Se eu conhecesse a resposta verdadeira - se é que há uma única resposta verdadeira - seria um cara rico oferecendo palestras pelo mundo, feito um guru desses pululando por aí !
Mas tenho sim a minha resposta, naquela q eu acredito. Certa ou errada - quem dirá !
Acredito q estamos para dignificar o maior presente q Deus nos deu, o existir. Como dignificamos a nossa existencia ? Evoluindo continuamente através do Amor por todas as coisas, ajudando a transformar a si mesmo e ao próximo em um SER melhor, um SER especial. Trabalhando para tornar o mundo um lugar melhor para nós mesmos, filhos e netos e todos os demais.
Despertar para esta conciencia q pode ser universal, talvez poderemos sobreviver à tanta maldade q está destruindo o planeta. Talvez, os q pensamos assim, possamos sembrar uma nova civilizaçao com o melhor q sobrar da velha e, assim, recomeçar.
lunes, 14 de febrero de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
VERÁS QUE TODO ES MENTIRA…por Dr. Abdala
02/07/2010 | Revista Viva
Dr.: Estoy desesperada. El papá de mi hijo es una persona que miente siempre, hasta en cosas insignificantes donde debería decir la verdad. Tuve que entablarle una demanda por alimentos y hasta llegó a mentirle al juez de que no tenía trabajo ni recursos. ¿Se puede hacer algo con un hombre así?
Julieta. C. de San Rafael, Mendoza
Según David Livingstone Smith, director del Instituto de Ciencias Cognitivas y Psicología Evolutiva de la Universidad de Nueva Inglaterra, EEUU, y autor del libro “¿Por qué mentimos?”, la mentira es una característica básica de los seres humanos.
Y afirma: “Mentimos para obtener algún beneficio, poder, estatus, dinero, sexo. La gente miente en sus currículos para conseguir trabajos, para evitar pagar impuestos, para tener relaciones extramatrimoniales y los políticos para mantenerse en el poder”.
Para este experto, a menudo y lamentablemente, el mentiroso gana en la vida: una persona que no sea capaz de mentir está en desventaja y corre el riesgo de convertirse en un perdedor social.
Quizás esta sea la razón por la cual la mentira es universal, se da en todas las culturas y posiblemente ha existido en las sociedades de todas las épocas. (Por lo tanto, decir “nunca miento” sería justamente una forma de faltar a la verdad).
Pero a veces mentir se transforma en un trastorno patológico, llamado mitomanía, que surge cuando falsear la realidad se convierte en una necesidad recurrente que condiciona la existencia de la persona, al punto de que el propio mentiroso llega a creer lo que dice.
La mitomanía es un síntoma que puede observarse en diversos trastornos psicológicos, pero en especial donde prevalecen las compulsiones ya que hay una búsqueda constante y obsesiva de la mentira.
Suelen ser personas con grandes conflictos internos, con un ego débil, con una autoestima baja y con problemas familiares. Suelen arrastrar estos conflictos desde una edad temprana y si no se tratan a tiempo, cuando llegan a la adultez es muy difícil que se curen de este trastorno. También se observa en algunos adolescentes con personalidades inestables y cuyos padres son excesivamente rígidos o exigentes con ellos.
El mitómano es consciente de sus mentiras, pero no puede detener el impulso de expresarlas con el fin de resultar más atractivo, querido o aceptado socialmente. Sin embargo, pocas veces alcanza su objetivo y, por el contrario, lo lleva a perder toda credibilidad que es, justamente, lo que intenta siempre alcanzar con sus engaños.
“Hay formas de supervivencia que incluyen la mentira, por ejemplo, en medios hostiles. La diferencia es que en los mitómanos esto nace espontáneamente, no mienten para sobrevivir sino que es una condición de su existencia, lo hacen en situaciones difíciles pero también en situaciones que no valen la pena. Es como un vicio”, expresa el psiquiatra argentino Hugo Marietán.
La mitomanía es una conducta antisocial que obliga a los forenses a un arduo trabajo para diferenciar a los mitómanos que cometen algún delito de pacientes con delirios. La diferencia estriba en que en el delirio, el enfermo tiene alterado su juicio y su percepción de la realidad, mientras que el mitómano, aunque llega a creerse su mentira, distingue la realidad de la fantasía y, por lo tanto, es responsable de sus actos.
El mitómano rara vez acude a tratarse por sus propios medios. Cuando lo hace es porque existe una presión familiar o legal que lo obliga a hacerlo. En consecuencia, estimada lectora, poco se puede hacer.
Dr.: Estoy desesperada. El papá de mi hijo es una persona que miente siempre, hasta en cosas insignificantes donde debería decir la verdad. Tuve que entablarle una demanda por alimentos y hasta llegó a mentirle al juez de que no tenía trabajo ni recursos. ¿Se puede hacer algo con un hombre así?
Julieta. C. de San Rafael, Mendoza
Según David Livingstone Smith, director del Instituto de Ciencias Cognitivas y Psicología Evolutiva de la Universidad de Nueva Inglaterra, EEUU, y autor del libro “¿Por qué mentimos?”, la mentira es una característica básica de los seres humanos.
Y afirma: “Mentimos para obtener algún beneficio, poder, estatus, dinero, sexo. La gente miente en sus currículos para conseguir trabajos, para evitar pagar impuestos, para tener relaciones extramatrimoniales y los políticos para mantenerse en el poder”.
Para este experto, a menudo y lamentablemente, el mentiroso gana en la vida: una persona que no sea capaz de mentir está en desventaja y corre el riesgo de convertirse en un perdedor social.
Quizás esta sea la razón por la cual la mentira es universal, se da en todas las culturas y posiblemente ha existido en las sociedades de todas las épocas. (Por lo tanto, decir “nunca miento” sería justamente una forma de faltar a la verdad).
Pero a veces mentir se transforma en un trastorno patológico, llamado mitomanía, que surge cuando falsear la realidad se convierte en una necesidad recurrente que condiciona la existencia de la persona, al punto de que el propio mentiroso llega a creer lo que dice.
La mitomanía es un síntoma que puede observarse en diversos trastornos psicológicos, pero en especial donde prevalecen las compulsiones ya que hay una búsqueda constante y obsesiva de la mentira.
Suelen ser personas con grandes conflictos internos, con un ego débil, con una autoestima baja y con problemas familiares. Suelen arrastrar estos conflictos desde una edad temprana y si no se tratan a tiempo, cuando llegan a la adultez es muy difícil que se curen de este trastorno. También se observa en algunos adolescentes con personalidades inestables y cuyos padres son excesivamente rígidos o exigentes con ellos.
El mitómano es consciente de sus mentiras, pero no puede detener el impulso de expresarlas con el fin de resultar más atractivo, querido o aceptado socialmente. Sin embargo, pocas veces alcanza su objetivo y, por el contrario, lo lleva a perder toda credibilidad que es, justamente, lo que intenta siempre alcanzar con sus engaños.
“Hay formas de supervivencia que incluyen la mentira, por ejemplo, en medios hostiles. La diferencia es que en los mitómanos esto nace espontáneamente, no mienten para sobrevivir sino que es una condición de su existencia, lo hacen en situaciones difíciles pero también en situaciones que no valen la pena. Es como un vicio”, expresa el psiquiatra argentino Hugo Marietán.
La mitomanía es una conducta antisocial que obliga a los forenses a un arduo trabajo para diferenciar a los mitómanos que cometen algún delito de pacientes con delirios. La diferencia estriba en que en el delirio, el enfermo tiene alterado su juicio y su percepción de la realidad, mientras que el mitómano, aunque llega a creerse su mentira, distingue la realidad de la fantasía y, por lo tanto, es responsable de sus actos.
El mitómano rara vez acude a tratarse por sus propios medios. Cuando lo hace es porque existe una presión familiar o legal que lo obliga a hacerlo. En consecuencia, estimada lectora, poco se puede hacer.
Las flores del desierto - por Sergio Sinay
Oxígeno / Diálogos del alma
Domingo 23 de enero de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: Coincido con usted en que el enamoramiento debe dar paso al amor para que una pareja se consolide como tal. Y que, como su nombre lo dice, la pareja se hace de a dos, no es un amor unilateral. ¿Pero cómo se hace para no vivir en la fantasía de un amor unilateral, cómo se puede intentar construir un verdadero amor, si la muerte se ha llevado al ser amado y se vive amando y aferrado a esa dolorosa ausencia?
Amalia Olleta
Se cuenta que un monje zen lloraba sin consuelo ante la tumba del que había sido su maestro, quien acababa de morir. Alguien que lo observaba se sorprendió, pues entendía que el monje estaba preparado espiritualmente para afrontar con serenidad una situación como aquella. Se acercó y le dijo: "Se supone que una persona de tu condición, un monje, comprende estos trances, ¿cómo es que lloras de esa manera?". El monje se volvió con lentitud y respondió "Lloro porque estoy muy triste".
La tristeza es parte de la vida, aunque pretendamos vivir asidos a la diversión, a la alegría, a la ausencia de dolor. La negación de la tristeza no la eliminará de nuestra existencia pero acaso nos deje sin recursos para afrontarla y para comprenderla. Una de las principales fuentes de dolor, como bien apunta el poeta, escritor y maestro de meditación Stephen Levine en ¿Quién muere?, reside en la resistencia a comprender que la vida es cambiante, que nada permanece para siempre, y en la ligazón a veces desesperada a las cosas temporales y a las materiales (entre las cuales me animo a incluir a las personas, a quienes se suele tomar como posesiones, aun en nombre del amor). El dolor, dice Levine, proviene de nuestra lucha por resistirnos a un cambio, por detener los hechos en un punto y fijarlos ahí.
Según este pensador, ese apego suele impedir que nos abramos completamente a la experiencia del amor. Tanto tememos perder a un ser querido que ponemos más fuerza en proteger al vínculo de las vicisitudes de la vida que en sumergirnos en la vivencia hasta el punto en que, si un día ésta termina por motivos ajenos a nuestra voluntad, quede en nosotros el aprendizaje del amor compartido, esa experiencia que nos transformó, que será imborrable e innegable y que, más allá de las circunstancias, le habrá dado sentido a nuestra vida. Ante las pérdidas que afectan una relación significativa, como la que menciona nuestra amiga Ama, cabe esta pregunta: ¿Si tuviéramos la posibilidad de volver a vivir la historia sabiendo que se repetirá exactamente igual, con el mismo final, lo aceptaríamos? O ésta: ¿En vista del dolor por la pérdida, hubiéramos preferido que esta relación no formara parte de nuestra vida? La respuesta es personal, pertenece a cada quien. Sólo tiene un requisito previo: necesita de un duelo.
En términos sencillos, un duelo es un proceso por el cual llegamos a aceptar lo irreversible y a valorar aquello que lo vivido dejó en nosotros. Eso que ya nos constituye y que, por lo tanto, no se pierde. La gran psicoterapeuta y escritora vienesa Elisabeth Lukas, autora de En la tristeza pervive el amor, ve cuatro pasos en ese proceso: 1) el retiro hacia la calma, en el cual se apagan las voces externas y se necesita de silencio; 2) el enfrentamiento con la situación, la comprobación de que, pese al dolor, el mundo sigue andando y nos esperan tareas significativas; 3) el abandono de preguntas que confunden y no tienen respuesta ("¿por qué a mí?", "¿quién tiene la culpa?") para abrir otras, con las que se puede vivir ("¿de qué me sirve esta experiencia?", "¿cuál es el sentido que puedo advertir en este sufrimiento?"); 4) la intensificación de la espiritualidad, no necesariamente con un formato religioso sino como comprensión de que la trascendencia va más allá de la mera experiencia física y material.
Si bien un vínculo necesita de la presencia física como una de sus raíces iniciales, cuando ha sido compartido, cuando se ha vivido en un proceso de cooperación y reconocimiento mutuo, no se cierra con una ausencia física forzosa como la provocada por la muerte. Continuará en lo aprendido durante la relación, en la memoria emocional y afectiva y en el agradecimiento por lo recibido. "No olviden de dar las gracias, dice Lukas, porque nada es merecido, todo es y ha sido un regalo". Y cita estas palabras del pastor alemán Hermann Traub: "Sólo quien ha atravesado los silenciosos valles del sufrimiento puede deleitarse con las flores del desierto". Como todas las flores, también éstas vienen a confirmar la continuidad de la vida y a recordar que seguir sembrando es el mejor homenaje a lo que fue.
sergiosinay@gmail.com
Domingo 23 de enero de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: Coincido con usted en que el enamoramiento debe dar paso al amor para que una pareja se consolide como tal. Y que, como su nombre lo dice, la pareja se hace de a dos, no es un amor unilateral. ¿Pero cómo se hace para no vivir en la fantasía de un amor unilateral, cómo se puede intentar construir un verdadero amor, si la muerte se ha llevado al ser amado y se vive amando y aferrado a esa dolorosa ausencia?
Amalia Olleta
Se cuenta que un monje zen lloraba sin consuelo ante la tumba del que había sido su maestro, quien acababa de morir. Alguien que lo observaba se sorprendió, pues entendía que el monje estaba preparado espiritualmente para afrontar con serenidad una situación como aquella. Se acercó y le dijo: "Se supone que una persona de tu condición, un monje, comprende estos trances, ¿cómo es que lloras de esa manera?". El monje se volvió con lentitud y respondió "Lloro porque estoy muy triste".
La tristeza es parte de la vida, aunque pretendamos vivir asidos a la diversión, a la alegría, a la ausencia de dolor. La negación de la tristeza no la eliminará de nuestra existencia pero acaso nos deje sin recursos para afrontarla y para comprenderla. Una de las principales fuentes de dolor, como bien apunta el poeta, escritor y maestro de meditación Stephen Levine en ¿Quién muere?, reside en la resistencia a comprender que la vida es cambiante, que nada permanece para siempre, y en la ligazón a veces desesperada a las cosas temporales y a las materiales (entre las cuales me animo a incluir a las personas, a quienes se suele tomar como posesiones, aun en nombre del amor). El dolor, dice Levine, proviene de nuestra lucha por resistirnos a un cambio, por detener los hechos en un punto y fijarlos ahí.
Según este pensador, ese apego suele impedir que nos abramos completamente a la experiencia del amor. Tanto tememos perder a un ser querido que ponemos más fuerza en proteger al vínculo de las vicisitudes de la vida que en sumergirnos en la vivencia hasta el punto en que, si un día ésta termina por motivos ajenos a nuestra voluntad, quede en nosotros el aprendizaje del amor compartido, esa experiencia que nos transformó, que será imborrable e innegable y que, más allá de las circunstancias, le habrá dado sentido a nuestra vida. Ante las pérdidas que afectan una relación significativa, como la que menciona nuestra amiga Ama, cabe esta pregunta: ¿Si tuviéramos la posibilidad de volver a vivir la historia sabiendo que se repetirá exactamente igual, con el mismo final, lo aceptaríamos? O ésta: ¿En vista del dolor por la pérdida, hubiéramos preferido que esta relación no formara parte de nuestra vida? La respuesta es personal, pertenece a cada quien. Sólo tiene un requisito previo: necesita de un duelo.
En términos sencillos, un duelo es un proceso por el cual llegamos a aceptar lo irreversible y a valorar aquello que lo vivido dejó en nosotros. Eso que ya nos constituye y que, por lo tanto, no se pierde. La gran psicoterapeuta y escritora vienesa Elisabeth Lukas, autora de En la tristeza pervive el amor, ve cuatro pasos en ese proceso: 1) el retiro hacia la calma, en el cual se apagan las voces externas y se necesita de silencio; 2) el enfrentamiento con la situación, la comprobación de que, pese al dolor, el mundo sigue andando y nos esperan tareas significativas; 3) el abandono de preguntas que confunden y no tienen respuesta ("¿por qué a mí?", "¿quién tiene la culpa?") para abrir otras, con las que se puede vivir ("¿de qué me sirve esta experiencia?", "¿cuál es el sentido que puedo advertir en este sufrimiento?"); 4) la intensificación de la espiritualidad, no necesariamente con un formato religioso sino como comprensión de que la trascendencia va más allá de la mera experiencia física y material.
Si bien un vínculo necesita de la presencia física como una de sus raíces iniciales, cuando ha sido compartido, cuando se ha vivido en un proceso de cooperación y reconocimiento mutuo, no se cierra con una ausencia física forzosa como la provocada por la muerte. Continuará en lo aprendido durante la relación, en la memoria emocional y afectiva y en el agradecimiento por lo recibido. "No olviden de dar las gracias, dice Lukas, porque nada es merecido, todo es y ha sido un regalo". Y cita estas palabras del pastor alemán Hermann Traub: "Sólo quien ha atravesado los silenciosos valles del sufrimiento puede deleitarse con las flores del desierto". Como todas las flores, también éstas vienen a confirmar la continuidad de la vida y a recordar que seguir sembrando es el mejor homenaje a lo que fue.
sergiosinay@gmail.com
Amores sin juramentos - por Sergio Sinay
Oxígeno / Diálogos del alma
Domingo 30 de enero de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: me llama poderosamente la atención lo permisivos que se están poniendo nuestros sentidos y razonamientos ante la infidelidad que se muestra en cuanta novela o ficción se ven en estos tiempos, con todo lo negativo que ella moviliza en el ser humano, desde el momento en que su base es la mentira. Nada bueno puede surgir con la mentira como basamento. ¿Qué les estamos mostrando a nuestros hijos?
Andrea Lugano
Es posible jurar fidelidad a otra persona y cumplir con la promesa? Lo es. ¿Puede tomarse ese hecho como una prueba de amor? No necesariamente. Quien promete ser fiel puede cumplir con su juramento por variadas razones: temor a ser descubierto, temor al castigo, obediencia a mandatos, creencias. Y también por amor. La fidelidad es, en sí, una conducta y no un sentimiento. Aun cuando esa conducta esté originada en un sentimiento. Quien promete ser fiel, por lo tanto, da su palabra de que actuará de una manera determinada. Y deberá hacerse responsable si no cumple. Pero no promete amor.
¿Es posible jurar amor eterno a otra persona? Lo es. ¿Hay garantía de que será así? Ninguna. A diferencia de la fidelidad, el amor es un sentimiento. Los sentimientos no son programables, no nacen de la voluntad ni figuran en una programación instintiva. Si así fuera, estaríamos predeterminados y privados de autodeterminación (eso es el libre albedrío en definitiva). No tendríamos que hacernos cargo de nuestras conductas ni de sus consecuencias, no elegiríamos cómo ni con quién relacionarnos, sólo nos vincularían a los otros nuestras necesidades primarias, nada trascendente. Pero los sentimientos son un componente de nuestra conciencia y la conciencia nos permite elevarnos desde las dimensiones fisiológica y psíquica hacia una dimensión humana que incluye lo emocional y lo espiritual. La conciencia nos permite actuar de un modo y no de otro a partir del momento en que registramos un sentimiento. Y nos permite honrar a ese sentimiento, detectar qué nos pide, hacia qué nos guía, así como elegir responsable y libremente el modo en que lo viviremos. Así es como la fidelidad puede ser, y suele ser, una consecuencia natural del amor. Dos personas cuyo amor encuentra día a día nuevas razones y se plasma en acciones son fieles la una a la otra como efecto de ese amor. No necesitan jurarse fidelidad (aunque nada les impide hacerlo), saben que su amor ni se basa en ese juramento ni depende de él. Se nutre de cómo se escuchan, cómo se miran, cómo se hablan, cómo se sostienen el uno al otro, cómo crecen juntos e individualmente, cómo llevan adelante sus propósitos comunes. Hacen mucho por darle eternidad a su amor.
Los vínculos de amor real, de amor en acto (no de amor simplemente declarado o jurado), consumen una enorme dosis de energía. Y, al mismo tiempo, la proporcionan. Allí no suele haber fugas de energía amorosa. Está toda concentrada en la relación. La infidelidad nunca empieza con un tercero. Comienza desde el interior de una pareja que ha ido debilitando o perdiendo sus razones amorosas, que ha ido dejando de nutrirlas con hechos y actitudes, con compromiso. El tercero no rompe lo que no hay, muchas veces lo que hace es rasgar un velo, disipar una pantalla de humo.
Las patéticas, morbosas y rebuscadas historias de infidelidad (penosos y poco creativos diezmos que se ofrecen al dios rating) que inquietan a nuestra amiga Andrea son preocupantes porque se venden como historias de amor. Esa es su gran mentira. Hay un riesgo en que nuestros hijos crean que todo vínculo es sólo una especulación, una trampa, una transacción entre sujetos descartables, una mera cuestión de usos y traiciones. Pero el riesgo es mayor cuando son adultos los que consumen bulímicamente esas historias y cuando, escapando a toda responsabilidad, replican en sus propias vidas aquellos usos y costumbres. La infidelidad no es un argumento nuevo en ningún arte narrativo. No lo es en la literatura, en el cine, en el teatro. Y ha sido motivo para profundas indagaciones en el alma humana, ha dado obras clásicas y memorables. No aquellas que menciona Andrea. Si la infidelidad nos parece natural, quizás es porque se nos ha hecho "normal" usar y descartar al otro, basar nuestros vínculos en la mentira, manipular. La ausencia de sentido existencial como fenómeno social extendido puede verse también en las relaciones íntimas, ficcionales o reales.
sergiosinay@gmail.com
Domingo 30 de enero de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: me llama poderosamente la atención lo permisivos que se están poniendo nuestros sentidos y razonamientos ante la infidelidad que se muestra en cuanta novela o ficción se ven en estos tiempos, con todo lo negativo que ella moviliza en el ser humano, desde el momento en que su base es la mentira. Nada bueno puede surgir con la mentira como basamento. ¿Qué les estamos mostrando a nuestros hijos?
Andrea Lugano
Es posible jurar fidelidad a otra persona y cumplir con la promesa? Lo es. ¿Puede tomarse ese hecho como una prueba de amor? No necesariamente. Quien promete ser fiel puede cumplir con su juramento por variadas razones: temor a ser descubierto, temor al castigo, obediencia a mandatos, creencias. Y también por amor. La fidelidad es, en sí, una conducta y no un sentimiento. Aun cuando esa conducta esté originada en un sentimiento. Quien promete ser fiel, por lo tanto, da su palabra de que actuará de una manera determinada. Y deberá hacerse responsable si no cumple. Pero no promete amor.
¿Es posible jurar amor eterno a otra persona? Lo es. ¿Hay garantía de que será así? Ninguna. A diferencia de la fidelidad, el amor es un sentimiento. Los sentimientos no son programables, no nacen de la voluntad ni figuran en una programación instintiva. Si así fuera, estaríamos predeterminados y privados de autodeterminación (eso es el libre albedrío en definitiva). No tendríamos que hacernos cargo de nuestras conductas ni de sus consecuencias, no elegiríamos cómo ni con quién relacionarnos, sólo nos vincularían a los otros nuestras necesidades primarias, nada trascendente. Pero los sentimientos son un componente de nuestra conciencia y la conciencia nos permite elevarnos desde las dimensiones fisiológica y psíquica hacia una dimensión humana que incluye lo emocional y lo espiritual. La conciencia nos permite actuar de un modo y no de otro a partir del momento en que registramos un sentimiento. Y nos permite honrar a ese sentimiento, detectar qué nos pide, hacia qué nos guía, así como elegir responsable y libremente el modo en que lo viviremos. Así es como la fidelidad puede ser, y suele ser, una consecuencia natural del amor. Dos personas cuyo amor encuentra día a día nuevas razones y se plasma en acciones son fieles la una a la otra como efecto de ese amor. No necesitan jurarse fidelidad (aunque nada les impide hacerlo), saben que su amor ni se basa en ese juramento ni depende de él. Se nutre de cómo se escuchan, cómo se miran, cómo se hablan, cómo se sostienen el uno al otro, cómo crecen juntos e individualmente, cómo llevan adelante sus propósitos comunes. Hacen mucho por darle eternidad a su amor.
Los vínculos de amor real, de amor en acto (no de amor simplemente declarado o jurado), consumen una enorme dosis de energía. Y, al mismo tiempo, la proporcionan. Allí no suele haber fugas de energía amorosa. Está toda concentrada en la relación. La infidelidad nunca empieza con un tercero. Comienza desde el interior de una pareja que ha ido debilitando o perdiendo sus razones amorosas, que ha ido dejando de nutrirlas con hechos y actitudes, con compromiso. El tercero no rompe lo que no hay, muchas veces lo que hace es rasgar un velo, disipar una pantalla de humo.
Las patéticas, morbosas y rebuscadas historias de infidelidad (penosos y poco creativos diezmos que se ofrecen al dios rating) que inquietan a nuestra amiga Andrea son preocupantes porque se venden como historias de amor. Esa es su gran mentira. Hay un riesgo en que nuestros hijos crean que todo vínculo es sólo una especulación, una trampa, una transacción entre sujetos descartables, una mera cuestión de usos y traiciones. Pero el riesgo es mayor cuando son adultos los que consumen bulímicamente esas historias y cuando, escapando a toda responsabilidad, replican en sus propias vidas aquellos usos y costumbres. La infidelidad no es un argumento nuevo en ningún arte narrativo. No lo es en la literatura, en el cine, en el teatro. Y ha sido motivo para profundas indagaciones en el alma humana, ha dado obras clásicas y memorables. No aquellas que menciona Andrea. Si la infidelidad nos parece natural, quizás es porque se nos ha hecho "normal" usar y descartar al otro, basar nuestros vínculos en la mentira, manipular. La ausencia de sentido existencial como fenómeno social extendido puede verse también en las relaciones íntimas, ficcionales o reales.
sergiosinay@gmail.com
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