La botella de Vranac
Por Arturo Perez- Reverte
Domingo 26 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa
No conservo muchos recuerdos materiales de los 21 años que estuve como reportero dicharachero en Barrio Sésamo: el casco de un soldado serbio muerto en Vukovar, el de un iraquí que palmó en Kuwait, el mío de kevlar de Bosnia, un Kalashnikov inutilizado, un par de casquillos vacíos, algún fragmento de metralla especialmente saltarina y un cartel de madera donde pone Peligro minas, de cuando el Sáhara. Y junto a eso, situado en un rincón oscuro de casa por donde nunca pasan las visitas, hay una botella de vino vacía. La botella de Vranac.
Descubrí ese vino en el hotel Esplanade de Zagreb durante la guerra de Croacia, merced a Paco Eguiagaray, maestro de maestros. Paco, que ya cría malvas como tantos buenos colegas de entonces -parece mentira cuántos se fueron ya-, era un gran señor del periodismo y de la vida. Baste decir que en Viena, para demostrar que ya había trabajado con él y por tanto era de confianza, un taxista se presentó así: "Yo trabajar con don Francisco. Champán, chicas, facturas. No problema". El caso, como digo, es que los regresos del frente croata con Márquez, la intérprete Jadranka, la productora Maite Lizundia y otros colegas de entonces, solíamos remojarlos con ese estupendo tinto de Montenegro, embotellado junto al lago Skadar. Nos quedó la costumbre, por así decirlo; y durante los tres años siguientes, mientras duró la guerra de los Balcanes, el Vranac -Crnogorsko Vrhunsko Crno Vino- se convirtió en nuestro vino de cabecera. Todavía hoy, cuando recuerdo aquellos regresos al hotel, agotados, llenos de polvo y mierda, cargados con el equipo y con la cabeza llena de imágenes que ansiábamos olvidar, los asocio con una ducha caliente, una buena comida y el sabor de aquel excelente vino en la boca.
Durante el largo asedio de Sarajevo, los reporteros nos alojábamos en el hotel Holiday Inn, muy agujereado por la artillería serbia. Allí el Vranac siguió siendo grata costumbre, con el inconveniente de que estábamos cercados, Montenegro quedaba en el bando enemigo, y las provisiones de ese vino mermaban día a día. Si algo aprendí pronto en mi antiguo oficio, es que los subalternos mandan más que los jefes. Así que toda la vida procuré -todavía lo hago- establecer relaciones de amistad, no con los figurones que posan en las fotos, sino con quienes de verdad resuelven tus problemas: camareros veteranos, secretarias, proxenetas, putas bien informadas, conserjes, porteros de hotel, suboficiales, policías, traficantes, taxistas espabilados, jefes de talleres, telefonistas y gente así. Tan útiles y complejas relaciones no se improvisan, claro; se establecen con tiempo, sentido común, cortesía, y algo personal que no está en los libros ni se logra con dinero: una naturalidad de trato, resumible en el gesto amistoso de ponerle al otro una mano en el hombro -en realidad las propinas son sólo un pretexto-, en ademán equivalente a decir: hoy por mí, mañana por ti, y en todo caso te la debo. Amigo mío.
Mustafá, el maître del restaurante del Holiday Inn de Sarajevo, era de ésos. Compartíamos cigarrillos, humor negro, lengua francesa e interés por las piernas de una guapa camarera subordinada suya. Acabamos siendo íntimos, y recuerdo que ni siquiera los aparatosos sobornos de los productores gringos de la CNN, que compraban con dólares cuanto se movía, lograron interponerse. Nuestro equipo -se turnaban de cámaras Márquez, Miguel de la Fuente y Paco Custodio- siempre fue su ojito derecho. El Vranac resultaba solicitadísimo por la escasez; pero Mustafá, fiel a las reglas no escritas, mantuvo mi suministro hasta el final. Bromeábamos sobre las últimas botellas, y él decía que era mejor que me las calzara yo que los serbios cuando tomaran la ciudad. Por fin, un día, me llamó aparte y me entregó un paquete. "Es la última botella de Vranac de Sarajevo -dijo-, y no se la beberá el invasor."
No me la bebí. La guardé como un tesoro, a pesar de los sobresaltos de la guerra, y regresé a Madrid con ella en mi mochila. Un día, hace cuatro o cinco años, Márquez vino a casa y nos pusimos a hablar de aquello; de Miguel Gil, de Julio Fuentes y de los otros compañeros que ya no beben vino ni beben nada. Así que fui al armario, la descorché, y brindando por sus fantasmas entrañables cayó entera, al fin. Pero no tiré la botella. La guardo todavía, como dije, en ese rincón oscuro de mi casa que nadie ve. Y ahora, mientras cuento su historia, la tengo puesta delante, sobre la mesa. En su etiqueta, escrito a bolígrafo con letras desvaídas por el tiempo, aún puedo leer: Vin de l'invasseur pour Arturo. Saraievo 92.
revista@lanacion.com.ar
EL AUTOR: español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española
lunes, 27 de junio de 2011
La cadencia del amor - por Sergio Sinay
Oxígeno / Diálogos del alma
La cadencia del amor
Por Sergio Sinay
Domingo 26 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor sinay: reflexionando sobre el hallazgo del amor en la edad madura, y revisando las distintas experiencias de las personas en este tema, mi inquietud pasa por esas necesidades latentes que tenemos todos y que a veces no se expresan durante años. Como ejemplo, puede uno construir un vínculo de pareja de 25 años, que le da hijos y estabilidad, y, de pronto, sintonizar con otra persona en cuestión de días, como si la sintonía de un dial finalmente hiciera claro el sonido del programa de radio. Lo impactante es que ese sentimiento no le había sido develado siquiera al que lo siente, sólo en el contacto con ese nuevo amor. ¿Esta vivencia se relaciona con el desgaste natural de una larga relación? ¿O será que todos guardamos un secreto muy íntimo que se activa, a veces, en una edad y momento en apariencia inoportunos? ¿Pueden considerarse distintas clases de amor, todas válidas?
Irene P. Hippe, 50 años.
Nuestro planeta tiene 7 mil millones de habitantes, todos distintos. No hay dos iguales. Toda relación se dará, entonces, entre individuos diferentes. Y en esas diferencias reside el potencial del amor. Norberto Levy, médico y psicoterapeuta que abrió el campo de la autoasistencia psicológica, reflexiona en Aprendices del amor: "Una de las leyes que el amor conoce es que la parte puede estar bien en la medida en que el conjunto al que esa parte pertenece también lo esté. Un miembro de la pareja puede estar bien en la medida en que la estructura pareja lo esté". Esa es la cuestión. Integrar la diversidad en un todo armonioso que se potencie a sí mismo. Para cada pareja esta tarea es única y propia, por lo tanto cada relación de amor es singular. Cuando una persona permanece demasiado tiempo en un todo inarmónico es muy posible que se active eso que nuestra amiga Irene llama "un secreto muy íntimo".
Dicho así parecería que algo mágico ocurre y disipa la penumbra afectiva. Sin embargo, yo no lo llamaría "hallazgo del amor". En mi opinión, el amor no es algo que se halla, como quien tropieza inesperadamente con una piedra preciosa. El amor es una construcción, el fruto de una secuencia de actitudes mutuas y recíprocas entre dos personas. Actitudes que incluyen miradas nuevas sobre el compañero o compañera de siempre, capacidad de escucha receptiva y hospitalaria hacia él o hacia ella, palabras que incluyen pedidos claros respecto de las propias necesidades y ofrecimientos empáticos y comprensivos en cuanto a las del otro. El amor no se resume en formalismos (construir una familia, mantenerla materialmente abastecida, cumplir con expectativas sociales y familiares, asegurarse contra los imprevistos) ni en formulismos (aplicar recetas de experiencias ajenas y esperar resultados automáticos). Crece a través de obstáculos y conflictos inherentes a la vida, se templa en la confrontación con los mismos y hace de esas instancias un punto de reconocimiento entre quienes se aman. Les permite volver a conocerse (una vez más, pero no la última) bajo una luz inédita. No aparece de pronto y consumado. Se cuece a fuego lento, necesita espacio, paciencia, aceptación. Distinto es el enamoramiento, esa explosión emocional hecha de idealización, ilusión y desconocimiento.
Toda relación tiene un desgaste natural, puesto que es un organismo vivo. Pero si sólo nos quedáramos con eso, estaría condenada desde su mismo inicio. Pero un vínculo en el que hay actitudes amorosas tiene también una renovación natural. Tendemos a quedarnos (bebiendo en alguna literatura, cine, telenovelas y cierta psicología circulante) con la idea del desgaste y no con la renovación. Creemos que el gran amor nos espera afuera del vínculo y no en la cotidianidad del mismo. Hasta que el gran amor se hace, a su vez, cotidiano, real, y se desgasta. Sin duda hay deterioros irreversibles en muchas relaciones. Pero no se resuelven con el parche de un nuevo amor. Una construcción amorosa no se da instantáneamente, y menos aún sobre los restos humeantes del vínculo anterior. Se foguea en el conocimiento, en la aceptación de diferencias aún desconocidas (o en su rechazo irremediable), en la confrontación de situaciones difíciles, en la forja de proyectos comunes que no anulen espacios individuales. A ninguna edad el amor nace de un repollo. Requiere espera y compromiso, huye de la ansiedad y de la magia. Hay distintas experiencias del amor, pero ninguna prescinde del tiempo, de las actitudes, del conocimiento mutuo entre quienes se aman. El perfil del verdadero amor es bajo y tiene raíces profundas, está en el fondo quieto del río, no en su veloz y turbulenta superficie.
sergiosinay@gmail.com
La cadencia del amor
Por Sergio Sinay
Domingo 26 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa
Señor sinay: reflexionando sobre el hallazgo del amor en la edad madura, y revisando las distintas experiencias de las personas en este tema, mi inquietud pasa por esas necesidades latentes que tenemos todos y que a veces no se expresan durante años. Como ejemplo, puede uno construir un vínculo de pareja de 25 años, que le da hijos y estabilidad, y, de pronto, sintonizar con otra persona en cuestión de días, como si la sintonía de un dial finalmente hiciera claro el sonido del programa de radio. Lo impactante es que ese sentimiento no le había sido develado siquiera al que lo siente, sólo en el contacto con ese nuevo amor. ¿Esta vivencia se relaciona con el desgaste natural de una larga relación? ¿O será que todos guardamos un secreto muy íntimo que se activa, a veces, en una edad y momento en apariencia inoportunos? ¿Pueden considerarse distintas clases de amor, todas válidas?
Irene P. Hippe, 50 años.
Nuestro planeta tiene 7 mil millones de habitantes, todos distintos. No hay dos iguales. Toda relación se dará, entonces, entre individuos diferentes. Y en esas diferencias reside el potencial del amor. Norberto Levy, médico y psicoterapeuta que abrió el campo de la autoasistencia psicológica, reflexiona en Aprendices del amor: "Una de las leyes que el amor conoce es que la parte puede estar bien en la medida en que el conjunto al que esa parte pertenece también lo esté. Un miembro de la pareja puede estar bien en la medida en que la estructura pareja lo esté". Esa es la cuestión. Integrar la diversidad en un todo armonioso que se potencie a sí mismo. Para cada pareja esta tarea es única y propia, por lo tanto cada relación de amor es singular. Cuando una persona permanece demasiado tiempo en un todo inarmónico es muy posible que se active eso que nuestra amiga Irene llama "un secreto muy íntimo".
Dicho así parecería que algo mágico ocurre y disipa la penumbra afectiva. Sin embargo, yo no lo llamaría "hallazgo del amor". En mi opinión, el amor no es algo que se halla, como quien tropieza inesperadamente con una piedra preciosa. El amor es una construcción, el fruto de una secuencia de actitudes mutuas y recíprocas entre dos personas. Actitudes que incluyen miradas nuevas sobre el compañero o compañera de siempre, capacidad de escucha receptiva y hospitalaria hacia él o hacia ella, palabras que incluyen pedidos claros respecto de las propias necesidades y ofrecimientos empáticos y comprensivos en cuanto a las del otro. El amor no se resume en formalismos (construir una familia, mantenerla materialmente abastecida, cumplir con expectativas sociales y familiares, asegurarse contra los imprevistos) ni en formulismos (aplicar recetas de experiencias ajenas y esperar resultados automáticos). Crece a través de obstáculos y conflictos inherentes a la vida, se templa en la confrontación con los mismos y hace de esas instancias un punto de reconocimiento entre quienes se aman. Les permite volver a conocerse (una vez más, pero no la última) bajo una luz inédita. No aparece de pronto y consumado. Se cuece a fuego lento, necesita espacio, paciencia, aceptación. Distinto es el enamoramiento, esa explosión emocional hecha de idealización, ilusión y desconocimiento.
Toda relación tiene un desgaste natural, puesto que es un organismo vivo. Pero si sólo nos quedáramos con eso, estaría condenada desde su mismo inicio. Pero un vínculo en el que hay actitudes amorosas tiene también una renovación natural. Tendemos a quedarnos (bebiendo en alguna literatura, cine, telenovelas y cierta psicología circulante) con la idea del desgaste y no con la renovación. Creemos que el gran amor nos espera afuera del vínculo y no en la cotidianidad del mismo. Hasta que el gran amor se hace, a su vez, cotidiano, real, y se desgasta. Sin duda hay deterioros irreversibles en muchas relaciones. Pero no se resuelven con el parche de un nuevo amor. Una construcción amorosa no se da instantáneamente, y menos aún sobre los restos humeantes del vínculo anterior. Se foguea en el conocimiento, en la aceptación de diferencias aún desconocidas (o en su rechazo irremediable), en la confrontación de situaciones difíciles, en la forja de proyectos comunes que no anulen espacios individuales. A ninguna edad el amor nace de un repollo. Requiere espera y compromiso, huye de la ansiedad y de la magia. Hay distintas experiencias del amor, pero ninguna prescinde del tiempo, de las actitudes, del conocimiento mutuo entre quienes se aman. El perfil del verdadero amor es bajo y tiene raíces profundas, está en el fondo quieto del río, no en su veloz y turbulenta superficie.
sergiosinay@gmail.com
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