Un hábito que se va perdiendo en la era del espectáculo
Leer, un modo de descubrirnos
Por Mori Ponsowy | Para LA NACION
¿Por qué alguien, en pleno siglo XXI, puede querer leer literatura? ¡Hay tantas otras cosas en que ocupar el tiempo! Vivimos en la edad del espectáculo, el fisgoneo y la diversión. Tenemos teles, compus, consolas de juego, teléfonos celulares, Internet, Twitter, Facebook, Skype, películas de amor, de terror... Pantallas y pantallas y más pantallas que nos hechizan con esa facilidad que tiene la imagen para llamar nuestra atención sin pedir nada a cambio.
Uno se sienta delante de la computadora, una tarde de sábado, pensando que va a mandar un solo e-mail y, sin darse cuenta, salta del correo al diario de otro país, y de ahí a YouTube, y de pronto ha pasado media hora, 50 minutos, la tarde entera, y ya es de noche y tiene la mirada ida, y no sólo no empezó el libro que había dejado sobre la mesa, sino que la disposición de ánimo para leer, para concentrarse en una riada de palabras que no son las propias, ha desaparecido por completo para ser reemplazada por otra, más similar a la de quien camina distraído por un patio de comidas que a la del nadador de fondo que se sumerge en la vida de personajes desconocidos, en la cadencia de unos versos o en la dificultad de ideas novedosas.
Hace poco, el gran Philip Roth dijo que creía que dentro de 25 años casi nadie leería novelas. La entrevistadora le preguntó si no estaba exagerando, y él respondió: "No, al contrario: estoy siendo optimista. Pienso que leer novelas va a ser una cuestión de culto. Siempre va a haber gente que lea, pero será un grupo muy pequeño. En el futuro cercano, leer novelas será tan infrecuente como hoy leer poesía del siglo V". La periodista le preguntó si lo que volvía impopulares a las novelas era el tiempo que llevaba leerlas. Y Roth respondió: "No, no tiene que ver con la longitud de una novela. Tiene que ver con la imprenta. Tiene que ver con el libro, con el objeto en sí. Leer requiere cierta clase de concentración, de devoción, de entrega. Si uno se demora más de dos semanas en leer una novela, no la ha leído. Ese tipo de concentración es cada vez más difícil de encontrar. El libro no puede competir contra todas esas pantallas".
A diferencia de ver tele, jugar un videojuego o navegar por Internet, leer no es fácil. Para qué nos vamos a engañar. La lectura exige tiempo, atención, trabajo. Y no sólo eso: para leer se necesita práctica. No basta saber leer para convertirse en lector. Cuando los niños aprenden a leer, al principio pronuncian lentamente cada letra y, cuando llegan al final de la palabra, no saben qué han dicho. Es que para que la palabra pueda entenderse debe ser leída a una velocidad determinada. Lo mismo ocurre cuando, después de leer palabras, empiezan a intentarlo con oraciones: si no las leen a la velocidad justa, cuando llegan al final ya no recuerdan qué dijeron al principio. Y lo mismo sucede cuando pasan a leer un párrafo, un capítulo, un libro entero. Por eso Roth dice que quien tarda más de dos semanas en leer una novela, no la ha leído realmente. Es decir: no ha captado su sentido, no ha nadado en ella. Leer una novela, una página hoy, otra mañana, no es leerla. Leer significa sumergirse, entregarse. Encontrar un ritmo, ni muy rápido, ni muy lento, que nos lleve a descubrir no sólo el significado de las palabras, sino, tras ellas, una forma armónica: el sentido que todas ellas juntas comunican. La trama del bordado.
No es fácil aprender a leer, no es fácil leer, y no es fácil seguir haciéndolo. Creo, como Roth, que hoy es más difícil que antes, que cada vez será más difícil, y que los verdaderos lectores se van a convertir en seres extraños y anacrónicos, como los filatelistas. A veces, sospecho que en el futuro habrá menos lectores que escritores. ¡Hay tanta gente deseosa de ser leída y publicada que no lee a los demás!
¿Por qué leer si podemos dedicar el tiempo a tantas otras cosas, más divertidas, más fáciles, más rápidas? En una novela maravillosa, La noche de los tiempos , del español Antonio Muñoz Molina, hay un niño, justo antes de que se desencadene la Guerra Civil Española, que es testigo de cosas que pasan en su casa, de la pérdida de amor de sus padres, y del caos y la violencia que se apoderan de la ciudad, pero es muy pequeño para entender y, sobre todo, para poner palabras a lo que sucede a su alrededor. A diferencia de su hermana, a la que esas cosas no perturban, el niño, Miguel, vive en un estado de alerta y conmoción.
Miguel no es un personaje principal en la novela. Es el hijo del protagonista y sólo aparece en algunas escenas. Hubo una, en especial, que me resultó muy reveladora. La familia está cenando y, de pronto, a esa hora en la que nunca suena el teléfono, alguien llama, interrumpiendo la paz doméstica. El lector descubrirá, páginas después, que quien ha llamado es la amante del padre de Miguel. Muñoz Molina escribe:
"Miguel observaba e intuía sin comprender, con la inmediatez física con que se percibe la humedad o el frío [...], asombrado, casi admirado, de que su hermana no percibiera nada. [...] Si ella podía concentrarse tanto en todo lo que hacía y moverse con tanta serenidad y en línea recta era porque no la distraían ni la alarmaban los ruidos de peligro, porque le faltaban las antenas invisibles de percibir anticipadamente trastornos que él estaba siempre agitando. [...] Por eso a él le costaba tanto concentrarse: porque estaba atento a demasiadas cosas al mismo tiempo; porque adivinaba el pensamiento de los otros o intuía los cambios en sus estados de ánimo como esos barómetros que había en la escuela y que registraban con sus veloces agujas las turbulencias atmosféricas".
Miguel sabía cosas que no podía pensar, cosas para las que no tenía palabras. No eran cosas felices, ni fáciles de entender. ¿Pero qué vida es fácil de entender? ¿Qué vida es feliz, pacífica, o tranquila, todo el tiempo, siempre? ¿Qué vida no oculta secretos, pecados, dolores? Al leer esa escena, al ver a Miguel moviendo su pie bajo la mesa sin poderlo controlar, al sentir su ansiedad de barómetro enloquecido, me di cuenta de que la literatura tiene que ver con eso. Con lo difícil. Pero no sólo con lo difícil que nos sucede, sino con lo difícilmente decible. Con aquello que, para ser dicho, primero debe ser descubierto o inventado. Con aquello que, para ser dicho, debe encontrar palabras exactísimas, y no una, ni dos, sino tantas que muchas veces forman largos poemas, historias enteras, libros inacabables. Palabras que vale la pena buscar, y que vale la pena leer, porque nombran lo que realmente importa. Eso que uno sabe, pero no sabe cómo decir. Eso que uno sabe sin saber. Eso que uno sabe, a veces, sin siquiera poderlo pensar.
¿Por qué leer? Hay miles de razones: para intentar entender el mundo; para encontrar sentido a lo que de otra manera muchas veces parece no tenerlo; para sentir que no estamos solos con algunas preguntas. Quedarse leyendo hasta las tres de la mañana sin poder soltar el libro. Despertarse y pensar, en vez de en la rutina que nos espera ese día, en qué será lo que le espera al personaje. Dejarse llevar por las palabras como se deja un árbol mecer por la brisa. Esas son algunas razones para leer.
Pero, me parece, aún más importante que todos esos motivos es que leer puede ayudarnos a descubrir qué pensamos. Cuántas veces nos sucede que leemos algo, y decimos, "esto, exactamente esto, es lo que pienso", pero hasta ese momento carecíamos de las palabras para decirlo. En el fondo, quizá, ni siquiera sabíamos que pensábamos eso. Leer ayuda a pensar, a esclarecer las ideas propias, a pulirlas y, a veces, hasta a cuestionarlas. Y entonces nos ocurre como a aquel niño de Muñoz Molina. Hay cosas que sabemos, pero que no sabemos que sabemos. Hay cosas que pensamos, pero no sabemos que pensamos. Leer ayuda a descubrirlas, pues, antes que nosotros, el escritor se tomó el trabajo de buscar lo que realmente importa en medio del desorden informe de nuestras vidas, y de encontrar las palabras exactas para desplegarlo ante nuestros ojos, iluminando detalles y matices que nos despiertan del letargo y la costumbre.
Así, leer se convierte en una manera de saber quiénes somos. Una forma de dejar de ser simples miembros de una manada en la noche gris, para convertirnos en personas con nombre y apellido. Leer en serio es un modo de negarse a ser ovejas en un rebaño, ovejas que no están muy seguras de qué piensan o en qué creen -o que si lo están es porque otros se lo han dicho-, para convertirnos en individuos con rasgos peculiares, con claridad de pensamiento, con ideas propias y precisas.
¿Por qué leer? Para huir de las grandes abstracciones y las palabras grandilocuentes. A diferencia del derecho, las ciencias y la política, la buena literatura está hecha de detalles. Una rosa es una rosa es una rosa, y el amor siempre será el amor, pero no es lo mismo Anna Karenina enamorada que Emma Bovary. ¿Por qué leer? Para sumergirse en lo particular y único de cada vida. Para huir de los prejuicios de las grandes palabras. Para no ser una piedra sin nombre, un árbol anónimo. Para ser alguien, para ser distintos, para ser personas singulares, con una huella digital, vital, clara, única y precisa. ¿Por qué leer? Para descubrir quiénes somos. ¿Por qué leer? Para poder pensar.
© La Nacion.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
viernes, 4 de noviembre de 2011
Que mi palabra no te lastime
El árbol de la vida
Que mi palabra no te lastime
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
"No irás por ahí lanzando habladurías sobre las personas". En esas pocas y certeras palabras se resume la Ley del Habla. Y esta Ley tiene una oración que la acompaña. Dice así: "Señor, otórgame el don de no decir nada innecesario". Hasta hace algún tiempo yo desconocía la existencia de este extraordinario mandamiento. Lo conocí mientras leía Operación Shylock, novela de uno de mis escritores favoritos, Philip Roth. Autor, entre otras, de El lamento de Portnoy, El Profesor de Deseo, Pastoral americana, El teatro de Sabath, Némesis, Elegía y La humillación, Roth me apasiona y conmueve cada vez. Pocos pueden cavar como él, con tanta compasión, lucidez y coraje en la profundidad del alma humana. Uno de sus personajes, en Operación Shylock, menciona a la Ley del Habla y a su creador, Chafetz Chaim.
El verdadero nombre de Chafetz Chaim era Meir Hacohen Kagan. Nació en Zethel, Polonia, en 1838, vivió 95 años y fue un humilde rabino que llevaba las cuentas en el pequeño almacén de su mujer. Su nombre creció, fue respetado y tuvo innumerables discípulos. Todos sus escritos, toda su tarea y toda su misión se centraron en una consigna que repitió hasta su muerte. "Cuida tu lengua del Diablo, cierra tus labios para que no escupan chismes, que tus palabras no sean armas". Renunció a los grandes púlpitos y anduvo siempre entre la gente común.
Cuando se escuchan tantos y tan fáciles chismes e insultos en la televisión, en la calle, en cualquier conversación, cuando se leen tantos agravios anónimos en las redes sociales, en comentarios de lectores de sitios y portales y en twitter, se me ocurre que urge desempolvar la Ley del Habla. Simple y profunda ley moral que nos permitiría volver a honrar un maravilloso instrumento que los humanos hemos creado para ir en busca del otro, construir puentes en donde encontrarnos y celebrarnos, y para trascender. Ese instrumento es la palabra. Nació para sustituir al aullido y a la piedra. Nació para enunciar emociones y sentimientos, para ofrecer y para pedir. Nació para que, al nombrarnos, nos diéramos existencia los unos a los otros. Nadie más habla, sólo nosotros. Nadie más le dio reglas y normas a su lenguaje. Nadie creó mundos (la realidad entera) con vocablos. Con la palabra se nos otorgó un don que no puede dilapidarse ni tratarse con descuido.
"Señor, otórgame el don de no decir nada innecesario". ¿No es una hermosa oración para empezar el día? Y si no la queremos como oración, basta con mentarla como propósito. Cumplir con la Ley del Habla puede limpiar nuestros oídos, nuestras bocas, nuestros corazones, nuestra alma. Puede hacer más liviana la atmósfera de nuestros vínculos y más confiable cada encuentro con el otro. Quizá sólo sea cuestión de probar cómo nos sentimos al final de un día en el que la hemos respetado.
Esta columna fue publicada originalmente por la revista Sophia
Que mi palabra no te lastime
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
"No irás por ahí lanzando habladurías sobre las personas". En esas pocas y certeras palabras se resume la Ley del Habla. Y esta Ley tiene una oración que la acompaña. Dice así: "Señor, otórgame el don de no decir nada innecesario". Hasta hace algún tiempo yo desconocía la existencia de este extraordinario mandamiento. Lo conocí mientras leía Operación Shylock, novela de uno de mis escritores favoritos, Philip Roth. Autor, entre otras, de El lamento de Portnoy, El Profesor de Deseo, Pastoral americana, El teatro de Sabath, Némesis, Elegía y La humillación, Roth me apasiona y conmueve cada vez. Pocos pueden cavar como él, con tanta compasión, lucidez y coraje en la profundidad del alma humana. Uno de sus personajes, en Operación Shylock, menciona a la Ley del Habla y a su creador, Chafetz Chaim.
El verdadero nombre de Chafetz Chaim era Meir Hacohen Kagan. Nació en Zethel, Polonia, en 1838, vivió 95 años y fue un humilde rabino que llevaba las cuentas en el pequeño almacén de su mujer. Su nombre creció, fue respetado y tuvo innumerables discípulos. Todos sus escritos, toda su tarea y toda su misión se centraron en una consigna que repitió hasta su muerte. "Cuida tu lengua del Diablo, cierra tus labios para que no escupan chismes, que tus palabras no sean armas". Renunció a los grandes púlpitos y anduvo siempre entre la gente común.
Cuando se escuchan tantos y tan fáciles chismes e insultos en la televisión, en la calle, en cualquier conversación, cuando se leen tantos agravios anónimos en las redes sociales, en comentarios de lectores de sitios y portales y en twitter, se me ocurre que urge desempolvar la Ley del Habla. Simple y profunda ley moral que nos permitiría volver a honrar un maravilloso instrumento que los humanos hemos creado para ir en busca del otro, construir puentes en donde encontrarnos y celebrarnos, y para trascender. Ese instrumento es la palabra. Nació para sustituir al aullido y a la piedra. Nació para enunciar emociones y sentimientos, para ofrecer y para pedir. Nació para que, al nombrarnos, nos diéramos existencia los unos a los otros. Nadie más habla, sólo nosotros. Nadie más le dio reglas y normas a su lenguaje. Nadie creó mundos (la realidad entera) con vocablos. Con la palabra se nos otorgó un don que no puede dilapidarse ni tratarse con descuido.
"Señor, otórgame el don de no decir nada innecesario". ¿No es una hermosa oración para empezar el día? Y si no la queremos como oración, basta con mentarla como propósito. Cumplir con la Ley del Habla puede limpiar nuestros oídos, nuestras bocas, nuestros corazones, nuestra alma. Puede hacer más liviana la atmósfera de nuestros vínculos y más confiable cada encuentro con el otro. Quizá sólo sea cuestión de probar cómo nos sentimos al final de un día en el que la hemos respetado.
Esta columna fue publicada originalmente por la revista Sophia
miércoles, 28 de septiembre de 2011
El agradeciemiento libera por Sergio Sinay
¿El agradecimiento tiene fecha de vencimiento o uno debe pagar toda su vida los favores recibidos, como dice el tango? Cuando aparecen los "y todo lo que hice yo por ella", después de mucho tiempo y pensando que uno ya ha pagado suficientes facturas en la vida, me pregunto cuándo termina esto, cuándo uno se libera de agradecimientos de por vida. ¿Hay alguien o algo que ponga el sello de "pagado" a los favores recibidos?
Betty Lemos
RE:
Si la ayuda que se nos brindó se convierte en una hipoteca con cuotas eternas, quien nos favoreció estuvo haciendo una inversión especulativa. No nos ayudaba. Se ayudaba. Apuntalaba su ego, intentaba fortalecer su autoimagen. La ausencia de agradecimiento es tan empobrecedora como el permanente recuerdo de lo que se hizo por otro. El psiquiatra Richard Alpert, que se convirtiera en el maestro espiritual Ram Dass, se refiere a esto en ¿Cómo puedo ayudar?: "Una vez que asociamos la ayuda a una recompensa, comenzamos a utilizarla al servicio de una amplia gama de motivos personales, en lugar de convertirla en expresión de nuestra compasión natural".
Cuando a una acción de ayuda se responde con una acción de agradecimiento, allí se cierra un círculo virtuoso. El ayudador y el ayudado quedan libres y es posible que, en los caminos de la vida, en algún momento intercambien sus lugares. Podrán hacerlo con gracia, virtud y desapego. Si no es así, quedan atrapados en una red de manipulación que degrada a uno y encarcela al otro en la culpa y el agobio, como lo menciona nuestra amiga Betty.
Ponerle el sello de pagado al favor recibido es fruto de un mutuo acuerdo. Y este se firma con la indeleble tinta de la buena fe. Es de mala fe no agradecer y también lo es creer que haber ayudado nos convierte en acreedores perpetuos. Esto ocurre cuando el que ayuda se enamora de su propia imagen de asistente. Entonces andará siempre a la búsqueda de un necesitado, sentirá que si no ayuda no es y exigirá un permanente agradecimiento que lo confirme en su rol. En ese caso, el sello de pagado lo debe poner quien ya supo agradecer.
sergiosinay@gmail.com
viernes, 23 de septiembre de 2011
La parábola del Arquero

Una analogía tradicional que se refiere a los caminos espirituales
(upāya-s)
La parábola del Arquero
El tirar con el arco: Simboliza muy bien las diversas formas de esfuerzo, concentraciones, actividades que corresponden a los 3 upāya-s (caminos espirituales).Al comienzo, el Arquero, completamente ignorante en el arte de tirar con el arco, se fascina con el arco, de manejarlo, sin poder estar simultáneamente atento sobre el blanco.Sin destreza, equivocándose muchas veces, agitado, perdiendo inútilmente energías y su fuerza, esta tenso, cada movimiento representa un gran esfuerzo y a veces no llega a tener el arco en tensión hasta que la flecha se lanza. Pero poco a poco, por su disciplina y entrenamiento seguido, él se familiariza con el arco, con los movimientos necesarios para tirar la flecha, su respiración se tranquiliza, el cuerpo se relaja, la mente se calma y pasa a ser más callada. Ahora él puede poner la flecha en el arco sin pensar y tirar de una forma armoniosa, fluyente.
Por un esfuerzo intenso del cuerpo, del pensamiento y la atención, sin ser necesario mirar los detalles del arco y la flecha, él se identifica y se deja fluir para manejarlos.Todavía él no ha integrado en su conciencia, de una manera unitaria, ni el lanzamiento de la flecha, ni el blanco, su cuerpo esta oscilando cuando el maneja el arco y es independiente de su voluntad si la flecha llega al destino deseado.
Del mismo modo, en Āṇavopāya (el camino del individuo limitado) el yogui se concentra en el uso y el control de los aspectos más objetivos (exteriores) que en los aspectos subjetivos (interiores a su conciencia). Los aspectos objetivos (exteriores) de nuestro ser (el cuerpo físico, la respiración, los 5 sentidos, los 5 órganos de acción, la mente, etc.) atraen y apegan la conciencia del individuo y él debe hacer un esfuerzo para liberar la mente de su agitación, para liberarse de la fascinación de los objetos exteriores y alcanzar así el verdadero conocimiento del espíritu.
Durante este camino (Āṇavopāya - el camino del individuo limitado) el yogui debe dedicarse a varias prácticas para controlar el cuerpo, la respiración, los sentidos, los pensamientos (posturas corporales - asanas, mudras - gestos hechos con varias partes del cuerpo, bandhas - contracciones). Gradualmente éstas prácticas lo solicitan y se despierta el discernimiento, la perseverancia, la tenacidad y aprende a interiorizarse más. Sus energías no se pierden tan fácilmente hacia el exterior, hacia los objetos de los sentidos, al contrario se unifican y se orientan hacia su interior para alcanzar una paz profunda.Todavía él no alcanzó una paz mental continua y fluida, así como en el camino de la energía Śaktopāya, pero, por la causa de la Gracia Divina él alcanza esporádicamente momentos de paz aunque no logra mantenerse mucho tiempo en este estado de conciencia.

En la segunda etapa de su práctica, el arquero no se preocupa más de sus movimientos en particular, del arco, de la flecha, los movimientos y herramientas están integrados en un nivel de conciencia más sutil, en un tipo de ‘centro’ de donde emanan todos los movimientos. El aprende a lanzar la flecha sin temblar, sin tensiones personales, sin desviar la flecha por causa de sus limitaciones. Gracias a la intensidad de su atención él unifica toda su energía mental y emocional sobre el tiro y la flecha que lanza.
Se manifiesta un estado de hipervigilia unificador, global, completamente interiorizado, que incluye también la imagen del blanco, hasta que, en la cima de este proceso de concentración, él pone la flecha en la cuerda del arco y tira desde un proceso de total armonía.Desaparece definitivamente la distancia que separa la flecha del blanco. Esto significa el desaparecer del último fragmento de exterioridad, es decir de la orientación de su conciencia hacia los objetos exteriores. El tiro se realiza ahora muy armoniosamente, fluyente, sin ningún esfuerzo individual del arquero, como la nieve se cae desde la hoja de bambú (comparación conocida en la tradición Zen). Todo pasa desde un centro suyo, sin esfuerzo de su cuerpo o mente.En el mismo momento, en el mismo movimiento espontáneo, la flecha se pone en el arco inmediatamente es liberada y penetra al Blanco como si todo fuera una única vibración del corazón del Arquero.
Es como si la vibración del corazón del Arquero incluye el arco, conduce la flecha y penetra al Blanco.Todas las etapas del tiro, desde la primera hasta la última, constituyen una cadena fluyente, natural e íntima que se desarrolla en su totalidad, como si fuera que toda la sucesión de movimientos se incluye en un único movimiento, que emana desde el corazón del Arquero.Liberado del arco, de la flecha, del Blanco y hasta de sí mismo, pero usando la energía interna como un trampolín, el Arquero realiza ahora perfectamente el tiro.En la intensidad de la energía unificadora, en la hiperatención conciente, todo se desarrolla ahora en una calma profunda, sin oscilaciones o agitación.
Analógicamente, en el camino de la energía Śaktopāya, el yogui se desapega, trasciende tanto el objeto de la meditación suya como se trasciende a sí mismo descubriendo el juego libre de la Energía Divina. Una vez que este ‘Centro’ es despertado todo lo que debe hacer es dejar cualquier forma de dualidad de exterior-interior siendo ahora trascendida.
El puede ahora conducir en una forma totalmente fluida, todas las tendencias, los impulsos de su energía vital que son unificadas en el acto vívido simultáneamente en su totalidad, como si fuese una lectura global sin ser necesario distinguir letra por letra o palabra por palabra, como una madre salva inmediatamente a su hijo que está en un peligro inminente sin saber con detalles razonables como actuará. El ardor y la intensidad de las vivencias tocan ahora el vacío beatífico creador de su corazón espiritual, más allá de sus pensamientos, esfuerzo o expresión individual limitada. Se manifiesta como el relámpago la intuición espiritual y ésta es la eficacia de los mantras.El yogui busca como blanco la divinidad misma, hacia la cuál se acerca por intermedio de sus atributos particulares y la flecha es el mantra.
Ejemplos de atributos particulares de la divinidad elegida del yogui en el camino de la energía, Saktopaya: La compasión en el caso de Gran Fuerza Cósmica Tara, la fuerza vital pránica de Kali, los atributos de la belleza de Tripura Sundari, los atributos de un gran modelo divino como Jesús, etc.Así, el adorador se identifica plenamente con una faceta de la Divinidad, y no existe ahora ni adorador ni adorado, que sólo la manifestación espontánea y pura de la energía creadora Śakti tangente a la divinidad.Entonces la flecha se lanza sola, todo fluye armoniosamente, todo vive, el yogui no debe hacer otra acción más que dejarse fluir en el flujo desbordante y universal de la energía Divina Śakti de la cual nada lo mantiene ahora separado (antes lo tenía separado: su mente, su cuerpo, sus sentidos, etc.).
El mantra no es para éste yogui un ensamble de letras, es la experiencia directa del Universo, libre de cualquier exterioridad y dualidad.En la tercera etapa, el arquero liberado del arco, del blanco, de sí mismo, de las energías, tira ahora sin ningún propósito individual, acertando siempre al blanco.El yogui logró la conciencia de su Centro esencia, el Sí Divino Ātman, y la flecha se lanza siempre desde éste Centro acertando al blanco. Un solo movimiento reúne y pone en movimiento el soplo sutil respiratorio, la voluntad y el arco.
El se mantiene inmóvil desde el origen del movimiento, el tiro se manifiesta libremente sin ningún apoyo exterior (mente, cuerpo, energía diferenciada), no existe ningún tipo de orientación hacia algo exterior a su conciencia divina, es como un juego perfecto con el arco, el blanco y sí mismo en su totalidad. El tira sin ningún esfuerzo individual, libre de cualquier apego, él ve todo sin ninguna separación, sin ninguna diferencia entre él y el todo, tampoco siente la necesidad de ver por separado las cosas entre ellas.
El crea libremente y espontáneamente cada movimiento a medida que se desarrollan. En éste juego libre y espontáneo, bajo su inmensa experiencia y conocimiento, él percibe continuamente el placer puro y sublime del momento presente totalmente vívido que siempre le ofrecen nuevos y nuevos significados y aspectos.En Śāmbhavopāya el yogui despierto e impulsado espiritualmente por su Maestro liberado, tiene la mente trascendida, está más allá de los pensamientos y accede al Reino Supremo del Corazón Espiritual Divino.Aquí, en la intimidad del Corazón Divino todas las energías están naturalmente quietas en el vacío beatífico, en la trascendencia divina con la cual él fusiona en un estado total, puro y sublime, abandonado de sí mismo (como ser individual) en el Dios Padre.
Es un abandono total más allá de la mente, en una aspiración completa vaciada de cualquier objetividad, de cualquier representación mental, vaciada tanto de la imagen de sí mismo como de cualquier atributo de la Divinidad.Aquí no existe ni adorador ni Divinidad adorada con sus atributos, solamente la Luz Divina de la Conciencia, el Amor Divino atemporal y absoluto, el agradecimiento y la Gracia Divina que une el Padre Divino con su hijo espiritual.
El yogui, un héroe espiritual (vīra) manifiesta en éste nivel una voluntad idéntica con la voluntad divina, disolviendo para siempre toda la dualidad en el corazón divino. Desde acá emana ahora toda su actividad sin cansancio y fuertemente expresada siendo alimentada por el Dios Padre continuamente.El yogui es como Śiva, el arco para él es todo el Universo (no solo las estructuras individuales, cuerpo, respiración, etc. como en Āṇavopāya - el camino del ser limitado). El yogui está desde ahora firmemente en la punta entre sujeto y objeto, entre interior y exterior y los trasciende, porque todas sus percepciones provienen directamente desde la Conciencia Divina del Dios Padre.
El goza igual de la diversidad en unidad y de la unidad en diversidad, libre y soberano de toda la creación y sus manifestaciones.En Anupāya, la no modalidad, no existe ni arquero, ni arco, ni flecha, ni el blanco, existe solamente la divinidad.
lunes, 19 de septiembre de 2011
En la vereda por Cecilia Absatz
Miradas
En la vereda
Por Cecilia Absatz | Para LA NACION
Hay un lindo clima en la calle cuando uno sale temprano por la mañana. Temprano en serio, digamos, a las 6. Somos pocos y nos saludamos entre nosotros como si viviéramos en un pueblo, el pueblo de la gente que se levanta a horas ridículas para ir a trabajar. Salvo una eventual excepción literalmente trasnochada, sólo se ve al repartidor de pan en bicicleta, el mozo del bar de la esquina que camina apurado y vestido de civil, el chico del puesto de diarios y los encargados de los edificios.
Este es el gran momento de los encargados de los edificios: dueños de la vereda y de la información, intercambian saludos gestuales o verbales, se ponen al día y contemplan con aire reflexivo el barrio y su gente en este nuevo amanecer. El único problema es que todo esto lo hacen, con la parsimonia del caso, mientras lavan la vereda y dejan correr el agua que sale de la manguera, con dolorosa prodigalidad.Como si fuera gratis. Cierta vez no pude contenerme: me acerqué a un encargado (en un barrio que no era el mío, lo admito) y le supliqué que cerrara la canilla. El conversaba con una vecina mientras el agua corría inútilmente hacia el cordón. Yo la pago, me contestó el hombre de mal modo; son respuestas como trompadas, uno no sabe cómo responder a eso. En el gimnasio, una chica joven se lava los dientes frente al espejo y deja la canilla abierta; luego queda contemplándose con cierta ensoñación y lentamente comienza a retocar su maquillaje. Todo ese tiempo, la canilla sigue abierta. Otra vez no puedo contenerme y le pido por favor que cierre la canilla. Me mira como una joven divina mira a una vieja loca. Puedo leer su mente como si tuviera un subtítulo: ¿A quién le importa que la canilla esté abierta? Por fin la cierra como diciendo qué lata.
La gente que vive en Buenos Aires, una buena cantidad, abre la canilla de su casa y recibe ese generoso chorro de agua como si fuera lo más natural. No sabe que es un privilegio. No le entra en la cabeza. Nunca vivió en una ciudad en la que el agua potable se mide por gotas y la presión no alcanza. La ciudad de México, por ejemplo, Kandahar o sin ir más lejos la provincia de Córdoba, en nuestro país. Qué lata. Las películas que hablan de la desertificación son aburridas o políticamente tendenciosas; los rumores sobre gente que viene a comprar tierras para robarse el acuífero son leyendas urbanas. Hay unas débiles campañas oficiales, de vez en cuando, y también imágenes en la televisión de lugares secos, acá nomás, donde se hace fila para llenar un balde con agua que se usará para beber, asearse, cocinar y por último, regar las plantas. Es una realidad feroz, pero ¿qué puede hacer uno desde su casa, verdad?
Pues algo que cada uno puede hacer desde su casa es cerrar la canilla, por una cuestión de respeto a la humanidad. Un acto modesto de contrición. Los encargados de los edificios podrían mojar la vereda y luego lavarla con la escoba en lugar del chorro de la manguera. Verlos cada mañana dilapidar el agua potable, en medio de ese clima bucólico de la ciudad al amanecer, es algo que rompe el corazón.
También es relativo que paguemos el agua. Pagamos una cifra genérica y no el verdadero consumo individual, como la electricidad o el gas. Si cada familia pagara su propio consumo, como ocurre en otras ciudades, las madres enseñarían a sus hijas a cerrar la canilla mientras se retocan el maquillaje, e incluso, mientras se lavan los dientes. Y la vereda se lavará con un par de baldes. Para sacar esas hojitas rebeldes que se atascan entre los surcos no hay nada mejor que la escoba.
* La autora es periodista
En la vereda
Por Cecilia Absatz | Para LA NACION
Hay un lindo clima en la calle cuando uno sale temprano por la mañana. Temprano en serio, digamos, a las 6. Somos pocos y nos saludamos entre nosotros como si viviéramos en un pueblo, el pueblo de la gente que se levanta a horas ridículas para ir a trabajar. Salvo una eventual excepción literalmente trasnochada, sólo se ve al repartidor de pan en bicicleta, el mozo del bar de la esquina que camina apurado y vestido de civil, el chico del puesto de diarios y los encargados de los edificios.
Este es el gran momento de los encargados de los edificios: dueños de la vereda y de la información, intercambian saludos gestuales o verbales, se ponen al día y contemplan con aire reflexivo el barrio y su gente en este nuevo amanecer. El único problema es que todo esto lo hacen, con la parsimonia del caso, mientras lavan la vereda y dejan correr el agua que sale de la manguera, con dolorosa prodigalidad.Como si fuera gratis. Cierta vez no pude contenerme: me acerqué a un encargado (en un barrio que no era el mío, lo admito) y le supliqué que cerrara la canilla. El conversaba con una vecina mientras el agua corría inútilmente hacia el cordón. Yo la pago, me contestó el hombre de mal modo; son respuestas como trompadas, uno no sabe cómo responder a eso. En el gimnasio, una chica joven se lava los dientes frente al espejo y deja la canilla abierta; luego queda contemplándose con cierta ensoñación y lentamente comienza a retocar su maquillaje. Todo ese tiempo, la canilla sigue abierta. Otra vez no puedo contenerme y le pido por favor que cierre la canilla. Me mira como una joven divina mira a una vieja loca. Puedo leer su mente como si tuviera un subtítulo: ¿A quién le importa que la canilla esté abierta? Por fin la cierra como diciendo qué lata.
La gente que vive en Buenos Aires, una buena cantidad, abre la canilla de su casa y recibe ese generoso chorro de agua como si fuera lo más natural. No sabe que es un privilegio. No le entra en la cabeza. Nunca vivió en una ciudad en la que el agua potable se mide por gotas y la presión no alcanza. La ciudad de México, por ejemplo, Kandahar o sin ir más lejos la provincia de Córdoba, en nuestro país. Qué lata. Las películas que hablan de la desertificación son aburridas o políticamente tendenciosas; los rumores sobre gente que viene a comprar tierras para robarse el acuífero son leyendas urbanas. Hay unas débiles campañas oficiales, de vez en cuando, y también imágenes en la televisión de lugares secos, acá nomás, donde se hace fila para llenar un balde con agua que se usará para beber, asearse, cocinar y por último, regar las plantas. Es una realidad feroz, pero ¿qué puede hacer uno desde su casa, verdad?
Pues algo que cada uno puede hacer desde su casa es cerrar la canilla, por una cuestión de respeto a la humanidad. Un acto modesto de contrición. Los encargados de los edificios podrían mojar la vereda y luego lavarla con la escoba en lugar del chorro de la manguera. Verlos cada mañana dilapidar el agua potable, en medio de ese clima bucólico de la ciudad al amanecer, es algo que rompe el corazón.
También es relativo que paguemos el agua. Pagamos una cifra genérica y no el verdadero consumo individual, como la electricidad o el gas. Si cada familia pagara su propio consumo, como ocurre en otras ciudades, las madres enseñarían a sus hijas a cerrar la canilla mientras se retocan el maquillaje, e incluso, mientras se lavan los dientes. Y la vereda se lavará con un par de baldes. Para sacar esas hojitas rebeldes que se atascan entre los surcos no hay nada mejor que la escoba.
* La autora es periodista
Los hijos crecen y aman por Sergio Sinay
Oxígeno / Diálogos del alma
Los hijos crecen y aman
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
Mail: sergiosinay@gmail.com |
Señor sinay: Me interesa conocer su opinión acerca de las tantas y actuales relaciones de pareja en las que vemos chicas adolescentes (de 25 años) con hombres que las duplican en edad. Después de haber hablado todo con ella, la relación continúa. ¿Cómo actuaría, como padre de la adolescente, en una situación semejante? Gracias por su comentario, sea a favor o no.
Veronica Gurmendi
El inconsciente colectivo, tal como lo describió Carl Jung, padre de la psicología profunda, es una suerte de plataforma submarina que todos compartimos y de la cual asomamos como islas o continentes que sólo en apariencia están desligados. Más allá de nuestra individualidad hay contenidos de nuestra psiquis que son comunes a la especie y que se repiten a lo largo de las generaciones. Son los arquetipos. El ánima, explicó Jung, es la imagen de lo femenino que anida en el inconsciente de cada hombre. Y el ánimus, el equivalente masculino en el inconsciente de cada mujer. Estos dos arquetipos guían, de algún modo, el encuentro entre las personas de ambos sexos. Cuanto menos conozca cada hombre a su ánima (o cuanto más la niegue, creyendo que la masculinidad se afirma eliminando cualquier vestigio femenino en su propio ser), más dependerá de una mujer que la represente. Cuanto menos contacto tenga una mujer con su ánimus, más estará a expensas de un varón que lo encarne. Y, por fin, en la medida en que más y mejor contacto cada quien tome con estos aspectos, mejores, más claras y trascendentes relaciones podrá establecer con hombres y mujeres de carne y hueso.
Desde que conocemos esto, ya no podemos despachar con tanta simpleza lo que llamamos masculino o femenino ni establecer tan alegremente lo que un hombre o una mujer deben ser o hacer. Toda relación de amor encierra como ingrediente el diálogo silencioso, la danza secreta, entre el ánima y el ánimus de los amados amantes. No es sencillo, entonces, juzgar el vínculo entre un hombre y una mujer ni, mucho menos, reducirlo a cuestiones de edad, origen, pertenencia, etcétera. "Contrariamente a lo que dice la sabiduría popular, muchos hombres en la mitad de la vida se sienten atraídos por mujeres más jóvenes, no porque quieran recuperar su juventud, sino porque necesitan confirmar su madurez", afirma la psicoterapeuta Nancy Mayer en Los mejores años del varón, clásico estudio sobre la crisis de la mediana edad. Desaprobar una relación sólo por cuestiones de edad nos llevaría a suponer que la igualdad en años garantiza mutua comprensión, empatía, capacidad de concretar sueños comunes, respeto, cooperación, diálogo, aceptación e integración de las diferencias. Pero no es tan simple. Antes, sería preferible observar y preguntarse cómo se tratan los miembros de una pareja, de qué manera comparten sus momentos, cómo se sienten con el otro. La incomprensión, el desamor, el maltrato, la indiferencia, la manipulación, la deslealtad surgen a cualquier edad, lo mismo que la escucha receptiva, el acompañamiento, el reconocimiento, la admiración y la valoración mutuos. Depende de las personas, de su vínculo y de razones íntimas que sólo a ellas les pertenecen. También del lazo entre sus ánima y ánimus.
Y, ya que viene al caso, conviene revisar nuestros conceptos sobre la adolescencia. A los 25 años se es inexorablemente adulto. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma en sus estudios que la adolescencia termina a los 19 años, cumplidos los procesos de maduración física y cognitiva que corresponden a esa etapa. Si llamamos adolescente a una persona de 25 años, quizá no advertimos que creció (un modo de no aceptar nuestro propio envejecimiento). No le reconocemos su autonomía y no nos desapegamos como padres. Para fluir, el amor (filial, paternal y de pareja) requiere desapego. Si hemos cumplido nuestra función de guías, referentes y transmisores de valores, habremos criado y educado a una persona capaz de valerse, decidir y hacerse cargo por sí misma de sus elecciones. ¿No confiamos en el fruto de nuestra labor? Si fuera así, el problema es nuestro. Y si confiamos, al hablar de una mujer de 25 años que tiene un vínculo con un hombre mayor que ella, podremos verla y respetarla, simplemente, como a una mujer enamorada. ¿Por qué sería más aceptable su relación si ella tuviera el doble de la edad que tiene o si su enamorado fuera de la misma edad de ella? ¿Sólo por una cuestión cronológica? Una prueba de fuego para los padres es siempre comprender y reconocer cuándo nuestros hijos son seres libres, responsables de sus vidas y de sus amores. Al hacerlo, celebramos nuestra propia maduración.
Los hijos crecen y aman
Por Sergio Sinay | Para LA NACION
Mail: sergiosinay@gmail.com |
Señor sinay: Me interesa conocer su opinión acerca de las tantas y actuales relaciones de pareja en las que vemos chicas adolescentes (de 25 años) con hombres que las duplican en edad. Después de haber hablado todo con ella, la relación continúa. ¿Cómo actuaría, como padre de la adolescente, en una situación semejante? Gracias por su comentario, sea a favor o no.
Veronica Gurmendi
El inconsciente colectivo, tal como lo describió Carl Jung, padre de la psicología profunda, es una suerte de plataforma submarina que todos compartimos y de la cual asomamos como islas o continentes que sólo en apariencia están desligados. Más allá de nuestra individualidad hay contenidos de nuestra psiquis que son comunes a la especie y que se repiten a lo largo de las generaciones. Son los arquetipos. El ánima, explicó Jung, es la imagen de lo femenino que anida en el inconsciente de cada hombre. Y el ánimus, el equivalente masculino en el inconsciente de cada mujer. Estos dos arquetipos guían, de algún modo, el encuentro entre las personas de ambos sexos. Cuanto menos conozca cada hombre a su ánima (o cuanto más la niegue, creyendo que la masculinidad se afirma eliminando cualquier vestigio femenino en su propio ser), más dependerá de una mujer que la represente. Cuanto menos contacto tenga una mujer con su ánimus, más estará a expensas de un varón que lo encarne. Y, por fin, en la medida en que más y mejor contacto cada quien tome con estos aspectos, mejores, más claras y trascendentes relaciones podrá establecer con hombres y mujeres de carne y hueso.
Desde que conocemos esto, ya no podemos despachar con tanta simpleza lo que llamamos masculino o femenino ni establecer tan alegremente lo que un hombre o una mujer deben ser o hacer. Toda relación de amor encierra como ingrediente el diálogo silencioso, la danza secreta, entre el ánima y el ánimus de los amados amantes. No es sencillo, entonces, juzgar el vínculo entre un hombre y una mujer ni, mucho menos, reducirlo a cuestiones de edad, origen, pertenencia, etcétera. "Contrariamente a lo que dice la sabiduría popular, muchos hombres en la mitad de la vida se sienten atraídos por mujeres más jóvenes, no porque quieran recuperar su juventud, sino porque necesitan confirmar su madurez", afirma la psicoterapeuta Nancy Mayer en Los mejores años del varón, clásico estudio sobre la crisis de la mediana edad. Desaprobar una relación sólo por cuestiones de edad nos llevaría a suponer que la igualdad en años garantiza mutua comprensión, empatía, capacidad de concretar sueños comunes, respeto, cooperación, diálogo, aceptación e integración de las diferencias. Pero no es tan simple. Antes, sería preferible observar y preguntarse cómo se tratan los miembros de una pareja, de qué manera comparten sus momentos, cómo se sienten con el otro. La incomprensión, el desamor, el maltrato, la indiferencia, la manipulación, la deslealtad surgen a cualquier edad, lo mismo que la escucha receptiva, el acompañamiento, el reconocimiento, la admiración y la valoración mutuos. Depende de las personas, de su vínculo y de razones íntimas que sólo a ellas les pertenecen. También del lazo entre sus ánima y ánimus.
Y, ya que viene al caso, conviene revisar nuestros conceptos sobre la adolescencia. A los 25 años se es inexorablemente adulto. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma en sus estudios que la adolescencia termina a los 19 años, cumplidos los procesos de maduración física y cognitiva que corresponden a esa etapa. Si llamamos adolescente a una persona de 25 años, quizá no advertimos que creció (un modo de no aceptar nuestro propio envejecimiento). No le reconocemos su autonomía y no nos desapegamos como padres. Para fluir, el amor (filial, paternal y de pareja) requiere desapego. Si hemos cumplido nuestra función de guías, referentes y transmisores de valores, habremos criado y educado a una persona capaz de valerse, decidir y hacerse cargo por sí misma de sus elecciones. ¿No confiamos en el fruto de nuestra labor? Si fuera así, el problema es nuestro. Y si confiamos, al hablar de una mujer de 25 años que tiene un vínculo con un hombre mayor que ella, podremos verla y respetarla, simplemente, como a una mujer enamorada. ¿Por qué sería más aceptable su relación si ella tuviera el doble de la edad que tiene o si su enamorado fuera de la misma edad de ella? ¿Sólo por una cuestión cronológica? Una prueba de fuego para los padres es siempre comprender y reconocer cuándo nuestros hijos son seres libres, responsables de sus vidas y de sus amores. Al hacerlo, celebramos nuestra propia maduración.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
La cadencia del amor
Oxígeno / Diálogos del alma
La cadencia del amor
Por Sergio Sinay
Domingo 26 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor sinay: reflexionando sobre el hallazgo del amor en la edad madura, y revisando las distintas experiencias de las personas en este tema, mi inquietud pasa por esas necesidades latentes que tenemos todos y que a veces no se expresan durante años. Como ejemplo, puede uno construir un vínculo de pareja de 25 años, que le da hijos y estabilidad, y, de pronto, sintonizar con otra persona en cuestión de días, como si la sintonía de un dial finalmente hiciera claro el sonido del programa de radio. Lo impactante es que ese sentimiento no le había sido develado siquiera al que lo siente, sólo en el contacto con ese nuevo amor. ¿Esta vivencia se relaciona con el desgaste natural de una larga relación? ¿O será que todos guardamos un secreto muy íntimo que se activa, a veces, en una edad y momento en apariencia inoportunos? ¿Pueden considerarse distintas clases de amor, todas válidas?
Irene P. Hippe, 50 años.
Nuestro planeta tiene 7 mil millones de habitantes, todos distintos. No hay dos iguales. Toda relación se dará, entonces, entre individuos diferentes. Y en esas diferencias reside el potencial del amor. Norberto Levy, médico y psicoterapeuta que abrió el campo de la autoasistencia psicológica, reflexiona en Aprendices del amor: "Una de las leyes que el amor conoce es que la parte puede estar bien en la medida en que el conjunto al que esa parte pertenece también lo esté. Un miembro de la pareja puede estar bien en la medida en que la estructura pareja lo esté". Esa es la cuestión. Integrar la diversidad en un todo armonioso que se potencie a sí mismo. Para cada pareja esta tarea es única y propia, por lo tanto cada relación de amor es singular. Cuando una persona permanece demasiado tiempo en un todo inarmónico es muy posible que se active eso que nuestra amiga Irene llama "un secreto muy íntimo".
Dicho así parecería que algo mágico ocurre y disipa la penumbra afectiva. Sin embargo, yo no lo llamaría "hallazgo del amor". En mi opinión, el amor no es algo que se halla, como quien tropieza inesperadamente con una piedra preciosa. El amor es una construcción, el fruto de una secuencia de actitudes mutuas y recíprocas entre dos personas. Actitudes que incluyen miradas nuevas sobre el compañero o compañera de siempre, capacidad de escucha receptiva y hospitalaria hacia él o hacia ella, palabras que incluyen pedidos claros respecto de las propias necesidades y ofrecimientos empáticos y comprensivos en cuanto a las del otro. El amor no se resume en formalismos (construir una familia, mantenerla materialmente abastecida, cumplir con expectativas sociales y familiares, asegurarse contra los imprevistos) ni en formulismos (aplicar recetas de experiencias ajenas y esperar resultados automáticos). Crece a través de obstáculos y conflictos inherentes a la vida, se templa en la confrontación con los mismos y hace de esas instancias un punto de reconocimiento entre quienes se aman. Les permite volver a conocerse (una vez más, pero no la última) bajo una luz inédita. No aparece de pronto y consumado. Se cuece a fuego lento, necesita espacio, paciencia, aceptación. Distinto es el enamoramiento, esa explosión emocional hecha de idealización, ilusión y desconocimiento.
Toda relación tiene un desgaste natural, puesto que es un organismo vivo. Pero si sólo nos quedáramos con eso, estaría condenada desde su mismo inicio. Pero un vínculo en el que hay actitudes amorosas tiene también una renovación natural. Tendemos a quedarnos (bebiendo en alguna literatura, cine, telenovelas y cierta psicología circulante) con la idea del desgaste y no con la renovación. Creemos que el gran amor nos espera afuera del vínculo y no en la cotidianidad del mismo. Hasta que el gran amor se hace, a su vez, cotidiano, real, y se desgasta. Sin duda hay deterioros irreversibles en muchas relaciones. Pero no se resuelven con el parche de un nuevo amor. Una construcción amorosa no se da instantáneamente, y menos aún sobre los restos humeantes del vínculo anterior. Se foguea en el conocimiento, en la aceptación de diferencias aún desconocidas (o en su rechazo irremediable), en la confrontación de situaciones difíciles, en la forja de proyectos comunes que no anulen espacios individuales. A ninguna edad el amor nace de un repollo. Requiere espera y compromiso, huye de la ansiedad y de la magia. Hay distintas experiencias del amor, pero ninguna prescinde del tiempo, de las actitudes, del conocimiento mutuo entre quienes se aman. El perfil del verdadero amor es bajo y tiene raíces profundas, está en el fondo quieto del río, no en su veloz y turbulenta superficie.
sergiosinay@gmail.com
5 tips para innovar como Disney
5 tips para innovar como Disney
Por Eduardo Remolins | Remolins.com
Walt Disney ha sido una de las personas más creativas que han existido, dentro y fuera del mundo del espectáculo. De acuerdo a algunos investigadores de su obra, eso podría haber sido el resultado de una particular forma de funcionamiento de su psiquis.
Según Robert Dilts, un experto en programación neurolinguística (PNL), Disney utilizaba un proceso creativo en el que adoptaba alternativamente tres roles o "personalidades". Dilts las llamó El Soñador, El Realista y el Crítico. Cada una de estas personalidades operaba de manera diferente.
Mientras desarrollaba el papel del Soñador, Disney daba rienda suelta a la libre asociación, el brainstorming y la generación de nuevos conceptos. Pero no era sólo un soñador. Al pasar a la fase Realista, una vez planteado el objetivo de un nuevo proyecto, se volvía un ejecutante escrupuloso de la estrategia de implementación, con una gran capacidad de motivar y liderar equipos. Finalmente, cuando asumía el rol de Crítico, era un implacable observador de su proyecto en marcha, para buscarle defectos y formas de mejorarlo permanentemente.
USANDO LA ESTRATEGIA DE DISNEY
Esta característica "tripolar" de Disney (su habilidad para asumir los tres roles), es un activo muy valioso para la innovación en cualquier campo, desde la creación artística hasta la empresarial. Más importante aún, aunque no todos tenemos naturalmente esa disposición a abordar un proyecto con esos tres enfoques, sí podemos utilizarlo concientemente. Entrenarnos para hacer "la gran Disney", por decirlo de algún modo.
Estos cinco tips pueden ayudarlo cuando quiera resolver un problema o desarrollar un proyecto:
1. Adopte la personalidad del Soñador al comienzo de un proyecto. Pregúntese: ¿qué quiero lograr? ¿Cuál es el objetivo? ¿Por qué me interesa ese tema o proyecto? Si no tuviera obstáculos ni restricciones, ¿qué me gustaría lograr? Esta es la etapa de pensar sin límites ni juicios.
2. Anote en una hoja todas las ideas e intuiciones que haya obtenido en esta etapa.
3. Adopte la personalidad del Realista. ¿Qué necesita para hacer realidad lo que se propone? ¿Qué recursos requiere (humanos, monetarios, tecnológicos)? ¿Qué obstáculos espera encontrar? ¿Tiene idea de cómo superarlos?
4. Escriba su plan para llevar a cabo el proyecto. No importa que no sea aún un plan muy detallado, escriba los grandes trazos y luego avance hasta el nivel de detalle que pueda.
5. Apenas comience la puesta en práctica del plan adopte con alguna frecuencia la personalidad del Crítico. ¿Es esto lo mejor que puedo hacer? ¿Estoy satisfecho? ¿Cómo lo verán mis clientes (o mi audiencia, mis lectores o quien sea que vaya a evaluar el trabajo final)? Siga refinando el plan y mejorando su implementación.
Aunque este esquema parece extraordinariamente simple, uno de los desafíos que plantea es no mezclar los roles o personalidades. Hay que tener cuidado de no introducir el análisis o la crítica cuando estamos proponiendo o explorando ideas nuevas, por ejemplo. El Crítico no debe entrar cuando el Soñador está a cargo. Esa es una receta infalible para bloquearse.
Por otro lado, todos tenemos naturalmente nuestras mayores fortalezas en una o dos de las personalidades y nuestras debilidades en el resto. Las personas naturalmente creativas (como los artistas), suelen ser buenos como Soñadores y cómo Críticos, pero no siempre tan buenos como Realistas. No siempre son buenos implementadores que hacen realidad los sueños.
Aunque uno puede mejorar, hasta cierto punto, sus habilidades en cualquier rol o personalidad, la mejor regla suele ser reconocer dónde están nuestras mayores debilidades y asociarnos u obtener ayuda de personas que nos complementen. En definitiva, no todos somos tan completos como Disney, pero todos podemos usar su método.
viernes, 26 de agosto de 2011
La sociedad y las razones de la victoria por Joaquín Morales Solá
La sociedad y las razones de la victoria
Por Joaquín Morales Solá | LA NACION
Puerto Madero votó como la villa 31. Cristina Kirchner ganó en La Rioja pobre y en la rica Pergamino. Algunos votantes de Mauricio Macri también lo fueron de la Presidenta, aunque la Capital se mantuvo intransigentemente opositora. Electores de Miguel del Sel y de José Manuel de la Sota, antikirchneristas confesos o enmascarados, se fugaron el domingo último hacia enclaves cristinistas. Las recientes derrotas kirchneristas en la Capital, Santa Fe y Córdoba se convirtieron en un arrasador triunfo nacional de la Presidenta, con votos obtenidos en esas provincias opositoras hasta hace pocos días. ¿Qué pasó?
La viudez no explica todo. Los sentimientos sensibilizan, pero nadie elige un gobierno sólo para consolar a una viuda. La ideología como trasfondo es un exceso de análisis. De hecho, La Cámpora, la represa ideológica del cristinismo, perdió en todos los lugares donde se presentó como tal. La sociedad argentina sólo suscribió en la historia algunas pasajeras pautas culturales de un poder triunfante. ¿O acaso una enorme mayoría social no fue pronorteamericana, capitalista y liberal durante el reinado de Menem? La marea pasó cuando pasó el menemismo.
La política argentina es renuente a analizar la clave económica con la que se mueven todas las sociedades. Tampoco es Tinelli o el pago del plasma, según la desgraciada simplificación de Hugo Biolcati, presidente de la Sociedad Rural, convertido en el Fito Páez del 14 de agosto. Biolcati tiene menos derecho que Fito Páez a equivocarse. Hay que hurgar en napas más profundas. Las decisiones sociales merecen ser comprendidas según su contexto y sus circunstancias.
Los ocho años de kirchnerismo significaron el período de crecimiento económico más grande y extendido desde fines de la Segunda Guerra. ¿Milagro argentino? No. Paraguay creció el 14 por ciento el año pasado, y este año podría terminar con un crecimiento del 8%. Paraguay es sólo el más explícito de los ejemplos.
Todas las economías emergentes están creciendo intensamente, mientras los principales países occidentales sufren la recesión, la retracción o la depresión. Hay viento de cola, le guste o no al kirchnerismo. Es cierto, además, que el Gobierno decidió disponer de esos beneficios externos de una manera que le dio buenos frutos electorales. ¿Estrategia corta? Es probable. El kirchnerismo se parece a veces a esos enfermos que venden el seguro de salud.
Sea como sea, el salario promedio de los empleados estatales y de las grandes empresas es hoy de unos 1300 dólares cuando en el furor de la convertibilidad llegaba apenas a los 980 dólares. Los que trabajan en la informalidad no ganan esa suma, pero la compensan con una enorme red de subsidios estatales. Unos 15 millones de argentinos viven directa o indirectamente del Estado. No son sólo los trabajadores. Las 500 empresas más grandes del país cuadruplicaron sus ganancias en dólares, comparadas con los tiempos de la convertibilidad, el último período de estabilidad económica.
El precio de la tierra también se cuadruplicó o se quintuplicó. El crédito para el consumo aumentó un 40 por ciento en el último año; pasó de 50.000 millones de pesos en 2010 a 70.000 millones en 2011. ¿Hay inflación? Nada es más cierto que su existencia, ni menos disimulable. El malestar que necesariamente produce el constante aumento del costo de vida parece amortiguarse por los aumentos salariales y el crédito para el consumo.
Los economistas dicen que esta política de dispendios podría durar entre seis meses o un año más, si antes no se metiera un viento externo de frente. Hay que creerles. De otro modo, sería el triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Pero las sociedades no votan de acuerdo con el pronóstico de los economistas, ni de las ideas de los analistas políticos, ni según las deducciones de los intelectuales. Felizmente, porque todos ellos se apropiarían, en caso contrario, de un poder indebido.
Economistas, analistas e intelectuales tienen el deber, no obstante, de ser coherentes con sus ideas y persistir en ellas. Es también la responsabilidad del periodismo; su renuncia a ser lo que es, independiente y crítico, significaría la muerte de su razón de ser. El periodismo crítico no se equivocó. La sociedad hizo su propia selección. Es su derecho. El deber del periodismo es otro.
Durante los últimos dos años, la masa de jubilados aumentó de tres a seis millones de beneficiarios. Se duplicó. Muchos de los que se agregaron no contaban con los requisitos mínimos para obtener una jubilación. Eran argentinos que se aproximaban a la vejez en medio de la incertidumbre económica. La oposición pudo decir que sus bloques parlamentarios obligaron al Congreso a sancionar el 82% móvil y que fue Cristina la que vetó esa ley. No lo hizo. Los jubilados sólo se sienten deudores del kirchnerismo, que ha hecho de los fondos jubilatorios una caja inmensa de distribución social. El futuro de los jubilados por venir está en juego, pero el futuro lejano no forma parte de un domingo de elecciones.
La asignación universal por hijo fue otra iniciativa de la oposición, que la Presidenta se la arrebató en uno de los muchos momentos de descuido de sus opositores. Sus favorecidos estuvieron ahora entre los muchos votantes de la Presidenta. La oposición tampoco puso el centro de su gestión electoral en esa conquista que era más suya que de otros. Los fracasos están hechos de sucesivos descuidos.
Empresarios, trabajadores (formales o informales) y jubilados perciben que viven cierta estabilidad económica. El mundo es una sorpresa cotidiana, mala, cada vez peor. Londres fue saqueada. Madrid parece vivir la agitación social argentina de la gran crisis. Los Estados Unidos estuvieron a horas de un default. La crisis internacional terminó beneficiando al gobierno argentino, aunque nadie sabe cómo ni cuándo llegará al país. Esos trazos profundos del destino son ignorados por una mayoría social. Valió más aquella comparación. Algunos candidatos opositores planteaban la inserción en el mundo. Necesaria, cómo no. Pero ¿a qué mundo? ¿A ese que reflejan la televisión y los diarios? Esas fueron las preguntas básicas de la sociedad.
El kirchnerismo es un naufragio institucional. La corrupción y los jueces paraoficialistas podrían sentir ahora que han sido indultados. No es así, sin embargo. Las sociedades no olvidan esas tropelías, pero las recuerdan sólo cuando reparan en que les vaciaron el bolsillo. Nunca antes.
¿Hacia dónde saltaría esa mayoría social si hubiera decidido subvaluar la estabilidad económica y sobrevalorar otros asuntos? Los partidos históricos están terminados en la Argentina. El radicalismo es una mueca de lo que fue en su larga historia. El peronismo clásico no pudo hacer nada. Ordenó votar a Duhalde en Santa Fe y en Córdoba. Duhalde salió tercero en Santa Fe y quinto en Córdoba. El propio kirchnerismo es, hoy por hoy, sólo Cristina Kirchner y el poder del Estado. Se terminaría en 24 horas si le faltara la Presidenta o si el Estado se quedara sin dinero.
Habrá enormes riesgos institucionales si el kirchnerismo se hiciera con una mayoría parlamentaria en octubre. Pero la sociedad no fue llamada el último domingo para construir esos equilibrios, sino para dar, básicamente, su opinión sobre los candidatos presidenciales. Lo hizo como pudo. Sólo se salta al vacío cuando cualquier cosa es mejor que la inestable cornisa. Una mayoría social, pragmática, realista y desideologizada prefirió quedarse en tierra firme. La tierra firme es lo que hay, aquí y ahora.
martes, 23 de agosto de 2011
TORRADAS QUEIMADAS...
Quando eu ainda era um menino, ocasionalmente, minha mãe gostava de fazer um lanche, tipo café da manhã, na hora do jantar. E eu me lembro especialmente de uma noite, quando ela fez um lanche desses, depois de um dia de trabalho, muito duro.
Naquela noite, minha mãe pôs um prato de ovos, linguiça e torradas bastante queimadas, defronte ao meu pai. Eu me lembro de ter esperado um pouco, para ver se alguém notava o fato. Tudo o que meu pai fez, foi pegar a sua torrada, sorrir para minha mãe e me perguntar como tinha sido o meu dia, na escola.
Eu não me lembro do que respondi, mas me lembro de ter olhado para ele lambuzando a torrada com manteiga e geléia e engolindo cada bocado.
Quando eu deixei a mesa naquela noite, ouvi minha mãe se desculpando por haver queimado a torrada.
E eu nunca esquecerei o que ele disse:
" - Adorei a torrada queimada..."
Mais tarde, naquela noite, quando fui dar um beijo de boa noite em meu pai, eu lhe perguntei se ele tinha realmente gostado da torrada queimada.
Ele me envolveu em seus braços e me disse:
" - Companheiro, sua mãe teve um dia de trabalho muito pesado e estava realmente cansada... Além disso, uma torrada queimada não faz mal a ninguém. A vida é cheia de imperfeições e as pessoas não são perfeitas. E eu também não sou o melhor marido, empregado, ou cozinheiro, talvez nem o melhor pai, mesmo que tente todos os dias!
O que tenho aprendido através dos anos é que saber aceitar as falhas alheias, escolhendo relevar as diferenças entre uns e outros, é uma das chaves mais importantes para criar relacionamentos saudáveis e duradouros.
Desde que eu e sua mãe nos unimos, aprendemos, os dois, a suprir um as falhas do outro. Eu sei cozinhar muito pouco, mas aprendi a deixar uma panela de alumínio brilhando.
Ela não sabe usar a furadeira, mas após minhas reformas, ela faz tudo ficar cheiroso, de tão limpo. Eu não sei fazer uma lasanha como ela, mas ela não sabe assar uma carne como eu. Eu nunca soube fazer você dormir, mas comigo você tomava banho rápido, sem reclamar.
A soma de nós dois monta o mundo que você recebeu e que te apoia, eu e ela nos completamos. Nossa família deve aproveitar este nosso universo enquanto temos os dois presentes. Não que mais tarde, o dia que um partir, este mundo vá desmoronar, não vai. Novamente teremos que aprender e nos adaptar para fazer o melhor."
De fato, poderíamos estender esta lição para qualquer tipo de relacionamento: entre marido e mulher, pais e filhos, irmãos, colegas e com amigos..
"Então, filho, se esforce para ser sempre tolerante, principalmente com quem dedica o precioso tempo da vida, a você e ao próximo".
lunes, 15 de agosto de 2011
Coaching corporal: el arte de aprender a escuchar tu cuerpo
29.07.2011 | MÚSICA & BIENESTAR
“La meditación debería enseñarse desde la niñez”
Después de conocer al líder espiritual Sri Sri Ravi Shankar, Ignacio Escribano dejó la medicina y el periodismo por la música e inició un proceso de búsqueda personal que lo llevó a convertirse en instructor en El Arte de Vivir Argentina y fundar el grupo Indra, que combina mantras con word music y ritmos latinoamericanos. En una charla con Entremujeres, invita a tomar la vida como un juego y a dejar que nuestro corazón le gane a la mente.
Coaching corporal: el arte de aprender a escuchar tu cuerpo
Sabrina Díaz Virzi
La meditación, una práctica que gana seguidores cada día
“¿De qué sirve la fama, el dinero, una pareja si siquiera somos capaces de reír?”, se pregunta el cantante Ignacio Escribano. Dejó la medicina y el periodismo por la música y pasó de ser estudiante en la Universidad de Cambridge a instructor en El Arte de Vivir Argentina. Hace casi 11 años conoció al líder espiritual Sri Sri Ravi Shankar y desde ese momento su vida cambió. Decidió darle un lugar a lo que le decía su corazón e inició un proceso de conocimiento personal. Viajó por el mundo, estudió budismo, hinduismo y fundó el grupo Indra, “la primera banda en combinar los mantras con sonidos pop, world music y ritmos latinoamericanos”.
El sábado 20 de agosto a las 21 horas Ignacio y su banda se presentarán en el Teatro ND Ateneo (Paraguay 918). Su proyecto es “popularizar los mantras, generar conciencia de los beneficios de cantar mantras y bhajans en grupo, ofrecer una alternativa de entretenimiento libre de humo, drogas y alcohol y elevar los valores humanos en la sociedad”, cuenta Ignacio a Entremujeres.
Un mantra puede ser una sílaba, palabra, frase o texto que, al ser recitado y repetido una y otra vez, tiene un efecto en el cuerpo, las emociones, los pensamientos y la mente. Así, puede conducir a un estado de paz y meditación. El más popular es el “OM”, considerado en las escrituras védicas (religión previa a la hinduista) como la base de cualquier otro mantra, la sílaba sagrada, el sonido primario y universal. Aquellos que se cantan en grupo se llaman bhajans.
¿Por qué decís que “los mantras son cantos de amor”?
Porque son sonidos cuyo propósito es llevarnos de la mente al corazón, del ruido a la paz, del análisis a la síntesis; son sonidos que elevan los valores humanos y sacan lo más lindo de cada uno de nosotros cuando la mente se calla.
El término “mantra” deriva de la raíz sánscrita “man”, “manas”, que significa “pensar”, o “mente”; y “tra”, de “trai”, que significa “proteger” o “liberar de algo que ata”. Así, un mantra es un instrumento que se utiliza para traer sosiego, liberando a la mente del flujo constante de pensamientos. Cuando la mente se apaga, por decirlo de alguna forma, bajamos al corazón, y ahí no hay más que amor. Pero todo esto es un concepto; lo que mejor podría decirte es “vení y experimentalo en persona el 20 de agosto”.
Conociste a Sri Sri Ravi Shankar. ¿Cómo lo describirías?
Lo conocí hace casi 11 años. Me enviaron del diario La Nación para hacerle una entrevista. Hoy puedo decir que es mi maestro, que es un amigo incondicional, y mucho más que eso. Pero no me gusta darle un rótulo, porque encasillarlo bajo un nombre no alcanza para describir lo que siento por él. Lo mismo me ocurre si quisiera describirlo. Haciendo un esfuerzo por definirlo, vanamente, en palabras, podría decir que es el ser más extraordinario que conocí. Es como un chico: lleno de vida, de amor, de inocencia, entusiasmo, liviandad, mente en el momento presente al cien por ciento... Lleno de sabiduría, ecuanimidad, inteligencia. Tiene un sentido del humor de gran refinamiento y agudeza. Es un ser que, por lo liviano, pareciera estar hueco y vacío pero, al mismo tiempo, con una presencia impresionante, es como si estuviera y no al mismo tiempo. Es puro amor. En sus ojos, si lo mirás fijamente, podés ver el infinito.
¿Qué te impactó de él para que decidieras dar un vuelco en tu vida?
Me impactó todo lo recién dicho, toda su obra, lo que hace por la humanidad, el trato que tiene con cada persona. Simplemente tuve la bendición de conocerlo y poder estar cerca física, mental y espiritualmente. Tener un maestro iluminado, que esté vivo, y con el que encima podés tener un trato personal con frecuencia es algo que no tiene precio. Es un regalo de la vida realmente.
¿Dónde empieza el cambio para comenzar a vivir de otra manera?
Adentro de uno, sin dudas. El mundo y la relación con los demás no es más que un espejo, un reflejo de nuestra propia mente. Ese es el gran enemigo por vencer, la propia mente que no para de hablar y que no nos da un segundo de paz. Si ganamos esa victoria, ganamos todas las batallas del mundo. Y recordar que un viaje, por más largo que sea, comienza con un primer paso. Ese cambio es un camino, paso a paso. Poder abrazar cada paso, cada momento, estar en cada momento, y aceptarse y aceptar a los otros y las situaciones tal cual son, bueno, eso es un aprendizaje ni siquiera diario, diría minuto a minuto, es más, de segundo en segundo...
¿Qué aspecto de la filosofía que nucléa El Arte de Vivir es lo que más te cuesta poner en práctica en tu vida cotidiana?
Los cinco puntos básicos que se enseñan en el curso de El Arte de Vivir y que, como instructor, tengo que repetir cada vez que doy un curso. Si podemos ser “masters” de esos puntos de conocimiento, te puedo asegurar que estamos de vuelta en la vida. Hay algo que dice: “Sabé que sos hermoso, que sos algo bueno”. No siempre me siento así. A veces yo sólo rompo el formulario de inscripción a la felicidad tirándome abajo. Esto tal vez es lo que más me cuesta poner en práctica. Más que una filosofía, diría que lo que se enseña en El Arte de Vivir es una forma de vida, es decir, no algo teórico, sino completamente práctico, aplicable al día a día del ser humano contemporáneo.
Trabajás tu costado espiritual a través de la puesta en práctica de esta forma de vida, pero no sos una persona que vive “fuera” del mundo. Te interesa Internet, las redes sociales. ¿Cómo se combina la serenidad espiritual con la lógica moderna del apuro y el estrés?
El Arte de Vivir no es para aislarte sino para que puedas estar en este mundo, cien por ciento vivo. Como dice un sutra del Ishavasya Upanishad: “Disfruta de las cosas de este mundo, renunciando a ellas”. El desapego, el arte del desapego. De vivir con plenitud, pero sin febrilidad. La espiritualidad es fundamental para vivir en este mundo con plenitud. La meditación debería enseñarse desde la edad escolar, ya que las mentes modernas no dan abasto para absorber tanto estímulo.
Como instructor de El Arte de Vivir Argentina, ¿qué valores, creencias, actitudes creés que “faltan” en nuestra sociedad?
Lo que falta en la sociedad, básicamente, es espiritualidad, valores humanos. ¿Qué me refiero con todo eso? A nada esotérico, basta recordar cómo éramos de chicos: llenos de vida, entusiasmo, liviandad, inocencia, frescura, vida, compañerismo, solidaridad, empatía, sentido de pertenencia con los demás y lo demás... Tomar más la vida como un juego. ¿De qué sirve la fama, el dinero, una pareja, las propiedades, o lo que fuere si siquiera somos capaces de reír, de sonreír? Hemos perdido la capacidad de sonreír.
¿Cómo ves a los argentinos?
A los argentinos los veo como a un pueblo con un potencial humano excepcional, te diría que casi único en el mundo por lo siguiente: calor humano, creatividad y amor. Es un pueblo que está lleno de amor. ¿Dónde está eso? Un poco, durmiendo bajo las capas de estrés. Es como un diamante: unas pocas pulidas y ves el brillo. Acá igual: en cuanto sacás un poco de estrés y de cansancio de la gente, ves un amor y una onda impresionante. No me canso de verlo cada semana cuando doy cursos, recitales o talleres de mantras. Tenemos una materia prima única: la gente. Y eso es lo que más tenemos que cuidar, al igual que cualquier empresario que sabe que su verdadero valor está en su gente, en quienes hacen la empresa. Lo mismo como país.
Hay muchos hábitos que podrían ir cambiando (actitudes, falsas creencias, etc.), pero nadie nos puede dar cucharadas de tiempo. Hay procesos que requieren de tiempo y la paciencia es una virtud. La tarea que está haciendo Sri Sri Ravi Shankar con El Arte de Vivir, y todos los que damos una mano como voluntarios, estamos formando parte de este cambio. A mí me cambió la vida, es muy probable que esa sea su respuesta. Me siento orgulloso, honrado y feliz de formar parte de este cambio. Es más, esto es lo le dio un sentido a mi vida y lo que me dio, junto con la música, una razón para vivir.
“La meditación debería enseñarse desde la niñez”
Después de conocer al líder espiritual Sri Sri Ravi Shankar, Ignacio Escribano dejó la medicina y el periodismo por la música e inició un proceso de búsqueda personal que lo llevó a convertirse en instructor en El Arte de Vivir Argentina y fundar el grupo Indra, que combina mantras con word music y ritmos latinoamericanos. En una charla con Entremujeres, invita a tomar la vida como un juego y a dejar que nuestro corazón le gane a la mente.
Coaching corporal: el arte de aprender a escuchar tu cuerpo
Sabrina Díaz Virzi
La meditación, una práctica que gana seguidores cada día
“¿De qué sirve la fama, el dinero, una pareja si siquiera somos capaces de reír?”, se pregunta el cantante Ignacio Escribano. Dejó la medicina y el periodismo por la música y pasó de ser estudiante en la Universidad de Cambridge a instructor en El Arte de Vivir Argentina. Hace casi 11 años conoció al líder espiritual Sri Sri Ravi Shankar y desde ese momento su vida cambió. Decidió darle un lugar a lo que le decía su corazón e inició un proceso de conocimiento personal. Viajó por el mundo, estudió budismo, hinduismo y fundó el grupo Indra, “la primera banda en combinar los mantras con sonidos pop, world music y ritmos latinoamericanos”.
El sábado 20 de agosto a las 21 horas Ignacio y su banda se presentarán en el Teatro ND Ateneo (Paraguay 918). Su proyecto es “popularizar los mantras, generar conciencia de los beneficios de cantar mantras y bhajans en grupo, ofrecer una alternativa de entretenimiento libre de humo, drogas y alcohol y elevar los valores humanos en la sociedad”, cuenta Ignacio a Entremujeres.
Un mantra puede ser una sílaba, palabra, frase o texto que, al ser recitado y repetido una y otra vez, tiene un efecto en el cuerpo, las emociones, los pensamientos y la mente. Así, puede conducir a un estado de paz y meditación. El más popular es el “OM”, considerado en las escrituras védicas (religión previa a la hinduista) como la base de cualquier otro mantra, la sílaba sagrada, el sonido primario y universal. Aquellos que se cantan en grupo se llaman bhajans.
¿Por qué decís que “los mantras son cantos de amor”?
Porque son sonidos cuyo propósito es llevarnos de la mente al corazón, del ruido a la paz, del análisis a la síntesis; son sonidos que elevan los valores humanos y sacan lo más lindo de cada uno de nosotros cuando la mente se calla.
El término “mantra” deriva de la raíz sánscrita “man”, “manas”, que significa “pensar”, o “mente”; y “tra”, de “trai”, que significa “proteger” o “liberar de algo que ata”. Así, un mantra es un instrumento que se utiliza para traer sosiego, liberando a la mente del flujo constante de pensamientos. Cuando la mente se apaga, por decirlo de alguna forma, bajamos al corazón, y ahí no hay más que amor. Pero todo esto es un concepto; lo que mejor podría decirte es “vení y experimentalo en persona el 20 de agosto”.
Conociste a Sri Sri Ravi Shankar. ¿Cómo lo describirías?
Lo conocí hace casi 11 años. Me enviaron del diario La Nación para hacerle una entrevista. Hoy puedo decir que es mi maestro, que es un amigo incondicional, y mucho más que eso. Pero no me gusta darle un rótulo, porque encasillarlo bajo un nombre no alcanza para describir lo que siento por él. Lo mismo me ocurre si quisiera describirlo. Haciendo un esfuerzo por definirlo, vanamente, en palabras, podría decir que es el ser más extraordinario que conocí. Es como un chico: lleno de vida, de amor, de inocencia, entusiasmo, liviandad, mente en el momento presente al cien por ciento... Lleno de sabiduría, ecuanimidad, inteligencia. Tiene un sentido del humor de gran refinamiento y agudeza. Es un ser que, por lo liviano, pareciera estar hueco y vacío pero, al mismo tiempo, con una presencia impresionante, es como si estuviera y no al mismo tiempo. Es puro amor. En sus ojos, si lo mirás fijamente, podés ver el infinito.
¿Qué te impactó de él para que decidieras dar un vuelco en tu vida?
Me impactó todo lo recién dicho, toda su obra, lo que hace por la humanidad, el trato que tiene con cada persona. Simplemente tuve la bendición de conocerlo y poder estar cerca física, mental y espiritualmente. Tener un maestro iluminado, que esté vivo, y con el que encima podés tener un trato personal con frecuencia es algo que no tiene precio. Es un regalo de la vida realmente.
¿Dónde empieza el cambio para comenzar a vivir de otra manera?
Adentro de uno, sin dudas. El mundo y la relación con los demás no es más que un espejo, un reflejo de nuestra propia mente. Ese es el gran enemigo por vencer, la propia mente que no para de hablar y que no nos da un segundo de paz. Si ganamos esa victoria, ganamos todas las batallas del mundo. Y recordar que un viaje, por más largo que sea, comienza con un primer paso. Ese cambio es un camino, paso a paso. Poder abrazar cada paso, cada momento, estar en cada momento, y aceptarse y aceptar a los otros y las situaciones tal cual son, bueno, eso es un aprendizaje ni siquiera diario, diría minuto a minuto, es más, de segundo en segundo...
¿Qué aspecto de la filosofía que nucléa El Arte de Vivir es lo que más te cuesta poner en práctica en tu vida cotidiana?
Los cinco puntos básicos que se enseñan en el curso de El Arte de Vivir y que, como instructor, tengo que repetir cada vez que doy un curso. Si podemos ser “masters” de esos puntos de conocimiento, te puedo asegurar que estamos de vuelta en la vida. Hay algo que dice: “Sabé que sos hermoso, que sos algo bueno”. No siempre me siento así. A veces yo sólo rompo el formulario de inscripción a la felicidad tirándome abajo. Esto tal vez es lo que más me cuesta poner en práctica. Más que una filosofía, diría que lo que se enseña en El Arte de Vivir es una forma de vida, es decir, no algo teórico, sino completamente práctico, aplicable al día a día del ser humano contemporáneo.
Trabajás tu costado espiritual a través de la puesta en práctica de esta forma de vida, pero no sos una persona que vive “fuera” del mundo. Te interesa Internet, las redes sociales. ¿Cómo se combina la serenidad espiritual con la lógica moderna del apuro y el estrés?
El Arte de Vivir no es para aislarte sino para que puedas estar en este mundo, cien por ciento vivo. Como dice un sutra del Ishavasya Upanishad: “Disfruta de las cosas de este mundo, renunciando a ellas”. El desapego, el arte del desapego. De vivir con plenitud, pero sin febrilidad. La espiritualidad es fundamental para vivir en este mundo con plenitud. La meditación debería enseñarse desde la edad escolar, ya que las mentes modernas no dan abasto para absorber tanto estímulo.
Como instructor de El Arte de Vivir Argentina, ¿qué valores, creencias, actitudes creés que “faltan” en nuestra sociedad?
Lo que falta en la sociedad, básicamente, es espiritualidad, valores humanos. ¿Qué me refiero con todo eso? A nada esotérico, basta recordar cómo éramos de chicos: llenos de vida, entusiasmo, liviandad, inocencia, frescura, vida, compañerismo, solidaridad, empatía, sentido de pertenencia con los demás y lo demás... Tomar más la vida como un juego. ¿De qué sirve la fama, el dinero, una pareja, las propiedades, o lo que fuere si siquiera somos capaces de reír, de sonreír? Hemos perdido la capacidad de sonreír.
¿Cómo ves a los argentinos?
A los argentinos los veo como a un pueblo con un potencial humano excepcional, te diría que casi único en el mundo por lo siguiente: calor humano, creatividad y amor. Es un pueblo que está lleno de amor. ¿Dónde está eso? Un poco, durmiendo bajo las capas de estrés. Es como un diamante: unas pocas pulidas y ves el brillo. Acá igual: en cuanto sacás un poco de estrés y de cansancio de la gente, ves un amor y una onda impresionante. No me canso de verlo cada semana cuando doy cursos, recitales o talleres de mantras. Tenemos una materia prima única: la gente. Y eso es lo que más tenemos que cuidar, al igual que cualquier empresario que sabe que su verdadero valor está en su gente, en quienes hacen la empresa. Lo mismo como país.
Hay muchos hábitos que podrían ir cambiando (actitudes, falsas creencias, etc.), pero nadie nos puede dar cucharadas de tiempo. Hay procesos que requieren de tiempo y la paciencia es una virtud. La tarea que está haciendo Sri Sri Ravi Shankar con El Arte de Vivir, y todos los que damos una mano como voluntarios, estamos formando parte de este cambio. A mí me cambió la vida, es muy probable que esa sea su respuesta. Me siento orgulloso, honrado y feliz de formar parte de este cambio. Es más, esto es lo le dio un sentido a mi vida y lo que me dio, junto con la música, una razón para vivir.
jueves, 4 de agosto de 2011
La meditación: un camino hacia el bienestar - Vida sana. Clarín 04.08.2011
04.08.2011 | PASO A PASO
¿Cómo meditar?
Te contamos, en detalle, una manera básica de realizar una meditación y te damos algunas sugerencias para que te inicies en esta práctica. Meditá, encontrate, equilibrate y mejorá tu calidad de vida. Es por vos.
La meditación: un camino hacia el bienestar
Mindfulness, la meditación científica
La otra cara del Yoga: la verdadera, a tu alcance
El masaje: el placer de reencontrarte con tu propio cuerpo
Aromaterapia: esencias para crear tus climas
Más
meditacion - como meditar - paso a paso - tecnicas de meditacion - bienestar - equilibrio - mandalas -
Cortá con la locura. Dedicate un tiempo, focalizate en vos y sentite mejor gracias a la meditación. Es fácil, te contamos cómo hacerlo.
*Vestite con ropa cómoda y, preferentemente, clara.
*Sentate de tal modo que puedas relajar tu cuerpo, para que no haya zonas tensionadas. No es necesario que sea en una postura particular. Sí es importante que sea la mejor pose de acuerdo a tus preferencias y posibilidades físicas.
*Respirá profunda y pausadamente durante unos minutos para distender tu cuerpo y despejar la mente. Concentrate en los tres pasos esenciales del proceso: inhalar, retener, exhalar.
*Recorré mentalmente tu cuerpo: los miembros, los órganos, los músculos. Tomá conciencia de cada una de las partes y, llevando aire hacia ella, relajá cada área.
*Poné tu mente en blanco, apartá los pensamientos con tranquilidad, uno por uno. No te esfuerces.
*Ahora visualizá un paisaje de la naturaleza donde te gustaría estar.
*Respirá profundamente y entregate al ritmo en el que inhalás y exhalás. Mientras tanto, repará en detalles del paisaje que estás visualizando: los sonidos del entorno que imaginás, los aromas o los colores que ves.
*Profundizá este contacto sensorial con el espacio que estás visualizando intentando sentir el ambiente: la temperatura, si hay brisa o cae una fina lluvia. También, poné en foco los sentimientos que te conforten: amor, cariño, paz, ternura.
*Sentí que estas imágenes y sensaciones te envuelven, te protegen, te complementan.
*Cuando percibas que estás preparada, incorporá la experiencia a tu espíritu y comenzá a regresar. Volvé a concentrarte en tu cuerpo, a sentir cada parte. Registrá el movimiento interior, de la sangre, de las células, del ingreso y del egreso de aire. Empezá a mover los dedos de la mano y de los pies. Abrí los ojos y seguí respirando pausadamente.
Cinco consejos para tener en cuenta
1-No medites durante más de diez minutos hasta no contar con un entrenamiento adecuado.
2-Es conveniente ejercitar la meditación en profundidad, de forma colectiva y con alguna guía. Excepto que seas una experta, no lo intentes a solas.
3-Tomá agua fresca (o alguna infusión suave) media hora antes de meditar. Estar bien hidratado contribuye al flujo energético.
4-Practicá la meditación con regularidad. Intentá hacerlo siempre los mismos días, a la misma hora.
5-El espacio en el cual se desarrolla la meditación debe ser silencioso, adecuadamente ventilado y, en lo posible, iluminado naturalmente.
Laberintos circulares
Si preferís meditar con un mandala, procurá hallar un ambiente silencioso y ubicate en una posición confortable. Colocá la imagen del círculo frente a tus ojos, a una distancia de poco menos de un metro. Primero, fijá la mirada en el centro de la figura pero no dejes de incluir en el campo visual la totalidad del mandala. Tratá de no pestañear y dejá que tu mente fluya. Continuá así durante unos minutos.
Si estás completamente conectada, vas a comenzar a ver cómo varía la intensidad de los colores y cómo inciden estas transformaciones visuales en los estados de tu conciencia.
¿Te animás? ¡Sólo se trata de probar!
Fuente: Vida sana. Clarín + B y D contenidos.
¿Cómo meditar?
Te contamos, en detalle, una manera básica de realizar una meditación y te damos algunas sugerencias para que te inicies en esta práctica. Meditá, encontrate, equilibrate y mejorá tu calidad de vida. Es por vos.
La meditación: un camino hacia el bienestar
Mindfulness, la meditación científica
La otra cara del Yoga: la verdadera, a tu alcance
El masaje: el placer de reencontrarte con tu propio cuerpo
Aromaterapia: esencias para crear tus climas
Más
meditacion - como meditar - paso a paso - tecnicas de meditacion - bienestar - equilibrio - mandalas -
Cortá con la locura. Dedicate un tiempo, focalizate en vos y sentite mejor gracias a la meditación. Es fácil, te contamos cómo hacerlo.
*Vestite con ropa cómoda y, preferentemente, clara.
*Sentate de tal modo que puedas relajar tu cuerpo, para que no haya zonas tensionadas. No es necesario que sea en una postura particular. Sí es importante que sea la mejor pose de acuerdo a tus preferencias y posibilidades físicas.
*Respirá profunda y pausadamente durante unos minutos para distender tu cuerpo y despejar la mente. Concentrate en los tres pasos esenciales del proceso: inhalar, retener, exhalar.
*Recorré mentalmente tu cuerpo: los miembros, los órganos, los músculos. Tomá conciencia de cada una de las partes y, llevando aire hacia ella, relajá cada área.
*Poné tu mente en blanco, apartá los pensamientos con tranquilidad, uno por uno. No te esfuerces.
*Ahora visualizá un paisaje de la naturaleza donde te gustaría estar.
*Respirá profundamente y entregate al ritmo en el que inhalás y exhalás. Mientras tanto, repará en detalles del paisaje que estás visualizando: los sonidos del entorno que imaginás, los aromas o los colores que ves.
*Profundizá este contacto sensorial con el espacio que estás visualizando intentando sentir el ambiente: la temperatura, si hay brisa o cae una fina lluvia. También, poné en foco los sentimientos que te conforten: amor, cariño, paz, ternura.
*Sentí que estas imágenes y sensaciones te envuelven, te protegen, te complementan.
*Cuando percibas que estás preparada, incorporá la experiencia a tu espíritu y comenzá a regresar. Volvé a concentrarte en tu cuerpo, a sentir cada parte. Registrá el movimiento interior, de la sangre, de las células, del ingreso y del egreso de aire. Empezá a mover los dedos de la mano y de los pies. Abrí los ojos y seguí respirando pausadamente.
Cinco consejos para tener en cuenta
1-No medites durante más de diez minutos hasta no contar con un entrenamiento adecuado.
2-Es conveniente ejercitar la meditación en profundidad, de forma colectiva y con alguna guía. Excepto que seas una experta, no lo intentes a solas.
3-Tomá agua fresca (o alguna infusión suave) media hora antes de meditar. Estar bien hidratado contribuye al flujo energético.
4-Practicá la meditación con regularidad. Intentá hacerlo siempre los mismos días, a la misma hora.
5-El espacio en el cual se desarrolla la meditación debe ser silencioso, adecuadamente ventilado y, en lo posible, iluminado naturalmente.
Laberintos circulares
Si preferís meditar con un mandala, procurá hallar un ambiente silencioso y ubicate en una posición confortable. Colocá la imagen del círculo frente a tus ojos, a una distancia de poco menos de un metro. Primero, fijá la mirada en el centro de la figura pero no dejes de incluir en el campo visual la totalidad del mandala. Tratá de no pestañear y dejá que tu mente fluya. Continuá así durante unos minutos.
Si estás completamente conectada, vas a comenzar a ver cómo varía la intensidad de los colores y cómo inciden estas transformaciones visuales en los estados de tu conciencia.
¿Te animás? ¡Sólo se trata de probar!
Fuente: Vida sana. Clarín + B y D contenidos.
jueves, 14 de julio de 2011
Lenda árabe sobre a criação !!! texto de Paulo Coelho
Assim que terminou de construir o mundo, um dos anjos advertiu o Todo-Poderoso que esquecera de colocar areia na Terra; grave defeito, se considerarmos que os seres humanos estariam privados para sempre de caminhar junto aos mares, massageando seus pés cansados e sentindo o contacto com o chão.
Além disso, o fundo dos rios seria sempre ríspido e pedregoso, os arquitetos não poderiam usar um material indispensável, as pegadas dos namorados seriam invisíveis; disposto a remediar seu esquecimento, Deus enviou o Arcanjo Gabriel com uma enorme bolsa, para que derramasse areia em todos os lugares que fosse necessário.
Gabriel fez as praias, o leito dos rios, e quando voltava para o céu trazendo o material que havia sobrado, o Inimigo, sempre atento, sempre disposto a estragar a obra do Todo-Poderoso, conseguiu fazer um furo na bolsa, que arrebentou, derramando todo o seu conteúdo.
Isso aconteceu no lugar que é hoje a Arábia, e quase toda a região se transformou num imenso deserto.
Gabriel, desolado, foi pedir desculpas ao Senhor, por ter deixado que o Inimigo se aproximasse sem ser visto.
E Deus, em Sua infinita sabedoria, resolveu recompensar o povo árabe pelo erro involuntário do seu mensageiro.
Criou para eles um céu cheio de estrelas, como não existe em nenhum outro lugar do mundo, para que sempre olhassem para o alto.
Criou o turbante que, debaixo do sol do deserto, é muito mais valioso que uma coroa.
Criou a tenda, permitindo que as pessoas se movessem de um lugar para o outro, sempre tendo novas paisagens ao redor, e sem as obrigações aborrecidas de manutenção de palácios.
Ensinou o povo a forjar o melhor aço para a espada.
Criou o camelo.
Desenvolveu a melhor raça de cavalos.
E lhes deu algo mais precioso que estas e todas as outras coisas juntas: a palavra, o verdadeiro ouro dos árabes.
Enquanto os outros povos modelavam os metais e as pedras, os povos da Arábia aprendiam a modelar o verbo.
Ali, o poeta passou a ser sacerdote, juiz, médico, chefe dos beduínos.
Seus versos possuem poder: podem trazer alegria, tristeza, saudade.
Podem desencadear a vingança e a guerra, unir os amantes, reproduzir o canto dos pássaros.
Os erros de Deus, como os de grandes artistas, ou dos verdadeiros enamorados, desencadeiam tantas compensações felizes que, às vezes vale a pena desejá-los.
(Texto de Paulo Coelho)
Além disso, o fundo dos rios seria sempre ríspido e pedregoso, os arquitetos não poderiam usar um material indispensável, as pegadas dos namorados seriam invisíveis; disposto a remediar seu esquecimento, Deus enviou o Arcanjo Gabriel com uma enorme bolsa, para que derramasse areia em todos os lugares que fosse necessário.
Gabriel fez as praias, o leito dos rios, e quando voltava para o céu trazendo o material que havia sobrado, o Inimigo, sempre atento, sempre disposto a estragar a obra do Todo-Poderoso, conseguiu fazer um furo na bolsa, que arrebentou, derramando todo o seu conteúdo.
Isso aconteceu no lugar que é hoje a Arábia, e quase toda a região se transformou num imenso deserto.
Gabriel, desolado, foi pedir desculpas ao Senhor, por ter deixado que o Inimigo se aproximasse sem ser visto.
E Deus, em Sua infinita sabedoria, resolveu recompensar o povo árabe pelo erro involuntário do seu mensageiro.
Criou para eles um céu cheio de estrelas, como não existe em nenhum outro lugar do mundo, para que sempre olhassem para o alto.
Criou o turbante que, debaixo do sol do deserto, é muito mais valioso que uma coroa.
Criou a tenda, permitindo que as pessoas se movessem de um lugar para o outro, sempre tendo novas paisagens ao redor, e sem as obrigações aborrecidas de manutenção de palácios.
Ensinou o povo a forjar o melhor aço para a espada.
Criou o camelo.
Desenvolveu a melhor raça de cavalos.
E lhes deu algo mais precioso que estas e todas as outras coisas juntas: a palavra, o verdadeiro ouro dos árabes.
Enquanto os outros povos modelavam os metais e as pedras, os povos da Arábia aprendiam a modelar o verbo.
Ali, o poeta passou a ser sacerdote, juiz, médico, chefe dos beduínos.
Seus versos possuem poder: podem trazer alegria, tristeza, saudade.
Podem desencadear a vingança e a guerra, unir os amantes, reproduzir o canto dos pássaros.
Os erros de Deus, como os de grandes artistas, ou dos verdadeiros enamorados, desencadeiam tantas compensações felizes que, às vezes vale a pena desejá-los.
(Texto de Paulo Coelho)
miércoles, 13 de julio de 2011
Secretos que no lo son tanto - por Luis Aubele
Om
Secretos que no lo son tanto
Principios de la filosofía hermética, que desde hace 40 siglos están al alcance del que los quiera descubrir.
Martes 12 de julio de 2011 | Publicado en edición impresa
Por Luis Aubele
La leyenda sostiene que el gran Hermes Trismegisto, maestro espiritual al que egipcios y griegos llamaban el padre de las ciencias, nació alrededor del siglo XX antes de Cristo. Sus libros fueron considerados textos sagrados, igual que la Biblia, el I Ching o los libros Vedas. Se asegura que Moisés estudió su pensamiento para crear la Kabbalah", explica Nilda Macías, estudiosa del tema y autora de libros como El secreto de la felicidad, 7 leyes esenciales para lograr tus objetivos, metas y deseos .
La escuela de la vida. Los principios universales enunciados por Hermes constituyen el Kybalion, la obra más importante de la filosofía hermética. Son: el principio del mentalismo; el de correspondencia; el de vibración; el de polaridad; el de ritmo; el de causa y efecto, y el de generación. Otra advertencia del Kybalion es que la vida es como una escuela y las dificultades son enseñanzas para crecer.
Todo lo que se pida. "El todo es mente; el universo es mental", dice el principio de mentalismo. El universo es una fuente inagotable de energía que, mediante las vibraciones de nuestros pensamientos, nos une a todos. Este universo, o Dios, es nuestro Padre protector y nos da todo lo que se pida. Pero muchos tenemos arraigadas creencias como No me animo , no sirvo , no merezco , s oy un tonto , etcétera. Vibraciones negativas que el universo interpreta como nuestros deseos. La solución es cambiar esa vibración con pensamientos positivos.
El orden cósmico. "Como es arriba es abajo; como es abajo es arriba", sostiene el principio de correspondencia, la llamada ley del orden. El orden cósmico es el universo de Dios, y lo que ocurre en el plano superior, mental y espiritual se manifiesta también en las acciones cotidianas. Por eso, cuando la mente evoluciona con pensamientos afectuosos todo el ser crece hacia el bienestar.
Atomos positivos. "Nada es inmóvil; todo se mueve, todo vibra", advierte el principio de vibración. El amor es lo que sostiene una vibración en armonía. Por eso todo lo bueno que hagamos nos hace más sanos y felices. Los pensamientos positivos vibran en una frecuencia alta con colores brillantes, claros, luminosos. Exhalamos átomos positivos."
En medio de los polos. "Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades, y todas las paradojas pueden reconciliarse", afirma el principio de polaridad. Para encontrar el equilibrio habrá que situarse en medio de los polos. Si uno se sitúa en el extremo del amor, amará tanto que se olvidará de sí mismo.
Mirar al cielo. "Todo fluye y refluye; todo tiene sus avances y retrocesos: todo sube y baja; todo se mueve como un péndulo", enseña el principio del ritmo. Dice un antiguo texto budista zen: Acuérdense de mirar el cielo. Eso expande los límites de la mente y nos recuerda que somos una pequeña parte del universo, que está en permanente movimiento ."
Ni la suerte ni el azar. "Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la ley; el azar no es más que el nombre que se le da a una ley no conocida; hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la ley", indica Macías. Así, todo lo que pasa en nuestras vidas tiene que ver con situaciones (fuerzas) que nosotros ponemos en movimiento. Tanto alegrías como padecimientos son creados por nosotros.
Amor, arte, computadoras. "La generación existe por doquier; todo tiene sus principios masculino y femenino", asegura el principio de generación. Y Macías agrega: "Dios nos dio libertad y energía para que sigamos creando vida, edificios, puentes, placer, computadoras, amor, arte? ¿Qué estamos creando en estos momentos de nuestras vidas? ¿Cómo es nuestra responsabilidad como creadores?"
Se sugiere practicar las dos y elegir la que permita mejor concentración y respuesta.
LECTURAS
El poder del ahora (Eckhart Tolle).
¿Amar o depender? (Walter Risso)
Muchas vidas, muchos maestros (Brian Weiss)
El sendero del mago (Deepak Chopra)
Metafísica (Conny Méndez)
El KybalioN (Tres iniciados)
El secreto (Rhonda Byrne y Bob Proctor)
PELICULAS
¿Y tú qué sabes? (What the Bleep do we Know?, William Arntz, Betsy Chasse, Mark Vicente)
El camino del guerrero (Víctor Salva)
ESPIRITUAL
Nilda Macías nació en Tucumán. En la UBA hizo la Licenciatura en Técnica de Edición y se desempeña como editora de libros. En su camino de búsqueda espiritual, realizó estudios de metafísica, Kabbalah, taoísmo, raja yoga, filosofía hermética y radiestesia. Es consultora en salud natural de la Fundación Latinoamericana de Terapias Naturales. Autora de Supersticiones, cómo cambiar tu suerte; El gran libro de los nombres; Al mal tiempo buena cara; El lenguaje de las flores .
EJERCICIO
Macías recomienda una técnica para disolver emociones negativas y sentimientos bloqueadores del presente o del pasado. La clave no es luchar contra lo que nos afecta, sino soltarlo, dejarlo ir. Lo que queremos lograr llegará espontáneamente. Primero habrá que revivir la última vez que se sintió esa emoción negativa. Una vez percibida en la zona del tórax, aceptarla relajadamente y darle la bienvenida. Bajar el mentón hacia el tórax y cerrar los ojos consciente de la localización. Después, hay dos opciones para seguir. Una es imaginar que se tiene en la mano una pelota de tenis, depositar en ella el sentimiento negativo y arrojarla, exhalando por la boca. Repetir dos o tres veces. La otra alternativa es inspirar profundamente, encoger los hombros hacia arriba, contraer los músculos trapecio, cerrar fuerte las dos manos y ¡soltar! Exhalar y dejar caer los hombros sintiendo que la emoción negativa se va con el aire. Repetir de tres a diez veces.
Secretos que no lo son tanto
Principios de la filosofía hermética, que desde hace 40 siglos están al alcance del que los quiera descubrir.
Martes 12 de julio de 2011 | Publicado en edición impresa
Por Luis Aubele
La leyenda sostiene que el gran Hermes Trismegisto, maestro espiritual al que egipcios y griegos llamaban el padre de las ciencias, nació alrededor del siglo XX antes de Cristo. Sus libros fueron considerados textos sagrados, igual que la Biblia, el I Ching o los libros Vedas. Se asegura que Moisés estudió su pensamiento para crear la Kabbalah", explica Nilda Macías, estudiosa del tema y autora de libros como El secreto de la felicidad, 7 leyes esenciales para lograr tus objetivos, metas y deseos .
La escuela de la vida. Los principios universales enunciados por Hermes constituyen el Kybalion, la obra más importante de la filosofía hermética. Son: el principio del mentalismo; el de correspondencia; el de vibración; el de polaridad; el de ritmo; el de causa y efecto, y el de generación. Otra advertencia del Kybalion es que la vida es como una escuela y las dificultades son enseñanzas para crecer.
Todo lo que se pida. "El todo es mente; el universo es mental", dice el principio de mentalismo. El universo es una fuente inagotable de energía que, mediante las vibraciones de nuestros pensamientos, nos une a todos. Este universo, o Dios, es nuestro Padre protector y nos da todo lo que se pida. Pero muchos tenemos arraigadas creencias como No me animo , no sirvo , no merezco , s oy un tonto , etcétera. Vibraciones negativas que el universo interpreta como nuestros deseos. La solución es cambiar esa vibración con pensamientos positivos.
El orden cósmico. "Como es arriba es abajo; como es abajo es arriba", sostiene el principio de correspondencia, la llamada ley del orden. El orden cósmico es el universo de Dios, y lo que ocurre en el plano superior, mental y espiritual se manifiesta también en las acciones cotidianas. Por eso, cuando la mente evoluciona con pensamientos afectuosos todo el ser crece hacia el bienestar.
Atomos positivos. "Nada es inmóvil; todo se mueve, todo vibra", advierte el principio de vibración. El amor es lo que sostiene una vibración en armonía. Por eso todo lo bueno que hagamos nos hace más sanos y felices. Los pensamientos positivos vibran en una frecuencia alta con colores brillantes, claros, luminosos. Exhalamos átomos positivos."
En medio de los polos. "Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades, y todas las paradojas pueden reconciliarse", afirma el principio de polaridad. Para encontrar el equilibrio habrá que situarse en medio de los polos. Si uno se sitúa en el extremo del amor, amará tanto que se olvidará de sí mismo.
Mirar al cielo. "Todo fluye y refluye; todo tiene sus avances y retrocesos: todo sube y baja; todo se mueve como un péndulo", enseña el principio del ritmo. Dice un antiguo texto budista zen: Acuérdense de mirar el cielo. Eso expande los límites de la mente y nos recuerda que somos una pequeña parte del universo, que está en permanente movimiento ."
Ni la suerte ni el azar. "Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la ley; el azar no es más que el nombre que se le da a una ley no conocida; hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la ley", indica Macías. Así, todo lo que pasa en nuestras vidas tiene que ver con situaciones (fuerzas) que nosotros ponemos en movimiento. Tanto alegrías como padecimientos son creados por nosotros.
Amor, arte, computadoras. "La generación existe por doquier; todo tiene sus principios masculino y femenino", asegura el principio de generación. Y Macías agrega: "Dios nos dio libertad y energía para que sigamos creando vida, edificios, puentes, placer, computadoras, amor, arte? ¿Qué estamos creando en estos momentos de nuestras vidas? ¿Cómo es nuestra responsabilidad como creadores?"
Se sugiere practicar las dos y elegir la que permita mejor concentración y respuesta.
LECTURAS
El poder del ahora (Eckhart Tolle).
¿Amar o depender? (Walter Risso)
Muchas vidas, muchos maestros (Brian Weiss)
El sendero del mago (Deepak Chopra)
Metafísica (Conny Méndez)
El KybalioN (Tres iniciados)
El secreto (Rhonda Byrne y Bob Proctor)
PELICULAS
¿Y tú qué sabes? (What the Bleep do we Know?, William Arntz, Betsy Chasse, Mark Vicente)
El camino del guerrero (Víctor Salva)
ESPIRITUAL
Nilda Macías nació en Tucumán. En la UBA hizo la Licenciatura en Técnica de Edición y se desempeña como editora de libros. En su camino de búsqueda espiritual, realizó estudios de metafísica, Kabbalah, taoísmo, raja yoga, filosofía hermética y radiestesia. Es consultora en salud natural de la Fundación Latinoamericana de Terapias Naturales. Autora de Supersticiones, cómo cambiar tu suerte; El gran libro de los nombres; Al mal tiempo buena cara; El lenguaje de las flores .
EJERCICIO
Macías recomienda una técnica para disolver emociones negativas y sentimientos bloqueadores del presente o del pasado. La clave no es luchar contra lo que nos afecta, sino soltarlo, dejarlo ir. Lo que queremos lograr llegará espontáneamente. Primero habrá que revivir la última vez que se sintió esa emoción negativa. Una vez percibida en la zona del tórax, aceptarla relajadamente y darle la bienvenida. Bajar el mentón hacia el tórax y cerrar los ojos consciente de la localización. Después, hay dos opciones para seguir. Una es imaginar que se tiene en la mano una pelota de tenis, depositar en ella el sentimiento negativo y arrojarla, exhalando por la boca. Repetir dos o tres veces. La otra alternativa es inspirar profundamente, encoger los hombros hacia arriba, contraer los músculos trapecio, cerrar fuerte las dos manos y ¡soltar! Exhalar y dejar caer los hombros sintiendo que la emoción negativa se va con el aire. Repetir de tres a diez veces.
La pedagogía del dolor por Diana Cohen Agrest
La filósofa Diana Cohen Agrest envió ayer a LA NACION el siguiente texto a raíz de la muerte de su hijo Ezequiel, de 26 años, asesinado el viernes durante un robo en el barrio de Caballito.
La pedagogía del dolor
Diana Cohen Agrest
Para LA NACION
Martes 12 de julio de 2011
Unos años atrás, cuando jamás imaginaba que yo llegaría a ser, entre tantas, otra madre del dolor, escribí estas líneas. Siguen tan vigentes hoy como entonces. Si es posible dar un sentido a este sinsentido, la muerte de mi hijo, es que esos actos gratuitos no se repitan nunca, nunca más.
"Harto conocido es el texto desgarrador -erróneamente atribuido a Bertolt Brecht- del pastor protestante víctima del Holocausto Martin Niemöller: ?Cuando vinieron a buscar a los judíos, callé: yo no era judío. Cuando vinieron a buscar a los comunistas, callé: yo no era comunista. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, callé: yo no era sindicalista. Cuando vinieron por mí, ya no había nadie para protestar ' .
"La violencia en sus manifestaciones polimorfas es la negación acabada de que el mal no siempre le acontece al otro; de que todos, absolutamente todos, somos, virtualmente, Madres (o padres o hermanos o hijos) del Dolor. Mujeres reunidas por el sufrimiento inscripto en sus vidas por una maldita movida del azar (?¿por qué a mí y no a otra?'), las madres de desaparecidos, de los caídos en Malvinas, de los muertos en Kheyvis y en Cromagnon, en la AMIA, y de tantos otros jóvenes víctimas del gatillo fácil, constituyen el testimonio incontestable de que nadie está exento del estatuto de ofrenda debida a la violencia individual o institucional.
"Continuadoras del movimiento colectivo de denuncia inaugurado por las Madres de Plaza de Mayo, en 1998 un grupo de madres santiagueñas replicarían en su territorio las marchas del silencio de Catamarca, donde la madre de María Soledad Morales pedía el esclarecimiento de la muerte de su hija. En una misa celebrada tras una movilización, un sacerdote las comparó con la madre de los dolores, la Virgen María, y fue así que comenzaron a ser llamadas «Madres del Dolor».
Se acompañan en homenajes, aniversarios o marchas especiales y se hacen presentes cuando una nueva desgracia suma una más a ellas. El poder de su movilización radica no sólo en la legitimidad y transparencia del reclamo, sino en su paradójica autonegación. Porque en claro contraste con todo movimiento político que por su esencia misma aspira a perpetuarse, las madres persiguen, en cuanto colectivo, su anulación. Que no haya más Madres del Dolor.
"Así como en la Grecia arcaica el mítico Cronos, dios del tiempo, devoraba a sus hijos, la Argentina ha venido devorando durante los últimos treinta y cinco años a los suyos. En una suerte de letal compulsión a la repetición, una sociedad y un Estado filicida diezman una y otra vez a las jóvenes generaciones.
"La sociedad filicida devoró a sus hijos en la violencia urbana, en los incendios de discotecas, y continúa devorándolos en los accidentes de tránsito. Por su parte, el Estado filicida ofrendó a un dios sin rostro a los caídos en Malvinas tras sacrificar a los desaparecidos y a los emisarios y ejecutores de su desaparición -pues, a fin de cuentas, no debemos olvidar que la llamada «lucha antisubversiva» se valió de esa carne de cañón que fueron aquellos jóvenes que muchas veces ingresaban en los cuarteles militares para asegurarse, como todavía hoy lo hacen, apenas un plato de comida-. Y también todavía hoy, a menudo en complicidad con una sociedad que asiente con su silencio, el Estado continúa entregando a sus jóvenes en una anomia generalizada, alentada por una práctica de la impunidad refrendada por la flexibilización o, directamente, por la conmutación de las penas: una perversa ausencia de justicia cuyas devastadoras consecuencias se irán agravando en relación proporcional con la deserción escolar y la creciente desocupación de los jóvenes, quienes difícilmente logren otra «inserción» social que no sea la de la marginalidad.
"En los albores de la modernidad, y asentados sobre la teoría del contrato social, los ideales republicanos nacerían de la hipótesis de que el individuo ha pactado con el soberano la cesión de su libertad natural a cambio de protección. Ese acto fundacional señala el pasaje del estado de naturaleza a la sociedad civil, cuya finalidad es evitar y remediar los inconvenientes del estado de naturaleza que se producen cuando el individuo es juez y parte. En particular, el acto que expulsa a los hombres del estado de naturaleza y los integra en un orden social es el establecimiento de un juez con autoridad para decidir en todas las disputas y reparar todos los daños que puedan sufrir sus miembros.
"Confrontadas a la falta de cumplimiento del contrato por una de las partes, la legitimidad del reclamo de las Madres del Dolor radica en la insuficiencia del Estado de proteger a quienes debería proteger. Fuera del espacio público, confrontadas a la irreparabilidad de la pérdida, las Madres del Dolor simbolizan la posibilidad de aprender a transitar desde el sufrimiento hacia una acción colectiva reivindicatoria de la verdad y la justicia.
"El sufrimiento de quien ha perdido un hijo es intransferible. En un proceso de progresiva y radical individuación, quien sufre se torna un extranjero para sí mismo, no puede reconocerse como quien fue ni apropiarse de su nueva historia. Apresado en su dolor, no puede ni reposar en sí ni huir de sí.
"Cuando es causado por la violencia gratuita, el sufrimiento es causado por otro, es el otro. Es por eso que tras la pérdida, el dolor, llevado al límite, expulsa al individuo del mundo y de los otros, pues el otro potencialmente comporta un riesgo. Ante la amenazante irrupción de la violencia, la relación con el otro es una experiencia de intolerable promiscuidad, de esa insoportable vecindad que Sartre condensaría en una fórmula estremecedora: el infierno son los otros .
"Trascendiendo esta mirada tan comprensible como sesgada, la reivindicación solidarizada de estas mujeres nos revela que el infierno no son los otros sino que, lejos de ello, el infierno es la ausencia total del otro. Pues, precisamente, el reconocimiento de la dependencia de los otros es la experiencia que nos revela que no es posible salvarse solo. Unidas por su doloroso aprendizaje, estas mujeres logran transformar la muerte en una lucha por la vida.
"Si nuestro primer deber en el presente es construirnos una ética, tal vez las Madres del Dolor, por qué no, encarnen las fuerzas anticipatorias de otro porvenir."
Nem a tristeza, nem a desilusão, nem a incerteza, nem a solidão, NADA ME IMPEDIRÁ DE SORRIR.
Nem a tristeza, nem a desilusão,
nem a incerteza, nem a solidão,
NADA ME IMPEDIRÁ DE SORRIR.
Nem o medo, nem a depressão,
por mais que sofra meu coração,
NADA ME IMPEDIRÁ DE SONHAR.
Nem o desespero, nem a descrença,
muito menos o ódio ou alguma ofensa,
NADA ME IMPEDIRÁ DE VIVER.
Em meio as trevas, entre os espinhos,
nas tempestades e nos descaminhos,
NADA ME IMPEDIRÁ DE CRER EM DEUS.
Mesmo errando e aprendendo,
tudo me será favorável,
para que eu possa sempre evoluir,
preservar, servir, cantar,
agradecer, perdoar, recomeçar...
QUERO VIVER O DIA DE HOJE
COMO SE FOSSE O PRIMEIRO.
Quero viver o momento de agora
como se ainda fosse cedo,
como se nunca fosse tarde.
Quero manter o otimismo,
conservar o equilíbrio,
fortalecer a minha esperança,
recompor minhas energias,
para prosperar na minha missão
e viver alegre todos os dias.
Quero caminhar na certeza de chegar,
quero lutar na certeza de vencer,
quero buscar na certeza de alcançar,
quero saber esperar,
para poder realizar os ideais do meu ser.
ENFIM,
quero dar o máximo de mim, para viver
intensamente e maravilhosamente
TODOS OS DIAS DA MINHA VIDA.
(Carlos Alberto Lemberg)
nem a incerteza, nem a solidão,
NADA ME IMPEDIRÁ DE SORRIR.
Nem o medo, nem a depressão,
por mais que sofra meu coração,
NADA ME IMPEDIRÁ DE SONHAR.
Nem o desespero, nem a descrença,
muito menos o ódio ou alguma ofensa,
NADA ME IMPEDIRÁ DE VIVER.
Em meio as trevas, entre os espinhos,
nas tempestades e nos descaminhos,
NADA ME IMPEDIRÁ DE CRER EM DEUS.
Mesmo errando e aprendendo,
tudo me será favorável,
para que eu possa sempre evoluir,
preservar, servir, cantar,
agradecer, perdoar, recomeçar...
QUERO VIVER O DIA DE HOJE
COMO SE FOSSE O PRIMEIRO.
Quero viver o momento de agora
como se ainda fosse cedo,
como se nunca fosse tarde.
Quero manter o otimismo,
conservar o equilíbrio,
fortalecer a minha esperança,
recompor minhas energias,
para prosperar na minha missão
e viver alegre todos os dias.
Quero caminhar na certeza de chegar,
quero lutar na certeza de vencer,
quero buscar na certeza de alcançar,
quero saber esperar,
para poder realizar os ideais do meu ser.
ENFIM,
quero dar o máximo de mim, para viver
intensamente e maravilhosamente
TODOS OS DIAS DA MINHA VIDA.
(Carlos Alberto Lemberg)
jueves, 7 de julio de 2011
Slow food, una manera diferente de comer ...y de vivir...
Por María Wortzman
Especial para RevistaOHLALA.com
Slow food, una manera diferente de comer
Es una modalidad que existe en casi todas partes del mundo y cada vez es más conocido; se trata de nuevas formas de relacionarse con los hábitos alimenticios y redescubrir los sabores y las tradiciones; ¡conocé esta nueva tendencia!
"Vísteme despacio que estoy apurado". Muchas de nosotras escuchamos alguna que otra vez esa frase tan célebre que pertence a Napoleón Bonaparte. Incluso hasta quizás nos la hayamos dicho a nosotras mismas en medio de un día de locos cuando cuerpo y mente dicen basta.
El mundo en el que vivimos y los hábitos que adquirimos muchas veces confabulan contra nuestros deseos, tiempos y sentidos. Los tiempos de hoy en día nos encuentra comiendo rápido y amando rápido. En fin: viviendo rápido.
Sin embargo existe un grupo de gente alrededor del mundo que notó este fenómeno y todos los días trabaja para concientizarnos sobre la vida que nos estamos perdiendo por correr hacia quien sabe dónde: son las personas que conforman Slow Food .
Esta organización, con presencia en todo el mundo, comenzó en Italia y su misión nace como reacción a las cadenas de comidas rápidas, los fast food. A partir de ese modo de ingerir los alimentos, este movimiento propone otro tipo de experiencia relacionada con los sentidos, el conocimiento, el placer y finalmente, con la sociedad toda.
Santiago Abarca, presidente y coordinador de Slow Food Argentina con cerca de 15 años de relación con el movimiento, cuenta el fenómeno con mayor detalle: "Es terriblemente vasto. No es concreto, pequeño y definido sino que está dentro de una estructura (Slow Food Internacional) donde gente trabaja en diferentes maneras de comunicar como campañas sobre distintas temáticas."
Actualmente Slow Food en el mundo se encuentra en la tarea de brindar conciencia sobre los alimentos transgénicos, educación a los niños sobre el sentido del gusto e incentivo para la creación de la huerta personal o comunitaria.
Bueno, limpio y justo
Se trata del lema que caracteriza a esta forma de concebir un nuevo modo de vida donde el gusto y la diversidad son pilares fundamentales. " Bueno se refiere a las bondades del alimento para nuestro organismo, debe ser benéfico en su composición. El concepto de limpio radica en una noción ecológica: nada que destruya la naturaleza y su equilibrio y haga mal a la salud puede ser considerado como tal. Debe ser un alimento limpio y noble para el ser humano.
Y lo justo se conecta con la forma de producción del alimento. Debe provenir de un campesino y sin un proceso industrial exagerado ni lleno de conservantes ni agregados", explica Santiago sobre estas tres palabras.
Es así como esta filosofía también posee un lado socioeconómico. Se erige en la vereda opuesta a la explotación del pequeño productor y demanda precios razonables para el mismo. Se manifiesta en contra de las mega corporaciones que destruyen un esquema de producción para medianos y pequeños campesinos y son generadoras de pobreza.
"Cuando hablamos de alimentación hablamos de política" afirma Abarca. "Detrás de cada plato hay gente que lo elabora, un hecho social que ocurre. Debemos votar qué es lo que queremos. Es una forma de generar cultura."
En nuestro país
En 2001 cuando la Argentina se encontraba en plena crisis socioeconómica Slow Food caló hondo sin proponérselo. "Nos preguntábamos a quién le podía interesar en un país que no comía un movimiento que viniera a hablar del placer alimentario y las pequeñas producciones. Parecía absurdo", reconoce el referente del movimiento y admite que, sin embargo, fue un fenómeno que les explotó en las manos.
Hoy en día, hay formalmente cerca de 1000 afiliados sin contar los cientos que se suman y practican esta forma de resaltar los sabores y colores de la vida sin dar su nombre y apellido. Se trata de un voluntariado, todo está relacionado con el querer y la vocación.
No aceptan ayudas religiosas, gubernamentales ni políticas. De hecho, todo lo que hacen resulta de un esfuerzo donde ponen tiempo y ganas. "Apostamos a la convivencia: valorar nuestra relación con los otros. Poder comer acompañados, en sociedad" sintetiza Abarca y agrega: "Hablamos de una revolución vinculada a una nueva concepción, una posición diferente. Queremos calidad para todos. Antes era un sueño, hoy está en acción."
En otros ámbitos
A partir del fenómeno de Slow Food nuevas formas de actividades "lentas" han surgido alrededor del mundo. Acá repasamos las más populares:
Sexo slow
Se trata de técnicas sexuales orientales como el tantra. Apunta a disfrutar de todos los aspectos de la sexualidad humana partiendo de la lentitud. Su duración como su intensidad se suponen más fuertes que las normales.
Un día antes ya tenés en mente el próximo encuentro y se comienza a conformar la fantasía. La ambientación debe ser cuidada y rigurosa. Acordate que todos los detalles cuentan: velas, aromas, luces bajas, distintas telas, etc. Una vez con tu pareja, tomate tu tiempo. Disfrutá y acordate siempre de la "lentitud".
Trabajo slow
Varias empresas notaron que la gente bajo fuerte presión no es la que mejor rinde. También la tecnología moderna no ayuda a que profundicemos en el análisis y la reflexión (¡pensá en cuántas veces chequeás los mails por hora!).
Con Barcelona como sede incial, esta práctica implica siestas en el trabajo y más tiempo para pensar. Sí, así como lo leés. A los empleados con buena productividad, las empresas les proveen todas las comodidades para que por día puedan tomarse una siesta de 20 a 30 minutos. También te piden que para privilegiar la tranquilidad reflexiva, sólo revises tu correo electrónico tres veces por jornada laboral. ¿Te aguantarías?
Arquitectura slow
Y claro que el lugar donde vivimos incide de gran forma en nuestro estilo de vida. Este movimiento invita a que nuestro hogar también se sume y sea "lento".
Se trata de viviendas ecológicas donde por ejemplo los balcones estén habilitados para tener pequeños huertos o se reemplacen espacios verdes destruidos por la contrucción. Es darle una mano a la madre naturaleza y sumar nuestro granito de arena en pos de un planeta mejor.
Ciudades slow
Si bien no tenemos ejemplos locales en nuestro país, las ciudades "lentas" se están multiplicando por el mundo. Básicamente se necesita que las autoridades políticas así como sus habitantes se comprometan a mantener las tradiciones y a cuidar su lugar de residencia.
Establecer áreas de tránsito sin autos, reducir la contaminación visual, fomentar la venta de alimentos de los pequeños o medianos productores y conservar una tradición y un respeto por lo autóctono son sólo algunas de las condiciones necesarias para competir por el título.
miércoles, 6 de julio de 2011
Aprender a atender - por Guillermo Jaim Etcheverry
Reflexiones
Aprender a atender
Por Guillermo Jaim Etcheverry
Domingo 03 de julio de 2011
Deambular por una ciudad castigada por una lluvia y un viento helados incita a reponer energías en algún ámbito acogedor. Esa mañana madrileña no era la excepción y, buscando cálido ocio, entré en una espléndida librería, de esas que no estarán mucho tiempo más. Hojeando libros tropecé con una frase que atrajo mi atención y que se refería, precisamente, a la atención. Decía: "Lo que los estudios favorecen es el cultivo de la atención."
Su autora era Simone Weil (1909-1943), cuya historia personal es una de las más apasionantes de la primera mitad del siglo XX. A pesar de su brevedad, la vida de esta intelectual francesa es un asombroso compendio de aventuras que, por lo diversas, sorprenden al coincidir en una misma persona. Hermana del legendario matemático André Weil, estudió en las más prestigiosas instituciones francesas. Si bien desarrolló su carrera académica tanto en Europa como en los Estados Unidos. enseñando filosofía, llevó a cabo una intensa actividad política en el convulsionado mundo de su época: lideró organizaciones obreras y participó en la Guerra Civil Española y en la Resistencia Francesa. Pero tan apasionada inmersión en la realidad de su tiempo no interfirió con sus meditaciones filosóficas, centradas en la ética y la mística, así como con sus experiencias religiosas - siendo judía se aproximó al cristianismo-, que se conocieron por sus escritos difundidos luego de su muerte. T.S. Eliot la definió como "una mujer de genio, de un tipo de genio similar al de los santos."
Aquella frase que encontré me condujo hacia el texto del que proviene y que trata del buen uso de los estudios escolares en relación con el amor a Dios. Dejando de lado sus consideraciones religiosas, Weil sostiene que, en realidad, la importancia del estudio no reside en aprender ciertos y determinados saberes (que la tiene.). Tampoco en adquirir los métodos que conducen a esos conocimientos que, aunque resulte esencial desarrollarlos, al igual que aquellos pueden cambiar con el tiempo. Lo más importante, sostiene Weil, es que al estudiar algo la persona ejercita una conducta paciente que la obliga a concentrar su atención, de manera persistente, para comprender una situación o resolver un problema. Al hacerlo, la persona se mantiene como en suspenso, se centra en el objeto de su atención, con el que intenta familiarizarse, y deja de lado todo lo que la rodea, casi hasta desprenderse de sí misma. Por eso Weil interpreta que el desarrollo de esta facultad de atención es el objetivo básico del aprender, donde reside su principal función. Dice: "Si se busca con verdadera atención la solución de un problema de geometría, aunque en una hora el progreso resulte escaso, durante cada minuto de esa hora se habrá avanzado en una dimensión más misteriosa. Los frutos se recogerán en el futuro." Para ella, ningún genuino esfuerzo de atención es inútil.
Como el debate sobre la formación de las personas se centra en qué y en cómo enseñamos -cuestiones de indudable importancia-, tal vez se nos escape que ese proceso supone algo de similar trascendencia humana: el cultivo de la capacidad de prestar atención, el ejercicio de la concentración reflexiva, del "ensimismamiento", como diría Ortega y Gasset. El filósofo contrapuso dos estados de espíritu: el de los monos que, pendientes de lo que ocurre a su alrededor, no viven desde sí mismos sino desde lo otro, "alterados", con el de los seres humanos, quienes poseen "esa rara capacidad de entrar dentro de sí, de pensar."
Tal vez la frase de Weil impresione porque, al sostener que "aprender es, en esencia, aprender a atender", trae al primer plano el desarrollo de la atención. Sólo atentos al entorno, podremos volver a analizarlo críticamente. Más aún en nuestra época, cuando la actual cultura de la distracción intenta dispersarnos, alterarnos, aproximarnos a los monos del zoológico.
revista@lanacion.com.ar
El autor es educador y ensayista
Aprender a atender
Por Guillermo Jaim Etcheverry
Domingo 03 de julio de 2011
Deambular por una ciudad castigada por una lluvia y un viento helados incita a reponer energías en algún ámbito acogedor. Esa mañana madrileña no era la excepción y, buscando cálido ocio, entré en una espléndida librería, de esas que no estarán mucho tiempo más. Hojeando libros tropecé con una frase que atrajo mi atención y que se refería, precisamente, a la atención. Decía: "Lo que los estudios favorecen es el cultivo de la atención."
Su autora era Simone Weil (1909-1943), cuya historia personal es una de las más apasionantes de la primera mitad del siglo XX. A pesar de su brevedad, la vida de esta intelectual francesa es un asombroso compendio de aventuras que, por lo diversas, sorprenden al coincidir en una misma persona. Hermana del legendario matemático André Weil, estudió en las más prestigiosas instituciones francesas. Si bien desarrolló su carrera académica tanto en Europa como en los Estados Unidos. enseñando filosofía, llevó a cabo una intensa actividad política en el convulsionado mundo de su época: lideró organizaciones obreras y participó en la Guerra Civil Española y en la Resistencia Francesa. Pero tan apasionada inmersión en la realidad de su tiempo no interfirió con sus meditaciones filosóficas, centradas en la ética y la mística, así como con sus experiencias religiosas - siendo judía se aproximó al cristianismo-, que se conocieron por sus escritos difundidos luego de su muerte. T.S. Eliot la definió como "una mujer de genio, de un tipo de genio similar al de los santos."
Aquella frase que encontré me condujo hacia el texto del que proviene y que trata del buen uso de los estudios escolares en relación con el amor a Dios. Dejando de lado sus consideraciones religiosas, Weil sostiene que, en realidad, la importancia del estudio no reside en aprender ciertos y determinados saberes (que la tiene.). Tampoco en adquirir los métodos que conducen a esos conocimientos que, aunque resulte esencial desarrollarlos, al igual que aquellos pueden cambiar con el tiempo. Lo más importante, sostiene Weil, es que al estudiar algo la persona ejercita una conducta paciente que la obliga a concentrar su atención, de manera persistente, para comprender una situación o resolver un problema. Al hacerlo, la persona se mantiene como en suspenso, se centra en el objeto de su atención, con el que intenta familiarizarse, y deja de lado todo lo que la rodea, casi hasta desprenderse de sí misma. Por eso Weil interpreta que el desarrollo de esta facultad de atención es el objetivo básico del aprender, donde reside su principal función. Dice: "Si se busca con verdadera atención la solución de un problema de geometría, aunque en una hora el progreso resulte escaso, durante cada minuto de esa hora se habrá avanzado en una dimensión más misteriosa. Los frutos se recogerán en el futuro." Para ella, ningún genuino esfuerzo de atención es inútil.
Como el debate sobre la formación de las personas se centra en qué y en cómo enseñamos -cuestiones de indudable importancia-, tal vez se nos escape que ese proceso supone algo de similar trascendencia humana: el cultivo de la capacidad de prestar atención, el ejercicio de la concentración reflexiva, del "ensimismamiento", como diría Ortega y Gasset. El filósofo contrapuso dos estados de espíritu: el de los monos que, pendientes de lo que ocurre a su alrededor, no viven desde sí mismos sino desde lo otro, "alterados", con el de los seres humanos, quienes poseen "esa rara capacidad de entrar dentro de sí, de pensar."
Tal vez la frase de Weil impresione porque, al sostener que "aprender es, en esencia, aprender a atender", trae al primer plano el desarrollo de la atención. Sólo atentos al entorno, podremos volver a analizarlo críticamente. Más aún en nuestra época, cuando la actual cultura de la distracción intenta dispersarnos, alterarnos, aproximarnos a los monos del zoológico.
revista@lanacion.com.ar
El autor es educador y ensayista
El inevitable riesgo de vivir - por Sergio Sinay
Oxígeno / Diálogos del alma
El inevitable riesgo de vivir
Por Sergio Sinay
Domingo 03 de julio de 2011
Señor sinay: tengo 18 años y me puse a pensar sobre la inseguridad humana. Lamentablemente, debo escuchar ciertas opiniones de la gente que, en verdad, me parecen muy poco sensatas. ¿Qué es verdaderamente la inseguridad? ¿Podemos vivir con ésto toda la vida? ¿Cómo se puede superar?
Marisa Gatti
La inquietud acerca de si es posible vivir toda la vida con la inseguridad a cuestas está respondida por la historia de la humanidad. Desde que los seres humanos existimos nada nos ha sido garantizado. Vivir fue siempre una inversión de riesgo. A nuestros primeros antepasados los devoraban bestias primitivas, los calcinaban los rayos, no resistían a la menor bacteria. Con el correr de los tiempos se lograron paliar ciertos peligros, pero sólo para que los remplazaran otros. Las pestes diezmaban continentes en el medioevo; nuevas enfermedades sustituyeron siglo a siglo a las que se lograba dominar; los ladrones ejercen su oficio desde que empezó la historia; la aparición del automóvil sembró las calles de riesgos desconocidos; las armas se perfeccionaron y divulgaron de tal modo que cualquiera las porta y casi cualquiera mata, además de las masacres masivas debidas a esa industria. La inseguridad es parte de la vida, viene con ella. ¿Cómo saber si este no será nuestro último día? Nadie nos puede vender un seguro contra eso, a pesar de que ya existan pólizas para casi todo. Y aun así, nada está asegurado. La vida es una aventura de final incierto que se reanuda con cada amanecer.
La incertidumbre, ingrediente natural de la vida, es también un factor funcional a la misma. Ayuda a crecer, a desarrollar recursos, a forjarse en el imprevisto. Cuando imaginamos que todo lo bueno nos espera en el futuro, empezamos a no soportar nada que ponga a éste en duda. Y si pretendemos vivir como inmortales, nos frustra cada hecho con el que la vida nos recuerda nuestra condición mortal. Muchos de esos hechos, aunque pataleemos, son parte de la vida. Pueden resultar dolorosos, pero no son ni buenos ni malos ni injustos. Simplemente son. No cabe ante ellos la calificación moral. Otros factores de inseguridad, en cambio, caen bajo el prisma moral. Si quienes tienen el deber inexcusable de garantizar seguridad en las calles, en el transporte, en los estadios, en las rutas, en el aire, en el agua, en los alimentos, en la salud, en la circulación cotidiana no lo hacen, y si esa inoperancia es producto de corrupción, desidia, negligencia, manipulación política, avaricia o cálculos egoístas, entramos en el terreno de la inmoralidad y la perversión. Con la inseguridad natural de la vida se convive, se crece, se madura se explora la propia existencia. Frente a la inseguridad provocada (por acción o por inacción), y ante la evitable y no evitada, no hay excusa y tampoco perdón.
En La sabiduría de la inseguridad, un ensayo cada día más revelador y vigente, el filósofo Alan Watts (1915-1973) dice que cuando no nos atrevemos a fluir en el río de la vida desde su nacimiento hasta su desembocadura, aceptando cambios y misterios, pasando por la incertidumbre y explorando el sentido de la existencia, terminamos por buscar refugio en supuestas seguridades, a menudo falsas. Nos metemos en fortalezas ilusorias, como las del dinero, el poder, los blindajes físicos (de casas, autos, etcétera) y en nichos emocionales (mantener pocos vínculos, sospechar del otro). Paralizamos el flujo de la vida, postergamos las experiencias vitales. No hay ciencia, no hay creencia, no hay receta mágica que nos garantice seguridad. Somos seres equipados para vivir y desarrollarse en la incertidumbre. René Descartes (1596-1650), padre del racionalismo, proponía "avanzar con seguridad en la vida". Eso no significa desconocer la existencia del riesgo, sino confiar en los propios recursos para afrontarlo. El filósofo contemporáneo André Comte-Sponville ve, por su parte, dos actitudes en cuanto a la seguridad. Una consiste en una disposición del alma para ir hacia la vida desarrollando recursos propios, sobre todo internos, y compartiendo peligros con otros, vinculándonos a ellos. La otra es comprar seguros o suscribir todo lo que nos prometa que no sufriremos ni correremos riesgos. La primera actitud, dice, es una virtud. La segunda, sólo un contrato. No son excluyentes. Pero no conviene caer en la ilusión de que a mayor cantidad de contratos, gozaremos de más seguridad. Quien procura prevenirse contra todos los riegos suele terminar protegiéndose nada menos que de la vida.
sergiosinay@gmail.com
El inevitable riesgo de vivir
Por Sergio Sinay
Domingo 03 de julio de 2011
Señor sinay: tengo 18 años y me puse a pensar sobre la inseguridad humana. Lamentablemente, debo escuchar ciertas opiniones de la gente que, en verdad, me parecen muy poco sensatas. ¿Qué es verdaderamente la inseguridad? ¿Podemos vivir con ésto toda la vida? ¿Cómo se puede superar?
Marisa Gatti
La inquietud acerca de si es posible vivir toda la vida con la inseguridad a cuestas está respondida por la historia de la humanidad. Desde que los seres humanos existimos nada nos ha sido garantizado. Vivir fue siempre una inversión de riesgo. A nuestros primeros antepasados los devoraban bestias primitivas, los calcinaban los rayos, no resistían a la menor bacteria. Con el correr de los tiempos se lograron paliar ciertos peligros, pero sólo para que los remplazaran otros. Las pestes diezmaban continentes en el medioevo; nuevas enfermedades sustituyeron siglo a siglo a las que se lograba dominar; los ladrones ejercen su oficio desde que empezó la historia; la aparición del automóvil sembró las calles de riesgos desconocidos; las armas se perfeccionaron y divulgaron de tal modo que cualquiera las porta y casi cualquiera mata, además de las masacres masivas debidas a esa industria. La inseguridad es parte de la vida, viene con ella. ¿Cómo saber si este no será nuestro último día? Nadie nos puede vender un seguro contra eso, a pesar de que ya existan pólizas para casi todo. Y aun así, nada está asegurado. La vida es una aventura de final incierto que se reanuda con cada amanecer.
La incertidumbre, ingrediente natural de la vida, es también un factor funcional a la misma. Ayuda a crecer, a desarrollar recursos, a forjarse en el imprevisto. Cuando imaginamos que todo lo bueno nos espera en el futuro, empezamos a no soportar nada que ponga a éste en duda. Y si pretendemos vivir como inmortales, nos frustra cada hecho con el que la vida nos recuerda nuestra condición mortal. Muchos de esos hechos, aunque pataleemos, son parte de la vida. Pueden resultar dolorosos, pero no son ni buenos ni malos ni injustos. Simplemente son. No cabe ante ellos la calificación moral. Otros factores de inseguridad, en cambio, caen bajo el prisma moral. Si quienes tienen el deber inexcusable de garantizar seguridad en las calles, en el transporte, en los estadios, en las rutas, en el aire, en el agua, en los alimentos, en la salud, en la circulación cotidiana no lo hacen, y si esa inoperancia es producto de corrupción, desidia, negligencia, manipulación política, avaricia o cálculos egoístas, entramos en el terreno de la inmoralidad y la perversión. Con la inseguridad natural de la vida se convive, se crece, se madura se explora la propia existencia. Frente a la inseguridad provocada (por acción o por inacción), y ante la evitable y no evitada, no hay excusa y tampoco perdón.
En La sabiduría de la inseguridad, un ensayo cada día más revelador y vigente, el filósofo Alan Watts (1915-1973) dice que cuando no nos atrevemos a fluir en el río de la vida desde su nacimiento hasta su desembocadura, aceptando cambios y misterios, pasando por la incertidumbre y explorando el sentido de la existencia, terminamos por buscar refugio en supuestas seguridades, a menudo falsas. Nos metemos en fortalezas ilusorias, como las del dinero, el poder, los blindajes físicos (de casas, autos, etcétera) y en nichos emocionales (mantener pocos vínculos, sospechar del otro). Paralizamos el flujo de la vida, postergamos las experiencias vitales. No hay ciencia, no hay creencia, no hay receta mágica que nos garantice seguridad. Somos seres equipados para vivir y desarrollarse en la incertidumbre. René Descartes (1596-1650), padre del racionalismo, proponía "avanzar con seguridad en la vida". Eso no significa desconocer la existencia del riesgo, sino confiar en los propios recursos para afrontarlo. El filósofo contemporáneo André Comte-Sponville ve, por su parte, dos actitudes en cuanto a la seguridad. Una consiste en una disposición del alma para ir hacia la vida desarrollando recursos propios, sobre todo internos, y compartiendo peligros con otros, vinculándonos a ellos. La otra es comprar seguros o suscribir todo lo que nos prometa que no sufriremos ni correremos riesgos. La primera actitud, dice, es una virtud. La segunda, sólo un contrato. No son excluyentes. Pero no conviene caer en la ilusión de que a mayor cantidad de contratos, gozaremos de más seguridad. Quien procura prevenirse contra todos los riegos suele terminar protegiéndose nada menos que de la vida.
sergiosinay@gmail.com
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