Oxígeno / Diálogos del alma
La luz de la palabra
Por Sergio Sinay
Domingo 8 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: tengo 33 años, soy profesora en Letras y creo que, al acercar a las personas a la buena literatura, los libros pueden modificar para bien sus existencias. Tengo una amiga en Mar del Plata con una hija en 4º grado de una escuela pública. La maestra de Lengua les informó a los padres que no enseñará más ortografía, porque son reglas que hay que aprender de memoria, y hoy los chicos se comunican por Facebook, fotolog y mensaje de texto, ámbitos donde no cuenta que escriban bien. Esos chicos mañana tendrán que redactar informes en sus trabajos (o más aún, redactar una carta de presentación para postularse a un empleo), escribir parciales en sus facultades, o tal vez quieran ser periodistas o escritores. ¿Por qué privarlos del gran valor de saber escribir correctamente?
Barbara Bongiovanni
Conservamos papel impreso del año 2000 antes de Cristo, pero no el primer correo electrónico. Tenemos los datos y la cinta magnética, pero el formato se perdió." Esto dice Spencer Weart, físico, historiador de la ciencia y director del Centro de Historia de la Física del American Institute of Physics, de Estados Unidos. Y en la edición de enero de 2007 de la revista Physics World, Robert P. Crease, director del Departamento de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York, se pregunta qué ocurrirá con toda la preciosa información científica, literaria, histórica, psicológica, poética y emocional que llegó hasta nosotros a través de cartas, anotaciones, diarios personales y otras fuentes en las cuales la herramienta esencial fue la escritura. El dato que aporta Weart habla de la banalidad, la inconsistencia y el riesgo que corre la historia humana cuando se endiosa una herramienta (como son las tecnologías de conexión) en desmedro de los contenidos. Y el interrogante de Crease alerta sobre la sombría posibilidad de que una especie, la nuestra, se desprenda de su memoria y se niegue a dejar testimonio de sí misma.
Pablo Picasso decía a sus discípulos que, ante todo, debían saber dibujar una silla tal cual ella es. Sólo entonces estarían en condiciones de representarla del modo en que quisieran (dos líneas, una mancha, etc.). Con la escritura ocurre lo mismo. Antes de abreviar una palabra es necesario saber deletrearla en su totalidad. Para sintetizar una idea hay que tenerla. Las reglas del lenguaje, la ortografía y la sintaxis no son caprichos. Tienen fundamentos cognitivos y culturales, entre otros. En El país que nos habla, Ivonne Bordelois nos recuerda con exquisita sensibilidad que nacemos dentro de una lengua y que ella nos enlaza con todos quienes la hablan, nos da identidad y pertenencia. La lengua se compone de palabras, las palabras son pensamientos (y los pensamientos son palabras). Hay una relación directa entre la armonía, la riqueza, la versatilidad del pensamiento y las palabras que lo expresan.
Bordelois alerta sobre lo que llama una verdadera demolición del lenguaje, consistente en la reducción del léxico, en la creación de giros que no admiten confrontación con la realidad y en la infantilización y reducción del pensamiento crítico. Responsabiliza de esto a los medios. Yo agrego la grave confusión entre conexión y comunicación producida por la explosión de la tecnología conectiva. El lenguaje comunica, lo demás conecta. Puedo ser muy diestro en el manejo de las herramientas tecnológicas y muy pobre en mi vocabulario, en mi capacidad de coordinar las palabras para extraer de ellas toda su potencia, su belleza, su potencial intelectual y emocional. Cuando a Oscar Wilde le contaron que se había inventado algo llamado teléfono, que se usaría para hablar, comentó: "¿Para hablar de qué?". Hoy podríamos preguntar con qué palabras se usarán esas herramientas en donde, según algunos, las reglas de la lengua sobran.
Es comprensible la angustia de nuestra amiga Bárbara. La escritura nació hace unos tres mil años, con los sumerios. Era ideográfica (símbolos y dibujos). Después se hizo fonética, sus signos representaban sonidos. Y hoy es ideosilábica, un sistema alfabético completo que no deja lugar a dudas. La escritura es una construcción humana, fruto de una historia que la propia palabra testimonia y conserva. Si no sabemos para qué sirve un tenedor, ¿cómo y en qué habríamos de usarlo? Si desconocemos las razones del lenguaje acabaremos por emitir sonidos, dibujar signos o apretar teclas. ¿Pero nos estaremos comunicando? ¿Estaremos construyendo nuestra identidad y nuestra memoria? ¿O nos quedaremos a oscuras?
sergiosinay@gmail.com
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