lunes, 19 de septiembre de 2011

Los hijos crecen y aman por Sergio Sinay

Oxígeno / Diálogos del alma

Los hijos crecen y aman
Por Sergio Sinay | Para LA NACION

Mail: sergiosinay@gmail.com |

Señor sinay: Me interesa conocer su opinión acerca de las tantas y actuales relaciones de pareja en las que vemos chicas adolescentes (de 25 años) con hombres que las duplican en edad. Después de haber hablado todo con ella, la relación continúa. ¿Cómo actuaría, como padre de la adolescente, en una situación semejante? Gracias por su comentario, sea a favor o no.
Veronica Gurmendi

El inconsciente colectivo, tal como lo describió Carl Jung, padre de la psicología profunda, es una suerte de plataforma submarina que todos compartimos y de la cual asomamos como islas o continentes que sólo en apariencia están desligados. Más allá de nuestra individualidad hay contenidos de nuestra psiquis que son comunes a la especie y que se repiten a lo largo de las generaciones. Son los arquetipos. El ánima, explicó Jung, es la imagen de lo femenino que anida en el inconsciente de cada hombre. Y el ánimus, el equivalente masculino en el inconsciente de cada mujer. Estos dos arquetipos guían, de algún modo, el encuentro entre las personas de ambos sexos. Cuanto menos conozca cada hombre a su ánima (o cuanto más la niegue, creyendo que la masculinidad se afirma eliminando cualquier vestigio femenino en su propio ser), más dependerá de una mujer que la represente. Cuanto menos contacto tenga una mujer con su ánimus, más estará a expensas de un varón que lo encarne. Y, por fin, en la medida en que más y mejor contacto cada quien tome con estos aspectos, mejores, más claras y trascendentes relaciones podrá establecer con hombres y mujeres de carne y hueso.

Desde que conocemos esto, ya no podemos despachar con tanta simpleza lo que llamamos masculino o femenino ni establecer tan alegremente lo que un hombre o una mujer deben ser o hacer. Toda relación de amor encierra como ingrediente el diálogo silencioso, la danza secreta, entre el ánima y el ánimus de los amados amantes. No es sencillo, entonces, juzgar el vínculo entre un hombre y una mujer ni, mucho menos, reducirlo a cuestiones de edad, origen, pertenencia, etcétera. "Contrariamente a lo que dice la sabiduría popular, muchos hombres en la mitad de la vida se sienten atraídos por mujeres más jóvenes, no porque quieran recuperar su juventud, sino porque necesitan confirmar su madurez", afirma la psicoterapeuta Nancy Mayer en Los mejores años del varón, clásico estudio sobre la crisis de la mediana edad. Desaprobar una relación sólo por cuestiones de edad nos llevaría a suponer que la igualdad en años garantiza mutua comprensión, empatía, capacidad de concretar sueños comunes, respeto, cooperación, diálogo, aceptación e integración de las diferencias. Pero no es tan simple. Antes, sería preferible observar y preguntarse cómo se tratan los miembros de una pareja, de qué manera comparten sus momentos, cómo se sienten con el otro. La incomprensión, el desamor, el maltrato, la indiferencia, la manipulación, la deslealtad surgen a cualquier edad, lo mismo que la escucha receptiva, el acompañamiento, el reconocimiento, la admiración y la valoración mutuos. Depende de las personas, de su vínculo y de razones íntimas que sólo a ellas les pertenecen. También del lazo entre sus ánima y ánimus.

Y, ya que viene al caso, conviene revisar nuestros conceptos sobre la adolescencia. A los 25 años se es inexorablemente adulto. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma en sus estudios que la adolescencia termina a los 19 años, cumplidos los procesos de maduración física y cognitiva que corresponden a esa etapa. Si llamamos adolescente a una persona de 25 años, quizá no advertimos que creció (un modo de no aceptar nuestro propio envejecimiento). No le reconocemos su autonomía y no nos desapegamos como padres. Para fluir, el amor (filial, paternal y de pareja) requiere desapego. Si hemos cumplido nuestra función de guías, referentes y transmisores de valores, habremos criado y educado a una persona capaz de valerse, decidir y hacerse cargo por sí misma de sus elecciones. ¿No confiamos en el fruto de nuestra labor? Si fuera así, el problema es nuestro. Y si confiamos, al hablar de una mujer de 25 años que tiene un vínculo con un hombre mayor que ella, podremos verla y respetarla, simplemente, como a una mujer enamorada. ¿Por qué sería más aceptable su relación si ella tuviera el doble de la edad que tiene o si su enamorado fuera de la misma edad de ella? ¿Sólo por una cuestión cronológica? Una prueba de fuego para los padres es siempre comprender y reconocer cuándo nuestros hijos son seres libres, responsables de sus vidas y de sus amores. Al hacerlo, celebramos nuestra propia maduración.

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