Oxígeno / Diálogos del alma
Un tiempo para el tiempo
Por Sergio Sinay
Domingo 26 de diciembre de 2010 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: busqué la definición de "tiempo" en el diccionario, y me aparecieron palabras tales como duración, edad, época. Pero no hay ninguna definición concreta sobre lo que el tiempo es. Podríamos decir que se ve tanto en el deterioro como en la mejora, en el crecimiento como en la vejez. Pero, ¿qué es el tiempo? Que existe, nadie lo puede negar. Entonces, ¿por qué no se puede definir? Dos cosas solamente tengo claras: que la vida está determinada por el tiempo, y que el tiempo implica vida.
Maria Barraco (18 años)
Acaso nunca como en este momento del año la conciencia del tiempo esté tan presente en nosotros. Como dice nuestra amiga María, cada quien a su manera percibe que vivimos en el tiempo, que éste es uno de nuestros dos grandes condicionantes iniciales (el otro es el espacio) y advertimos que así como nos marca un límite, también él mismo es vida. "El tiempo es la duración de todo o, dicho de otra forma, la continuación indefinida del universo, que sigue siendo el mismo aunque no deje de cambiar de infinitas maneras." Así lo define André Comte-Sponville en su Diccionario de filosofía. ¿Pero basta con una definición del tiempo para que sepamos qué es? Nada hay tan inasible como el tiempo. A pesar de los calendarios, los relojes, los cronómetros, nada se resiste tanto a la medición, a esos procedimientos mediante los cuales los humanos creemos controlar lo que nos intimida o desconcierta.
Se cuenta de un hombre que habló con Dios y le preguntó qué era para El un millón de años. "Para mí es un segundo de tu tiempo", le respondió Dios. ¿Y un millón de dólares? "Lo que para vos significan diez centavos", fue ahora la respuesta. "¿Podrías darme, entonces, esos diez centavos?", preguntó a continuación el hombre. "Con todo gusto. Sólo tendrás que esperar un segundo". ¿Qué es, entonces, el tiempo para cada quien? La respuesta depende de urgencias, de esperanzas, de procesos, de actitudes ante la vida. En la existencia vacía de quien no encuentra un para qué, una razón que lo oriente, cada minuto es un siglo de tedio vital. En la de quien vive para completar una obra, para impulsar una causa, para honrar un amor, para ayudar a otras vidas, para sembrar una semilla que florecerá cuando quizás él no esté, cada segundo está preñado de sentido, y en un segundo se concentra la eternidad.
En La rueda de la vida, su emocionante autobiografía, la doctora Elisabeth Kübler-Ross (médica suiza que dedicó su tiempo a ayudar a las personas a morir con sentido y dignidad), dice que en nuestra existencia encarnamos a cuatro animales: el ratón (infancia), animado y movedizo; el oso (primera madurez), que hiberna y recuerda al ratón con ternura; el búfalo (madurez mayor), que recorre paciente la pradera y va despojándose de carga inútil; y el águila (vejez), que sobrevuela el mundo desde lo alto, ve a todos y los anima a mirar hacia donde ella está. Es una metáfora, por supuesto, y de ésta se deduce que quienes, sin oponerse al tiempo, cumplen con ese ciclo, completan una vida que quizá contiene en sí misma una respuesta.
Los filósofos estoicos, influyentes en la Grecia del siglo III a.C. y para quienes la libertad y la armonía eran posibles si se dejaban de lado las tentaciones mundanas, veían el tiempo en dos dimensiones. Una (aion), en la que se integran pasado, presente y futuro, y otra (chronos), que es el transcurrir concreto del presente en el que estamos. ¿Nos deja esto en paz, calma nuestra necesidad de saber qué es ese misterio, el tiempo, del que estamos hechos? ¿Acaso hay algo específico y demostrable en este concepto? Si el pasado ya no es, si el futuro aún no es y si el presente resulta el punto fugaz en el cual el futuro se hace pasado, ¿qué es el tiempo? ¿Qué es en estos días especiales, cuando un ciclo se cierra y otro se abre y cuando, más que nunca, el tiempo se muestra inasible y nos dice que es inútil ponerle cifras? No es dinero, no se lo puede ahorrar y la velocidad de su paso no depende nosotros. Como su estimado socio, el espacio, el tiempo nos recuerda que somos seres limitados y nos alienta a hacer de esa limitación una razón para la búsqueda (y el encuentro) de aquello que le dé un sentido a nuestro transcurrir y al paso de él por nosotros. Posiblemente el tiempo sea, después de todo, esta pregunta: ¿qué vas a hacer mientras estés aquí, cuál será tu huella, la que marques en tu momento y quede indeleblemente impresa en todos los instantes que se sucedan de ahí en más?
sergiosinay@gmail.com
jueves, 30 de diciembre de 2010
martes, 21 de diciembre de 2010
Optimizarse - articulo de Luis Aubele - La Nación.
OM
Optimizarse
La médica Olivia Ogawa propone tomarse un tiempo para armonizar el cuerpo, las emociones y el intelecto con el ser interno
Martes 21 de diciembre de 2010 | Publicado en edición impresa
Luis Aubele
"Vivimos en un mundo problemático, contradictorio, poco espiritual y con una gran confusión de valores. Si bien la tecnología y la ciencia han alcanzado progresos insospechados, alarma el preocupante aumento del estrés y, como consecuencia, un deterioro de la calidad de vida. Por otra parte, hay un incesante desperdicio de energía que habría que reorientar para resolver las urgencias que preocupan al hombre. No hay colaboración, sino una lucha de egos preocupados por mantener su poder e incapaces de sentarse a dialogar, de salir de sí mismos. Es más, a veces se encuentran personas con buenas intenciones que quieren trabajar por el bien común. Pero esas buenas intenciones del comienzo, desalentadas, van entrando en crisis, naufragan, y terminan sumidas en el propio egoísmo", reflexiona la doctora Olivia Ogawa, presidenta y fundadora del Grupo de Estudio y Trabajo para la Salud (GETS) y presidenta de la Asociación de Ex Becarios de AOTS (The Association for Overseas Technical Scholarship), organización para el desarrollo de los recursos humanos de los países en desarrollo sostenida con fondos del gobierno japonés y de empresas privadas niponas.
Enseñanzas de las cuatro a. "Según nuestro punto de vista, la salud es un estado de armonía entre nuestro cuerpo físico, las emociones y el intelecto con nuestro ser interno y con el medio que nos rodea. Consideramos que el excesivo nivel de estrés es el generador, o por lo menos el factor más desencadenante de todas las enfermedades, y que la manera de normalizarlo es cambiando radicalmente nuestro estilo de vida. Que un estilo de vida óptimo tiene cuatro componentes básicos, las cuatro a : actitud ante la vida, alimentación, actividad física, mental y lúdica, y ambiente. Una actitud ante la vida equilibrada y amorosa nos lleva a optimizar y a comprender a las otras tres a y sentir respeto por nosotros y por los demás como partes integrantes de la naturaleza, del planeta y del universo. La alimentación debe ser muy sana, lo menos tóxica posible, y aportar los elementos necesarios para una buena nutrición celular. Cuando la dieta no apunta a una buena nutrición se produce el estrés de la célula; por eso una dieta para adelgazar, por ejemplo, puede ser algo temporario para reducir la obesidad, pero no el objetivo final de un régimen. Una actividad adecuada permite el libre fluir de la energía tanto física como mental. La última a significa cuidar el medio ambiente, personal, familiar, comunitario, del planeta", explica Ogawa.
Sabiduría Kaizen. Una parte importante del programa de GETS incorpora técnicas y métodos aplicados en Japón para la excelencia en el adiestramiento de personal. "Por ejemplo, el método de las cinco s y los postulados del Kaizen. Las cinco s significan: seiri ,orden, identificar prioridades, clasificar; seiso , limpieza, eliminar lo innecesario, lo superfluo; seiketsu , mantener el buen nivel, la búsqueda constante de excelencia en todo lo que uno hace; shitsuke , disciplina; shútan ,hábito, costumbre. En cuanto a Kaizen, una traducción posible sería mejora continua, que "las cosas simples son las que se pueden hacer mejor", y por lo tanto, lo conveniente, en vez de hacer grandes cambios, es hacerlos más pequeños y permanentes."
Aprender a equivocarse. Una de las mayores preocupaciones de Ogawa y sus compañeros de los grupos de trabajo es el deterioro de la educación en los últimos sesenta años. "La educación es el futuro y su deterioro se ve reflejado en nuestro entorno, en lo cotidiano: suciedad, contaminación, ruidos, lenguaje grosero, espectáculos lamentables. Fue nuestro orgullo y la dejamos perderse. Uno de los problema es que no es una educación práctica para la vida. Tratando de recuperar lo perdido, desarrollamos con los alumnos de quinto grado de un grupo de escuelas primarias un programa de formación ciudadana donde los chicos aprenden a investigar, a comunicarse, pero también a equivocarse y asumir la responsabilidad del error. Cuando esos chicos llegan a sexto grado, a su vez, se convierten en los maestros de los compañeros del año anterior. Hasta ahora los resultados son muy alentadores."
El enigma del carruaje. La doctora Ogawa suele recordar un texto que aparece entre las reflexiones de Georges Gurdieff (1872-1949), místico, escritor y compositor armenio, creador del Cuarto camino, sistema para alcanzar la realización espiritual sin apartarse del mundo, como ocurre con los otros tres caminos, el del faquir, el del monje y el del yogui. Para el pensador, el ser humano es como un carruaje. Hay un centro físico, nuestro cuerpo (el carruaje propiamente dicho), un centro emocional (el caballo que tira de él, la fuerza que lo arrastra), un centro intelectual (el cochero, la mente racional que conduce el carro), y un amo, que es el ser profundo, superior, nuestro yo con mayúscula. Hasta que se descubre y aparece la figura del amo el carro tiene serios problemas para avanzar. Se turnan los múltiples yo , pero ninguno tiene capacidad suficiente para llevar adelante el carruaje. Ante los fracasos reiterados, se busca otra alternativa y, así, por medio de la meditación se descubre la presencia del yo superior, que puede conducir el carruaje con éxito. Un camino que trasciente lo racional, lo emocional y lo físico.
PERFIL
Olivia Ogawa nació en Buenos Aires y se recibió de médica en la UBA. Al volver de una estada de dos años en Japón, donde trabajó en el Hospital Imperial de Tokio, sufrió una crisis que la llevó a iniciar un peregrinaje en busca de respuestas por centros de salud de Japón, Inglaterra, Jamaica, Guatemala, Estados Unidos y el norte argentino. Y también a incorporar terapias complementarias. El resultado de su labor es el grupo de medicina integrativa de Estudio y Trabajo para la Salud (GETS), que suele desarrollar sus actividades en el Jardín Japonés de Buenos Aires. "Estamos sumidos en un mundo que nos bombardea con vertiginosos cambios emocionales y ambientales que generan nuevas necesidades, generalmente ficticias; esto nos obliga a un permanente ajuste de nuestra alineación con nuestro ser interno y a aplicar el sentido común. Tarea nada fácil de adaptación para poder interactuar saludablemente con el medio que modificamos y que nos modifica."
Optimizarse
La médica Olivia Ogawa propone tomarse un tiempo para armonizar el cuerpo, las emociones y el intelecto con el ser interno
Martes 21 de diciembre de 2010 | Publicado en edición impresa
Luis Aubele
"Vivimos en un mundo problemático, contradictorio, poco espiritual y con una gran confusión de valores. Si bien la tecnología y la ciencia han alcanzado progresos insospechados, alarma el preocupante aumento del estrés y, como consecuencia, un deterioro de la calidad de vida. Por otra parte, hay un incesante desperdicio de energía que habría que reorientar para resolver las urgencias que preocupan al hombre. No hay colaboración, sino una lucha de egos preocupados por mantener su poder e incapaces de sentarse a dialogar, de salir de sí mismos. Es más, a veces se encuentran personas con buenas intenciones que quieren trabajar por el bien común. Pero esas buenas intenciones del comienzo, desalentadas, van entrando en crisis, naufragan, y terminan sumidas en el propio egoísmo", reflexiona la doctora Olivia Ogawa, presidenta y fundadora del Grupo de Estudio y Trabajo para la Salud (GETS) y presidenta de la Asociación de Ex Becarios de AOTS (The Association for Overseas Technical Scholarship), organización para el desarrollo de los recursos humanos de los países en desarrollo sostenida con fondos del gobierno japonés y de empresas privadas niponas.
Enseñanzas de las cuatro a. "Según nuestro punto de vista, la salud es un estado de armonía entre nuestro cuerpo físico, las emociones y el intelecto con nuestro ser interno y con el medio que nos rodea. Consideramos que el excesivo nivel de estrés es el generador, o por lo menos el factor más desencadenante de todas las enfermedades, y que la manera de normalizarlo es cambiando radicalmente nuestro estilo de vida. Que un estilo de vida óptimo tiene cuatro componentes básicos, las cuatro a : actitud ante la vida, alimentación, actividad física, mental y lúdica, y ambiente. Una actitud ante la vida equilibrada y amorosa nos lleva a optimizar y a comprender a las otras tres a y sentir respeto por nosotros y por los demás como partes integrantes de la naturaleza, del planeta y del universo. La alimentación debe ser muy sana, lo menos tóxica posible, y aportar los elementos necesarios para una buena nutrición celular. Cuando la dieta no apunta a una buena nutrición se produce el estrés de la célula; por eso una dieta para adelgazar, por ejemplo, puede ser algo temporario para reducir la obesidad, pero no el objetivo final de un régimen. Una actividad adecuada permite el libre fluir de la energía tanto física como mental. La última a significa cuidar el medio ambiente, personal, familiar, comunitario, del planeta", explica Ogawa.
Sabiduría Kaizen. Una parte importante del programa de GETS incorpora técnicas y métodos aplicados en Japón para la excelencia en el adiestramiento de personal. "Por ejemplo, el método de las cinco s y los postulados del Kaizen. Las cinco s significan: seiri ,orden, identificar prioridades, clasificar; seiso , limpieza, eliminar lo innecesario, lo superfluo; seiketsu , mantener el buen nivel, la búsqueda constante de excelencia en todo lo que uno hace; shitsuke , disciplina; shútan ,hábito, costumbre. En cuanto a Kaizen, una traducción posible sería mejora continua, que "las cosas simples son las que se pueden hacer mejor", y por lo tanto, lo conveniente, en vez de hacer grandes cambios, es hacerlos más pequeños y permanentes."
Aprender a equivocarse. Una de las mayores preocupaciones de Ogawa y sus compañeros de los grupos de trabajo es el deterioro de la educación en los últimos sesenta años. "La educación es el futuro y su deterioro se ve reflejado en nuestro entorno, en lo cotidiano: suciedad, contaminación, ruidos, lenguaje grosero, espectáculos lamentables. Fue nuestro orgullo y la dejamos perderse. Uno de los problema es que no es una educación práctica para la vida. Tratando de recuperar lo perdido, desarrollamos con los alumnos de quinto grado de un grupo de escuelas primarias un programa de formación ciudadana donde los chicos aprenden a investigar, a comunicarse, pero también a equivocarse y asumir la responsabilidad del error. Cuando esos chicos llegan a sexto grado, a su vez, se convierten en los maestros de los compañeros del año anterior. Hasta ahora los resultados son muy alentadores."
El enigma del carruaje. La doctora Ogawa suele recordar un texto que aparece entre las reflexiones de Georges Gurdieff (1872-1949), místico, escritor y compositor armenio, creador del Cuarto camino, sistema para alcanzar la realización espiritual sin apartarse del mundo, como ocurre con los otros tres caminos, el del faquir, el del monje y el del yogui. Para el pensador, el ser humano es como un carruaje. Hay un centro físico, nuestro cuerpo (el carruaje propiamente dicho), un centro emocional (el caballo que tira de él, la fuerza que lo arrastra), un centro intelectual (el cochero, la mente racional que conduce el carro), y un amo, que es el ser profundo, superior, nuestro yo con mayúscula. Hasta que se descubre y aparece la figura del amo el carro tiene serios problemas para avanzar. Se turnan los múltiples yo , pero ninguno tiene capacidad suficiente para llevar adelante el carruaje. Ante los fracasos reiterados, se busca otra alternativa y, así, por medio de la meditación se descubre la presencia del yo superior, que puede conducir el carruaje con éxito. Un camino que trasciente lo racional, lo emocional y lo físico.
PERFIL
Olivia Ogawa nació en Buenos Aires y se recibió de médica en la UBA. Al volver de una estada de dos años en Japón, donde trabajó en el Hospital Imperial de Tokio, sufrió una crisis que la llevó a iniciar un peregrinaje en busca de respuestas por centros de salud de Japón, Inglaterra, Jamaica, Guatemala, Estados Unidos y el norte argentino. Y también a incorporar terapias complementarias. El resultado de su labor es el grupo de medicina integrativa de Estudio y Trabajo para la Salud (GETS), que suele desarrollar sus actividades en el Jardín Japonés de Buenos Aires. "Estamos sumidos en un mundo que nos bombardea con vertiginosos cambios emocionales y ambientales que generan nuevas necesidades, generalmente ficticias; esto nos obliga a un permanente ajuste de nuestra alineación con nuestro ser interno y a aplicar el sentido común. Tarea nada fácil de adaptación para poder interactuar saludablemente con el medio que modificamos y que nos modifica."
lunes, 13 de diciembre de 2010
Contactos virtuales y amigos reales por Sergio Sinay
Oxígeno / Diálogos del alma
Domingo 12 de diciembre de 2010 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: las relaciones que se generan en espacios virtuales exponen la intimidad de las personas y dirigen la atención y el tiempo de éstas a vínculos generalmente superfluos y sin contacto real. ¿Estas redes promueven vínculos que ponen en riesgo los vínculos reales? La intimidad es algo valioso que debe cuidarse. Conocer a una persona y preservar un vínculo es fuente de satisfacción, pero requiere dedicación y tiempo.
Andrea Vila
Hace un tiempo leí que las "relaciones de bolsillo" ("Amor líquido", de Zygmunt Bauman) sólo son usadas cuando se las requiere para un determinado propósito. ¿Nuestra moderna sociedad líquida nos lleva a relacionarnos sin poder soportar el peso de dichos vínculos? ¿Vivimos en una sociedad cambiante con estas relaciones frágiles y sin consistencia, en gran medida posibles por el fenómeno Facebook?
Martin Ruy Molina, 18 años
¿Pueden las redes sociales crear en el hombre un sentimiento de apreciación hacia los demás que no podría originarse sin ellas? La mayoría de las personas que se comunican por computadora no pueden transmitir lo que en realidad quieren decir, ya que es necesario mirar a los ojos o sentir a uno cerca para saber qué le provoco con mi mensaje.
Agostina de Lazzari
En el mercado actual encontramos una amplia gama de productos carentes de su componente nocivo: café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol... ¿qué decir del sexo virtual, que es sexo sin sexo; de la guerra sin víctimas (en nuestro bando, claro), que es una guerra sin guerra; de la redefinición actual de la política como arte de la administración técnica, que es una política sin política?" Así reflexiona el filósofo esloveno Slavoj Zizek en un reciente artículo que publicó en el diario español El País (se titula Barbarie con rostro humano y apareció el 23 de octubre último). En esta línea de pensamientos Zizek concluye que hemos llegado a la vivencia de un Otro sin "otredad", de un otro descafeinado.
No es de extrañar, entonces, el furor de las redes sociales. ¿En qué otro lugar el semejante puede tener menos consistencia o, acaso, menos existencia? Cada quien es allí un alias, una contraseña. Dirá de sí lo que quisiera ser (alto si es bajo, rubio si es moreno, rico si es pobre, sensible si es incapaz de conmoverse, etcétera). En ese mundo virtual las personas son siempre divertidas, "buena onda", deportistas, así las muestran sus fotos en los muros en donde "cuelgan" la información. ¿No es significativo que se llamen muros los espacios de contacto en las redes? Un muro aísla, preserva, protege de los riesgos. Y vivimos tiempos en los cuales el mayor riesgo es el otro, el diferente, el que aún no conozco y debo tomarme el trabajo (y por qué no el riesgo) de conocer. Tiempos en los que las personas sospechan de las personas y les temen, tiempos de aislamiento. De conexión virtual sin conexión real, de amistades sin amigos.
Nuestros amigos Andrea, Martín y Agostina coinciden en su preocupación por la banalización de la intimidad y la pérdida del verdadero conocimiento entre las personas. En efecto, hay una progresiva deserción de la aventura humana más extraordinaria: la del encuentro real con un otro real. Queremos "desintoxicar" al vecino antes de acercarnos a él, dice Zizek. Pero la comunicación humana es siempre artesanal y próxima; necesita de la mirada, de la palabra, de la escucha y del registro emocional. Pide experiencias reales compartidas (a veces dolorosas, a veces gratificantes), necesita de tiempo y de compromiso. Comunicarse y conectarse no es lo mismo. La tecnología de conexión cambia, se transforma, perece, se renueva. Es efímera. La comunicación como fenómeno de encuentro, reconocimiento y construcción de un vínculo, permanece inalterable desde siempre.
Las redes sociales son herramientas de conexión y, como tales, tienen utilidad informativa, laboral, profesional. Negarlo sería tan necio como inútil. Desde tales aspectos hay que darles la bienvenida. Pero es peligroso creer que nos relevan del compromiso del acercamiento, de las vivencias y experiencias, del riesgo y de la inversión afectiva que requiere un vínculo real, es decir, un vínculo con comunicación cierta, con una historia conjunta, con una intimidad construida y celebrada, con una confianza hecha de acciones. Las relaciones verdaderas en el mundo real nunca son fenómenos light, virtuales. Exigen nuestra presencia, no sólo física, sino afectiva, ética, emocional y espiritual.
sergiosinay@gmail.com
Domingo 12 de diciembre de 2010 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: las relaciones que se generan en espacios virtuales exponen la intimidad de las personas y dirigen la atención y el tiempo de éstas a vínculos generalmente superfluos y sin contacto real. ¿Estas redes promueven vínculos que ponen en riesgo los vínculos reales? La intimidad es algo valioso que debe cuidarse. Conocer a una persona y preservar un vínculo es fuente de satisfacción, pero requiere dedicación y tiempo.
Andrea Vila
Hace un tiempo leí que las "relaciones de bolsillo" ("Amor líquido", de Zygmunt Bauman) sólo son usadas cuando se las requiere para un determinado propósito. ¿Nuestra moderna sociedad líquida nos lleva a relacionarnos sin poder soportar el peso de dichos vínculos? ¿Vivimos en una sociedad cambiante con estas relaciones frágiles y sin consistencia, en gran medida posibles por el fenómeno Facebook?
Martin Ruy Molina, 18 años
¿Pueden las redes sociales crear en el hombre un sentimiento de apreciación hacia los demás que no podría originarse sin ellas? La mayoría de las personas que se comunican por computadora no pueden transmitir lo que en realidad quieren decir, ya que es necesario mirar a los ojos o sentir a uno cerca para saber qué le provoco con mi mensaje.
Agostina de Lazzari
En el mercado actual encontramos una amplia gama de productos carentes de su componente nocivo: café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol... ¿qué decir del sexo virtual, que es sexo sin sexo; de la guerra sin víctimas (en nuestro bando, claro), que es una guerra sin guerra; de la redefinición actual de la política como arte de la administración técnica, que es una política sin política?" Así reflexiona el filósofo esloveno Slavoj Zizek en un reciente artículo que publicó en el diario español El País (se titula Barbarie con rostro humano y apareció el 23 de octubre último). En esta línea de pensamientos Zizek concluye que hemos llegado a la vivencia de un Otro sin "otredad", de un otro descafeinado.
No es de extrañar, entonces, el furor de las redes sociales. ¿En qué otro lugar el semejante puede tener menos consistencia o, acaso, menos existencia? Cada quien es allí un alias, una contraseña. Dirá de sí lo que quisiera ser (alto si es bajo, rubio si es moreno, rico si es pobre, sensible si es incapaz de conmoverse, etcétera). En ese mundo virtual las personas son siempre divertidas, "buena onda", deportistas, así las muestran sus fotos en los muros en donde "cuelgan" la información. ¿No es significativo que se llamen muros los espacios de contacto en las redes? Un muro aísla, preserva, protege de los riesgos. Y vivimos tiempos en los cuales el mayor riesgo es el otro, el diferente, el que aún no conozco y debo tomarme el trabajo (y por qué no el riesgo) de conocer. Tiempos en los que las personas sospechan de las personas y les temen, tiempos de aislamiento. De conexión virtual sin conexión real, de amistades sin amigos.
Nuestros amigos Andrea, Martín y Agostina coinciden en su preocupación por la banalización de la intimidad y la pérdida del verdadero conocimiento entre las personas. En efecto, hay una progresiva deserción de la aventura humana más extraordinaria: la del encuentro real con un otro real. Queremos "desintoxicar" al vecino antes de acercarnos a él, dice Zizek. Pero la comunicación humana es siempre artesanal y próxima; necesita de la mirada, de la palabra, de la escucha y del registro emocional. Pide experiencias reales compartidas (a veces dolorosas, a veces gratificantes), necesita de tiempo y de compromiso. Comunicarse y conectarse no es lo mismo. La tecnología de conexión cambia, se transforma, perece, se renueva. Es efímera. La comunicación como fenómeno de encuentro, reconocimiento y construcción de un vínculo, permanece inalterable desde siempre.
Las redes sociales son herramientas de conexión y, como tales, tienen utilidad informativa, laboral, profesional. Negarlo sería tan necio como inútil. Desde tales aspectos hay que darles la bienvenida. Pero es peligroso creer que nos relevan del compromiso del acercamiento, de las vivencias y experiencias, del riesgo y de la inversión afectiva que requiere un vínculo real, es decir, un vínculo con comunicación cierta, con una historia conjunta, con una intimidad construida y celebrada, con una confianza hecha de acciones. Las relaciones verdaderas en el mundo real nunca son fenómenos light, virtuales. Exigen nuestra presencia, no sólo física, sino afectiva, ética, emocional y espiritual.
sergiosinay@gmail.com
Leer con luz de luna por Arturo Pérez-Reverte
Domingo 12 de diciembre de 2010 | Publicado en edición impresa
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Hace tiempo que me preguntan por el libro electrónico. Qué opino y cómo veo el futuro, la desaparición del papel, los formatos clásicos y demás. Siempre respondo lo mismo: me da igual, porque yo escribo lo que va dentro. Mi trabajo es ocuparme del contenido: contar historias y que la gente las lea. Del soporte se ocupan otros. Editores y gente así. Y, por supuesto, los lectores, que recurren al medio que estiman conveniente. Estoy convencido de que, en un mundo razonable, la oposición entre libro de papel y libro electrónico no debería plantearse nunca. Lo ideal es que el segundo complemente al primero, llevándolo donde aquél no puede llegar. Como herramienta eficaz de trabajo, por ejemplo. O facilitando el acceso a asuntos menos afortunados en librerías convencionales: teatro, poesía, autores sin respaldo editorial, literatura bloguera, descargas y otros experimentos interesantes que el concepto clásico no favorece demasiado. Pero no es eso lo que se plantea. Al hablar de libro de papel y libro electrónico, lo usual es oponerlos. Obligarte a elegir, como siempre. O conmigo o contra mí. Y no es ésa la cuestión. Creo. El libro electrónico es práctico y divertido. Hace posible viajar con cientos de libros encima, trabajar consultándolos con facilidad, aumentar el cuerpo de letra o leer sin otra luz que la propia pantalla. Incluso los hay con ruido de pasar páginas cuando se va de una a otra, "lo que no deja de ser una simpática gilipollez".
Además, mientras lees puedes zapear a tu correo electrónico, escuchar música, ver imágenes y cosas así. Todo muy salpicadito, multimedia. Cuando lees, por ejemplo, "Tienen, por eso no lloran / de plomo las calaveras", puedes ilustrarlo con la foto de guardias civiles que hizo Robert Capa, escuchar a Estopa, ver cómo va el Barça-Osasuna y mandar un emilio a tu churri anunciando que le vas a sorber el tuétano. Y ahí surge uno de los problemas. No con la churri, ni con García Lorca. Ni siquiera con la Guardia Civil. Surge cuando, en vez del Romancero gitano, lo que trajinas es el Oráculo manual y arte de prudencia, de Gracián; Lord Jim o La Regenta. Entonces la atención necesaria se puede desparramar un poquito. Entre otras cosas. Porque leer no tiene nada que ver con eso. Me refiero a leer de verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condición humana. Leer así requiere tiempo, serenidad concentrada, ritual. Cuando estás en ello, ni siquiera las bombas son capaces de romper el vínculo mágico. No hay comandante de avión que obligue a apagarlo para el aterrizaje, ni batería que te deje a medias; y si se funden los plomos, o como se diga ahora, el verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena de un desierto. Puestos a setas o a Rolex, aún hay más. He dicho que libro de papel y libro electrónico deberían ser complementarios; pero si me obligan a elegir, diré alto y claro que no hay color. Y que, llegado a ese extremo, la pantalla portátil me la refafinfla.
Estoy harto de toparme con pantallas en todas partes, hasta en el bolsillo, y me niego a transformar mi biblioteca en un cibercafé. Con un libro electrónico, sea El Gatopardo o El perro de los Baskerville, no puedo anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado y entre mis manos, al ritmo de mi propia vida. No hay cuestas de Moyano, ni buquinistas del Sena, ni librerías como las de Luis Bardón, Guillermo Blázquez o Michele Polak, donde los libros electrónicos puedan ocupar sus venerables estantes y cajones. Nada decora como un buen y viejo libro una casa, o una vida. Ninguna pantalla táctil huele como un Tofiño, un Laborde o un Quijote de la Academia, ni tampoco como un Tintín, un Astérix o un Corto Maltés al abrirlos por primera vez. Ninguna conserva la arena de la playa o la mancha de sangre que permiten evocar, años después, un momento de felicidad o un momento de horror que jalonaron tu vida. Y déjenme añadir algo. Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella. Que se mueran los feos. Y los tontos. Tengo casi 30 mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la última bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro.
revista@lanacion.com.ar
El autor español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española
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Hace tiempo que me preguntan por el libro electrónico. Qué opino y cómo veo el futuro, la desaparición del papel, los formatos clásicos y demás. Siempre respondo lo mismo: me da igual, porque yo escribo lo que va dentro. Mi trabajo es ocuparme del contenido: contar historias y que la gente las lea. Del soporte se ocupan otros. Editores y gente así. Y, por supuesto, los lectores, que recurren al medio que estiman conveniente. Estoy convencido de que, en un mundo razonable, la oposición entre libro de papel y libro electrónico no debería plantearse nunca. Lo ideal es que el segundo complemente al primero, llevándolo donde aquél no puede llegar. Como herramienta eficaz de trabajo, por ejemplo. O facilitando el acceso a asuntos menos afortunados en librerías convencionales: teatro, poesía, autores sin respaldo editorial, literatura bloguera, descargas y otros experimentos interesantes que el concepto clásico no favorece demasiado. Pero no es eso lo que se plantea. Al hablar de libro de papel y libro electrónico, lo usual es oponerlos. Obligarte a elegir, como siempre. O conmigo o contra mí. Y no es ésa la cuestión. Creo. El libro electrónico es práctico y divertido. Hace posible viajar con cientos de libros encima, trabajar consultándolos con facilidad, aumentar el cuerpo de letra o leer sin otra luz que la propia pantalla. Incluso los hay con ruido de pasar páginas cuando se va de una a otra, "lo que no deja de ser una simpática gilipollez".
Además, mientras lees puedes zapear a tu correo electrónico, escuchar música, ver imágenes y cosas así. Todo muy salpicadito, multimedia. Cuando lees, por ejemplo, "Tienen, por eso no lloran / de plomo las calaveras", puedes ilustrarlo con la foto de guardias civiles que hizo Robert Capa, escuchar a Estopa, ver cómo va el Barça-Osasuna y mandar un emilio a tu churri anunciando que le vas a sorber el tuétano. Y ahí surge uno de los problemas. No con la churri, ni con García Lorca. Ni siquiera con la Guardia Civil. Surge cuando, en vez del Romancero gitano, lo que trajinas es el Oráculo manual y arte de prudencia, de Gracián; Lord Jim o La Regenta. Entonces la atención necesaria se puede desparramar un poquito. Entre otras cosas. Porque leer no tiene nada que ver con eso. Me refiero a leer de verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condición humana. Leer así requiere tiempo, serenidad concentrada, ritual. Cuando estás en ello, ni siquiera las bombas son capaces de romper el vínculo mágico. No hay comandante de avión que obligue a apagarlo para el aterrizaje, ni batería que te deje a medias; y si se funden los plomos, o como se diga ahora, el verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena de un desierto. Puestos a setas o a Rolex, aún hay más. He dicho que libro de papel y libro electrónico deberían ser complementarios; pero si me obligan a elegir, diré alto y claro que no hay color. Y que, llegado a ese extremo, la pantalla portátil me la refafinfla.
Estoy harto de toparme con pantallas en todas partes, hasta en el bolsillo, y me niego a transformar mi biblioteca en un cibercafé. Con un libro electrónico, sea El Gatopardo o El perro de los Baskerville, no puedo anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado y entre mis manos, al ritmo de mi propia vida. No hay cuestas de Moyano, ni buquinistas del Sena, ni librerías como las de Luis Bardón, Guillermo Blázquez o Michele Polak, donde los libros electrónicos puedan ocupar sus venerables estantes y cajones. Nada decora como un buen y viejo libro una casa, o una vida. Ninguna pantalla táctil huele como un Tofiño, un Laborde o un Quijote de la Academia, ni tampoco como un Tintín, un Astérix o un Corto Maltés al abrirlos por primera vez. Ninguna conserva la arena de la playa o la mancha de sangre que permiten evocar, años después, un momento de felicidad o un momento de horror que jalonaron tu vida. Y déjenme añadir algo. Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella. Que se mueran los feos. Y los tontos. Tengo casi 30 mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la última bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro.
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El autor español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española
Elogio de la escritura y la ficción por Mario Vargas Llosa
Domingo 12 de diciembre de 2010 | Publicado en edición impresa
El martes pasado, el escritor peruano y flamante Premio Nobel pronunció ante la academia sueca un emocionado discurso de aceptación del máximo galardón de las letras en el que recorrió su vida y su brillante trayectoria literaria, unidas ambas por la pasión por la lectura, la necesidad de encontrar certezas en la palabra escrita y la búsqueda incesante de nuevos universos imaginativos. Ofrecemos aquí el texto completo de su alocución.
ESTOCOLMO
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Contra los fanatismos
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudoescritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ese es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquélla no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el Africa con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La deuda de la emancipación
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Alvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: "Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".
El fin de la inocencia
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquélla era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Escribir y soñar
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquél fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
© Fundación Nobel 2010
El martes pasado, el escritor peruano y flamante Premio Nobel pronunció ante la academia sueca un emocionado discurso de aceptación del máximo galardón de las letras en el que recorrió su vida y su brillante trayectoria literaria, unidas ambas por la pasión por la lectura, la necesidad de encontrar certezas en la palabra escrita y la búsqueda incesante de nuevos universos imaginativos. Ofrecemos aquí el texto completo de su alocución.
ESTOCOLMO
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Contra los fanatismos
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudoescritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ese es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquélla no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el Africa con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La deuda de la emancipación
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Alvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: "Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".
El fin de la inocencia
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquélla era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Escribir y soñar
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquél fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
© Fundación Nobel 2010
jueves, 9 de diciembre de 2010
O VERDADEIRO AMOR
Um famoso professor se encontrou com um grupo de jovens que falava contra o casamento. Argumentavam que o que mantém um casal é o romantismo e que é preferível acabar com a relação quando este se apaga, em vez de se submeter à triste monotonia do matrimônio.
O mestre disse que respeitava sua opinião, mas lhes contou a seguinte história:
Meus pais viveram 55 anos casados. Numa manhã minha mãe descia as escadas para preparar o café e sofreu um enfarto.
Meu pai correu até ela, levantou-a como pôde e quase se arrastando a levou até à caminhonete. Dirigiu a toda velocidade até o hospital, mas quando chegou infelizmente ela já estava morta. Durante o velório, meu pai não falou. Ficava o tempo todo olhando para o nada. Quase não chorou. Eu e meus irmãos tentamos, em vão, quebrar a nostalgia recordando momentos engraçados.
Na hora do sepultamento, papai, já mais calmo, passou a mão sobre o caixão e falou com sentida emoção:
"Meus filhos, foram 55 bons anos... ninguém pode falar do amor verdadeiro se não tem idéia do que é compartilhar a vida com alguém por tanto tempo."
Fez uma pausa, enxugou as lágrimas e continuou:
"Ela e eu estivemos juntos em muitas crises. Mudei de emprego, renovamos toda a mobília quando vendemos a casa e mudamos de cidade. Compartilhamos a alegria de ver nossos filhos concluírem a faculdade, choramos um ao lado do outro quando entes queridos partiam. Oramos juntos na sala de espera de alguns hospitais, nos apoiamos na hora da dor, trocamos abraços em cada Natal, e perdoamos nossos erros... Filhos, agora ela se foi e estou contente. E vocês sabem por que? Porque ela se foi antes de mim e não teve que viver a agonia e a dor de me enterrar, de ficar só depois da minha partida. Sou eu que vou passar por essa situação, e agradeço a Deus por isso. Eu a amo tanto que não gostaria que sofresse assim... "
Quando meu pai terminou de falar, meus irmãos e eu estávamos com os rostos cobertos de lágrimas. Nós o abraçamos e ele nos consolava, dizendo:
"Está tudo bem, meus filhos, podemos ir para casa." E, por fim, o Professor concluiu:
Naquele dia entendi o que é o verdadeiro amor. Está muito além do romantismo, e não tem muito a ver com o erotismo, mas se vincula ao trabalho e ao cuidado a que se professam duas pessoas realmente comprometidas.
Quando o mestre terminou de falar, os jovens universitários não puderam argumentar. Pois esse tipo de amor era algo que não conheciam. O verdadeiro amor se revela nos pequenos gestos, no dia-a-dia e por todos os dias. O verdadeiro amor não é egoísta, não é presunçoso, nem alimenta o desejo de posse sobre a pessoa amada.
"Quem caminha sozinho pode até chegar mais rápido, mas aquele que vai acompanhado com certeza chegará mais longe...”.
Um famoso professor se encontrou com um grupo de jovens que falava contra o casamento. Argumentavam que o que mantém um casal é o romantismo e que é preferível acabar com a relação quando este se apaga, em vez de se submeter à triste monotonia do matrimônio.
O mestre disse que respeitava sua opinião, mas lhes contou a seguinte história:
Meus pais viveram 55 anos casados. Numa manhã minha mãe descia as escadas para preparar o café e sofreu um enfarto.
Meu pai correu até ela, levantou-a como pôde e quase se arrastando a levou até à caminhonete. Dirigiu a toda velocidade até o hospital, mas quando chegou infelizmente ela já estava morta. Durante o velório, meu pai não falou. Ficava o tempo todo olhando para o nada. Quase não chorou. Eu e meus irmãos tentamos, em vão, quebrar a nostalgia recordando momentos engraçados.
Na hora do sepultamento, papai, já mais calmo, passou a mão sobre o caixão e falou com sentida emoção:
"Meus filhos, foram 55 bons anos... ninguém pode falar do amor verdadeiro se não tem idéia do que é compartilhar a vida com alguém por tanto tempo."
Fez uma pausa, enxugou as lágrimas e continuou:
"Ela e eu estivemos juntos em muitas crises. Mudei de emprego, renovamos toda a mobília quando vendemos a casa e mudamos de cidade. Compartilhamos a alegria de ver nossos filhos concluírem a faculdade, choramos um ao lado do outro quando entes queridos partiam. Oramos juntos na sala de espera de alguns hospitais, nos apoiamos na hora da dor, trocamos abraços em cada Natal, e perdoamos nossos erros... Filhos, agora ela se foi e estou contente. E vocês sabem por que? Porque ela se foi antes de mim e não teve que viver a agonia e a dor de me enterrar, de ficar só depois da minha partida. Sou eu que vou passar por essa situação, e agradeço a Deus por isso. Eu a amo tanto que não gostaria que sofresse assim... "
Quando meu pai terminou de falar, meus irmãos e eu estávamos com os rostos cobertos de lágrimas. Nós o abraçamos e ele nos consolava, dizendo:
"Está tudo bem, meus filhos, podemos ir para casa." E, por fim, o Professor concluiu:
Naquele dia entendi o que é o verdadeiro amor. Está muito além do romantismo, e não tem muito a ver com o erotismo, mas se vincula ao trabalho e ao cuidado a que se professam duas pessoas realmente comprometidas.
Quando o mestre terminou de falar, os jovens universitários não puderam argumentar. Pois esse tipo de amor era algo que não conheciam. O verdadeiro amor se revela nos pequenos gestos, no dia-a-dia e por todos os dias. O verdadeiro amor não é egoísta, não é presunçoso, nem alimenta o desejo de posse sobre a pessoa amada.
"Quem caminha sozinho pode até chegar mais rápido, mas aquele que vai acompanhado com certeza chegará mais longe...”.
martes, 7 de diciembre de 2010
La libertad y el Despertar por Eckhart Tolle
La libertad comienza cuando te das cuenta de que no eres 'el pensador'.
En el momento en que empiezas a observar al pensador, se activa un nivel de conciencia superior.
Entonces te das cuenta de que hay un vasto reino de inteligencia más allá del pensamiento, y de que el pensamiento sólo es una pequeña parte de esa inteligencia.
También te das cuenta de que todas las cosas verdaderamente importantes
- la belleza, el amor, la creatividad, la alegría, la paz interna- surgen de más allá de la mente.
Y empiezas a despertar...
Eckhart Tolle
En el momento en que empiezas a observar al pensador, se activa un nivel de conciencia superior.
Entonces te das cuenta de que hay un vasto reino de inteligencia más allá del pensamiento, y de que el pensamiento sólo es una pequeña parte de esa inteligencia.
También te das cuenta de que todas las cosas verdaderamente importantes
- la belleza, el amor, la creatividad, la alegría, la paz interna- surgen de más allá de la mente.
Y empiezas a despertar...
Eckhart Tolle
A Liberdade e o despertar por Eckhart Tolle (português)
A liberdade começa quando você percebe que não é "o pensador".
O momento que você começa a observar o pensador que está dentro de você, ativa um nível superior de consciência.
Então você percebe que existe um vasto campo de inteligência além do pensamento,
e que o pensamento é apenas uma pequena parte desta inteligência.
Percebemos também que todas as coisas realmente importantes - A beleza, o amor, a criatividade, a alegria, a paz interior, surgem além da mente.
E você começa a despertar ...
Eckhart Tolle
O momento que você começa a observar o pensador que está dentro de você, ativa um nível superior de consciência.
Então você percebe que existe um vasto campo de inteligência além do pensamento,
e que o pensamento é apenas uma pequena parte desta inteligência.
Percebemos também que todas as coisas realmente importantes - A beleza, o amor, a criatividade, a alegria, a paz interior, surgem além da mente.
E você começa a despertar ...
Eckhart Tolle
MEDITACIÓN GENERATIVA - por Thomas & Miguel Grinberg / Lama Khempo Zangpo Bodh
MEDITACIÓN GENERATIVA
Thomas & Miguel Grinberg / Lama Khempo Zangpo Bodh
La meditación puede cambiar el cerebro
La ciencia comprobó que quien la practica tiene más materia gris
Sábado 26 de junio de 2010 |
Tesy de Biase
Para LA NACION
Desde que la meditación ingresó en el diccionario médico de la mano del Dalai Lama, la ciencia ha podido corroborar la eficacia terapéutica de esta práctica, de aspecto tan inocente que en la actualidad se aplica tanto para vencer el odio como para controlar un cuadro de ansiedad o de hipertensión arterial.
El hallazgo más reciente sobre el poder de la meditación proviene del Laboratorio de Neuroimágenes de la Universidad de California, Estados Unidos. Allí, la investigadora Eileen Luders demostró que meditar no sólo produce cambios en el funcionamiento cerebral de los meditadores, sino que también los genera en la estructura misma del cerebro.
"Los meditadores tienen más materia gris en las zonas del cerebro relacionadas con el control de las emociones", comentó a LA NACION la doctora Luders, que inaugura con sus palabras una plataforma común entre ciencia y meditación. Al hacerlo, facilita el salto hacia otro discurso. Por ejemplo, el que presentó en su visita a Buenos Aires el monje tibetano Khenpo Sangpo Bodh.
Con su típico atuendo, este doctor en filosofía llegó a Buenos Aires proveniente del Instituto de Altos Estudios Budistas Khamgar Druk College Dharmakara, ubicado en la comunidad tibetana de Tashi Jong, en el norte de la India, para difundir el poder transformador de la meditación.
Khenpo propone transmutar las emociones destructivas a través de la disciplina y el control de la mente. El resultado prometido: nada menos que la disolución de la violencia y ese efecto dominó que tan bien conocía Mahatma Gandhi, cuando conmovió al poderío colonial británico poniendo una y otra vez la otra mejilla.
¿De dónde proviene el poder para alcanzar semejante transformación? "De la meditación", sintetiza con certeza inconmovible.
"Es una herramienta de autoconocimiento y el antídoto contra todas las emociones destructivas". Y cuando dice todas, el optimista lama piensa en las 84.000 (sí, ochenta y cuatro mil) emociones negativas que según las escrituras budistas se desprenden de las básicas: ira, apego (posesivo), orgullo, envidia e ignorancia (opacidad). Con tantos miles de enemigos, el camino hacia la felicidad parece arduo. Y lo es. No se trata de querer y poder, sin más, admite el maestro: hay que transitar un largo entrenamiento que conduce a la transformación interior.
"Meditar permite liberarnos de las fuerzas negativas que nos hacen sufrir", sostiene. Y ofrece la receta de la transmutación emocional positiva para amateurs : "Hay que empezar por la a. El primer paso es reconocernos a nosotros mismos y observar el contenido de nuestra mente, preguntándonos a qué responden esas emociones negativas". Para ver con claridad Khenpo -como lo llaman sus seguidores- sugiere algo tan sencillo como sentarse y relajarse, lo que parece sencillo, pero no lo es tanto.
"Cuando la gente vive con intenso movimiento, tiene dificultades para encontrar calma, pero la mente es como el agua: si se mueve, no permite ver el reflejo de la luna y las estrellas en su superficie; en cambio, cuando está limpia y calma, en pocos minutos trasluce lo que hay en la profundidad y refleja todo. Cuando una persona está habituada al movimiento excesivo, ni siquiera sabe quién es. Yo les digo que se sienten en silencio y que miren en su mente."
El siguiente movimiento responde a uno de los ciclos de las enseñanzas de Buda: rechazar las emociones negativas como si fueran un alimento envenenado. Sin contemplaciones, la propuesta apela a un acto firme de disciplina y voluntad, que se traduce en tolerancia cero con ese odio o envidia que carcomen la paz interior. El maestro budista lo describe como una purificación de los componentes tóxicos de la mente.
Y el tercer momento es el de la transformación liberadora, una reconexión desde la calma, que tampoco se dirige hacia el exterior pero tiene efecto sobre él. La herramienta principal es la práctica de alguno de los distintos tipos de meditación que, básicamente, combinan relajación mental con ejercicios de respiración. La forma más reconocida es focalizar la mente en un objeto exterior, que pueden ser una luz o una imagen. Aunque el maestro recomienda seis prácticas diarias, reconoce que con una al levantarse, antes del desayuno, también se obtienen resultados pacificadores sobre la mente.
"Cuando cambia la mente cambia todo, no solo porque se ve al mundo de otra manera sino porque el cambio de uno provoca cambios en los demás. Para terminar con el odio y las emociones destructivas no podemos usar el odio y las emociones destructivas. No podemos matar a una persona como medio para lograr que esa persona deje de matar. Por la fuerza no se alcanzan los cambios. Buda nunca usó armas. Tampoco Cristo ni Mahatma Gandhi ni la madre Teresa de Calcuta. La paz y la transformación de las emociones negativas se alcanza por medios pacíficos, como la meditación, que es un instrumento de transformación interior".
"Quienes meditan tienen más materia gris"
Sentarse a pensar en nada frente a una vela encendida resulta tedioso, inútil y hasta ridículo para la mayoría de los occidentales. Sin embargo, hoy esta práctica de aspecto tan inocente es reconocida por la medicina convencional como una estrategia terapéutica alternativa para doblegar cuadros tan disímiles e indomables como el estrés y la ansiedad, la hipertensión, la migraña o las complicaciones cardiovasculares.
Unos años atrás, distintos investigadores del campo de la neurología, como el famoso Daniel Goleman, dieron un paso más con el consentimiento del Dalai Lama. Así, distintos monjes budistas entrenados en el arte de la meditación fueron estudiados bajo la lente de los resonadores nucleares de última generación. Las imágenes que evidenciaron diferencias en el funcionamiento cerebral de los meditadores dieron la vuelta al mundo y desde entonces las investigaciones se multiplicaron.
El último capítulo de este escrutinio científico sobre una práctica milenaria lo escribió un equipo del Laboratorio de Neuroimágenes de la Universidad de California, Estados Unidos. Con tecnología de última generación los científicos compararon los cerebros de 44 personas: 22 de ellas sin antecedentes de meditación y 22 con un entrenamiento en esta práctica milenaria que osciló entre los 5 y los 46 años, con un promedio de 24 años practicando alguna de las múltiples formas de meditación.
Esta vez, los científicos se centraron no ya en los efectos de la meditación sobre el funcionamiento cerebral, sino en su influencia sobre la estructura misma del cerebro. Eileen Luders, autora del estudio publicado en la revista Neuroimage , explica sus asombrosos hallazgos: "Los meditadores tienen más materia gris en aquellas zonas del cerebro relacionadas con el control de las emociones".
¿Cómo llegan los meditadores a generar más materia gris? "Al igual que cuando alguien entrena sus músculos, algunas áreas del cerebro deben crecer cuando las usas intensamente", arriesga la investigadora.
La materia gris es el tejido encargado de procesar la información que la materia blanca transmite. Una hipótesis sencilla -que probablemente la ciencia tarde años en confirmar-es que a mayor materia gris, mejor desempeño cerebral. Desde Los Angeles, Luders sostiene: "La mayoría de los meditadores tienen habilidades sobresalientes con respecto a la autorregulación de sus emociones; es para ellos más fácil mantener la estabilidad emocional y tener un comportamiento centrado, tal como elegir con sabiduría sus respuestas o reacciones. Además, los meditadores son reconocidos por su extremadamente positiva mirada sobre la vida; es habitual para ellos ver, en lugar de la parte vacía, la mitad llena del vaso".
Thomas & Miguel Grinberg / Lama Khempo Zangpo Bodh
La meditación puede cambiar el cerebro
La ciencia comprobó que quien la practica tiene más materia gris
Sábado 26 de junio de 2010 |
Tesy de Biase
Para LA NACION
Desde que la meditación ingresó en el diccionario médico de la mano del Dalai Lama, la ciencia ha podido corroborar la eficacia terapéutica de esta práctica, de aspecto tan inocente que en la actualidad se aplica tanto para vencer el odio como para controlar un cuadro de ansiedad o de hipertensión arterial.
El hallazgo más reciente sobre el poder de la meditación proviene del Laboratorio de Neuroimágenes de la Universidad de California, Estados Unidos. Allí, la investigadora Eileen Luders demostró que meditar no sólo produce cambios en el funcionamiento cerebral de los meditadores, sino que también los genera en la estructura misma del cerebro.
"Los meditadores tienen más materia gris en las zonas del cerebro relacionadas con el control de las emociones", comentó a LA NACION la doctora Luders, que inaugura con sus palabras una plataforma común entre ciencia y meditación. Al hacerlo, facilita el salto hacia otro discurso. Por ejemplo, el que presentó en su visita a Buenos Aires el monje tibetano Khenpo Sangpo Bodh.
Con su típico atuendo, este doctor en filosofía llegó a Buenos Aires proveniente del Instituto de Altos Estudios Budistas Khamgar Druk College Dharmakara, ubicado en la comunidad tibetana de Tashi Jong, en el norte de la India, para difundir el poder transformador de la meditación.
Khenpo propone transmutar las emociones destructivas a través de la disciplina y el control de la mente. El resultado prometido: nada menos que la disolución de la violencia y ese efecto dominó que tan bien conocía Mahatma Gandhi, cuando conmovió al poderío colonial británico poniendo una y otra vez la otra mejilla.
¿De dónde proviene el poder para alcanzar semejante transformación? "De la meditación", sintetiza con certeza inconmovible.
"Es una herramienta de autoconocimiento y el antídoto contra todas las emociones destructivas". Y cuando dice todas, el optimista lama piensa en las 84.000 (sí, ochenta y cuatro mil) emociones negativas que según las escrituras budistas se desprenden de las básicas: ira, apego (posesivo), orgullo, envidia e ignorancia (opacidad). Con tantos miles de enemigos, el camino hacia la felicidad parece arduo. Y lo es. No se trata de querer y poder, sin más, admite el maestro: hay que transitar un largo entrenamiento que conduce a la transformación interior.
"Meditar permite liberarnos de las fuerzas negativas que nos hacen sufrir", sostiene. Y ofrece la receta de la transmutación emocional positiva para amateurs : "Hay que empezar por la a. El primer paso es reconocernos a nosotros mismos y observar el contenido de nuestra mente, preguntándonos a qué responden esas emociones negativas". Para ver con claridad Khenpo -como lo llaman sus seguidores- sugiere algo tan sencillo como sentarse y relajarse, lo que parece sencillo, pero no lo es tanto.
"Cuando la gente vive con intenso movimiento, tiene dificultades para encontrar calma, pero la mente es como el agua: si se mueve, no permite ver el reflejo de la luna y las estrellas en su superficie; en cambio, cuando está limpia y calma, en pocos minutos trasluce lo que hay en la profundidad y refleja todo. Cuando una persona está habituada al movimiento excesivo, ni siquiera sabe quién es. Yo les digo que se sienten en silencio y que miren en su mente."
El siguiente movimiento responde a uno de los ciclos de las enseñanzas de Buda: rechazar las emociones negativas como si fueran un alimento envenenado. Sin contemplaciones, la propuesta apela a un acto firme de disciplina y voluntad, que se traduce en tolerancia cero con ese odio o envidia que carcomen la paz interior. El maestro budista lo describe como una purificación de los componentes tóxicos de la mente.
Y el tercer momento es el de la transformación liberadora, una reconexión desde la calma, que tampoco se dirige hacia el exterior pero tiene efecto sobre él. La herramienta principal es la práctica de alguno de los distintos tipos de meditación que, básicamente, combinan relajación mental con ejercicios de respiración. La forma más reconocida es focalizar la mente en un objeto exterior, que pueden ser una luz o una imagen. Aunque el maestro recomienda seis prácticas diarias, reconoce que con una al levantarse, antes del desayuno, también se obtienen resultados pacificadores sobre la mente.
"Cuando cambia la mente cambia todo, no solo porque se ve al mundo de otra manera sino porque el cambio de uno provoca cambios en los demás. Para terminar con el odio y las emociones destructivas no podemos usar el odio y las emociones destructivas. No podemos matar a una persona como medio para lograr que esa persona deje de matar. Por la fuerza no se alcanzan los cambios. Buda nunca usó armas. Tampoco Cristo ni Mahatma Gandhi ni la madre Teresa de Calcuta. La paz y la transformación de las emociones negativas se alcanza por medios pacíficos, como la meditación, que es un instrumento de transformación interior".
"Quienes meditan tienen más materia gris"
Sentarse a pensar en nada frente a una vela encendida resulta tedioso, inútil y hasta ridículo para la mayoría de los occidentales. Sin embargo, hoy esta práctica de aspecto tan inocente es reconocida por la medicina convencional como una estrategia terapéutica alternativa para doblegar cuadros tan disímiles e indomables como el estrés y la ansiedad, la hipertensión, la migraña o las complicaciones cardiovasculares.
Unos años atrás, distintos investigadores del campo de la neurología, como el famoso Daniel Goleman, dieron un paso más con el consentimiento del Dalai Lama. Así, distintos monjes budistas entrenados en el arte de la meditación fueron estudiados bajo la lente de los resonadores nucleares de última generación. Las imágenes que evidenciaron diferencias en el funcionamiento cerebral de los meditadores dieron la vuelta al mundo y desde entonces las investigaciones se multiplicaron.
El último capítulo de este escrutinio científico sobre una práctica milenaria lo escribió un equipo del Laboratorio de Neuroimágenes de la Universidad de California, Estados Unidos. Con tecnología de última generación los científicos compararon los cerebros de 44 personas: 22 de ellas sin antecedentes de meditación y 22 con un entrenamiento en esta práctica milenaria que osciló entre los 5 y los 46 años, con un promedio de 24 años practicando alguna de las múltiples formas de meditación.
Esta vez, los científicos se centraron no ya en los efectos de la meditación sobre el funcionamiento cerebral, sino en su influencia sobre la estructura misma del cerebro. Eileen Luders, autora del estudio publicado en la revista Neuroimage , explica sus asombrosos hallazgos: "Los meditadores tienen más materia gris en aquellas zonas del cerebro relacionadas con el control de las emociones".
¿Cómo llegan los meditadores a generar más materia gris? "Al igual que cuando alguien entrena sus músculos, algunas áreas del cerebro deben crecer cuando las usas intensamente", arriesga la investigadora.
La materia gris es el tejido encargado de procesar la información que la materia blanca transmite. Una hipótesis sencilla -que probablemente la ciencia tarde años en confirmar-es que a mayor materia gris, mejor desempeño cerebral. Desde Los Angeles, Luders sostiene: "La mayoría de los meditadores tienen habilidades sobresalientes con respecto a la autorregulación de sus emociones; es para ellos más fácil mantener la estabilidad emocional y tener un comportamiento centrado, tal como elegir con sabiduría sus respuestas o reacciones. Además, los meditadores son reconocidos por su extremadamente positiva mirada sobre la vida; es habitual para ellos ver, en lugar de la parte vacía, la mitad llena del vaso".
martes, 23 de noviembre de 2010
Nuestro dolor, nuestra alegría - por Sergio Sinay
Nuestro dolor, nuestra alegría
Por Sergio Sinay
Domingo 21 de noviembre de 2010
Señor Sinay: ¿Por qué a tanta gente le molestan las personas contentas, conformes, las que no critican, las que están satisfechas consigo mismas, las que son positivas, las que ven el medio vaso lleno, las que no critican a su pareja y disfrutan de la vida, las apasionadas, las felices? ¿Por qué, en vez de enojarse porque el otro está contento, no se contagian, o indagan cuál es el sentido que el otro ve y ellos no?
Dolores Rueda (Bella Vista)
En marzo, de repente, falleció mi hermano y amigo del alma. Tenía 47 años. Crecimos juntos, nuestra relación era excelente, de hermanos amigos. En la desesperación inicial, creí que mis amigas más cercanas (amigas de él también) estarían acompañándome en el duro camino del duelo. Pero hubo mucho silencio, mucha imposibilidad de acompañar como yo lo hubiese hecho. Justo leí Paula, de Isabel Allende, y cuando su hija muere tras un año en coma, ella concluye: "... y los amigos se redujeron a dos". ¿La tragedia asusta, impresiona? ¿Qué pasa por la mente de la gente cuando una desgracia se cruza en el camino de un amigo?
Karina Hovaghimian
Desde experiencias diferentes, Dolores y Karina testimonian las dolorosas consecuencias de la ausencia de empatía. En el clásico La inteligencia emocional, el doctor en filosofía y divulgador científico Daniel Goleman se detuvo especialmente sobre este atributo que aún se ha explorado poco y que suele confundirse con simpatía o con compasión. Lo más sencillo que podríamos decir de la empatía es que se trata de la capacidad de ponerse en el lugar del otro, y de hacerlo sin fundirse en él, sin borrar la propia identidad. Es un sentimiento poderoso, porque permite reconocer, respetar y honrar al prójimo, al Tú, sin abandonar el Yo, sin confluir. Y se construye, no viene dado. La base de esa construcción está, como señala Goleman, en la conciencia de uno mismo. Cuanto más abiertos estemos a nuestras propias emociones más hábiles seremos para interpretar y comprender los sentimientos de otros, sus alegrías, su felicidad, sus dolores, su tristeza.
El desarrollo de la empatía es prueba de la madurez de una persona. Da cuenta de alguien que aprendió del lazo entre Yo y Tú, que sabe que estos pronombres no existen el uno sin el otro y que, juntos, integran un Nosotros que da sentido y entidad a cada quien. Es Nosotros (no Tú) quien sufre tu dolor, pensamos empáticamente, y es Nosotros (no Tú) quien se nutre con tu felicidad. Sé de tus sentimientos porque evocan los míos.
De la consciencia indiferenciada en la que nacemos (para un bebé, él y el mundo son la misma cosa) a la noción de ser parte única y singular de un todo (punto culminante de la consciencia madura), hay un camino que pasa por la conciencia inmadura, ésa en la que tenemos noción de Yo, pero no de Tú. Tal es el camino de la evolución psíquica, emocional y espiritual. Todos partimos del mismo inicio, todos llegamos a la segunda etapa, pero no todos alcanzan la tercera. Ello requiere trabajo, compromiso, noción de valores, exploración moral.
Se puede tener un alto cociente intelectual, muchos conocimientos, variados recursos materiales, títulos, honores, labia; se puede proclamar la amistad hacia alguien, se pueden tener cientos de "relaciones" y "contactos" y, con todo eso, carecer de empatía, padecer de analfabetismo emocional. La imposibilidad de conectarse con las emociones de alguien cercano, e incluso con la emoción ajena en todas sus formas (no es necesario ser amigo ni pariente para comprender una alegría o un dolor y para acompañarlos), revela una seria discapacidad vincular. Si inteligencia es la capacidad de desarrollar y aplicar recursos propios para responder a las contingencias de la vida, es la inteligencia emocional la que debería prevalecer en nuestro desarrollo como personas. La otra, la intelectual, es acumulación de conocimientos y destrezas. Sirve, pero no impide pasar indiferente ante la mirada del semejante, ese Otro que es más que un dato o un hecho cultural, como bellamente apunta el filósofo lituano Emmanuel Lévinas (1906-1995) en Humanismo del otro hombre. El Otro da sentido, dice Lévinas, porque su presencia ilumina el mundo que me circunda y brinda significado a mi ser y al mundo. La ausencia de empatía apaga aquella luz, nos deja solos, multiplica el dolor, desnutre la alegría. La pobreza de empatía en una persona tiene efectos colectivos, deja muchas víctimas. Aunque no haya estadísticas sobre ella, esta pobreza es un tema mayor.
sergiosinay@gmail.com
Por Sergio Sinay
Domingo 21 de noviembre de 2010
Señor Sinay: ¿Por qué a tanta gente le molestan las personas contentas, conformes, las que no critican, las que están satisfechas consigo mismas, las que son positivas, las que ven el medio vaso lleno, las que no critican a su pareja y disfrutan de la vida, las apasionadas, las felices? ¿Por qué, en vez de enojarse porque el otro está contento, no se contagian, o indagan cuál es el sentido que el otro ve y ellos no?
Dolores Rueda (Bella Vista)
En marzo, de repente, falleció mi hermano y amigo del alma. Tenía 47 años. Crecimos juntos, nuestra relación era excelente, de hermanos amigos. En la desesperación inicial, creí que mis amigas más cercanas (amigas de él también) estarían acompañándome en el duro camino del duelo. Pero hubo mucho silencio, mucha imposibilidad de acompañar como yo lo hubiese hecho. Justo leí Paula, de Isabel Allende, y cuando su hija muere tras un año en coma, ella concluye: "... y los amigos se redujeron a dos". ¿La tragedia asusta, impresiona? ¿Qué pasa por la mente de la gente cuando una desgracia se cruza en el camino de un amigo?
Karina Hovaghimian
Desde experiencias diferentes, Dolores y Karina testimonian las dolorosas consecuencias de la ausencia de empatía. En el clásico La inteligencia emocional, el doctor en filosofía y divulgador científico Daniel Goleman se detuvo especialmente sobre este atributo que aún se ha explorado poco y que suele confundirse con simpatía o con compasión. Lo más sencillo que podríamos decir de la empatía es que se trata de la capacidad de ponerse en el lugar del otro, y de hacerlo sin fundirse en él, sin borrar la propia identidad. Es un sentimiento poderoso, porque permite reconocer, respetar y honrar al prójimo, al Tú, sin abandonar el Yo, sin confluir. Y se construye, no viene dado. La base de esa construcción está, como señala Goleman, en la conciencia de uno mismo. Cuanto más abiertos estemos a nuestras propias emociones más hábiles seremos para interpretar y comprender los sentimientos de otros, sus alegrías, su felicidad, sus dolores, su tristeza.
El desarrollo de la empatía es prueba de la madurez de una persona. Da cuenta de alguien que aprendió del lazo entre Yo y Tú, que sabe que estos pronombres no existen el uno sin el otro y que, juntos, integran un Nosotros que da sentido y entidad a cada quien. Es Nosotros (no Tú) quien sufre tu dolor, pensamos empáticamente, y es Nosotros (no Tú) quien se nutre con tu felicidad. Sé de tus sentimientos porque evocan los míos.
De la consciencia indiferenciada en la que nacemos (para un bebé, él y el mundo son la misma cosa) a la noción de ser parte única y singular de un todo (punto culminante de la consciencia madura), hay un camino que pasa por la conciencia inmadura, ésa en la que tenemos noción de Yo, pero no de Tú. Tal es el camino de la evolución psíquica, emocional y espiritual. Todos partimos del mismo inicio, todos llegamos a la segunda etapa, pero no todos alcanzan la tercera. Ello requiere trabajo, compromiso, noción de valores, exploración moral.
Se puede tener un alto cociente intelectual, muchos conocimientos, variados recursos materiales, títulos, honores, labia; se puede proclamar la amistad hacia alguien, se pueden tener cientos de "relaciones" y "contactos" y, con todo eso, carecer de empatía, padecer de analfabetismo emocional. La imposibilidad de conectarse con las emociones de alguien cercano, e incluso con la emoción ajena en todas sus formas (no es necesario ser amigo ni pariente para comprender una alegría o un dolor y para acompañarlos), revela una seria discapacidad vincular. Si inteligencia es la capacidad de desarrollar y aplicar recursos propios para responder a las contingencias de la vida, es la inteligencia emocional la que debería prevalecer en nuestro desarrollo como personas. La otra, la intelectual, es acumulación de conocimientos y destrezas. Sirve, pero no impide pasar indiferente ante la mirada del semejante, ese Otro que es más que un dato o un hecho cultural, como bellamente apunta el filósofo lituano Emmanuel Lévinas (1906-1995) en Humanismo del otro hombre. El Otro da sentido, dice Lévinas, porque su presencia ilumina el mundo que me circunda y brinda significado a mi ser y al mundo. La ausencia de empatía apaga aquella luz, nos deja solos, multiplica el dolor, desnutre la alegría. La pobreza de empatía en una persona tiene efectos colectivos, deja muchas víctimas. Aunque no haya estadísticas sobre ella, esta pobreza es un tema mayor.
sergiosinay@gmail.com
miércoles, 17 de noviembre de 2010
FILHOS por GIBRAN KAHLIL GIBRAN
GIBRAN KAHLIL GIBRAN
Foi um ilustre poeta libanés, filósofo e artista. Nasceu em 1883 e morreu em 1931. Sua fama e sua influência se derramaram por todo o mundo. Suas reflexões e sua poesia foram traduzidas para mais de vinte idiomas, e seus desenhos e pinturas são expostos em grandes cidades do mundo.
Dizem que em certa ocasião, uma mulher que levava uma criança nos braços, propôs a Gibran: “Mestre, falemos dos filhos”. E ele respondeu:
Seus filhos não são seus filhos.
São os filhos e as filhas dos desejos que a vida tem de si mesma.
Vêm através de vocês, mas não são de vocês e, ainda que vivam com vocês, não lhes pertencem.
Podem dar-lhes seu amor, mas não seus pensamentos, pois eles têm seus próprios pensamentos.
Podem abrigar seus corpos, mas não suas almas, porque suas almas moram na casa do amanhã, que nem mesmo em sonhos lhes será permitido visitar.
Podem empenhar-se para ser como eles, mas não tentem fazer como vocês fizeram,
porque a vida não anda para trás, nem se detém no ontem.
Vocês são o arco por meio do qual seus filhos são disparados como flechas vivas.
O arqueiro vê o alvo sobre o caminho do infinito e dobra o arco com toda a força, a fim de que suas flechas partam velozes e para muito longe.
Que o fato de estarem nas mãos do arqueiro seja para suas felicidades, porque, assim como ele ama a flecha que dispara, ama também o arco que permanece firme.
Por isto vocês tiveram a liberdade de amar e a oportunidade de viver e fazerem suas vidas.
Deixem que seus filhos voem sós de seus ninhos quando chegar a hora e não lhes reclamem para que voltem.
Eles os quererão para sempre e terão também seus lares, nos quais, algum dia, ficarão sós, porém terão sido seus lares e suas vidas.
Deixem-nos livres. Amem-nos com liberdade, não apaguem o fogo de suas vidas.
Vivam e deixem viver, assim eles os quererão, sempre.
Foi um ilustre poeta libanés, filósofo e artista. Nasceu em 1883 e morreu em 1931. Sua fama e sua influência se derramaram por todo o mundo. Suas reflexões e sua poesia foram traduzidas para mais de vinte idiomas, e seus desenhos e pinturas são expostos em grandes cidades do mundo.
Dizem que em certa ocasião, uma mulher que levava uma criança nos braços, propôs a Gibran: “Mestre, falemos dos filhos”. E ele respondeu:
Seus filhos não são seus filhos.
São os filhos e as filhas dos desejos que a vida tem de si mesma.
Vêm através de vocês, mas não são de vocês e, ainda que vivam com vocês, não lhes pertencem.
Podem dar-lhes seu amor, mas não seus pensamentos, pois eles têm seus próprios pensamentos.
Podem abrigar seus corpos, mas não suas almas, porque suas almas moram na casa do amanhã, que nem mesmo em sonhos lhes será permitido visitar.
Podem empenhar-se para ser como eles, mas não tentem fazer como vocês fizeram,
porque a vida não anda para trás, nem se detém no ontem.
Vocês são o arco por meio do qual seus filhos são disparados como flechas vivas.
O arqueiro vê o alvo sobre o caminho do infinito e dobra o arco com toda a força, a fim de que suas flechas partam velozes e para muito longe.
Que o fato de estarem nas mãos do arqueiro seja para suas felicidades, porque, assim como ele ama a flecha que dispara, ama também o arco que permanece firme.
Por isto vocês tiveram a liberdade de amar e a oportunidade de viver e fazerem suas vidas.
Deixem que seus filhos voem sós de seus ninhos quando chegar a hora e não lhes reclamem para que voltem.
Eles os quererão para sempre e terão também seus lares, nos quais, algum dia, ficarão sós, porém terão sido seus lares e suas vidas.
Deixem-nos livres. Amem-nos com liberdade, não apaguem o fogo de suas vidas.
Vivam e deixem viver, assim eles os quererão, sempre.
viernes, 22 de octubre de 2010
LOS MINEROS ARGENTINOS - (para reír un poco !)
LOS MINEROS ARGENTINOS
UN GRUPO DE 33 MINEROS ARGENTINOS HAN QUEDADO ATRAPADOS EN UNA MINA A 700 METROS DE PROFUNDIDAD.
1) Se crea una comisión para iniciar las tareas de rescate, integrada por 25 miembros del oficialismo y 19 de la oposición. Cada miembro contará a su vez con 5 asesores y dos secretarios. Las tareas se demoran por que no hay acuerdo para designar al presidente de la comisión.
2) No hay fondos para las tareas de rescate por lo que por única vez el gobierno va a cobrar un nuevo impuesto. Se sospecha que dicho impuesto lo seguirán cobrando durante los próximos dos siglos.
3) Los Chilenos nos prestan la grúa de rescate, pero esta no llega por que el túnel internacional está cortado por un grupo de andinistas que reclaman que se le cambie el nombre al Cerro Aconcagua.
4) Una vez liberado el paso internacional, la aduana luego de tres meses autoriza el ingreso de la grúa (previo pago de un canon especial al director de aduanas).
5) La grúa no puede llegar a la Mina por que el que la maneja pertenece al sindicato de peones de grúas. Moyano hijo le corta el ingreso con camiones aduciendo que la grúa tiene 4 ruedas y que por lo tanto el encargado de la grúa debe estar afiliado al sindicato de camioneros. Luego de intensas negociaciones el de la grúa es afiliado al sindicato de camioneros y a una de las novias de Moyanito se la pone primera en la lista para Senadora nacional por Buenos Aires en las próximas elecciones.
6) Mientras tanto Tinelli ya dio instrucciones a la producción para que traigan a uno de los Mineros a participar en Bailando. La noticia hace que Pachano se pelee con la Alfano.
7) Logran bajar una mini cámara de TV al fondo de la mina pero no logran ver a los mineros. La camarita solo transmite Tinelli y Fútbol para todos.
8) La grúa tarda otros dos meses en llegar por que todas las rutas están cortadas y por que el que la conduce fue víctima de un secuestro extorsivo.
9) Anibal Fernández anuncia que lo de los mineros es una sensación.
10) La Bonafini dijo que los mineros son unos cipayos hijos de puta y tienen bien merecido morirse enterrados, luego se tomo un avión a China par dar su apoyo al gobierno de ese país por el ataque del que fue víctima por el premio nobel de la paz
11) Llega la grúa pero cuando bajan la cápsula, el cable se corta. Un Juez investiga irregularidades en la compra del material y descubre que se compró el de peor calidad pero se lo pagó a precio del que viene revestido en oro. La causa llega al Juez Oyarbide que urgente ordena el archivo de las actuaciones. El Consejo de la Magistratura dispone el archivo del pedido de destitución de dicho juez.
12) Llega una orden para que detengan el rescate hasta tanto lleguen las gorras y las remeras que tendrán que ponerse los mineros antes de salir a la superficie. Vienen con la leyenda “PRESIDENCIA CRISTINA KIRCHNER”.
13) Finalmente y luego de dos años y medio rescatan al primer minero. Sorpresa mundial: es el único que había quedado atrapado por que los otros 32 eran ñoquis que jamás iban a laburar.
14) El minero rescatado lee el diario y al finalizar ruega que lo vuelvan a poner a 700 metros de profundidad. Teme ser una víctima más de la violencia.
UN GRUPO DE 33 MINEROS ARGENTINOS HAN QUEDADO ATRAPADOS EN UNA MINA A 700 METROS DE PROFUNDIDAD.
1) Se crea una comisión para iniciar las tareas de rescate, integrada por 25 miembros del oficialismo y 19 de la oposición. Cada miembro contará a su vez con 5 asesores y dos secretarios. Las tareas se demoran por que no hay acuerdo para designar al presidente de la comisión.
2) No hay fondos para las tareas de rescate por lo que por única vez el gobierno va a cobrar un nuevo impuesto. Se sospecha que dicho impuesto lo seguirán cobrando durante los próximos dos siglos.
3) Los Chilenos nos prestan la grúa de rescate, pero esta no llega por que el túnel internacional está cortado por un grupo de andinistas que reclaman que se le cambie el nombre al Cerro Aconcagua.
4) Una vez liberado el paso internacional, la aduana luego de tres meses autoriza el ingreso de la grúa (previo pago de un canon especial al director de aduanas).
5) La grúa no puede llegar a la Mina por que el que la maneja pertenece al sindicato de peones de grúas. Moyano hijo le corta el ingreso con camiones aduciendo que la grúa tiene 4 ruedas y que por lo tanto el encargado de la grúa debe estar afiliado al sindicato de camioneros. Luego de intensas negociaciones el de la grúa es afiliado al sindicato de camioneros y a una de las novias de Moyanito se la pone primera en la lista para Senadora nacional por Buenos Aires en las próximas elecciones.
6) Mientras tanto Tinelli ya dio instrucciones a la producción para que traigan a uno de los Mineros a participar en Bailando. La noticia hace que Pachano se pelee con la Alfano.
7) Logran bajar una mini cámara de TV al fondo de la mina pero no logran ver a los mineros. La camarita solo transmite Tinelli y Fútbol para todos.
8) La grúa tarda otros dos meses en llegar por que todas las rutas están cortadas y por que el que la conduce fue víctima de un secuestro extorsivo.
9) Anibal Fernández anuncia que lo de los mineros es una sensación.
10) La Bonafini dijo que los mineros son unos cipayos hijos de puta y tienen bien merecido morirse enterrados, luego se tomo un avión a China par dar su apoyo al gobierno de ese país por el ataque del que fue víctima por el premio nobel de la paz
11) Llega la grúa pero cuando bajan la cápsula, el cable se corta. Un Juez investiga irregularidades en la compra del material y descubre que se compró el de peor calidad pero se lo pagó a precio del que viene revestido en oro. La causa llega al Juez Oyarbide que urgente ordena el archivo de las actuaciones. El Consejo de la Magistratura dispone el archivo del pedido de destitución de dicho juez.
12) Llega una orden para que detengan el rescate hasta tanto lleguen las gorras y las remeras que tendrán que ponerse los mineros antes de salir a la superficie. Vienen con la leyenda “PRESIDENCIA CRISTINA KIRCHNER”.
13) Finalmente y luego de dos años y medio rescatan al primer minero. Sorpresa mundial: es el único que había quedado atrapado por que los otros 32 eran ñoquis que jamás iban a laburar.
14) El minero rescatado lee el diario y al finalizar ruega que lo vuelvan a poner a 700 metros de profundidad. Teme ser una víctima más de la violencia.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Cuando meditar es el remedio -
Según especialistas, la ciencia lo incorpora como tratamiento complementario para fortalecer el sistema inmunológico; también reduce el estrés; testimonios
Por Verónica Dema
De la Redacción de lanacion.com
vdema@lanacion.com.ar
Las zapatillas quedan en el umbral de la sala de pisos de madera impecables y aroma a sahumerios. Las paredes, bordeadas de almohadones. Allí empiezan a acomodarse uno a uno los alumnos de meditación los viernes al mediodía. La instructora, Mónica Correira Nobre, se mete en la medialuna que conforma el grupo y empieza a hacer sonar unos cuencos de cuarzo con un movimiento que la convierten en una especie de cocinera ancestral: sus baquetas, como cucharas de madera, giran rozando los bordes y así esparcen un sonido venido de otro lugar, de otro tiempo.
Carmen cuenta que hace 20 años que medita y lo hace porque la relaja y la mantiene alejada de los médicos. "Lo más notable es que se me terminaron los problemas intestinales", dice, y se explaya varios minutos hablando de una vida más tranquila en todo sentido, "sin dolores de cabeza, sin estrés".
Como ella, cada uno de sus compañeros habla de las bondades de la meditación en sus cuerpos, en sus mentes, en lo afectivo, también. Menos dolores de cabeza y de estómago, regularización de la hipertensión arterial, menos ansiedad y estrés, mejor relación con los pares y la lista sigue. La ciencia recoge estos testimonios y empieza a reconocer a la meditación como un tratamiento complementario a los de medicina tradicional.
El psicoterapeuta Martín Reynoso, experto en Mindfulness (atención plena) del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco), explica que la meditación tiene efectos positivos en los pacientes que la sostienen en el tiempo. "Está comprobado que activa la parte frontal izquierda del cerebro, lo que genera emociones positivas, reduce la ansiedad y el estrés; a la vez, también mejora el nivel de atención y se fortalece el sistema inmunológico", enumera el especialista.
Así, cada vez que la ciencia logra corroborar la eficacia terapéutica de la meditación ésta se gana un espacio más relevante. Uno de los hallazgos recientes sobre el poder de la meditación la difundió el Laboratorio de Neuroimágenes de la Universidad de California, Estados Unidos, donde se descubrió que meditar genera cambios en la estructura del cerebro. Concretamente, la investigadora Eileen Luders demostró que las personas que meditan tienen más materia gris en las zonas del cerebro relacionadas con el control de las emociones.
Luego de una hora, cuando la clase de meditación está llegando a su fin la instructora toma los din din, dos platillos de metal que suenan como pequeñas campanas. Es el despertar de una clase en la que se buscó la concentración como para lograr descansar el cuerpo y la mente. "La idea es ser consciente de cada una de las partes del cuerpo y hallar el propio eje, el centro de uno", dice Mónica, después de la hora de ejercicios y meditación.
Luego del tintineo, los ojos buscan abrirse pero lentamente, como si los párpados pesaran o como si realmente estuvieran despertando de un largo sueño. Los alumnos aún permanecen quietos, silenciosos, en posición de indios; sus espaldas, derechas. "Es duro, pero hay que retomar el día", le dice en voz bien baja Beatriz a Andrea, que sonríe y se dispone a buscar sus zapatillas.
Por Verónica Dema
De la Redacción de lanacion.com
vdema@lanacion.com.ar
Las zapatillas quedan en el umbral de la sala de pisos de madera impecables y aroma a sahumerios. Las paredes, bordeadas de almohadones. Allí empiezan a acomodarse uno a uno los alumnos de meditación los viernes al mediodía. La instructora, Mónica Correira Nobre, se mete en la medialuna que conforma el grupo y empieza a hacer sonar unos cuencos de cuarzo con un movimiento que la convierten en una especie de cocinera ancestral: sus baquetas, como cucharas de madera, giran rozando los bordes y así esparcen un sonido venido de otro lugar, de otro tiempo.
Carmen cuenta que hace 20 años que medita y lo hace porque la relaja y la mantiene alejada de los médicos. "Lo más notable es que se me terminaron los problemas intestinales", dice, y se explaya varios minutos hablando de una vida más tranquila en todo sentido, "sin dolores de cabeza, sin estrés".
Como ella, cada uno de sus compañeros habla de las bondades de la meditación en sus cuerpos, en sus mentes, en lo afectivo, también. Menos dolores de cabeza y de estómago, regularización de la hipertensión arterial, menos ansiedad y estrés, mejor relación con los pares y la lista sigue. La ciencia recoge estos testimonios y empieza a reconocer a la meditación como un tratamiento complementario a los de medicina tradicional.
El psicoterapeuta Martín Reynoso, experto en Mindfulness (atención plena) del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco), explica que la meditación tiene efectos positivos en los pacientes que la sostienen en el tiempo. "Está comprobado que activa la parte frontal izquierda del cerebro, lo que genera emociones positivas, reduce la ansiedad y el estrés; a la vez, también mejora el nivel de atención y se fortalece el sistema inmunológico", enumera el especialista.
Así, cada vez que la ciencia logra corroborar la eficacia terapéutica de la meditación ésta se gana un espacio más relevante. Uno de los hallazgos recientes sobre el poder de la meditación la difundió el Laboratorio de Neuroimágenes de la Universidad de California, Estados Unidos, donde se descubrió que meditar genera cambios en la estructura del cerebro. Concretamente, la investigadora Eileen Luders demostró que las personas que meditan tienen más materia gris en las zonas del cerebro relacionadas con el control de las emociones.
Luego de una hora, cuando la clase de meditación está llegando a su fin la instructora toma los din din, dos platillos de metal que suenan como pequeñas campanas. Es el despertar de una clase en la que se buscó la concentración como para lograr descansar el cuerpo y la mente. "La idea es ser consciente de cada una de las partes del cuerpo y hallar el propio eje, el centro de uno", dice Mónica, después de la hora de ejercicios y meditación.
Luego del tintineo, los ojos buscan abrirse pero lentamente, como si los párpados pesaran o como si realmente estuvieran despertando de un largo sueño. Los alumnos aún permanecen quietos, silenciosos, en posición de indios; sus espaldas, derechas. "Es duro, pero hay que retomar el día", le dice en voz bien baja Beatriz a Andrea, que sonríe y se dispone a buscar sus zapatillas.
martes, 5 de octubre de 2010
"El problema de la Argentina es Maradona"
"El problema de la Argentina es Maradona", dice El País de España
El diario publicó un crítico artículo sobre la relación entre el ex entrenador de la selección y la conducta de la sociedad; definen al DT como "la metáfora argentina"
Martes 5 de octubre de 2010 - La Nación - Argentina
El diario El País de España publicó un crítico artículo sobre las similitudes entre la personalidad de Diego Maradona y la sociedad. "Maradona como metáfora argentina", hace un breve recorrido por la historia del país y compara el comportamiento del ex entrenador de la selección con el comportamiento social de los argentinos.
A continuación, algunos de los extractos de la nota escrita por John Carlin y Carlos Pierini
"...en un país que hace 100 años era uno de los 10 más ricos del mundo, la tercera parte de los recién nacidos están condenados a crecer en la pobreza, si es que logran crecer. Ocho niños menores de cinco años mueren al día debido a la desnutrición en un país que debería ser, como hace tiempo fue, el granero del mundo. Semejante aberración florece en un contexto político en el que a lo largo de más de medio siglo juntas militares han alternado el poder con Gobiernos populistas, corruptos o incompetentes. El actual Gobierno peronista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (como el anterior, de su marido Néstor Kirchner) es más afín al de Hugo Chávez en Venezuela o al de Daniel Ortega en Nicaragua que a los Gobiernos pragmáticos y serios de Brasil, Chile o el vecino Uruguay donde, por cierto, hoy se consume más carne per cápita que en Argentina. ¿Dónde ha quedado la famosa Justicia Social proclamada hasta el cansancio por el peronismo que ha gobernado la mayor parte del período democrático instaurado en 1983? ¿Cuál es el problema? El problema es Diego Maradona. O, para ser más precisos, lo encarna, como símbolo, Maradona, el "Diez", "el Dios Argentino", el ídolo nacional por goleada. La idolatría a los líderes redentores, el culto a la viveza y (su hermano gemelo) el desprecio por la ética del trabajo, el narcisismo, la fe en las soluciones mágicas, el impulso a exculparse achacando los males a otros, el fantochismo son características que no definen a todos los argentinos, pero que Maradona representa en caricatura payasesca y que la mayoría de la población, aquella misma incapaz de perder la fe en el peronismo, aplaude no con risas sino con perversa seriedad. El punto de partida es la negación de la realidad".
"El fracaso de Maradona en el Mundial fue el espejo del fracaso de Argentina como país. Por un lado, una falta de rigor y humildad en la planificación; por otro, un derroche de los recursos disponibles. Talento sobraba, salvo que por amiguismo, ceguera, populismo patriotero o sencilla idiotez Maradona decidió no convocar a la mitad de los mejores; no solo no explotó los recursos que tenía, no los quiso ni ver. El nuevo seleccionador, Sergio Batista, puso en el campo contra España a cuatro jugadores básicos que Maradona ni siquiera había convocado para Sudáfrica y lo que se vio fue un equipo sólido que hubiera sabido competir contra Alemania, como contra cualquiera en el Mundial. Es decir, el sentido común existe en Argentina; solo que demasiadas veces, obliterado por la luz maradoniana, brilla por su ausencia".
"En el sistema maradoniano solamente brilla la ilusión. Dentro de este sistema de pensamiento las cosas terminan no teniendo ni pies ni cabeza. Resultado: fracaso en la vida y arrastrando en el fracaso, en este caso, a la selección argentina, pero también se puede arrastrar a toda una nación. Recorriendo la historia del siglo XX sabemos la potencia destructiva de la ilusión cuando no es contrabalanceada por la realidad terrenal, nunca tan agradable ella como los espejismos de la ficción".
"Cuando llevados por la fantasía se eligen directores técnicos o presidentes o sistemas de características populistas, autoritarios y antidemocráticos, con pocos pies sobre la tierra, el resultado inevitable es el fracaso. Un director técnico que no tiene ni ha tenido capacidad para manejar su vida, que además no es director técnico (por preparación) y por lo tanto al titularse así toma las características de un impostor, tuvo como resultado el descalabro de la selección argentina. Puede ocurrir nuevamente algo similar con la Argentina misma si los directores técnicos, léase la pareja que lleva siete años en el poder, siguen el camino compulsivamente repetitivo de la tergiversación permanente de la realidad. El endiosamiento de seres Ídolos-Dioses a los que no se debe criticar, como a Perón, Evita, Maradona, Cristina Fernández o Néstor Kirchner, intocables seres sin errores, lleva al fracaso reiterativo y doloroso que arrastra a millones de argentinos al sufrimiento. El granero del mundo se va convirtiendo en un país lleno además de granos de pústulas creadas por el sistema: fracaso, pobreza, desnutrición, inseguridad, criminalidad, destrucción de las instituciones, ataque permanente a la prensa opositora, ataque a la ley, destrucción de la educación (eso también) y llegamos entonces a que la fantasía de ser un pueblo "protegido" por los Dioses cae en una triste y ridícula realidad".
El diario publicó un crítico artículo sobre la relación entre el ex entrenador de la selección y la conducta de la sociedad; definen al DT como "la metáfora argentina"
Martes 5 de octubre de 2010 - La Nación - Argentina
El diario El País de España publicó un crítico artículo sobre las similitudes entre la personalidad de Diego Maradona y la sociedad. "Maradona como metáfora argentina", hace un breve recorrido por la historia del país y compara el comportamiento del ex entrenador de la selección con el comportamiento social de los argentinos.
A continuación, algunos de los extractos de la nota escrita por John Carlin y Carlos Pierini
"...en un país que hace 100 años era uno de los 10 más ricos del mundo, la tercera parte de los recién nacidos están condenados a crecer en la pobreza, si es que logran crecer. Ocho niños menores de cinco años mueren al día debido a la desnutrición en un país que debería ser, como hace tiempo fue, el granero del mundo. Semejante aberración florece en un contexto político en el que a lo largo de más de medio siglo juntas militares han alternado el poder con Gobiernos populistas, corruptos o incompetentes. El actual Gobierno peronista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (como el anterior, de su marido Néstor Kirchner) es más afín al de Hugo Chávez en Venezuela o al de Daniel Ortega en Nicaragua que a los Gobiernos pragmáticos y serios de Brasil, Chile o el vecino Uruguay donde, por cierto, hoy se consume más carne per cápita que en Argentina. ¿Dónde ha quedado la famosa Justicia Social proclamada hasta el cansancio por el peronismo que ha gobernado la mayor parte del período democrático instaurado en 1983? ¿Cuál es el problema? El problema es Diego Maradona. O, para ser más precisos, lo encarna, como símbolo, Maradona, el "Diez", "el Dios Argentino", el ídolo nacional por goleada. La idolatría a los líderes redentores, el culto a la viveza y (su hermano gemelo) el desprecio por la ética del trabajo, el narcisismo, la fe en las soluciones mágicas, el impulso a exculparse achacando los males a otros, el fantochismo son características que no definen a todos los argentinos, pero que Maradona representa en caricatura payasesca y que la mayoría de la población, aquella misma incapaz de perder la fe en el peronismo, aplaude no con risas sino con perversa seriedad. El punto de partida es la negación de la realidad".
"El fracaso de Maradona en el Mundial fue el espejo del fracaso de Argentina como país. Por un lado, una falta de rigor y humildad en la planificación; por otro, un derroche de los recursos disponibles. Talento sobraba, salvo que por amiguismo, ceguera, populismo patriotero o sencilla idiotez Maradona decidió no convocar a la mitad de los mejores; no solo no explotó los recursos que tenía, no los quiso ni ver. El nuevo seleccionador, Sergio Batista, puso en el campo contra España a cuatro jugadores básicos que Maradona ni siquiera había convocado para Sudáfrica y lo que se vio fue un equipo sólido que hubiera sabido competir contra Alemania, como contra cualquiera en el Mundial. Es decir, el sentido común existe en Argentina; solo que demasiadas veces, obliterado por la luz maradoniana, brilla por su ausencia".
"En el sistema maradoniano solamente brilla la ilusión. Dentro de este sistema de pensamiento las cosas terminan no teniendo ni pies ni cabeza. Resultado: fracaso en la vida y arrastrando en el fracaso, en este caso, a la selección argentina, pero también se puede arrastrar a toda una nación. Recorriendo la historia del siglo XX sabemos la potencia destructiva de la ilusión cuando no es contrabalanceada por la realidad terrenal, nunca tan agradable ella como los espejismos de la ficción".
"Cuando llevados por la fantasía se eligen directores técnicos o presidentes o sistemas de características populistas, autoritarios y antidemocráticos, con pocos pies sobre la tierra, el resultado inevitable es el fracaso. Un director técnico que no tiene ni ha tenido capacidad para manejar su vida, que además no es director técnico (por preparación) y por lo tanto al titularse así toma las características de un impostor, tuvo como resultado el descalabro de la selección argentina. Puede ocurrir nuevamente algo similar con la Argentina misma si los directores técnicos, léase la pareja que lleva siete años en el poder, siguen el camino compulsivamente repetitivo de la tergiversación permanente de la realidad. El endiosamiento de seres Ídolos-Dioses a los que no se debe criticar, como a Perón, Evita, Maradona, Cristina Fernández o Néstor Kirchner, intocables seres sin errores, lleva al fracaso reiterativo y doloroso que arrastra a millones de argentinos al sufrimiento. El granero del mundo se va convirtiendo en un país lleno además de granos de pústulas creadas por el sistema: fracaso, pobreza, desnutrición, inseguridad, criminalidad, destrucción de las instituciones, ataque permanente a la prensa opositora, ataque a la ley, destrucción de la educación (eso también) y llegamos entonces a que la fantasía de ser un pueblo "protegido" por los Dioses cae en una triste y ridícula realidad".
lunes, 4 de octubre de 2010
El sabio no nace, se hace - por Sergio Sinay
Domingo 3 de octubre de 2010
Señor Sinay: ¿qué opina de la sabiduría? Es una palabra que generalmente se relaciona con el conocimiento, pero con 18 años he logrado darme cuenta de que se puede tener pocos conocimientos (de lo que muchas veces se llama "cultura general") y aun así ser más sabio que aquel que puede recitar un poema de Shakespeare de memoria o enumerar las características de un sistema político. ¿Cuál es la verdadera sabiduría? ¿Quién es el verdadero sabio? ¿La sabiduría es universal o sólo es aplicable a cada alma diferente de todas las demás? ¿Todos podemos ser capaces de adquirir esta sabiduría, o la misma ya vive dentro de nosotros? Quizá la sabiduría es la aceptación de que gran parte de las cosas que vemos y vivimos todos los días son un misterio.
Carolina Martel
Como nuestra amiga Carolina, también la británica Sorcha Corey, investigadora y docente de arte clásico inglés, hace una especial diferencia entre conocimiento y sabiduría. "El conocimiento nos sirve para ganarnos la vida, la sabiduría nos ayuda a vivir", dice. Ambas proponen desandar una vieja confusión que lleva a creer que quien mucho leyó o estudió es sabio. Ya en la Grecia socrática se distinguía entre un tipo de sabiduría superior y otra práctica. La primera (sophia), considerada una virtud del alma, consistía en conocer, a través de la investigación de las cosas naturales, todas las causas y los principios. La segunda (phrónesis) era una habilidad adquirida para hacer ciertas cosas. Ya se hablaba, pues, de sabiduría y conocimiento.
También lo hacía en sus reflexiones Jiddu Krishnamurti (1895-1986), luminoso orador, filósofo y escritor indio que en El libro de la vida (una recopilación de charlas y escritos hecha por Mark Lee) señala el conocimiento como apenas una rama del árbol llamado sabiduría. "Nos agarramos de la rama y creemos que es el árbol, pero mediante el conocimiento de una parte jamás podremos experimentar el júbilo del todo." Krishnamurti descreía de la sabiduría como un hecho intelectual. Y alertaba a quienes, en un vano intento por evitar el dolor, la incertidumbre y el desasosiego inherentes a la vida, buscan explicaciones para todo. Si la mente y el corazón son sofocados por el conocimiento que busca todas las explicaciones, "la vida se torna vana y carente de sentido". En esa dirección apuntaba el gran Albert Einstein cuando concluía que "cada día conocemos más y entendemos menos".
¿Qué es lo que hay que entender? Quizá que la vida no es un parque temático en el que hallaremos todo resuelto y explicado, en el que todo será fácil y obvio. Quizás haya que entender que se conoce y se crece a través de la dificultad, que hay un sentido también en el dolor, que hay un misterio a la vuelta de cada esquina y que hay que cruzar todas las esquinas que propone el camino elegido. La sabiduría es inteligencia, pero no la inteligencia entendida como acumulación de conocimientos, sino como un punto de encuentro -decía Krishnamurti- entre la razón y el amor. A ese lugar se llega cuando hay comprensión de nuestra propia interioridad, cuando nos atrevemos a bucear en ella con los ojos abiertos, y cuando se hace la experiencia de sumergirse en las revueltas aguas de la vida, no la de limitarse a surfear en ellas.
Aun así, intuyo, no alcanza la sola acumulación de experiencias para hacernos sabios. Experiencias son las cosas que vivimos voluntaria o involuntariamente. Lo que hagamos con ellas, las actitudes a que nos lleven, dirán si hemos adquirido sabiduría. Hay muchas personas llenas de conocimientos y anémicas de sabiduría. Hay muchas otras que pasaron por todas, se propusieron vivir intensamente, acumularon decenas de experiencias y anécdotas para contar, pero no destilaron de ellas ni una gota de sabiduría. Acaso porque sólo se la alcanza cuando se la deja de tener como meta, cuando no se aspira a adquirirla como quien suscribe un seguro contra el dolor, la decepción, la perplejidad o el riesgo, cuando conservamos la capacidad de asombrarnos. Es lo que comprueban los protagonistas de Sabiduría garantizada, un hermoso film de la alemana Doris Dörrie, cuyos protagonistas, dos hermanos en crisis existencial, descubren en carne propia que la rama no es el árbol. Podemos ganarnos muy bien la vida o podemos vivir muy bien. Las dos cosas no son opuestas, pero no se unen naturalmente. Lo que las integra es la sabiduría. Y no venimos dotados de esta herramienta existencial. La incorporaremos, o no, según sea nuestro modo de estar en el mundo.
sergiosinay@gmail.com
Señor Sinay: ¿qué opina de la sabiduría? Es una palabra que generalmente se relaciona con el conocimiento, pero con 18 años he logrado darme cuenta de que se puede tener pocos conocimientos (de lo que muchas veces se llama "cultura general") y aun así ser más sabio que aquel que puede recitar un poema de Shakespeare de memoria o enumerar las características de un sistema político. ¿Cuál es la verdadera sabiduría? ¿Quién es el verdadero sabio? ¿La sabiduría es universal o sólo es aplicable a cada alma diferente de todas las demás? ¿Todos podemos ser capaces de adquirir esta sabiduría, o la misma ya vive dentro de nosotros? Quizá la sabiduría es la aceptación de que gran parte de las cosas que vemos y vivimos todos los días son un misterio.
Carolina Martel
Como nuestra amiga Carolina, también la británica Sorcha Corey, investigadora y docente de arte clásico inglés, hace una especial diferencia entre conocimiento y sabiduría. "El conocimiento nos sirve para ganarnos la vida, la sabiduría nos ayuda a vivir", dice. Ambas proponen desandar una vieja confusión que lleva a creer que quien mucho leyó o estudió es sabio. Ya en la Grecia socrática se distinguía entre un tipo de sabiduría superior y otra práctica. La primera (sophia), considerada una virtud del alma, consistía en conocer, a través de la investigación de las cosas naturales, todas las causas y los principios. La segunda (phrónesis) era una habilidad adquirida para hacer ciertas cosas. Ya se hablaba, pues, de sabiduría y conocimiento.
También lo hacía en sus reflexiones Jiddu Krishnamurti (1895-1986), luminoso orador, filósofo y escritor indio que en El libro de la vida (una recopilación de charlas y escritos hecha por Mark Lee) señala el conocimiento como apenas una rama del árbol llamado sabiduría. "Nos agarramos de la rama y creemos que es el árbol, pero mediante el conocimiento de una parte jamás podremos experimentar el júbilo del todo." Krishnamurti descreía de la sabiduría como un hecho intelectual. Y alertaba a quienes, en un vano intento por evitar el dolor, la incertidumbre y el desasosiego inherentes a la vida, buscan explicaciones para todo. Si la mente y el corazón son sofocados por el conocimiento que busca todas las explicaciones, "la vida se torna vana y carente de sentido". En esa dirección apuntaba el gran Albert Einstein cuando concluía que "cada día conocemos más y entendemos menos".
¿Qué es lo que hay que entender? Quizá que la vida no es un parque temático en el que hallaremos todo resuelto y explicado, en el que todo será fácil y obvio. Quizás haya que entender que se conoce y se crece a través de la dificultad, que hay un sentido también en el dolor, que hay un misterio a la vuelta de cada esquina y que hay que cruzar todas las esquinas que propone el camino elegido. La sabiduría es inteligencia, pero no la inteligencia entendida como acumulación de conocimientos, sino como un punto de encuentro -decía Krishnamurti- entre la razón y el amor. A ese lugar se llega cuando hay comprensión de nuestra propia interioridad, cuando nos atrevemos a bucear en ella con los ojos abiertos, y cuando se hace la experiencia de sumergirse en las revueltas aguas de la vida, no la de limitarse a surfear en ellas.
Aun así, intuyo, no alcanza la sola acumulación de experiencias para hacernos sabios. Experiencias son las cosas que vivimos voluntaria o involuntariamente. Lo que hagamos con ellas, las actitudes a que nos lleven, dirán si hemos adquirido sabiduría. Hay muchas personas llenas de conocimientos y anémicas de sabiduría. Hay muchas otras que pasaron por todas, se propusieron vivir intensamente, acumularon decenas de experiencias y anécdotas para contar, pero no destilaron de ellas ni una gota de sabiduría. Acaso porque sólo se la alcanza cuando se la deja de tener como meta, cuando no se aspira a adquirirla como quien suscribe un seguro contra el dolor, la decepción, la perplejidad o el riesgo, cuando conservamos la capacidad de asombrarnos. Es lo que comprueban los protagonistas de Sabiduría garantizada, un hermoso film de la alemana Doris Dörrie, cuyos protagonistas, dos hermanos en crisis existencial, descubren en carne propia que la rama no es el árbol. Podemos ganarnos muy bien la vida o podemos vivir muy bien. Las dos cosas no son opuestas, pero no se unen naturalmente. Lo que las integra es la sabiduría. Y no venimos dotados de esta herramienta existencial. La incorporaremos, o no, según sea nuestro modo de estar en el mundo.
sergiosinay@gmail.com
miércoles, 29 de septiembre de 2010
21 conselhos das Universidades Harvard e Cambridge de Medicina.
21 conselhos das Universidades Harvard e Cambridge de Medicina.........
Harvard e Cambridge publicaram recentemente um compêndio com 21 Conselhos saudáveis para melhorar a qualidade de vida de forma prática e habitual:
01- Um copo de suco de laranja
Diariamente para aumentar o Ferro e repor a vitamina C.
02- Salpicar canela no café
(mantém baixo o colesterol e estáveis os níveis de açúcar no sangue).
03- Trocar o pãozinho tradicional pelo pão integral
O pão integral tem 4 vezes mais fibra, 3 vezes mais zinco e quase 2 vezes mais Ferro que tem o pão branco.
04- Mastigar os vegetais por mais tempo.
Isto aumenta a quantidade de químicos anticancerígenos liberados no corpo. Mastigar libera sinigrina. E quanto menos se cozinham os vegetais, melhor efeito preventivo têm.
05- Adotar a regra dos 80%:
Servir-se menos 20% da comida que costuma comer, evita transtornos gastrintestinais, prolonga a vida e reduz o risco de diabetes e ataques de coração.
06- LARANJA: o futuro está na laranja,que reduz em 30% o risco de câncer de pulmão.
07- Fazer refeições coloridas como o arco-íris .
Comer DIARIAMENTE, uma variedade de vermelho, laranja, amarelo, verde, roxo e branco em frutas e vegetais, cria uma melhor mistura de antioxidantes, vitaminas e minerais.
08- Comer pizza, macarronada ou qualquer outra coisa com molho de tomate.
Mas escolha as pizzas de massa fininha. O Licopeno, um antioxidante dos tomates pode inibir e ainda reverter o crescimento dos tumores; e ademais é melhor absorvido pelo corpo quando os tomates estão em molhos para massas ou para pizza .
09- Limpar sua escova de dentes e trocá-la regularmente.
As escovas podem espalhar gripes e resfriados e outros germes. Assim, é recomendado lavá-las com água quente pelo menos quatro vezes à semana
(aproveite o banho no chuveiro), sobretudo após doenças, quando devem ser mantidas separadas de outras escovas.
10- Realizar atividades que estimulem a mente e fortaleçam sua memória...
Faça alguns testes ou quebra-cabeças, palavras-cruzadas, aprenda um idioma, alguma habilidade nova... Leia um livro e memorize parágrafos; escreva, estude, aprenda.
Sua mente agradece e seus amigos também, pois é interessante conversar com alguém que tem assunto.
11- Usar fio dental e não mastigar chicletes.
Acreditem ou não, uma pesquisa deu como resultado que as pessoas que mastigam chicletes têm mais possibilidade de sofrer de arteriosclerose, pois tem os
vasos sanguíneos mais estreitos, o que pode preceder a um ataque do coração. Usar fio dental pode acrescentar seis anos a sua idade biológica porque remove as bactérias que atacam aos dentes e o corpo.
12- Rir.
Uma boa gargalhada é um 'mini-workout', um pequeno exercício físico: 100 a 200 gargalhadas equivalem a 10 minutos de corrida. Baixa o estresse e acorda células naturais de defesa e os anticorpos.
13- Não descascar com antecipação.
Os vegetais ou frutas, sempre frescos, devem ser cortados e descascados na hora em que forem consumidos. Isso aumenta os níveis de nutrientes contra o câncer. Sucos de fruta têm que ser tomados assim que são preparados.
14- Ligar para seus parentes/pais de vez em quando.
Um estudo da Faculdade de Medicina de Harvard concluiu que 91% das pessoas que não mantém um laço afetivo com seus entes queridos, particularmente com a mãe, desenvolvem alta pressão, alcoolismo ou doenças cardíacas em idade temporã.
15- Desfrutar de uma xícara de chá.
O chá comum contém menos níveis de antioxidantes que o chá Verde, e beber só uma xícara diária desta infusão diminui o risco de doenças coronárias. Cientistas israelenses também concluíram que beber chá aumenta a sobrevida depois de ataques ao coração.
16- Ter um animal de estimação.
As pessoas que não têm animais domésticos sofrem mais de estresse e visitam o médico regularmente, dizem os cientistas da Cambridge University. Os mascotes fazem você sentir-se otimista, relaxado e isso baixa a pressão do sangue.
Os cães são os melhores, mas até um peixinho dourado pode causar um bom resultado.
17- Colocar tomate ou verdura frescas no sanduíche.
Uma porção de tomate por dia baixa o risco de doença coronária em 30%, segundo cientistas da Harvard Medical School; vantagens outras são conseguidas atráves de verduras frescas.
18- Reorganizar a geladeira.
As verduras em qualquer lugar de sua geladeira perdem substâncias nutritivas, porque a luz artificial do equipamento destrói os flavonóides que combatem o câncer que todo vegetal tem. Por isso, é melhor usar á área reservada a ela, aquela caixa bem embaixo ou guardar em um tupperware escuro e bem fechado.
19- Comer como um passarinho.
A semente de girassol e as sementes de sésamo nas saladas e cereais são nutrientes e antioxidantes. E comer nozes entre as refeições reduz o risco de diabetes.
20- Uma banana por dia quase dispensa o médico, vejamos: " Pesquisa da Universidade de Berkeley”.
A banana previne a anemia, a tensão arterial alta, melhora a capacidade mental, cura ressacas, alivia azia, acalma o sistema nervoso, alivia TPM, reduz risco de infarto, e tantas outras coisas mais, então, é ou não é um remédio natural contra várias doenças?
21- e, por último, um mix de pequenas dicas para alongar a vida:
-comer chocolate. Duas barras por semana estendem um ano a vida. O amargo é fonte de ferro, magnésio e potássio..
- pensar positivamente. Pessoas otimistas podem viver até 12 anos mais que os pessimistas, que, além disso, pegam gripes e resfriados mais facilmente, são menosqueridos e mais amargos.
- ser sociável. Pessoas com fortes laços sociais ou redes de amigos têm vidas mais saudáveis que as pessoas solitárias ou que só têm contato com a família.
- conhecer a si mesmo. Os verdadeiros crentes e aqueles que priorizam o 'ser' sobre o 'ter' têm 35% de probabilidade de viver mais tempo, e de ter qualidade de vida...
'Não parece tão sacrificante, não é verdade? Uma vez incorporados, os conselhos facilmente tornam-se hábitos...
É exatamente o que diz uma certa frase de Sêneca:
'Escolha a melhor forma de viver e o costume a tornará agradável'!
"Crie bons hábitos e torne-se escravo deles, como costumamos ser dos maus hábitos".
Harvard e Cambridge publicaram recentemente um compêndio com 21 Conselhos saudáveis para melhorar a qualidade de vida de forma prática e habitual:
01- Um copo de suco de laranja
Diariamente para aumentar o Ferro e repor a vitamina C.
02- Salpicar canela no café
(mantém baixo o colesterol e estáveis os níveis de açúcar no sangue).
03- Trocar o pãozinho tradicional pelo pão integral
O pão integral tem 4 vezes mais fibra, 3 vezes mais zinco e quase 2 vezes mais Ferro que tem o pão branco.
04- Mastigar os vegetais por mais tempo.
Isto aumenta a quantidade de químicos anticancerígenos liberados no corpo. Mastigar libera sinigrina. E quanto menos se cozinham os vegetais, melhor efeito preventivo têm.
05- Adotar a regra dos 80%:
Servir-se menos 20% da comida que costuma comer, evita transtornos gastrintestinais, prolonga a vida e reduz o risco de diabetes e ataques de coração.
06- LARANJA: o futuro está na laranja,que reduz em 30% o risco de câncer de pulmão.
07- Fazer refeições coloridas como o arco-íris .
Comer DIARIAMENTE, uma variedade de vermelho, laranja, amarelo, verde, roxo e branco em frutas e vegetais, cria uma melhor mistura de antioxidantes, vitaminas e minerais.
08- Comer pizza, macarronada ou qualquer outra coisa com molho de tomate.
Mas escolha as pizzas de massa fininha. O Licopeno, um antioxidante dos tomates pode inibir e ainda reverter o crescimento dos tumores; e ademais é melhor absorvido pelo corpo quando os tomates estão em molhos para massas ou para pizza .
09- Limpar sua escova de dentes e trocá-la regularmente.
As escovas podem espalhar gripes e resfriados e outros germes. Assim, é recomendado lavá-las com água quente pelo menos quatro vezes à semana
(aproveite o banho no chuveiro), sobretudo após doenças, quando devem ser mantidas separadas de outras escovas.
10- Realizar atividades que estimulem a mente e fortaleçam sua memória...
Faça alguns testes ou quebra-cabeças, palavras-cruzadas, aprenda um idioma, alguma habilidade nova... Leia um livro e memorize parágrafos; escreva, estude, aprenda.
Sua mente agradece e seus amigos também, pois é interessante conversar com alguém que tem assunto.
11- Usar fio dental e não mastigar chicletes.
Acreditem ou não, uma pesquisa deu como resultado que as pessoas que mastigam chicletes têm mais possibilidade de sofrer de arteriosclerose, pois tem os
vasos sanguíneos mais estreitos, o que pode preceder a um ataque do coração. Usar fio dental pode acrescentar seis anos a sua idade biológica porque remove as bactérias que atacam aos dentes e o corpo.
12- Rir.
Uma boa gargalhada é um 'mini-workout', um pequeno exercício físico: 100 a 200 gargalhadas equivalem a 10 minutos de corrida. Baixa o estresse e acorda células naturais de defesa e os anticorpos.
13- Não descascar com antecipação.
Os vegetais ou frutas, sempre frescos, devem ser cortados e descascados na hora em que forem consumidos. Isso aumenta os níveis de nutrientes contra o câncer. Sucos de fruta têm que ser tomados assim que são preparados.
14- Ligar para seus parentes/pais de vez em quando.
Um estudo da Faculdade de Medicina de Harvard concluiu que 91% das pessoas que não mantém um laço afetivo com seus entes queridos, particularmente com a mãe, desenvolvem alta pressão, alcoolismo ou doenças cardíacas em idade temporã.
15- Desfrutar de uma xícara de chá.
O chá comum contém menos níveis de antioxidantes que o chá Verde, e beber só uma xícara diária desta infusão diminui o risco de doenças coronárias. Cientistas israelenses também concluíram que beber chá aumenta a sobrevida depois de ataques ao coração.
16- Ter um animal de estimação.
As pessoas que não têm animais domésticos sofrem mais de estresse e visitam o médico regularmente, dizem os cientistas da Cambridge University. Os mascotes fazem você sentir-se otimista, relaxado e isso baixa a pressão do sangue.
Os cães são os melhores, mas até um peixinho dourado pode causar um bom resultado.
17- Colocar tomate ou verdura frescas no sanduíche.
Uma porção de tomate por dia baixa o risco de doença coronária em 30%, segundo cientistas da Harvard Medical School; vantagens outras são conseguidas atráves de verduras frescas.
18- Reorganizar a geladeira.
As verduras em qualquer lugar de sua geladeira perdem substâncias nutritivas, porque a luz artificial do equipamento destrói os flavonóides que combatem o câncer que todo vegetal tem. Por isso, é melhor usar á área reservada a ela, aquela caixa bem embaixo ou guardar em um tupperware escuro e bem fechado.
19- Comer como um passarinho.
A semente de girassol e as sementes de sésamo nas saladas e cereais são nutrientes e antioxidantes. E comer nozes entre as refeições reduz o risco de diabetes.
20- Uma banana por dia quase dispensa o médico, vejamos: " Pesquisa da Universidade de Berkeley”.
A banana previne a anemia, a tensão arterial alta, melhora a capacidade mental, cura ressacas, alivia azia, acalma o sistema nervoso, alivia TPM, reduz risco de infarto, e tantas outras coisas mais, então, é ou não é um remédio natural contra várias doenças?
21- e, por último, um mix de pequenas dicas para alongar a vida:
-comer chocolate. Duas barras por semana estendem um ano a vida. O amargo é fonte de ferro, magnésio e potássio..
- pensar positivamente. Pessoas otimistas podem viver até 12 anos mais que os pessimistas, que, além disso, pegam gripes e resfriados mais facilmente, são menosqueridos e mais amargos.
- ser sociável. Pessoas com fortes laços sociais ou redes de amigos têm vidas mais saudáveis que as pessoas solitárias ou que só têm contato com a família.
- conhecer a si mesmo. Os verdadeiros crentes e aqueles que priorizam o 'ser' sobre o 'ter' têm 35% de probabilidade de viver mais tempo, e de ter qualidade de vida...
'Não parece tão sacrificante, não é verdade? Uma vez incorporados, os conselhos facilmente tornam-se hábitos...
É exatamente o que diz uma certa frase de Sêneca:
'Escolha a melhor forma de viver e o costume a tornará agradável'!
"Crie bons hábitos e torne-se escravo deles, como costumamos ser dos maus hábitos".
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