Oxígeno / Diálogos del alma
Domingo 27 de junio de 2010
Señor Sinay: muchas veces se considera y se cataloga a las personas que no beben vino u otras bebidas alcohólicas como aburridas. No consumo esas bebidas porque no me gustan y soy una persona sumamente sociable. Aunque busco, promuevo y vivo a pleno los momentos de sociabilidad, con frecuencia soy juzgada y debo explicar públicamente por qué no bebo alcohol. Siento la represión social frente a un acto de voluntad, de deseo, de libertad. Percibo que el alcohol no siempre se consume por placer y que muchas personas con dificultades de socialización lo utilizan como recurso individual para poder adaptarse a los parámetros que predominan en las reuniones sociales. Estas actitudes de intolerancia me hacen pensar en las dificultades que tenemos como sociedad para respetar al otro y aceptar las diferencias. Si trasladamos este hecho de la vida privada a la vida pública podríamos entender por qué nos cuesta tanto sostener y consolidar nuestra democracia.
Sofia Gol
Podemos comer, dormir, trabajar, reproducirnos. Podemos hacerlo durante muchos años y parecer satisfechos. Pero la vida humana es más que eso, tiene un sentido que cada persona debe descubrir en su propio viaje existencial. ¿Debe? ¿Dónde está escrito así? Hay quienes discuten que haya un sentido en la vida. Sin embargo, cuando sólo nos limitamos a cumplir con lo vegetativo nos acompaña un constante, sutil y profundo malestar. "Por más que tengamos todos los bienes deseados podemos sentirnos vacíos. Estoy seguro de que el motivo de nuestros desvelos no es tanto el miedo a la muerte como el temor a que nuestra vida no haya trascendido en el mundo", escribe el rabino Harold Kushner, en Cuando nada te basta . ¿Qué es trascender? Ir más allá de de uno, encontrarse de algún modo con los otros, dejar, gracias a ese encuentro (que puede darse de mil maneras diferentes) una huella en el mundo.
La trascendencia de cada vida es algo a plasmar por quien la vive. Cuando la tarea no se asume, sobreviene la angustia. El sentido que anida en cada vida es la fuente de los valores. Si no hay sentido, nada vale. O, peor, vale todo. La angustia ante la tarea existencial postergada, lleva a buscar analgésicos de efecto rápido. Los bienes materiales, el consumo, la diversión compulsiva. Todos, considerados como fines en sí. Fines que, una vez alcanzados, se disuelven, no entregan respuesta a la pregunta de fondo. La vida, entonces, se hace líquida, como acertadamente la describe el sociólogo polaco Zygmunt Bauman a lo largo de su obra ( Vida líquida , El amor líquido , La globalización , Vidas de consumo , entre otros títulos). Nada permanece, se necesita siempre más. La respuesta no aparece, la angustia avanza.
"Un tercio de mis pacientes no padece de una neurosis definible en términos clínicos, sino que sufre por la insensatez y la futilidad de sus vidas", informaba Carl Jung en El hombre moderno en busca de su alma . "Esta es la neurosis general de nuestros tiempos". Aparecen ofertas oportunistas de escape a la angustia. El alcohol es una. Si hay un sabor que el alcohol no tiene, es el del encuentro. Nadie se encuentra con el otro en medio del vaho etílico. Consumido compulsivamente en cantidades industriales, el alcohol aísla a cada quien en su más dolorosa soledad, anula la memoria de quién se es, qué se busca y a qué se pertenece. Cuando una sociedad no puede divertirse sin alcohol (o sin otras sustancias) quizás ha debilitado gravemente los lazos entre sus miembros, y un gran número de éstos necesita una densa neblina que le impida mirar adentro de sí, observar al otro, conectarse con él. El alcohol remplaza al diálogo, a la experiencia compartida, al acompañamiento real en búsquedas sinérgicas, a la cooperación existencial. Soledades angustiadas beben simultáneamente. Quien no se suma, anuncia con su actitud que hay otras formas de divertirse, concientes del encuentro, forjando un vínculo, trascendiendo. Y molesta. Tiene que ser descalificado, es "aburrido", "amargo", "reprimido". Curiosa proyección, ya que quienes sólo se divierten con alcohol han de ser muy aburridos cuando falta esa bebida. Muy reprimidos, si sólo pueden expresarse cuando el alcohol les anula la conciencia. Y autoritarios, como dice nuestra amiga Sofía, si imponen el suyo como único camino. Hay formas amigables de celebrar con alcohol, verdaderos rituales de amistad. Y hay muchas fuentes donde beber, sin alcohol, el néctar de la diversión y del encuentro Acaso, después de todo, se bebe como se vive.
sergiosinay@gmail.com
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