Cambalache
Instantáneas dolorosas
Por Enrique Pinti
Domingo 25 de julio de 2010
La otra tarde, agobiado por la monotonía televisiva de intermitencia obsesiva "mundial, chimentos, malas noticias de aquí y de allá, y polémicas interminables protagonizadas por extraños personajes algo descerebrados en el límite entre la realidad y la pesadilla", sin ganas de poner una peli en el DVD ni de salir a dar una vuelta por el mal tiempo reinante, opté por ordenar libros y escritos que, en alegre montón, rodeaban mi cama. Y, ¡eureka!, descubrí un libro de fotografías de la década del cuarenta. Con la fuerza de mil palabras aparecían imágenes inolvidables que, sin embargo, uno olvida quizá por no haberlas vivido (se trataba fundamentalmente de fotos de la Segunda Guerra Mundial en Europa y Estados Unidos) o por esa borratina que nuestro cerebro ejecuta con el horror de las espantosas bajezas de las que los seres humanos somos culpables y responsables, aunque más no sea por error u omisión. Caravanas de belgas, franceses y noruegos huyendo de los nazis; caras de niños pequeños haciendo mohínes y gestos de saludo a las cámaras, ajenos aún al horror que avanzaba a paso redoblado; los judíos polacos marchando hacia los trenes de la muerte que los llevarían a los campos de concentración; el hambre dibujada en las caras de hombres y mujeres; los niños ingleses llevados a lugares más seguros dentro del país y, en otros casos, partiendo hacia Estados Unidos; padres y madres disimulando el llanto de la despedida de esos hijos que quizá no volverían a ver; los refugios antiaéreos improvisados en los subterráneos, donde cantantes, músicos y cómicos del music hall hacían actuaciones para llevar un poco de alegría a esos compatriotas apiñados en los andenes y vías del metro; la aparente calma de la avenida de los Campos Elíseos, en la hermosa París, ante el paso de los tanques alemanes iniciando los cuatro años de terrible ocupación; el delirio imperial de Hitler posando ante la Torre Eiffel en una gris mañana de junio, que en el granulado blanco y negro de la foto parecía invernal, a pesar de ser pleno verano en Europa; las rebeliones del Gueto de Varsovia, los resistentes franceses fusilados a muy pocos días de la liberación de París, jóvenes de no más de veinticinco años muriendo sin poder ver el triunfo tan cercano, la reacción violenta y vengativa de los oprimidos por el nazismo arremetiendo contra los sospechosos de haber colaborado con el invasor, los jerarcas de Hitler impávidos en el banquillo de los acusados del Juicio de Nuremberg, las mujeres que habían intimado con el enemigo rapadas y con mirada perdida en la culpa y el desaliento; Mussolini y su amante, Clara Petacci, colgados boca abajo en una plaza de Milán, el triunfo de los Aliados, Berlín arrasada, Londres tratando de reconstruirse; soviéticos, norteamericanos, ingleses y franceses repartiéndose a Europa; alemanes famélicos y derrotados en un regreso sin gloria a sus hogares, júbilo en las calles de París con tanques americanos colmados de ciudadanos franceses, un marinero besando apasionadamente a una enfermera en Times Square, Nueva York, con las marquesinas de Broadway como fondo; el racionamiento de alimentos, la dura reinserción de los veteranos en la vida cotidiana que ya no volverá a ser la misma por culpa de traumas y alteraciones psíquicas debidas a los horrores sufridos en el frente.
Y todo esto en apenas una década, diez años, de 1940 a 1950, que son sólo una pequeña partícula en las arenas del tiempo, pero que marcaron vidas y muertes de millones de seres humanos arrastrados por un destino de guerras y sufrimientos, cobardías y heroísmos, grandezas y bajezas. Esas fotos, a modo de instantáneas de realidad pura y dura, son los testigos visuales que desde su quietud perpetúan momentos que no deberíamos olvidar, que no tendríamos que repetir y que a nosotros, argentinos de la eterna y muchas veces justificada queja, nos convendría repasar de vez en cuando para festejar lo que nunca nos pasó y lamentar lo que copiamos mal de esas represiones, violencias y prepotencias que ensombrecieron nuestra tradición de tierra de paz y promisión para aquellos que huyeron de esos horrores y nos eligieron como refugio.
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El autor es actor y escritor
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