lunes, 27 de junio de 2011

La cadencia del amor - por Sergio Sinay

Oxígeno / Diálogos del alma

La cadencia del amor
Por Sergio Sinay

Domingo 26 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa

Señor sinay: reflexionando sobre el hallazgo del amor en la edad madura, y revisando las distintas experiencias de las personas en este tema, mi inquietud pasa por esas necesidades latentes que tenemos todos y que a veces no se expresan durante años. Como ejemplo, puede uno construir un vínculo de pareja de 25 años, que le da hijos y estabilidad, y, de pronto, sintonizar con otra persona en cuestión de días, como si la sintonía de un dial finalmente hiciera claro el sonido del programa de radio. Lo impactante es que ese sentimiento no le había sido develado siquiera al que lo siente, sólo en el contacto con ese nuevo amor. ¿Esta vivencia se relaciona con el desgaste natural de una larga relación? ¿O será que todos guardamos un secreto muy íntimo que se activa, a veces, en una edad y momento en apariencia inoportunos? ¿Pueden considerarse distintas clases de amor, todas válidas?
Irene P. Hippe, 50 años.

Nuestro planeta tiene 7 mil millones de habitantes, todos distintos. No hay dos iguales. Toda relación se dará, entonces, entre individuos diferentes. Y en esas diferencias reside el potencial del amor. Norberto Levy, médico y psicoterapeuta que abrió el campo de la autoasistencia psicológica, reflexiona en Aprendices del amor: "Una de las leyes que el amor conoce es que la parte puede estar bien en la medida en que el conjunto al que esa parte pertenece también lo esté. Un miembro de la pareja puede estar bien en la medida en que la estructura pareja lo esté". Esa es la cuestión. Integrar la diversidad en un todo armonioso que se potencie a sí mismo. Para cada pareja esta tarea es única y propia, por lo tanto cada relación de amor es singular. Cuando una persona permanece demasiado tiempo en un todo inarmónico es muy posible que se active eso que nuestra amiga Irene llama "un secreto muy íntimo".
Dicho así parecería que algo mágico ocurre y disipa la penumbra afectiva. Sin embargo, yo no lo llamaría "hallazgo del amor". En mi opinión, el amor no es algo que se halla, como quien tropieza inesperadamente con una piedra preciosa. El amor es una construcción, el fruto de una secuencia de actitudes mutuas y recíprocas entre dos personas. Actitudes que incluyen miradas nuevas sobre el compañero o compañera de siempre, capacidad de escucha receptiva y hospitalaria hacia él o hacia ella, palabras que incluyen pedidos claros respecto de las propias necesidades y ofrecimientos empáticos y comprensivos en cuanto a las del otro. El amor no se resume en formalismos (construir una familia, mantenerla materialmente abastecida, cumplir con expectativas sociales y familiares, asegurarse contra los imprevistos) ni en formulismos (aplicar recetas de experiencias ajenas y esperar resultados automáticos). Crece a través de obstáculos y conflictos inherentes a la vida, se templa en la confrontación con los mismos y hace de esas instancias un punto de reconocimiento entre quienes se aman. Les permite volver a conocerse (una vez más, pero no la última) bajo una luz inédita. No aparece de pronto y consumado. Se cuece a fuego lento, necesita espacio, paciencia, aceptación. Distinto es el enamoramiento, esa explosión emocional hecha de idealización, ilusión y desconocimiento.
Toda relación tiene un desgaste natural, puesto que es un organismo vivo. Pero si sólo nos quedáramos con eso, estaría condenada desde su mismo inicio. Pero un vínculo en el que hay actitudes amorosas tiene también una renovación natural. Tendemos a quedarnos (bebiendo en alguna literatura, cine, telenovelas y cierta psicología circulante) con la idea del desgaste y no con la renovación. Creemos que el gran amor nos espera afuera del vínculo y no en la cotidianidad del mismo. Hasta que el gran amor se hace, a su vez, cotidiano, real, y se desgasta. Sin duda hay deterioros irreversibles en muchas relaciones. Pero no se resuelven con el parche de un nuevo amor. Una construcción amorosa no se da instantáneamente, y menos aún sobre los restos humeantes del vínculo anterior. Se foguea en el conocimiento, en la aceptación de diferencias aún desconocidas (o en su rechazo irremediable), en la confrontación de situaciones difíciles, en la forja de proyectos comunes que no anulen espacios individuales. A ninguna edad el amor nace de un repollo. Requiere espera y compromiso, huye de la ansiedad y de la magia. Hay distintas experiencias del amor, pero ninguna prescinde del tiempo, de las actitudes, del conocimiento mutuo entre quienes se aman. El perfil del verdadero amor es bajo y tiene raíces profundas, está en el fondo quieto del río, no en su veloz y turbulenta superficie.

sergiosinay@gmail.com

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