viernes, 27 de agosto de 2010

Eternidade - por Chico Xavier

O que eu tenho não me pertence
embora faça parte de mim.
Tudo o que sou me foi um dia emprestado
pelo Criador, para que eu possa dividir com
aqueles que entram na minha vida.

Ninguém cruza nosso caminho
por acaso e nós não entramos na
vida de alguém sem nenhuma razão.

Há muito o que dar e o que receber;
há muito o que aprender, com
experiências boas ou negativas.

É isso...tente ver as coisas negativas que
acontecem com você como algo que
acontece por uma razão precisa.
E não se lamente pelo ocorrido, além de
não servir de nada reclamar, isso vai lhe
vendar os olhos para continuar seu caminho.

Quando não conseguimos tirar da
cabeça que alguém nos feriu, estamos
somente reavivando a ferida, tornando-a
muitas vezes bem maior do que era no início.
Nem sempre as pessoas nos ferem voluntariamente.
Muitas vezes somos nós que nos sentimos
feridos e a pessoa nem mesmo percebeu;
e nos sentimos decepcionados porque
aquela pessoa não correspondeu às
nossas expectativas.

Às nossas expectativas!!!
E sabemos lá quais eram as suas expectativas?
Nós tanto nos decepcionamos quanto
decepcionamos os outros.

Mas, claro, é bem mais fácil pensar nas
coisas que nos atingem.
Quando alguém lhe disser que o
magoou sem intenção, acredite nela!
Vai lhe fazer bem. Assim, talvez ela
poderá entender quando você, sinceramente,
disser que “foi sem querer.”

Dê de você mesmo o quanto puder!
Sabe, quando você se for, a única
coisa que vai deixar é a lembrança
do que fez aqui.

Seja bom, tente dar sempre o primeiro passo,
nunca negue uma ajuda ao seu alcance,
perdoe e dê de você mesmo.
SEJA UMA BENÇÃO!

Deus não vem em pessoa para abençoar.
Ele usa os que estão aqui dispostos a cumprir essa missão.
Todos nós podemos ser anjos.

A eternidade está nas mãos de todos nós.
Viva de maneira que quando você se for, muito de você ainda
fique naqueles que tiveram a boa
ventura de encontrá-lo!!!

Autor: Chico Xavier

jueves, 26 de agosto de 2010

La santa del basural - por Alina Diaconu

Hoy, en el Día de la Solidaridad, se cumplen cien años del nacimiento de la Madre Teresa
La santa del basural
Alina Diaconu
Para LA NACION
Jueves 26 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa


Un sari blanco con bordes azules, una cruz abrochada sobre el hombro izquierdo y un par de sandalias que había encontrado en la basura y que le duraron muchos años -según lo contó ella misma- fueron las pertenencias y el sello externo de la Madre Teresa de Calcuta, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 100 años y en cuya memoria se celebra el Día Nacional de la Solidaridad.
"Nosotras estamos siempre listas para responder ?presente´. Y esto no es difícil cuando no se tiene gran cosa de equipaje: una colchoneta tan delgada que se lleva bajo el brazo, dos saris, un par de sandalias y un pedazo de jabón. A esto se reduce nuestro ajuar", manifestó en una de sus conferencias la Madre Teresa. Para ella, la pobreza fue libertad, estar desapegada de lo material y, por lo tanto, estar disponible para los demás. Citaba a menudo las palabras de Sócrates: "¡Cuántas cosas no necesito! Qué libre me siento sin ellas!"
De su larga vida (26 de agosto de 1910-5 de septiembre de 1997) se sabe que nació en Skopje, capital de la Albania de entonces, en los Balcanes; que era la menor de tres hermanos y que su nombre era Gonxha (en latín sería Agnes y en castellano, Inés). Sus padres fueron Nicollë Bojaxhiu y Drana Bernai. Quedó huérfana de padre a los ocho años y la estrechez económica signó su vida desde pequeña. Desde chica también sintió devoción por la Virgen de Letnice (Montenegro), el llamado de Cristo y la necesidad de servicio. A los 18 dejó su país natal, viajó a la India y entró en el Instituto de las Hermanas de Loreto (o Damas Irlandesas) de Calcuta, donde recibió el nombre de María Teresa por Santa Teresa de Lisieux. Calcuta era, según Nehru, "la ciudad-pesadilla" de la India.
Allí enseñó historia y geografía en la Escuela para Mujeres St. Mary, hasta transformarse en directora del centro. Pero recién en 1946, cuando viajaba en un vagón de tren de tercera clase atestado de indios para hacer un retiro en Darjeeling, al pie de los Himalayas, recibió el mensaje de Cristo como una revelación, "Ven y sé mi luz", pidiéndole que "irradiase a las almas su amor" y que fundase una congregación para servir a los más pobres entre los pobres. El 17 de agosto de 1949 la Madre Teresa se puso por vez primera el sari blanco con orlas azules. Así nacieron las Misioneras de la Caridad, que fueron reconocidas oficialmente en 1950.
Con el tiempo se abrieron casas para la congregación no sólo en la India, sino en todo el mundo (más de 700) y hasta en países comunistas como Cuba, Nicaragua y la entonces Unión Soviética .Tuvo varios premios, entre ellos el Padmshri en la India, en 1962, y el Nobel de la Paz en 1979, a cuya cena de gala se negó a asistir, por contrariar su estilo de vida.
Atender amorosamente a los más pobres, a los más enfermos, a los moribundos, a los niños y ancianos de la calle, a los huérfanos, a los expulsados de todas partes (hasta de los hospitales) fue su manera de ver a Cristo en cada persona. "El primer trabajo que hacemos es lavar las caras y los cuerpos -dijo-. La mayoría no sabe lo que es el jabón, les da alegría la espuma?Si las hermanas llegasen a no ver en esos despojos cadavéricos el rostro de Cristo, este trabajo se les haría imposible."
Esto era para ella "el amor en acción". En los años 90 ya habían recogido en las calles de Calcuta más de 54.000 desamparados. Con el tiempo, llegarían a 150.000.
La Madre Teresa decía que tenía cura para la tuberculosis y para la lepra, pero no para el hombre que sufría de soledad, para el que se sentía rechazado y no amado. En su libro sobre la Madre, Profeta de la Paz , el sacerdote español Pedro Arribas Sánchez (quien era su amigo y la llamaba "la santa del basural") cuenta la respuesta que Teresa le da a una persona que quería viajar a la India para ir a ayudarla en su congregación: "Yo te aconsejo que no malgastes tu dinero y que el importe del boleto lo dediques a los pobres de tu país. Porque es fácil amar a la gente que vive lejos, pero no es tan fácil amar a aquellos que viven a nuestro lado".
Dominique Lapierre, el autor francés de La ciudad de la alegría , escribió: "¿Quién no recuerda esas imágenes admirables de la Madre Teresa con un niño en brazos, en la misma línea de fuego de Beirut, entre el silencio de las ametralladoras que ante ella se habían bloqueado imprevistamente? Cada vez que aparecía, traía consigo la esperanza".
Donde había un desastre, inundaciones, guerras, devastación, la Madre Teresa aparecía. Durante su beatificación, el papa Juan Pablo II expresó: "Toda la existencia de la madre Teresa fue un himno a la vida. Sus encuentros diarios con la muerte, con la lepra, con el sida y con todo tipo de sufrimiento humano la hicieron testigo convincente del evangelio de la vida". También el Dalai Lama la apreciaba mucho: "La Madre Teresa fue un ejemplo viviente de la capacidad humana para generar un amor infinito", dijo.
La Madre Teresa sintió una gran atracción por América latina, al que llamó "el continente de la esperanza". Visitó dos veces la Argentina, donde actualmente hay varias casas de las Misioneras de la Caridad (en las provincias de Buenos Aires, Mendoza, Santa Fe y Córdoba).
El monje y maestro budista -argentino de padres japoneses- Gustavo Javier Aoki nos daba hace poco una reflexión sobre la Madre. En el año 1992 se encontraba peregrinando por los ocho lugares sagrados del budismo en la India y se detuvo en Calcuta. Sabiendo que todos los días se podía hallar a la Madre Teresa en la misa de la orden de las Misioneras de la Caridad, la fue a visitar. En el templo había muchos jóvenes occidentales deseosos de ver a una santa. "Yo, por mi parte, quería ver quién era -recuerda-. Al aparecer, se produjo un rumor entre los jóvenes. Mi primera impresión fue la de una buena abuelita cansada. Pero al terminar la misa, el cambio en ella fue sorprendente. Era una mujer llena de energía, que irradiaba luz. La misa, la comunión con Dios, la habían llenado de gracia. La entrega que realizaba hacía de ella un instrumento de Dios. Un medio de la gracia divina, libre de ego."
Carmen Venerandi, una persona dedicada al servicio (más allá de sus estudios de medicina y filosofía), conoció a la Madre Teresa en Zárate, en su segunda visita a nuestro país. Durmió en el mismo cuarto de ella, compartido entre unas ocho mujeres, en la precaria casa que la congregación tenía allí frente al río. En ese entonces la Madre Teresa tendría más de 60 años. "Fue una de esas personas difíciles de olvidar, sobre todo por su mirada -cuenta-. Era muy pequeña, pero muy fuerte, un verdadero tanque, habiendo hecho lo que hizo en un país como la India, siendo mujer y católica. Tenía una de esas miradas que transforman, inducen a la reflexión, una mirada tras la cual una se pregunta ¿quién soy yo? Conocerla marcaba un antes y un después. Parecía una viejita buena, pero era férrea, estricta y no hacía concesiones, sin perder por eso su aspecto femenino y maternal. Cuando entraba en un recinto generaba un gran silencio. Luego, algarabía. Los niños la adoraban. Como todas las demás hermanas, se levantaba a las 4.30 de la mañana, oraba, iba a misa, luego desayunaba y después se dedicaba al trabajo. Todas se acostaban a las 22, salvo la Madre que debía hacer cuentas y ocuparse de la correspondencia. Dormía sólo cuatro horas."
Facundo Cabral la conoció en la India. "Pregunté a la Madre Teresa en Calcuta: ¿cuándo descansa? Y me dijo: ?Descanso en el amor´. Le dije: ?Nunca la escuché hablar de política´, y me dijo: ?Yo no puedo darme el lujo de la política, una sola vez me detuve cinco minutos a escuchar a un político y en esos cinco minutos se me murió un viejito en Calcuta´." Y sigue Cabral: "Cada vez que yo entraba a la casa de la Madre Teresa sentía que Dios recién había salido. Una señora, impresionada por verla bañar a un leproso, le dijo: ?Yo no bañaría a un leproso ni por un millón de dólares´. A lo que Teresa contestó: ?Yo tampoco, porque a un leproso sólo se lo puede bañar por amor´".
Al entrar en una capilla de las Hermanas de la Madre Teresa, uno encuentra, sobre la pared de atrás del altar, la frase de Cristo, que es emblema de la congregación: I thirst . (Tengo sed). Ese fue el móvil primordial que llevó a la Madre al servicio del más pobre, enfermo y desamparado, para "apagar así la sed de Jesús en la Cruz".
En un video realizado por dos de sus amigas, Anne y Jeannette Petrie, la Madre Teresa expresa: "Calcuta está en todas partes si tienes ojos para ver". Para nosotros, hoy, en la Argentina, esta frase adquiere una resonancia particular. ¿Tenemos ojos para ver nuestra propia Calcuta?
Por supuesto, nunca faltaron los detractores de esta santa mujer, quienes le reprocharon no haber construido hospitales con las donaciones que recibía en vez de multiplicar las sedes de su congregación en el mundo.
Le pedían que fuera una revolucionaria, pero ella no tenía ideología, sino fe. Su batalla, según lo explicó, era otra. Ella era una religiosa con una enorme sensibilidad social, que dedicó su vida a servir a los pobres y a vivir exactamente igual que ellos, en la pobreza más absoluta.
Le criticaron no haber atacado la raíz de la injusticia social del mundo, poner simplemente "analgésicos contra las dentelladas de un capitalismo feroz". Ella respondió con aquella famosa frase: "Nuestra obra es solamente una pequeña gota en el océano. Pero si no existiéramos, el océano tendría una gota menos". También aclaró: "Yo empecé recogiendo a una sola persona?Una vida salvada, una persona rescatada de la muerte es una victoria muy importante. (?)Yo he sido llamada para ayudar a los individuos, para amar a cada persona, no a cambiar las estructuras. (?) Para combatir el flagelo del hambre, de la violencia, de la soledad, de poco valen bellos discursos, las soluciones idealistas, los programas a corto o a largo plazo elaborados en las oficinas burocráticas. La solución hay que buscarla por la línea del compromiso personal y de la acción inmediata. La indiferencia y el egoísmo de nuestros contemporáneos seguirán agravando el calvario de los inocentes".
La Madre Teresa creía profundamente que lo que había que hacer era cambiar al ser humano, su transformación interior ("El sufrimiento de unos es atribuible a la avaricia de otros"). Esto nos recuerda también aquel pensamiento de Gandhi, quien afirmaba que lo que le falta a uno le sobra a otro.
Ver a Cristo en cada enfermo, en cada moribundo, en cada desahuciado y en cada persona coincide también con la visión hinduista de creer que Dios no está fuera de nosotros, sino dentro de nosotros mismos. A esa chispa divina que habita en nuestro interior, y que algunos llaman "alma", la Madre Teresa le dedicó su vida con una fogata de altruismo y de compasión.

La autora es escritora. Avatar y Ensayo general son sus libros más recientes.
© LA NACION

miércoles, 18 de agosto de 2010

El arte de estar presente - Por Sergio Sinay

Oxígeno / Diálogos del alma
El arte de estar presente
Por Sergio Sinay
Domingo 15 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa


Señor Sinay: días atrás caminaba por la calle y veía poca gente feliz. La mayoría iba apurada o gesticulaba, de forma que se notaba que no estaba contenta. A la salida de un colegio vi a varias madres con sus hijos, y la mitad de ellas estaba apurada o sólo simulaba escuchar a su hijo que le contaba las aventuras del día. Pensé que no disfrutamos de la vida como deberíamos. ¿Sabemos el significado de vivir? Creo que lo sabemos, pero nunca nos lo preguntamos.
Juana Martinez
Salimos a un mundo repleto de dudas sin respuestas y nos decimos "hay que vivir cada día como si fuera el último". Intentamos cumplir nuestros deseos y lograr todo lo que nos proponemos. Muchos creen que vivir a pleno es destruirse a uno mismo y a lo que los rodea para aprovechar el momento al máximo. ¿Cómo comprender el verdadero significado de vivir a pleno? Soy alumna de un colegio secundario, tengo 16 años y todos los días veo cómo el mundo se viene abajo y pocos se esfuerzan para que no suceda.
Maria Domitila Dellacha

Existen dos maneras, desde mi perspectiva, de vivir cada día como si fuera el último. Una es vivirlo con la desesperación de quien se lamenta de todo lo que no hizo, de lo que no alcanzó, de lo que no dijo, y se propone repararlo en el plazo de unas pocas horas. Las vivirá con angustia, contra reloj, y, aunque alcance a completar la tarea, quizá no encuentre felicidad, sentido ni paz. Otro modo consiste en vivir ese día con plena presencia en cada minuto. Es decir, estando con quien estamos, haciendo lo que hacemos. Si estás con tu hijo, tu amigo, tu pareja, tu padre, tu madre, tu hermano o hermana, estás ahí; no miras el reloj; escuchas; sientes; dices. Si lees el diario, lees el diario y si comes, comes. El último día no tendría que ser diferente de los otros, si los otros han sido días realmente vividos en el presente, sin huir hacia un futuro que siempre escapa.
Cuando al científico y ambientalista Michael Lerner, que trabaja con personas con cáncer, le preguntaron cómo viviría sus días ante el anuncio del final, respondió: "Pasaría tiempo con gente que valoro, leería libros, escribiría mis sentimientos y pensamientos, escucharía música, no perdería tiempo en urgencias ni en viejas obligaciones y mandatos, aceptaría la pena de saber que es el último día, pero celebraría la belleza, la alegría y la sabiduría". Estas maravillosas palabras bien pueden leerse como un proyecto de vida antes que como una despedida. Quien viva de este modo cada día, no pasará grandes angustias en el último, no habrá dejado la verdadera vida para el minuto final y no andará haciendo desesperados y postergados trámites existenciales justo antes de que le cierren la ventanilla.
El estilo de vida ansioso y urgido que describen nuestras preocupadas amigas Juana y María nace de la confusión entre vivir en el presente y vivir en el instante. El instante es fugaz y sin raíces, viene de la nada y se pierde en el vacío. El presente es el punto de encuentro del pasado (cada paso caminado en la vida) con el futuro (el tiempo hacia donde nuestras potencialidades se proyectan). El presente es móvil, cambiante, rico, plástico; cuando estamos de veras en él, nos impregna, enriquece nuestro mundo emocional, agrega material valioso a nuestra memoria, nos prepara mejor para lo que vendrá. En el instante, en cambio, desaparecemos sin concretar nada, sin dejar huellas, sin estar ni aquí ni allá, ni ahora ni después. Hacemos como que estamos, pero no estamos, prestamos la oreja pero no escuchamos, tragamos sin masticar y, por lo tanto, no nos alimentamos; el hambre (hambre de sentido, de presencia, de significado) nos sigue acosando. Hemos llenado nuestro estómago sin habernos nutrido.
Hacia 2002, el maestro espiritual Ram Dass (quien antes de seguir ese camino fue un connotado profesor de Harvard) escribió un luminoso testimonio, llamado Aquí todavía , luego de un episodio de salud que lo tuvo al borde la muerte. Propone allí el arte de hacer una cosa a la vez, de concentrarnos en lo que de veras importa. Lo que importa, si tengo sed, es beber. Si tengo sueño, es dormir. Si amo, es demostrarlo. Si me hablan, es escuchar. Si necesito, es pedir. Si no sé, es preguntar. "En el próximo sorbo de té, la próxima respiración, el próximo paso, el tiempo no existe", escribe Ram Dass. "Cada vez que vivamos plenamente el momento, sentiremos el alivio de estar en el presente eterno." Parece que una vida plena no requiere de misteriosas ni complicadas recetas ni de ansiosas urgencias.

sergiosinay@gmail.com

miércoles, 11 de agosto de 2010

La luz de la palabra - Por Sergio Sinay

Oxígeno / Diálogos del alma
La luz de la palabra
Por Sergio Sinay
Domingo 8 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa

Señor Sinay: tengo 33 años, soy profesora en Letras y creo que, al acercar a las personas a la buena literatura, los libros pueden modificar para bien sus existencias. Tengo una amiga en Mar del Plata con una hija en 4º grado de una escuela pública. La maestra de Lengua les informó a los padres que no enseñará más ortografía, porque son reglas que hay que aprender de memoria, y hoy los chicos se comunican por Facebook, fotolog y mensaje de texto, ámbitos donde no cuenta que escriban bien. Esos chicos mañana tendrán que redactar informes en sus trabajos (o más aún, redactar una carta de presentación para postularse a un empleo), escribir parciales en sus facultades, o tal vez quieran ser periodistas o escritores. ¿Por qué privarlos del gran valor de saber escribir correctamente?
Barbara Bongiovanni
Conservamos papel impreso del año 2000 antes de Cristo, pero no el primer correo electrónico. Tenemos los datos y la cinta magnética, pero el formato se perdió." Esto dice Spencer Weart, físico, historiador de la ciencia y director del Centro de Historia de la Física del American Institute of Physics, de Estados Unidos. Y en la edición de enero de 2007 de la revista Physics World, Robert P. Crease, director del Departamento de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York, se pregunta qué ocurrirá con toda la preciosa información científica, literaria, histórica, psicológica, poética y emocional que llegó hasta nosotros a través de cartas, anotaciones, diarios personales y otras fuentes en las cuales la herramienta esencial fue la escritura. El dato que aporta Weart habla de la banalidad, la inconsistencia y el riesgo que corre la historia humana cuando se endiosa una herramienta (como son las tecnologías de conexión) en desmedro de los contenidos. Y el interrogante de Crease alerta sobre la sombría posibilidad de que una especie, la nuestra, se desprenda de su memoria y se niegue a dejar testimonio de sí misma.
Pablo Picasso decía a sus discípulos que, ante todo, debían saber dibujar una silla tal cual ella es. Sólo entonces estarían en condiciones de representarla del modo en que quisieran (dos líneas, una mancha, etc.). Con la escritura ocurre lo mismo. Antes de abreviar una palabra es necesario saber deletrearla en su totalidad. Para sintetizar una idea hay que tenerla. Las reglas del lenguaje, la ortografía y la sintaxis no son caprichos. Tienen fundamentos cognitivos y culturales, entre otros. En El país que nos habla, Ivonne Bordelois nos recuerda con exquisita sensibilidad que nacemos dentro de una lengua y que ella nos enlaza con todos quienes la hablan, nos da identidad y pertenencia. La lengua se compone de palabras, las palabras son pensamientos (y los pensamientos son palabras). Hay una relación directa entre la armonía, la riqueza, la versatilidad del pensamiento y las palabras que lo expresan.
Bordelois alerta sobre lo que llama una verdadera demolición del lenguaje, consistente en la reducción del léxico, en la creación de giros que no admiten confrontación con la realidad y en la infantilización y reducción del pensamiento crítico. Responsabiliza de esto a los medios. Yo agrego la grave confusión entre conexión y comunicación producida por la explosión de la tecnología conectiva. El lenguaje comunica, lo demás conecta. Puedo ser muy diestro en el manejo de las herramientas tecnológicas y muy pobre en mi vocabulario, en mi capacidad de coordinar las palabras para extraer de ellas toda su potencia, su belleza, su potencial intelectual y emocional. Cuando a Oscar Wilde le contaron que se había inventado algo llamado teléfono, que se usaría para hablar, comentó: "¿Para hablar de qué?". Hoy podríamos preguntar con qué palabras se usarán esas herramientas en donde, según algunos, las reglas de la lengua sobran.
Es comprensible la angustia de nuestra amiga Bárbara. La escritura nació hace unos tres mil años, con los sumerios. Era ideográfica (símbolos y dibujos). Después se hizo fonética, sus signos representaban sonidos. Y hoy es ideosilábica, un sistema alfabético completo que no deja lugar a dudas. La escritura es una construcción humana, fruto de una historia que la propia palabra testimonia y conserva. Si no sabemos para qué sirve un tenedor, ¿cómo y en qué habríamos de usarlo? Si desconocemos las razones del lenguaje acabaremos por emitir sonidos, dibujar signos o apretar teclas. ¿Pero nos estaremos comunicando? ¿Estaremos construyendo nuestra identidad y nuestra memoria? ¿O nos quedaremos a oscuras?

sergiosinay@gmail.com