Oxígeno / Diálogos del alma
Generosidad en la sangre
Por Sergio Sinay
Domingo 25 de julio de 2010 | Publicado en edición impresa
Señor Sinay: Argentina fue elegida como sede de la celebración del Día Mundial del Donante de Sangre en 2011. Este evento internacional, que se realiza cada 14 de junio, por primera vez ocurrirá en América Latina. Hace falta que el 3 al 5% de la población esté dispuesto y en condiciones de donar por lo menos una vez al año para abastecer la demanda de hemocomponentes. Estamos muy lejos de esta cifra, ya que la inmensa mayoría de nuestros donantes concurren por un pedido puntual, en general de amigos o parientes del paciente que lo necesita. Seguramente habrá explicaciones de por qué una persona está dispuesta a donar sin recibir a cambio más que la satisfacción personal o la consideración de la comunidad. Un cambio cultural se hace a través de las personas, y éstas tienen que comprender la necesidad y actuar en consecuencia. Más allá de las consideraciones referentes al carácter de irreemplazable de la sangre, ya que no se puede fabricar, y de su importancia para salvar vidas, ¿qué movería a las personas a actuar en forma altruista?
Dr. Roberto Jorge Fernandez, Director Medico del Centro Regional de Hemoterapia, Fundacion Hemocentro Buenos Aires
Médicos y enfermeros del Hospital de Stanford, en Estados Unidos, suelen recordar el caso de una nena de nombre Liz, que padecía una enfermedad extraña a la que sólo podría sobrevivir si recibía sangre de su hermano menor, de cinco años, que había superado el mismo mal y había desarrollado anticuerpos. Con sencillez, le explicaron al chico la situación y le preguntaron si estaba dispuesto. Dijo que, si eso salvaba a su hermana, lo haría. Durante la transfusión estaban en camas paralelas. Cuando el niño vio que la cara de Liz tomaba color, preguntó: "¿En qué momento moriré?" Había imaginado que Liz recibiría toda su sangre y que él le donaba, en realidad, su propia vida.
Este hecho, rescatado por Jaume Soler y Mercé Conangla, padres de la ecología emocional (en el libro del mismo nombre), atañe a la generosidad, que el filósofo francés André Comte-Sponville considera como la virtud del don. Cuando uno da lo que necesitan aquellos a quienes conoce o ama, o con quienes comparte parentesco, nacionalidad, ideología, profesión o demás atributos, uno es solidario, señala Comte-Sponville. La solidaridad puede, incluso, imponerse a través de impuestos, de contratos, de campañas, de festivales, o puede ser guiada por conveniencias (mantener una amistad, una sociedad, una apariencia, una imagen). La generosidad es diferente. Bajo su influjo se actúa en beneficio de alguien aun sin compartir nada con él, se le hace un bien aun cuando eso pueda debilitarnos, se da (como dice un viejo proverbio árabe) antes de que se nos pida y, finalmente, se lo hace incluso sin que nadie se entere y sin ningún fin ulterior (como escuchar a un cantante, ver futbolistas, obtener puntajes o descuentos). El hermano de Liz brindaba (según él creía) su vida, algo que él mismo necesitaba. Ese es el meollo de la generosidad: el otro, el prójimo. En este punto se toca con el altruismo, término creado por Augusto Comte (1798-1857), filósofo y padre de la sociología. Comte sostenía que los únicos actos morales son aquellos que tienen como fin el bien del otro.
Una campaña como la del Día Mundial del Donante de Sangre, que menciona nuestro amigo Roberto, será muy necesaria como activadora de la solidaridad, pero, si sólo queda en eso, el efecto puede apagarse cuando esa misma campaña se cierre. Distinto será si despierta la generosidad. Cuando ésta se instala, luego no necesita campañas. No hay llamados a la generosidad, como los hay a la solidaridad. Tampoco al amor, sostén de la generosidad. La donación de sangre no requiere de facultades especiales; es un acto que va más allá de condiciones sociales, económicas y culturales; es una manera real, efectiva, accesible y activa de recordar que somos parte de un todo. Debería ser una muestra habitual de generosidad. La sangre es un símbolo, algo que nos es común, que todos compartimos, que circula sin barreras idiomáticas, religiosas, nacionales. Cuando la donamos, sin preguntar a quién, por qué, para qué, donamos, simplemente, humanidad. No hay premios por eso, no debe haberlos. "Cuando uno es generoso con la intención de recibir algo a cambio o de obtener una buena reputación o de ser aceptado, entonces no está actuando como un ser iluminado", dice el Dalai Lama. Y sugiere que, acaso, la famosa iluminación no es algo misterioso ni esotérico, que quizá sea sólo una manifestación de la generosidad.
sergiosinay@gmail.com
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