos complementen. En definitiva, no todos somos tan completos como Disney, pero todos podemos usar su método.
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